Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 58
Mientras Agnes escuchaba a Tarion hablar sobre el menú de la cena, los ojos de Eileen se movieron con picardía hacia Kaylock.
Kaylock, sentado justo al frente, mantenía una expresión indiferente. Tomó un sorbo de un licor fuerte y dejó la copa lentamente sobre la mesa.
Flic-flac.
Eileen empezó a abanicarse. El abanico, de encaje blanco transparente y decorado con esmeraldas idénticas al color de sus ojos, se cerró de golpe. Luego, empezó a dar golpecitos suaves con la punta del abanico justo en el escote, en esa zona de riesgo que atrae todas las miradas.
Aubrianna, que estaba tomando una infusión de hojas claras en lugar de un aperitivo porque aún estaba en periodo de lactancia, casi escupe el té. Era demasiado obvio cómo sacudía la parte suelta de su vestido para ventilarse el pecho a propósito.
Daba hasta admiración ver la audacia con la que exponía sus encantos justo en la línea de visión de Kaylock. Pero en cuanto Agnes se enderezó en su asiento, Eileen bajó el abanico al toque y se quedó mirando a Kaylock con una sonrisa de ‘mosquita muerta’.
Parecía que le estaba preguntando con la mirada: ‘¿Qué tal?’.
Aubrianna logró pasar el té con dificultad y se tapó los labios con la servilleta para que no se le notara la cara que ponía. Sin darse cuenta, apretó el tenedor con fuerza y de reojo miró a Kaylock, que estaba sentado a su lado.
El hombre tenía el gesto relajado y sus ojos azul profundo estaban concentrados en las verduras frescas y los mariscos cocidos que habían servido de entrada.
Aubrianna se tranquilizó un poco, pero entonces notó que Eileen se movía en su asiento, como si estuviera incómoda por algo. En esa mesa larga y estrecha, Agnes ocupaba la cabecera, mientras que Eileen y Kaylock estaban situados a la izquierda y derecha respectivamente. Aubrianna, como pareja y favorita del Duque, estaba al lado de Kaylock, junto a Eileen se encontraba Tarion, el asistente de Agnes (aunque de origen vizconde), quien se encargaba de animar el ambiente.
—Se ve riquísimo.
dijo Eileen como si nada, dejando el abanico y sonriéndole a Agnes.
—En el reino de Triran todos saben que su cocinero personal era un veterano del palacio real. Es un honorazo tener la oportunidad de probar su comida.
Agnes no pudo ocultar su alegría ante el cumplido y entrelazó las manos sobre la mesa.
—Es que desde chiquita he sido bien especial para comer; solo pasaba la comida de Francisco. Por eso, cuando me casé, su Alteza tuvo la gentileza de cederme al cocinero real.
—De verdad que la bondad de su Alteza es inmensa.
respondió Eileen con una risita, mientras saboreaba la ensalada con un toque de vinagreta ácida.
—Está deliciosa. El cocinero de mi familia es bueno, pero este nivel es otra cosa.
—Con tantos halagos, voy a tener que darle un premio a Francisco.
A lo que Tarion añadió:
—Sí, mi señora. Me encargaré de darle una recompensa aparte.
La cena seguía en un ambiente bien ameno, excepto por esos momentos en los que Eileen se removía en su sitio de forma extraña. Y Aubrianna se dio cuenta de que, cada vez que ella hacía eso, Kaylock se recostaba en el respaldo de su silla con cara de palo.
Cuando le pusieron al frente un plato de sopa caliente de champiñones y almejas picadas, Aubrianna se sintió un poco mejor. Disfrutando del aroma, comentó:
—Esto me hace acordar a nuestra vida en la cabaña.
—¡Es cierto! ¿Kaylock? ¿Podría contarnos algo de esa época? En la capital corre el rumor de que usted mataba osos gigantes con sus propias manos.
