Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 60
‘Seguro fue desde ese día’.
Desde que rechazó la invitación de Ethan para ser su pareja, Kaylock empezó a acercarse a Aubrianna de forma mucho más directa. Le enviaba libros, flores, de un momento a otro recibió la orden del mayordomo de que ya no era necesario que cumpliera con sus labores de empleada. Se sintió sorprendida, asustada, pero también tuvo una pizca de ilusión.
‘Al final, todo fue por las puras’.
Aubrianna sacudió la cabeza. Lo importante ahora no era el pasado. Por más que le daba vueltas, sentía que no le llegaba ni a los talones a la señorita Lotte. Ni en belleza, ni en frescura, ni en esa seguridad tan vibrante que ella tenía. Sentía envidia, unos celos que le quemaban. ¿De qué estarían hablando ellos ahorita en la sala?
Justo cuando su cabeza empezaba a llenarse de malos pensamientos, apretó el collar que llevaba puesto. Como siempre, sentirlo encajar perfecto en su mano la ayudó a calmarse.
‘Yo ya regresé hasta de la muerte’.
Aubrianna se puso de pie otra vez y abrió la puerta que conectaba con la habitación de al lado. Ahí estaba Theo, durmiendo profundamente.
‘Mi bebé’.
Al otro lado del cuarto se escuchaba la respiración suave de la niñera. Para dejarla descansar, Aubrianna solo miró a Theo un momento y regresó a su habitación.
‘Ya fue. Si a él le termina gustando Eileen, no hay nada que hacer. Fui yo quien eligió a un hombre capaz de querer a dos personas al mismo tiempo’.
Se esforzó por ver las cosas con realismo. Sabía que en este mundo es raro encontrar a alguien que solo ame a una persona. Y aunque ver a Kaylock desaparecer con otra mujer frente a sus ojos le partía el alma, una cosa era la tristeza y otra muy distinta era el peligro de muerte.
Bajo la luz de la vela, sacó papel y pluma. Aunque ahora disfrutaba de un poco de paz en la villa de Agnes, no olvidaba a los asesinos que aparecieron de la nada en el campo de nieve cuando fue a buscar a Kaylock.
‘Como en esta vida no pudieron matar a Theo y yo regresé viva, fijo que van a volver a atacar’.
Escribió los nombres de los sospechosos en idioma Blank: Sion, la señorita Lotte, la duquesa de Tennant. Aubrianna encerró en un círculo el nombre de Sion —quien había intentado encerrarla en un calabozo y desterrarla— y luego hizo lo mismo con el de la señorita Lotte.
Se le escarapeló el cuerpo al recordar la cara de rabia de Eileen cuando la llamó ‘prostituta del templo’. Le habían contado que ella se puso furiosa cuando se enteró del embarazo de Theo.
‘La señorita Lotte debe querer casarse con Kaylock a como de lugar, ¿no?’.
Después de todo, Kaylock era el soltero más codiciado del reino de Triran. De hecho, todas las mujeres que sonaban para ser sus prometidas venían de familias ricas y de mucho prestigio.
‘Yo debo ser un estorbo para ella’.
—Ja…
Entonces, en esta situación donde tantas cosas habían cambiado respecto a su vida pasada, ¿qué le tocaba hacer? Aubrianna pensó en Agnes. La noble que cuidaba de Kaylock (el hijo de su mejor amiga) la estaba tratando con mucho cariño, contra todo pronóstico.
‘¿Y si le cuento la firme sobre lo que pasó en el campo de nieve?’.
Sentía que si le decía que alguien quería hacerle daño a ella y al bebé, Agnes no lo tomaría como un cuento chino y la escucharía en serio.
‘Pero parte del cariño que me tiene es porque Kaylock me llama su pareja y me tiene a su lado’.
Si el corazón de Kaylock se inclinaba hacia Eileen… ¿Agnes seguiría queriendo ayudarla?
Aubrianna se quedó mirando el papel lleno de tachones en Blank y triraniano, soltó un suspiro y lo acercó a la vela para quemarlo. Lanzó las cenizas a la chimenea y se quedó mirando por la ventana con cara de pocos amigos.
De pronto, sintió una sensación de vacío. A estas horas, cuando la luna ya se oculta y el cielo se pone más oscuro, Aubrianna solía estar en la cama con Kaylock, compartiendo respiraciones agitadas. Pero esta noche todo estaba en un silencio total.
‘No vino’.
Era la primera vez desde que llegaron aquí que Kaylock no aparecía en su cuarto a mitad de la noche. El miedo, la ansiedad y unos celos punzantes empezaron a arañarle el pecho sin piedad. Aubrianna, lentamente, levantó la mano y apretó su collar.
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—Señorita Aubrianna, ¿durmió bien?
Renée, la niñera, entró a la habitación cargando al pequeño Theo, que lucía una sonrisa de oreja a oreja.
—Hoy también el niño está de muy buen humor.
Renée le acarició con ternura el cabello rubio oscuro al bebé y se lo entregó a Aubrianna, alcanzándole también un pañuelo limpio.
—Voy a traerle el desayuno. ¿Se le antoja algo en especial?
Renée, que recién cumplía dieciséis años, siempre le preguntaba lo mismo con mucha amabilidad cada mañana.
—No, gracias.
Y Aubrianna, como de costumbre, le respondía igual. Cuando Renée bajó al primer piso, Aubrianna se desabrochó la ropa y empezó a darle de lactar a Theo. Se sentía raro que no estuviera Kaylock, quien siempre se quedaba a su lado todas las mañanas mirándolos mientras el bebé tomaba leche.
