Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 59
Astuta y calculadora.
De lejos, Eileen parecía solo la típica hija de un conde: brillante, glamorosa y un poco superficial. Aubrianna pensó que sería la clase de chica engreída que no sabe nada de la vida real. Pero tras cruzar apenas unas palabras, se dio cuenta de su error. Eileen no solo era inteligente; era una mujer que detectaba la más mínima grieta en una conversación y la usaba a su favor con una frialdad que asustaba.
Incluso habiendo muerto una vez y regresado a la vida, Aubrianna sentía que jamás podría alcanzar ese nivel de astucia. Le dio una desesperación profunda. Era lógico: Eileen nació entre sedas y aprendió las reglas del juego noble desde que tuvo uso de razón. En cambio, ella no era más que una huérfana que terminó de sirvienta, con nada más que una cara bonita a su favor.
‘Al final, otra vez voy a perder a Kaylock…’.
O mejor dicho, nunca fue suyo. Aubrianna sintió un zumbido en los oídos, como si estuviera bajo el agua. Escuchaba las risas de Agnes y Tarion celebrando lo que decía Eileen, pero no entendía ni una palabra. Apartó la vista de ese pie blanco que jugueteaba con la pierna de Kaylock y bajó la cabeza.
Antes del postre, Kaylock se puso de pie.
—Con su permiso, señoras. Iré afuera a fumar para no incomodarlas.
Sacó un cigarro de su saco y salió a la terraza del comedor. Al toque, Eileen se levantó y lo siguió casi saltando. Aubrianna vio cómo ella se pegaba al brazo de Kaylock y le susurraba algo al oído antes de que ambos desaparecieran detrás de las cortinas de la terraza.
—No has comido casi nada.
dijo Agnes con tono de preocupación.
Aubrianna bajó la mirada a su plato. La carne, bañada en una salsa exquisita, estaba casi intacta.
—Estaba todo delicioso, pero creo que me llené con las entradas.
mintió Aubrianna, presionando sus labios con la servilleta mientras se levantaba
—Con su permiso, iré un momento al tocador.
Pero no fue al tocador. Se desvió hacia el pasillo de la derecha y se refugió en el salón donde practicaba bEile por las tardes. Se sentó frente al piano. Tenía el pecho apretado, pero no quería salir al jardín para no cruzarse con Kaylock y Eileen.
Tocó una tecla y el sonido vibró en el aire como un susurro asustado.
—Uff…
Soltó un suspiro largo y pesado. No volvió a tocar nada.
‘Se veían bien juntos’.
Cerró los ojos. Al fin y al cabo, ellos ya tenían un compromiso pactado de antes. Si a Kaylock le hubiera desagradado la señorita Lotte, ni siquiera se habría molestado en venir. Aunque su cara solía ser indiferente, Aubrianna había notado chispazos de curiosidad en los ojos de él cuando miraba a Eileen. Era natural; Kaylock aún no recuperaba la memoria, así que era obvio que sintiera interés por la mujer con la que casi se casa en el pasado.
‘¿Y si… termina enamorándose de ella?’.
¿De qué habían servido todas sus tentaciones en la cabaña? Su reflejo borroso la miraba desde la superficie pulida del piano. Sabía que tenía que volver al comedor antes de que alguien notara su ausencia y se viera más patética de lo que ya se sentía.
Se levantó con el cuerpo pesado, apretando sus propias manos para darse valor. Justo cuando llegaba al comedor, se topó de frente con Eileen, que ya venía de salida.
—¡Vaya! Te perdiste el postre, señorita Morel
dijo Eileen con una sonrisa radiante
—Vamos al salón ahora, acompáñenos.
Pero al pasar por su lado, su voz bajó hasta convertirse en un veneno imperceptible:
—Eres una ramera.
Sus ojos, que un segundo antes brillaban, se llenaron de burla y maldad pura. Pero esa expresión desapareció en un parpadeo cuando Kaylock asomó por el pasillo.
—¿Me llevaría al salón?
Como era la invitada, lo correcto era que Kaylock o Tarion la escoltaran. A diferencia de su primer encuentro, esta vez Kaylock ofreció su brazo sin decir ni pío. Eileen puso su mano enguantada sobre el músculo firme de Kaylock con una naturalidad que dolía.
Aubrianna se quedó ahí, desplazada en un segundo, mirando cómo se alejaban. Las luces del pasillo proyectaban sombras tristes sobre su rostro.
—Aubrianna, por fin llegas. Pedí que te lleven el postre directamente al salón.
Pero Aubrianna ya no podía más. Sacó fuerzas de donde no tenía y, fingiendo que no pasaba nada, se dirigió a Agnes y Tarion.
—Disculpen, no me siento muy bien. ¿Me permitirían retirarme a mi habitación?
—¡Ay, Dios! ¿Tan mal estás? ¿Quieres que llame a mi médico?
—No, no es necesario. Creo que es solo cansancio acumulado. Si duermo temprano, mañana estaré como nueva.
Agnes la miró con preocupación, pero Aubrianna solo pidió que le dieran sus excusas al Duque y a la señorita Lotte, empezó a subir las escaleras sin mirar atrás.
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Con la ayuda de la sirvienta, se quitó el lujoso vestido y se puso el camisón.
Cuando por fin se quedó sola, Aubrianna sacó del joyero el collar de rubíes —el único recuerdo que le quedaba de su madre—, se lo puso de nuevo y se echó en la cama, de costado.
‘Eres una ramera’.