—¡No me diga! Los osos de las llanuras de nieve son mucho más fuertes y grandes que los de otras montañas. De por sí, en ese lugar no hay ni bosques ni muchos árboles. Dicen que en la estepa solo sobreviven los osos más rudos, esos que no necesitan esconderse.
Aubrianna puso cara de espanto. Que ella recordara, Kaylock había traído varios osos de esos.
—Por lo que cuenta, suena a que era una situación muy peligrosa.
dijo Eileen fingiendo estar asustada, pero juntando las manos mientras miraba a Kaylock con ojos de enamorada.
—¡Aun así, que haya aguantado viviendo ahí como un cazador lo hace ver tan varonil y fascinante!
Sus ojos brillaban mientras le escaneaba la mandíbula marcada, los hombros anchos y esas manos tan grandes.
—¿Y qué otros animales vio? Escuché que a veces bajan criaturas místicas que viven en las tierras de los Carnu.
—No sabría decirle.
respondió Kaylock mientras movía la sopa con indiferencia.
—Yo solo me dedicaba a cazar conejitos tiernos, así que no tengo idea.
Kaylock soltó esa respuesta que bajó de su nube a todos los presentes y luego volteó a ver a Aubrianna.
—Es que necesitaba carne de conejo de todas maneras.
Ante la indirecta de Kaylock —dando a entender que solo cazaba conejos para poder tener relaciones con ella—, a Aubrianna se le encendieron las mejillas de la vergüenza.
—Es… eso fue solo un decir…
—¿Y qué hay de las tormentas de nieve?
interrumpió Eileen, cortando lo que Aubrianna iba a decir.
—¿De verdad cae nieve por tantos días seguidos? Escuché que llega a cubrir la altura de una persona.
—Cae mucha. Realmente…
Kaylock hizo una pausa y levantó su mirada profunda hacia Eileen.
—Cae tanto que llega a hartar, es desesperante.
Si nevaba demasiado, el techo podía venirse abajo. Cada vez que escuchaba un crujido extraño arriba, Kaylock tenía que salir volando, así fuera de madrugada, para limpiar la nieve del techo.
—Debe haber sido agotador. Y más porque no estaba solo; tenía que cuidar de una mujer delicada y hasta de un bebé.
Eileen clavó la mirada en ella, pero Aubrianna se hizo la loca y siguió masticando un pedazo de almeja. Era verdad que Kaylock se había sacado el ancho. Ella estaba inconsciente y Theo estaba tan helado que se había puesto morado. Para salvarlos, Kaylock tuvo que gastar más leña de la cuenta y salir a cazar mucho más seguido.
—Aubrianna perdió el conocimiento apenas llegamos a la cabaña.
—¡Ay, no!
exclamaron Agnes y Tarion apenados.
—Se pasó casi una semana con los ojos cerrados. Sinceramente, pensé que se me moría.
Exagerado. Ella se había despertado al día siguiente, conversó con él y hasta le dio de lactar a Theo.
—En ese entonces ni siquiera sabía quiénes eran ella y el bebé.
añadió él con una sonrisa juguetona
—Pero me fue imposible no sentir que estas dos personas tenían un significado especial para mí. Por eso, nunca sentí que fuera un trabajo pesado.
Mentiroso.
Aubrianna lo miró de reojo, acordándose de cómo Kaylock la regañaba cuando ella solo podía estar echada.
—Es verdad que gasté mucha leña.
confesó Aubrianna encogiéndose de hombros, como quien admite una travesura.
—Y también desperdiciaste mucha agua.
Se refería a cuando ella usó el agua de beber para bañarse y tentarlo.
—Los recursos siempre se deben cuidar. He oído que la mayoría de las zonas del norte sufren de mucha pobreza. ¿Cómo se les ocurre andar con lujos en una situación así?
soltó Eileen con frialdad, antes de dirigirse a Agnes
—Por suerte, nuestras tierras están tan bien que hasta podemos hacer un festival de primavera. Mi padre siempre recibe halagos de los pueblerinos.