Poco después, Renée subió con un poco de fruta, huevos, pan blanco suavecito, mermelada y un vaso de leche caliente. Tenía una expresión un tanto incómoda al hablar:
—Dicen que el Duque ha salido esta mañana a cabalgar con la señorita Lotte.
A Aubrianna le dio hasta gracia notar ese tono de indirecta, como si Renée estuviera rajando de Kaylock, pero no tenía ganas de reírse. Solo asintió con la cabeza y le tomó la manito a Theo, que seguía succionando con todas sus fuerzas.
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La villa de la familia del conde Bellone se llamaba ‘casa de campo’ solo de nombre, porque en verdad era tan grande como la mansión de cualquier otro noble, sus terrenos eran inmensos. El cuarto donde se quedaba Aubrianna tenía una vista privilegiada; desde ahí se veía el jardín posterior, las colinas y hasta el bosque a lo lejos.
—¡El niño ya mismo va a caminar!
Renée soltó una carcajada mientras miraba a Theo, que apenas se mantenía en pie agarrado de sus manos.
—No es que haya cuidado a muchísimos bebés, pero nunca vi a uno tan fuerte y sanito como el joven amo.
Esa risa, ligera como un pétalo al viento, hizo que Aubrianna se sintiera un poco más aliviada. Que le digan que su hijo estaba sano era el mejor cumplido del mundo.
‘Qué bueno que puedo ver a Theo crecer así de fuerte’.
Pero sabía que la vida de su hijo todavía no estaba fuera de peligro. Inevitablemente, su mirada se desvió hacia la terraza. Ya casi era la hora del té y esos dos todavía no regresaban. Como si le hubiera leído el pensamiento, Renée le preguntó con cautela:
—¿Quiere que baje a averiguar algo? Ya casi es la hora de su clase con el Duque…
Es verdad. Había estado tan pendiente de que se fueron a cabalgar que se olvidó por completo de la clase de hoy.
—Ay, verdad. Yo misma iré, te encargo a Theo.
Aubrianna recogió los platitos de la papilla de Theo y bajó al primer piso. Le entregó la vajilla a una empleada que pasaba por ahí y se limpió las manos en la falda para calmar los nervios mientras se ponía derecha. Al pasar por la sala, vio a Agnes tomando té.
—Buenos días, ¿cómo amaneció?
dijo Aubrianna haciendo una pequeña reverencia.
Agnes frunció el ceño y se llevó la mano a la frente.
—No sabes… ayer Eileen trajo ese licor que tanto me gustaba tomar en la capital. Entre copa y copa, se me pasó la mano. ¡Había olvidado lo horrible que es esta resaca!
En eso entró Tarion con un vaso lleno de un líquido verde y soltó un bufido.
—Menos mal que la detuve, si no, mañana todavía seguiría tirada en la cama.
—¿Y eso qué es?
preguntó Agnes haciendo un gesto de asco, pero no le quedó de otra que aceptar el vaso que Tarion le puso a la fuerza en la mano.
—Tómese esto de una vez para que reaccione.
Agnes se tapó la nariz y se tragó el brebaje a la fuerza. Aubrianna, al verla, le pasó rápido un vaso con agua. Agnes tomó el agua de un solo porrazo mientras trataba de no devolver el remedio.
—Uf… gracias, Aubrianna.
Parece que el líquido verde funcionó rápido, porque la cara de Agnes se relajó un poco.
—Esto ya es cosa de la edad. Cuando era joven, podía tomarme varias copas como Kaylock o Eileen y andaba como si nada.
Agnes se quejó con nostalgia de los años que no perdonan y miró de reojo el reloj que estaba sobre el aparador.
—¡Qué energía la de esos dos! Todavía siguen cabalgando.
No terminó de decir eso cuando se escucharon unas risas super alegres en la entrada y aparecieron Kaylock y Eileen. Aubrianna, que estaba al lado de Agnes, se quedó tiesa como una piedra al verlos.
Eileen vestía un traje de montar azul marino que resaltaba su cintura pequeña; tenía los cachetes rojos y una sonrisa de oreja a oreja. Su sombrero estaba todo chueco, colgando apenas de su cabello revuelto, pero Kaylock no se quedaba atrás. Parecía que los dos venían de jugar y bromear un montón en el bosque.
—¡Válgame Dios! ¿Pero qué les ha pasado?
—¡Ay, señora Agnes! Es que no sabe lo que el Duque me hizo…
Eileen se interrumpió a sí misma para quitarle una hoja que Kaylock tenía en el pelo y soltó una carcajada.
—¡Mírenlo! Yo debo estar peor, ¿no?
Eileen se miró en un espejo y se sacudió con las manos las hojas y pétalos que tenía pegados en el cabello despeinado.
—Parece que los delaniums ya florecieron.
dijo Agnes con alegría al ver los pétalos amarillos.
—Pero el campo de flores está lejos… Sí que se han ido bien adentro esta mañana.
—Es que yo soy bien competitiva, pero el Duque me gana por puesta de mano.
Kaylock, que había estado callado, soltó por fin:
—Fue una competencia muy entretenida.
—¡Ay, por favor! Nunca había conocido a un hombre tan serio.
dijo Eileen riendo con ganas, viéndose tan llena de vida y frescura.
Kaylock se acercó a Aubrianna caminando con paso firme, le dio un beso en la mejilla y le susurró:
—¿Dormiste bien?
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