Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 55
Una vez que caes en el fango, es yuca salir. Mientras más te desesperas por escapar, más te chupa la tierra. Un fango oscuro y húmedo. Ahí mismo, metiendo la pelvis con todas sus fuerzas, Kaylock sintió que se había hundido por completo. Es más, desde la primera vez que vio a Obriena, ya sospechaba que ella sería su perdición.
Le parecía el colmo que una chica tan inteligente —capaz de entrar a la escuela femenina de Regata— se dejara estafar así de feo por el director de un orfanato y terminara, como una tonta, vendida como empleada en el castillo de un Duque en el rincón más alejado del Norte. Le resultaba patético, casi de risa.
Hasta que un día pasó algo. Nadie en el castillo se atrevía a tocar los libros del Duque. Mucho menos el libro de cuentos que tenía junto a su cama. Pero esa mujer, a la que él consideraba una insignificante, se atrevió a tocar su libro más preciado. Es más, lo estaba leyendo. Él, escondido detrás de las cortinas de la cama, escuchó esa voz que murmuraba y se dio cuenta de que era la nueva empleada.
Las únicas personas que conocían el contenido de ese libro eran él, su niñera (la condesa Agnes) y su madre, Cecilia. Se le vino a la mente la imagen de Obriena, sentada al costado de la tina, pasando las hojas mientras tragaba saliva. Y luego, ella empezó a leer con esa voz pausada y grave. Cuando Agnes se lo leía, sonaba como una mujer sabia y cariñosa, pero la voz de Obriena tenía ‘algo’. Escuchar el idioma antiguo de Blanc en la voz de una mujer joven se sentía dulce, como si te estuviera acariciando el alma.
Él la hizo leer una y otra vez hasta que se acabó el cuento… es más, hasta que el agua de la tina se enfrió por completo. Se acordó que le dio risa ver cómo ella seguía leyendo con una cara de estar recontra aburrida. —’Mañana a esta misma hora, quiero que estés aquí sentada con el libro’. ¿Qué cara habrá puesto ella al escuchar esa orden?
—¡Ah! Ka… Kaylock. Despacio.
Exacto. Se dio cuenta de que se había equivocado con Obriena. Pensó que la quería porque era ‘suya’, hermosa y sumisa. Pero ahora entendía que lo que realmente lo volvía loco era ese lado provocador que ella solía esconder.
Él dejó de embestir un momento y, al toque, Obriena tomó el control y empezó a mover la cadera. El escote del vestido, que ya estaba bien bajo, se le bajó tanto que ya se le veía hasta el ombligo. Sentada sobre él, Obriena subía y bajaba con ritmo, sus pechos grandes rebotaban siguiendo el movimiento, robándole toda la atención. Kaylock, echado, estiró los brazos con calma y se los agarró con las dos manos para masajearlos bien.
Al sentir que él la sujetaba, Obriena empezó a mover la cadera en círculos. Después de unas cuantas vueltas, parece que el estímulo fue demasiado porque arqueó la espalda. Apoyó las manos con desesperación en el pecho de él y sus muslos empezaron a temblar como gelatina.
—Mmm… ¡ah!
—Uff…
Kaylock también soltó un gemido largo, con cara de puro placer, sintiendo esos temblores internos rodeando su miembro. Ella se movió solita hasta que se vino. Obriena se quedó mirándolo con los ojos perdidos, mordiéndose esos labios rojos que estaban todos corridos y maltratados. Como ya le habían dado duro en la mañana y acababa de llegar al clímax, ya no tenía fuerzas ni para moverse.
Se quedó ahí sentada, aguantando apenas, con una expresión que era puro pecado. Tenía los párpados pesados por el orgasmo y, entre sus labios entreabiertos, se notaba el rastro de Kaylock. En un segundo, él le dio la vuelta. El sombrero decorado salió volando y terminó tirado en el piso; al mismo tiempo, Kaylock terminó de romper el vestido que ya estaba hecho jirones. Obriena se quedó solo en faja, portaligas y medias. Hasta la faja estaba toda floja y de costado después de tanto ajetreo.
