Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 54
—Entonces ella es…
—Es mi sobrina lejana, así que te encargo que la atiendas bien.
Ante las palabras de Agnes, la dueña de la boutique sonrió de oreja a oreja y saludó a Aubrianna, a quien ya le estaban tomando las medidas.
—Me llamo Marina. Como la señorita es tan hermosa, estoy segura de que cualquier cosa que se ponga le va a quedar regia.
La amable dueña guio a Aubrianna hacia la parte de atrás mientras seguía hablando.
—Como me dijeron que necesitaba ropa urgente, he preparado unas cuantas prendas sencillas para ahora; el resto lo coseremos lo más rápido posible y se lo enviaremos a su casa.
De pronto, se acordó de algo y preguntó:
—¡Ah! ¿Por si acaso tiene algún estilo que prefiera en especial?
Aubrianna negó con la cabeza varias veces. ¿Un estilo preferido? Para empezar, no tenía muchos recuerdos de haber visto ropa bonita. Las empleadas usaban todas el mismo uniforme y las damas de compañía vestían de forma más recatada que sus señoras. En el castillo del Duque no había ninguna jovencita, a la Duquesa le encantaba vestirse de forma tan exagerada y llena de joyas que a Aubrianna nunca le pareció que se viera bien.
—No se preocupe, usted solo dígame y nosotros nos encargamos de todo.
Entonces, la dueña le preguntó si quería que sus zapatos llevaran una joya grande o varias chiquitas, Aubrianna se puso súper nerviosa.
—E-esto… señora Agnes.
—Hazlo como a ti te parezca más cómodo, hija.
Aubrianna, con la punta de la nariz roja de la vergüenza, le susurró al oído a Agnes:
—Pero… uno solo ya debe costar un ojo de la cara…
Agnes se rió y le devolvió el susurro:
—Kaylock ya dejó pagada una buena cantidad de dinero aquí, así que puedes mandarte a hacer ropa por varios años sin preocuparte por la plata. —¿E-en qué momento hizo eso…?
Como no le habían dicho ni ‘miau’, Aubrianna se quedó helada de la sorpresa.
—Dijo que era el pago por tus enseñanzas.
Agnes empezó a apurar a la dueña, diciendo que todavía faltaba elegir la ropa interior, los sombreros y los zapatos.
—Me han dicho que las joyas ya las mandaron a la casa de campo, así que luego nos las probamos con el vestido.
Mientras se probaba ya el tercer vestido, Aubrianna asentía como ida.
—¡Ah! Y también encárgate del maquillaje, por favor.
La dueña se remangó los brazos, lista para la acción.
—A ver, ¿veamos qué colores le asientan mejor?
Dijo que iría a la casa de campo mañana temprano, pero de una vez sacó sus implementos de maquillaje. Parece que Agnes le había contado quién sabe qué cosas, porque hasta la dueña estaba recontra motivada y empezó a pasarle las brochas por la cara a Aubrianna.
—La voy a dejar como una belleza de rasgos bien definidos.
Dijo que, aunque era hermosa, sus facciones se veían un poco ‘apagadas’, así que le pintó las cejas bien marcadas y le onduló el cabello con una vara de hierro caliente, como si lo estuviera sellando. Al verse en el espejo, Aubrianna se sentía tan extraña que no dejaba de estrujar el vuelo de su falda.
—¿De verdad está bien todo esto?
preguntó Aubrianna con preocupación, viendo a los criados cargar las cajas grandazas desde el carruaje.
—Te he dicho que por la plata no te hagas paltas. Si yo no estoy y necesitas algo, ven defrente a la boutique de Marina.
—No, no es por eso…
Ella se quedó estancada en la entrada, sin atreverse a entrar.
—Es que… no sé si me veo bien.
Era la primera vez que se maquillaba así y se sentía súper rara.
—Te digo que estás lindísima. Mañana le vamos a bajar los humos a Eileen, ya verás.
—¿Eh? No, no es por eso…
Agnes ya no le hacía caso y empezó a gritarles a los criados que llevaban las cajas:
—¡Tengan cuidado con la caja de los sombreros! ¡Oye, tú! ¡Lleva de a uno, no cargues varios! ¡Si se chancan, van a perder su forma!
Y tras decir eso, desapareció siguiendo a los hombres hacia el vestidor.
Parada en el gran pasillo que llevaba al salón, Aubrianna se quitó el abrigo lentamente y empezó a girar de un lado a otro, mirando con extrañez su propio reflejo en los jarrones de vidrio. No se reconocía.
—¿Quién está ahí?
En ese momento, Kaylock se acercó por detrás. A ella ya se le hacía súper raro verse así, sentir que ni él la había reconocido la dejó helada.
‘De verdad que me debo ver fatal’
Se sentía extraña. En la cabaña, ella no usaba maquillaje ni ropa fina, pero se sentía más segura de sí misma; en cambio, al volver al castillo del Duque, se sentía otra vez como la empleada de antes: tímida y llena de dudas.
‘¿A dónde se fue esa Aubrianna tan lanzada de la cabaña? Esa que me dijo, sin que le importe quién mirara, que abra las piernas y que entre en ella’. Se le vinieron a la mente las palabras que Kaylock le soltó esa mañana, cuando tuvieron algo en un rincón del jardín, sin pizca de vergüenza. ‘Es un hecho que el Kaylock sin memoria es débil ante las mujeres decididas y provocadoras’.
Pero esa no era la verdadera personalidad de Aubrianna. En la cabaña, ella tuvo que sacar fuerzas de flaqueza y mentalizarse una y otra vez para actuar así. Ahora que estaba de vuelta en el castillo, le costaba demasiado seguir fingiendo. Encima, esa sensación de estar usando ropa ajena la ponía más nerviosa.