Se mordió los labios con fuerza, pero esa frase de Eileen le había dejado una sensación de vacío, como si tuviera un hueco enorme en alguna parte del cuerpo.
‘Ya lo sé’, pensó.
Sabía perfectamente que cuando existe un abismo tan grande como el que había entre ella y Kaylock, los insultos a sus espaldas eran inevitables.
‘El problema es que esta vez la humillada soy yo’.
Con la mirada sombría perdida entre la ventana y alguna parte de la pared, Aubrianna se puso a darles vueltas a su situación, sintiéndose más vulnerable que nunca.
‘¡La favorita del Duque! ¡Aubrianna, de verdad que te pasaste!’.
Los gritos emocionados de Lien habían sido, sin duda, un cumplido. Al fin y al cabo, era una oportunidad de oro para escapar de esa vida de sirvienta, de casarse con alguien de su misma clase y de traer al mundo hijos destinados a ser siempre los de abajo.
Ella también lo vio así al principio. Estaba feliz de no tener que matarse trabajando más en el servicio.
‘Pero…’.
Se dio la vuelta y estiró la mano para acariciar las sábanas suaves. Esa cama tan grande se sentía demasiado vacía y solitaria.
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Como siempre, estaba ordenando la habitación que era un completo desorden de libros.
Justo cuando iba a recoger uno, Aubrianna sintió que el aire en el cuarto cambiaba de golpe.
—¡Ah!
Se quedó helada, apretando el libro contra su pecho. La aparición de Kaylock, que acababa de llegar de sus entrenamientos, le provocó una tensión tan fuerte que sentía que el corazón se le subía a la garganta.
Toc. La punta de una bota militar negra rozó un libro en el suelo.
—Esto ya me tiene harto.
Esa voz grave, que parecía raspar el piso mientras murmuraba para sí mismo, hizo que Aubrianna cerrara los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos.
—Lo… lo siento mucho, su señoría…
Sus labios temblaban sin parar.
—¿Acaso no hay otra sirvienta trabajando aquí que no seas tú?
No es que no hubiera más, pero Aubrianna era la única de las sirvientas del anexo que sabía leer. Sintió la mirada pesada de él sobre su cabeza; no se atrevía ni a levantar la vista mientras temblaba como una hoja.
—Ter-termino de guardar esto y me retiro de inmediato.
Tras un suspiro corto, el hombre caminó con paso firme y se sentó en la cama.
—¿Qué esperas?
Ante el reclamo para que se apurara, Aubrianna empezó a ordenar los libros a toda máquina.
Hacía meses que no veía al Duque. Justo antes de que empezara el largo invierno, Kaylock había regresado victorioso de la guerra contra los Carnu, Aubrianna ya había cumplido los veinte años.
No tenía idea de qué era lo que lo tenía tan harto, pero de lo que sí estaba segura era de que ella no le caía nada bien.
‘Siempre está con el ceño fruncido y mirándome feo, imposible no darse cuenta’.
Aubrianna aguantó la respiración lo más que pudo mientras ponía los libros en su sitio rápidamente. Le preocupaba que hasta el más mínimo ruido de su respiración terminara por molestar al hombre.
No es que le tuviera miedo. A diferencia de la anterior Duquesa, que castigaba sin asco por cualquier error tonto, Kaylock era más relajado y hasta le llegaba a aburrir que lo estuvieran atendiendo tanto.
Sentía que el hombre, sentado con las piernas largas y cruzadas, no le quitaba la vista de encima. Aubrianna se frotó discretamente las manos sudadas contra su delantal.
‘¿Por qué me pongo tan nerviosa cada vez que me cruzo con este hombre?’.
¿Y por qué él no dejaba de mirarla?
Estaba tragando saliva mientras ponía el último libro en el estante, cuando de pronto:
—¡Aubrianna!
Ethan entró a la habitación con una sonrisa de oreja a oreja, pero al ver al Duque se puso pálido como un papel y agachó la cabeza al toque.
—Señor Duque, perdón… mil disculpas.
La mirada fría de Kaylock pasó lentamente de Ethan a Aubrianna.
—¿Qué quieres?
—Es que… yo…
Ethan estaba totalmente desencajado, tieso del susto.
—Habla. Di qué buscas.
Ante esa orden que nadie podía desobedecer, Ethan bajó la cabeza y empezó a tartamudear.
—Es que… escuché que en la ciudad va a haber una fiesta por la victoria contra los Carnu, quería pedirle a Aubrianna que fuera mi pareja.
La cara de Ethan, que pensaba pedirlo de forma más discreta, era un poema.
—Ya escuchaste.
Kaylock hizo un gesto con el mentón hacia Aubrianna, como diciéndole que respondiera, como si a él no le importara en lo más mínimo. Aubrianna soltó un suspiro y caminó hacia la puerta.
—Vamos afuera para hablar, Ethan.
Inclinándose ante Kaylock, añadió:
—Si no necesita nada más, me retiro.
—¿Y si necesitara algo?
—¿Cómo?
Sus ojos rojos se abrieron grandes por la sorpresa mientras miraba al Duque, hasta que reaccionó.
—¿Qué desea que haga?
Aubrianna se sentía frustrada; quería que Ethan se fuera de una vez, pero ahí seguía él, parado en la puerta como un poste.
—Tienes que responderle si vas a ir a la fiesta o no.
Esa voz tan suave casi hace que ella pierda el hilo de la conversación.
—¿Eh?
—¿No ves que te está esperando?
Kaylock movió los dedos señalando a Ethan, quien parecía que se iba a desmayar del susto ahí mismo.
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