Kaylock le abrió las piernas con las dos manos, se acomodó y entró lentamente en ese hueco tan estrecho. Y ahí empezó a darle con todo, rápido.
—Ugh.
—¡Ah! ¡Ahhh! ¡Ka… Kaylock!
Le encantaba que ella gritara su nombre así, toda perdida por el placer. Recién ahora se daba cuenta de cuánto le reventaba que ella lo llamara ‘Duque’ para marcar distancia. Obriena estiró las manos hacia abajo de sus pechos y se agarró de las rodillas de él para aguantar el trote. Levantó su mentón pequeño y elegante, como queriendo retarle con la mirada. Él, sin previo aviso, se inclinó y le clavó los dientes en la mandíbula.
—¡Ay! ¡Ahhh!
Al mismo tiempo, él metió un golpe de cadera tan fuerte que a ella se le fue la cabeza hacia atrás por el dolor y el placer combinados. Se puso a forcejear, totalmente sobrepasada. Ese miembro suyo, que era absurdamente largo y grueso, hoy parecía querer llegar más profundo que nunca.
—Es… espera.
Si ya sentía que había llegado al tope, ¿por dónde más pensaba entrar? Le sorprendía sentir que él seguía abriéndose paso adentro, como si quisiera descubrir un camino nuevo, hincando cada vez más profundo.
—Está… demasiado adentro.
Él le dijo que aguantara mientras ella fruncía el ceño por la presión.
—Un poco más.
Buscando espacio en lo más profundo, la cabeza del miembro empezó a acomodarse a la fuerza, ocupando cada milímetro.
—¡Ahhh!
—¿Qué te parece si… pfff… si le damos un hermanito a Theo ahora mismo?
Entre el calor que soltaba el cuerpo del hombre y la forma tan terca en que sentía el miembro dentro de su vientre, Obriena sentía que el aire no le llegaba a los pulmones.
—Pe-pero… Theo todavía es un bebé… un bebito…
Trató de decirle que, como todavía le estaba dando de lactar, no podía quedarse embarazada, pero sentía que se iba a asfixiar en cualquier momento.
—Ya crecerá. Por el tamaño que tiene, en dos o tres meses ya estará caminando y corriendo.
Le habían dicho que el mismo Kaylock fue así de precoz.
¿Un bebé? ¿Otro embarazo? Aunque jadeaba con el miembro llenándole toda la barriga, Obriena negó con la cabeza con todas sus fuerzas, pero eso solo hizo que Kaylock se pusiera más impaciente.
—Esta vez quiero una hija.
Se imaginó a una niña chiquita y adorable, igualita a Obriena. Entonces, soltó los muslos que venía apretando con fuerza y agarró sus pechos, que aún goteaban un poco de leche.
Los masajeó con suavidad mientras pasaba la lengua por los pezones para lamer esas gotitas. Cada vez que lo hacía, lo más profundo de ella se contraía tan fuerte que llegaba a doler. —Vente una vez más —le propuso Kaylock, como si le estuviera haciendo un favor. —Yo también ya me voy a lanzar.
La iba a llenar por completo. Una hija sería lindo, pero si nacía otro hombrecito tampoco estaba mal. Él hizo un último movimiento circular y pesado con la cadera, los pies de ella, envueltos en las medias, se estiraron por completo, tiesos. —¡Ahhh!
Como si hubiera estado esperando ese momento, Kaylock sacó el miembro casi del todo y volvió a arremeter con una fuerza bruta. A ella le costaba porque no lo quería soltar, pero el placer era demasiado bueno. Él se movía a mil por hora, como si cada segundo fuera oro, Obriena empezó a retorcerse y a llorar de forma hermosa.
—¡Ay! ¡Ah, ah! ¡Mmm!
—Uggghhh uhmm
Fue el final. Mientras Obriena lo apretaba con todas sus fuerzas desde adentro, un chorro de líquido caliente salió disparado, bañándole todo el útero.
