Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 51
—El té tiene un aroma encantador, qué buen gusto.
La habitación de la dama, ubicada a una altura que permitía ver toda la ciudad de Tenant de un solo vistazo, era uno de los rincones más hermosos del castillo y el lugar favorito de Eloísa. Agnes dejó su taza de color cobalto con adornos dorados y se quedó contemplando el paisaje urbano.
Eloísa se acomodó su bata de seda y se sentó frente a ella.
—Me sorprendió un poco su visita tan repentina.
Aunque Agnes era condesa y, por jerarquía, estaba debajo de la duquesa Eloísa, esta última la trataba con respeto porque Agnes era hija de un Gran Duque.
—¡Ay, pero qué flores tan divinas!
exclamó Eloísa, soltando un cumplido lleno de admiración al ver la enorme cesta sobre la mesa.
Había rosas elegantes en tonos durazno y marfil, delphiniums de un azul refrescante y guisantes de olor que traían toda la fragancia de la primavera. Las flores del invernadero de Agnes eran famosas en todo el Norte por ser las más grandes y bellas.
Tener un invernadero era carísimo y un dolor de cabeza para mantener. En el castillo también había uno chiquito, pero casi nunca florecía nada y, como se descuidaron, estaba lleno de maleza. La verdad es que Eloísa no quería contratar a un jardinero experto; los que sabían de verdad cobraban un ojo de la cara, ella no soltaba ni un sol si no era para algo que se fuera a poner encima.
—Como los días están más largos y el clima ha mejorado, este año logré que florecieran antes. Estaba pensando en organizar un té en el invernadero pronto… —dijo Agnes mientras se acomodaba el sombrero con una elegancia impecable—. Sería un honor que la Duquesa nos acompañara.
A Eloísa se le iluminaron los ojos al ver la mirada amable de Agnes.
—Muchísimas gracias por la invitación, ahí estaré.
Un té organizado por Agnes no era cualquier reunión de señoras para chismear. En sus tiempos, ella era famosa por armar eventos espectaculares y cargados de lujo. Antes de que el rey actual se casara, era Agnes quien organizaba todos los bailes y eventos sociales de la corte desde que era casi una niña. Sin embargo, desde que vino al Norte como niñera de Kaylock, no había vuelto a organizar ni una fiesta, ni siquiera después de casarse.
Los ojos de Eloísa, siempre ambiciosos, brillaron de la emoción.
‘Fijo que viene gente importante de la capital’, pensó. Agnes todavía tenía mucho peso en la corte. ‘¿Y si viene hasta la mismísima Reina?’.
Eloísa pasó saliva de los nervios. Ya estaba harta del invierno eterno del Norte y de este castillo que era puro bloque de piedra sin ninguna gracia. Si lograba hacerse amiga de la Reina y entrar de nuevo en la alta sociedad de la capital… Ya se imaginaba viviendo una vida de lujo y calor allá, apenas lograra casar a Kaylock con Eileen.
—Vaya, parece que el Norte se va a poner movido después de tiempo.
—Precisamente por eso, quería pedirle un favorcito, Duquesa…
—Usted dirá.
respondió Eloísa con una sonrisa de oreja a oreja, de lo más generosa por la invitación.
—…Se trata de Aubrianna.
Al toque, la alegría de Eloísa se evaporó y su mirada se volvió de hielo.
—¿Se refiere a la empleada de mi casa?
preguntó. Por más que tuviera al frente a la hija de un Gran Duque, el solo nombre de Aubrianna le quitaba las ganas de ser amable.
—¿Y por qué me habla de esa sirvienta?
Agnes se arrepintió de haber soltado el nombre de Aubrianna tan rápido al notar cómo cambió el tono de Eloísa. ‘Debí empezar hablando del matrimonio de Kaylock’, pensó. Pero ya estaba ahí, con la canasta de flores pesadísima que trajo desde temprano, así que tenía que soltar la firme.
—Bueno, es que me puse a pensar que, si Kaylock logró volver sano y salvo de esas llanuras de nieve tan peligrosas, fue en gran parte gracias a Aubrianna.
—¿Y?
Los pétalos de las flores de Agnes soltaron un aroma intenso mientras una brisa de primavera entraba a la terraza junto con la luz del sol. El toldo de seda blanca que colgaba de las columnas ondeó suavemente.
—Digo yo… como hizo algo tan importante, ¿no cree que se merece un premio?
—¿Ah, sí? ¿Y qué quiere? ¿Que la case con alguien?
soltó Eloísa con una risita burlona.
Agnes se quedó un poco descolocada por el sarcasmo, pero recuperó la compostura al segundo.
—Usted bien sabe que Kaylock es el Duque de la casa Tenant, el que manda en todo el Norte.
—No soy tonta, eso lo sé perfectamente.
Agnes se inclinó hacia adelante, clavándole una mirada decidida para acortar la distancia entre las dos.
—Duquesa, yo sé muy bien cuánto quiere usted a Kaylock.
Agnes estaba convencida de que, por más que hubiera gente en contra, si Eloísa daba el visto bueno, el matrimonio se hacía sí o sí. Con el corazón en la mano, intentó convencerla una vez más, usando un tono más suave:
—Yo también le tengo un cariño inmenso a Kaylock.
—Ya lo sé. Por algo una mujer de su alcurnia se rebajó a ser su niñera aquí por siete años, ¿no?
Eloísa ya se veía notablemente amarga. A pesar de que corría aire, sacó su abanico y empezó a echarse aire en las mejillas, que las tenía rojas del coraje. El sirviente Dorian se acercó calladito para servirle más té y luego se retiró a un rincón.
—Pero… ¿tratar de casarlo con esa sirvienta de quinta? ¿Usted cree de verdad que eso es lo mejor para el Duque?