Llevaba un sombrero de encaje tieso, decorado con plumas lujosas y joyas que nunca en su vida había visto. Su cabello largo y ondulado caía suavemente sobre sus hombros y su espalda descubierta. Le habían dicho que la moda en la capital ahora eran vestidos con un corte justo encima del pecho para darle un aire más sexy. Para que no se le escape nada si se movía mucho, tuvo que pasarse todo el viaje en el carruaje presionándose el pecho con sus manos enguantadas.
Y el maquillaje… ni hablar. Le habían pintado las cejas y los ojos tan fuerte que sus pupilas rojas resaltaban demasiado; y sus labios, en vez de un rosado suave, estaban de un rojo encendido que hacía que su piel blanca se viera casi pálida. Se sentía tan incómoda que estaba a punto de quitarse los guantes para borrarse ese rojo de la boca, cuando escuchó:
—¿Aubrianna?
Kaylock se acercó y le tocó un mechón de cabello. Ella se tapó los labios con la mano y, al voltear, sintió que el corazón se le caía al piso.
‘Fijo que me veo mal’
Kaylock tenía el ceño recontra fruncido, como si estuviera de pésimo humor.
—¿Así es como has venido?
Ella asintió y él le agarró la muñeca.
—¿Por qué te tapas la cara?
Con la otra mano, él le frotó cerca de los ojos. Al ver que sus dedos se manchaban con el maquillaje negro, Kaylock murmuró:
—Pareces una cualquiera.
A Aubrianna se le subieron los colores a la cara de la pura vergüenza, pero tenía la base tan cargada que ni se le notaba que estaba roja.
—Pero… esta es la moda que se usa ahora en la capital…
—Parece que en la capital las ‘callejeras’ son las que imponen la moda entonces.
Era una verdad a medias. En los círculos sociales, las modas corrían rápido desde los barrios rojos, las damas de alta alcurnia terminaban copiando a las cortesanas más caras y populares.
—Qué frío que es usted.
Aubrianna empezó a asarse. Ella fue la que se pasó horas maquillándose y cambiándose solo porque la futura prometida de Kaylock estaba por llegar.
‘¿Para quién tengo que arreglarme? ¿A quién le tengo que ganar?’
¿Si le ganaba a Eileen, Kaylock la querría más? No tenía ni chance de ganar. Eileen era una aristócrata de nacimiento; de esas que se pasan medio día rodeadas de empleadas solo para alistarse y dar una vueltita por el parque frente a su casa.
‘Al final, en tu vida pasada, tú ya elegiste a Eileen’
Si Aubrianna podía estar ahora en este lugar en vez de estar pudriéndose en un calabozo, no era por el vestido ni por el maquillaje. Era porque ella sabía exactamente cómo atacar su cuerpo para darle placer. A ella le entró la duda:
‘Si dejo de actuar de forma lanzada y provocadora, ¿Kaylock me botará para elegir otra vez a Eileen?’.
La mirada de Aubrianna chocó con la de Kaylock, que brillaba con una frialdad cortante.
—¿Frío?
Él soltó un bufido, retrocedió un paso y se cruzó de brazos.
—¿De verdad me dices eso después de ver la facha con la que has venido?
Cuando Aubrianna bajó la mano y terminó de dar la vuelta, se escuchó clarito cómo él rechinaba los dientes. Al parecer, ver que el vestido le dejaba media espalda al aire le terminó de malograr el genio.
Aubrianna hizo el amemán de irse a su cuarto, pero le entró la piconería. ‘¿Quién fue el que me preguntó en la cabaña si yo era una cualquiera?’.
Ella, a propósito, volteó solo a medias y bajó la mirada; con el maquillaje un poco corrido, se veía peligrosamente sexy. Debajo de su nariz perfilada, sus labios rojos como la sangre se abrieron un poquito y dejó ver su lengua rosada humedeciéndolos.
—¿Tanto le disgusta cómo me veo?
Kaylock estaba que echaba chispas. Le daban ganas de buscar a cada hombre que hubiera visto esa piel blanca y suave que él creía solo suya, para arrancarles los ojos uno por uno. Solo de pensar que ella anduvo así por la calle, provocando a la gente, sentía que la rabia le subía por el cuello, poniéndole los ojos rojos y haciéndole hervir la sangre.
Él lo reconocía: si no hubiera perdido la memoria, ni siquiera le habría dado a Aubrianna la oportunidad de vestirse así. ‘La habría cuadrado con frialdad y me habría ido dándole la espalda’.
Entonces, Aubrianna se quedaría llorando con esos ojos dulces, escondida en su cuarto esperando que él la perdonara. Luego, él le regalaría alguna joya, la poseería mientras ella estaba resignada, ella volvería a ser ‘suya’: siempre sumisa y hermosa.
Pero desde que perdió la memoria, algo en Aubrianna había cambiado. Se había vuelto arriesgada, sensual, intensa. Le extrañaba que ella tuviera ese lado, pero al mismo tiempo, su cuerpo reaccionaba al toque. Se acordó de lo que pasó esa mañana y, al imaginarse a Aubrianna jadeando sobre la mesa del jardín vestida así, sintió que el miembro se le ponía de piedra al instante. Es más, ya estaba ganando volumen peligrosamente.
Y para colmo, la muy pícara bajó la mirada y le chequeó la entrepierna. ¿Acaso él era así de débil ante la tentación? Se supone que en la relación con Aubrianna, él era el que mandaba. Ella no tenía voz ni voto. Pero parece que el que no tenía ni voz ni voto era su propio miembro. Su lado racional y su cabeza caliente empezaron a buscar excusas baratas para ceder ante lo que sentía allá abajo:
‘Al final de cuentas, ¿acaso no se arregló así solo para mí?’
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