El condado de Rott estaba al extremo sur del Norte, una zona que casi nunca sufría ataques. Sin embargo, Aubrianna sabía que cobraban tantos impuestos que la gente se iba de ahí más que de las zonas de guerra.
—Señor Duque, ¿me daría el honor de invitarlo a nuestras tierras para el festival de primavera?
Kaylock, con toda la elegancia del mundo, cortó un pedazo de carne y se lo llevó a la boca mientras ponía cara de estar pensándolo.
‘Si no lo dijera, ¿quién creería que este hombre perdió la memoria?’. Aunque ambos habían tomado clases de etiqueta con Tarion, Aubrianna todavía se palteaba con los tipos de tenedores, mientras que Kaylock seguía las reglas de la mesa de forma casi perfecta.
—Como usted dice, en la frontera y en muchos otros lugares faltan suministros y no hay comida; la gente no llega ni a un plato al día.
dijo Kaylock mientras seguía comiendo con indiferencia.
—Como Duque que gobierna el Norte, si mi gente se muere de hambre, ¿cómo voy a irme de fiesta…?
Soltó esas palabras con un tono cortante y luego sonrió de lado.
—Sería una contradicción absurda, señorita Rott.
Entonces, señaló el plato de ella con el cuchillo.
—Es la comida de un chef real, tan excelente como usted dice. Coma un poco más, que lo ha dejado casi todo.
A la cara de Eileen le faltó poco para explotar de lo roja que se puso. Respiraba agitada por la cólera y terminó clavándole la mirada a Aubrianna.
—Ya veo. Señorita Morel, ¿usted qué opina?
Ante el ataque de Eileen, Aubrianna dejó el tenedor y agarró la servilleta con calma.
—Estoy de acuerdo con… con el señor Duque. Cuando dejamos la estepa y nos quedamos en un pueblo, me di cuenta de que tras el ataque de los Carnu no quedaba ni el rastro de un animal; no se escuchaba nada.
Mientras Kaylock regateaba con el dueño de una sastrería para preparar el viaje al castillo ducal, Aubrianna había caminado un rato por el pueblo con Theo. Los niños vestían ropas delgaditas a pesar del frío y la gente estaba tan flaca que se les veía mal de salud. Al contrario, Kaylock y ella, que venían de estar aislados en la nieve, se veían mucho más sanos y con energía.
—Pensé que ese sufrimiento no era solo de ellos. Es algo que todos los del Norte podrían pasar en cualquier momento. Creo que necesitan ayuda.
Ante las palabras de Aubrianna, Agnes levantó una ceja.
—¿Y de qué forma, hija?
—¿Eh?
Aubrianna se puso nerviosa; la verdad, no se había puesto a pensar en un plan detallado.
—Señora Agnes… por más que use vestidos finos, una simple…
Eileen soltó una risita burlona mientras le daba una mirada de arriba abajo
—Es difícil que una empleada entienda lo que son los derechos y las obligaciones de la nobleza.
La mano de Aubrianna se quedó quieta. Se sintió avergonzada al ser humillada así, frente a todos; era como si le dijeran en su cara: ‘aunque te disfraces de seda, sigues siendo lo mismo’.
—Entonces, señorita Rott, ¿usted qué propone?
Ante la pregunta de Kaylock, que se había mantenido al margen, Eileen puso una cara de total seguridad.
—Primero, hay que cobrar más impuestos.
—¡Ay, no! ¿Pero eso no haría que la gente del pueblo la pase peor?
Eileen levantó su abanico con elegancia.
—Escúchenme bien.
Sus ojos esmeralda brillaban con intensidad. Con una sonrisa llena de confianza en sus labios seductores, logró captar la atención de todos en la mesa.
Fue justo en ese momento que Aubrianna vio algo: un pie pequeño, cubierto por una media de seda, rozando con descaro el muslo firme de Kaylock por debajo de la mesa.
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