Ante esa negativa tan tajante, Agnes se quedó fría y no tuvo más remedio que cerrar la boca.
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—¡Ese Kaylock…! ¡De verdad que me va a sacar canas verdes!
Agnes caminaba por el pasillo con pasos elegantes pero cargados de piqué, lo que hizo que Tarion soltara una risita.
—Mi señora, ¿por qué le echa la culpa a Lord Kaylock de que la Duquesa se oponga?
—¡Es que si Aubrianna no hubiera salido embarazada, yo le habría dado el apellido Bellone y ella habría entrado a esta casa con la frente en alto! Pero Kaylock lo arruinó todo con sus impulsos.
—Bueno, pero al menos gracias a eso tenemos al pequeño Theo.
Al pensar en lo tierno que era Theo, la cara de Agnes se ablandó un poquito.
—Sí… Theo.
Pero ese pobre niño ahora es un hijo ilegítimo.
—Ese niño tiene que ser el heredero legítimo de esta familia.
Agnes no pensaba tirar la toalla a pesar de la negativa de Eloísa. Lo haría por Theo, si era necesario.
—Pero, Señora Agnes…
—¿Qué pasa?
—¿Y qué hay de Lord Kaylock?
—¿Qué tiene él?
Tarion ladeó la cabeza, como quien suelta una verdad de esas que duelen.
—Digo… si Lord Kaylock de verdad hubiera querido, ¿no cree que se habría casado con la señorita Aubrianna hace tiempo?
—¿Qué?
—Piénselo, pues. Tiempo ha tenido de sobra. Ella ha sido su amante por varios años y, cuando salió embarazada, también hubo tiempo suficiente para arreglar las cosas.
Agnes empezó a caminar más despacio hasta que, de pronto, se plantó en seco.
—Por más que la Duquesa se opusiera con todo, Lord Kaylock es el jefe de la casa y tiene la última palabra en todo. Si él realmente hubiera tenido la voluntad, ese matrimonio ya se habría celebrado hace años, ¿no le parece?
Tarion tenía toda la razón, a Agnes no le quedó otra que aceptarlo.
—No creas que no se me ha pasado por la cabeza.
Pero cada vez que Agnes intentaba tocarle el tema a Kaylock, él se quedaba mudo, como si no fuera con él. Y mientras él se hacía el sueco, la Duquesa ya había movido cielo y tierra hasta dejarlo a un paso del compromiso con Eileen.
Eileen Lotte.
La familia de los Lotte tenía sus tierras en el Norte, pero eran de esos nobles ‘pitucos’ que se la pasaban metidos en la capital. Agnes conocía bien a los señores Lotte: tenían plata y mucha llegada en la alta sociedad, pero se morían por un honor y un prestigio que todavía no sentían tener.
En el Reino de Triran, el único soltero de alto rango que valía la pena era Kaylock. Y el conde Lotte no era ningún tonto; no iba a dejar pasar a un Duque joven y talentoso así nomás.
Justo en ese momento, la hija de los Lotte apareció como de la nada.
—¡Buenas tardes, Condesa Bellone!
saludó Eileen con una reverencia elegante pero llena de energía, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Ya escuchó las noticias del Duque? ¡Vaya, que haya vuelto sano y salvo es un milagro! ¡De hecho es por la gracia de la Diosa!
—Tiempo sin verla, señorita Lotte.
—¡Ay, por favor! Siempre que me ve me dice lo mismo. Dígame Eileen, nada más. Recién acabo de llegar. Justo cuando me estaba aburriendo de las fiestas en la capital, la Duquesa me mandó una carta llena de alegría, ¿se imagina? Me subí al coche más rápido y salí disparada hacia acá, de verdad que…
Eileen ni terminaba las frases, tenía los ojos brillando de la pura emoción.
—¿Usted ya vio al Duque? ¿Cómo está? ¿Se encuentra bien de salud?
Agnes, un poco incómoda, intercambió una mirada con Tarion antes de responder:
—El Duque está muy bien de salud. Veo que ha venido a visitar a la Duquesa.
—¡Sí! Vine a saludarla primero. Me pidió que viniera lo antes posible, así que ni tiempo tuve de empacar bien mis vestidos. Menos mal que el clima en el Norte ya está calentando un poquito.
¿Siempre fue tan habladora?, pensó Agnes.
Se limitó a asentir con la cabeza y siguió su camino. Le daba un poco de pena con la joven, pero ella seguía pensando que Kaylock y Aubrianna hacían mucho mejor pareja.
‘Esta chica es… cómo decirlo… demasiado optimista, como que le falta calle y es un poco pava, ¿no?’, reflexionaba Agnes.
Ella había visto crecer a Kaylock desde que perdió a su madre. Su padre casi nunca estaba en el castillo, siempre metido en la frontera cumpliendo con su deber.
‘Creció sin el cariño de sus padres, con lo fría que es Eloísa…’
A los siete años un niño ya no suele necesitar niñera, pero Agnes se quedó con la esperanza de que Kaylock encontrara a alguien que fuera como una madre cariñosa para él. Pero la vida siempre te da sorpresas.
Ese niño que parecía que iba a crecer sin problemas, de pronto empezó a mostrar un lado frío y cruel que a Agnes le partía el alma.
‘Para cuidar la frontera no sirve tener un carácter débil’, le decía Arc Tenant para defender a su hijo.
Por eso mismo, Agnes quería que la mujer de Kaylock fuera alguien alegre y dulce.
‘Aubrianna es así’.
Antes de tener a Theo, parecía un poco tímida y hasta tristona, pero desde que nació el bebé, se la veía mucho más decidida y llena de vida.
‘Además, si Kaylock la quiere a ella, ¿qué más da lo demás?’
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