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Después de despachar a Aileen —que se había ido bien picona porque Kaylock no estaba en el castillo cuando la llamaron—, Eloise se quedó pensando en las piezas del tablero: Kaylock y Aileen, o Cedric y Aileen. Aileen era la carta que Eloise tenía que retener sí o sí. Si Kaylock se casaba, su posición en el castillo se iba a mover. Ese chico de siete años (en cuerpo de hombre) nunca le había caído bien; habían vivido como extraños por años, más aún después de la muerte del anterior Duque. Nada le aseguraba que la relación mejoraría si él se casaba.
‘Bueno, si es con Aileen, al menos nos veríamos las caras de vez en cuando’. Aunque claro, eso si él no seguía encaprichado con la empleada que le dio el hijo ilegítimo. Si lograba que Kaylock o Cedric se casaran con Aileen, ella podría irse tranquila a la capital a vivir su vida social.
—Lo importante es quién será el elegido, ¿no?
—Exacto. ¿Tú qué piensas, Dorian?
Dorian ladeó la cabeza.
—Pero, ¿no está ya bastante claro?
—¿Para mí?
—¿Acaso podría usted aguantar las malcriadeces de Sir Cedric?
Una sombra de desesperación cruzó el rostro de Eloise.
—Además, mientras Sir Kaylock sea el Duque, el Norte estará seguro. Que haya perdido la memoria no significa que haya perdido su fuerza.
Dorian se acomodó la servilleta en el brazo y sirvió el vino tinto que Eloise había pedido.
—Un poco más.
—Todavía es de día. No debería exigirse tanto.
—Uff. Al final, parece que el único que se preocupa por mí eres tú.
Eloise levantó un poco la mirada, acordándose de lo que había pasado entre ellos aquel día. Para una mujer tan tiquismiquis como ella, la vida íntima con el Duque era casi un trámite, algo que tenía que aguantar solo para dar herederos. Pero lo que pasó con Dorian fue otra cosa, fue puro engreimiento.
Él la había acariciado con esa lengua que siempre se veía impecable, recorriendo sus pechos y su intimidad hasta hacerla llegar al clímax. Al terminar, la única que estaba toda despeinada era ella; Dorian, tan pulcro como siempre, usó una toalla tibia para limpiar con cuidado cada sitio que había tocado.
Ahí fue que ella descubrió lo limpio y rico que era llegar al máximo sin necesidad de ‘la herramienta’ del hombre. Recordar cómo la adoraba, casi como si estuviera rindiéndole culto a una diosa en vez de estar poseído por una lujuria asquerosa, hizo que el cuerpo se le encendiera de nuevo.
—¿Dorian?
—He estado dándole vueltas a algo.
Eloise se recostó en el diván y se subió el vestido así, como quien no quiere la cosa.
—¿A qué?
Dorian le lanzó una mirada rápida a los tobillos blancos y finos de la Duquesa. Dejó la botella de vino a un lado, se limpió las manos con la servilleta y se acercó lentamente para sentarse a sus pies y rodearle el tobillo con la mano.
‘Joven, hermosa y una viuda sin hijos… qué desperdicio’
—Tengo una forma de asegurar no solo el compromiso del Duque con Aileen, sino de que lleguen al altar sí o sí.
—Mmm, eso suena interesante…
Eloise soltó un ronroneo y cerró los ojos, sintiendo cómo las manos de Dorian ya empezaban a subir por sus muslos. Era la primera vez que disfrutaba tanto del tacto de una mano así: suavecita, sin un solo callo. Las manos de Ark, que paraba manejando espadas pesadas, eran toscas y resecas. Además, el tipo era tan bruto para demostrar su fuerza que, después de estar con él, ella siempre terminaba con algún moretón en el cuerpo.
—¿Y ese método es…?
—Mmm, eso se lo cuento en un ratito. Ahora… más arriba.
Eloise se quejó, como una niña caprichosa, cuando sintió los dedos suaves del hombre acariciándola por encima de la ropa interior de forma provocadora. Dorian soltó su tobillo, le dio un beso tierno en el huesito del pie y sonrió.
—Como usted mande, mi señora.
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