Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 50
—Ejem.
Agnes soltó una tos falsa para llamar la atención. Aubrianna, sintiéndose en un compromiso, apartó la mano de Kaylock con un empujoncito y sonrió apenada.
—Ya basta.
—¿Por qué?
Kaylock, sin hacerle caso, volvió a levantar la mano y le acercó el tenedor a la boca. Aubrianna miró el trocito de carne y arqueó una ceja.
—Le he dicho que ya basta.
Ante su tono un poco más firme, Kaylock terminó metiéndose el tenedor en su propia boca con total naturalidad. Aubrianna soltó un suspiro y se llevó a la boca un trozo de verdura bien cocida.
—A ti te gustaba la carne.
protestó Kaylock, mirándola con mala cara al ver que su plato solo tenía frutas y verduras.
—Es que no tengo hambre, eso es todo.
Su voz sonaba un poco ronca, cómo no, si él la había tenido a mal traer durante todo el día.
—Tienes que alimentarte bien.
Dicho esto, Kaylock se metió un cerro de comida a la boca y empezó a masticar como si nada.
—Por cierto, Aubrianna. Hoy estás realmente preciosa.
—Muchas gracias, Condesa. El vestido es una maravilla.
Aubrianna estaba sinceramente agradecida por el cumplido y por la ropa que le habían prestado.
—Es un modelo que ya pasó de moda, pero te queda tan bien que me da gusto vértelo puesto.
Las capas de tela color crema de la falda se movían con una elegancia única al caminar. El encaje negro que adornaba el cuello y el pecho, junto con las joyas incrustadas, no se veía exagerado; al contrario, le daba un aire de mucha clase.
Llevaba el cabello recogido con mucho estilo, adornado con perlas negras que la hacían ver muy distinguida. Incluso los zapatos brillantes eran algo nuevo para ella. Le dolían un poco los tobillos y los pies le ajustaban, pero valía la pena el sacrificio.
—Gracias también por enviarme a la sirvienta para que me ayude a arreglarme.
Kaylock hizo rechinar el tenedor contra el plato, provocando que Agnes le lanzara una mirada de reproche. Él se mordió el labio, fastidiado porque la llegada repentina de la sirvienta había cortado por lo sano su ‘momento de diversión’.
—¿Y tú qué dices, Kaylock? ¿Verdad que Aubrianna está hermosa?
Él le dio una mirada rápida, recorriéndola de arriba abajo, volteó la cara al toque.
—Sí.
Esa respuesta tan simple y sin ganas hizo que Aubrianna frunciera el ceño. Pero claro, ¿cómo iba a decir él que como más linda se veía era cuando no llevaba nada puesto? Sería un descaro.
Kaylock se encogió de hombros y se quedó mirando el vacío de la mesa redonda. Ahora que ya estaba algo lleno, lo único que quería era llevarse a Aubrianna de nuevo a la habitación.
Mientras las velas del candelabro de oro bailaban por el aire, Agnes lo observaba desde el otro lado con una mirada que cortaba.
—¡Kaylock!
Justo cuando Agnes iba a cuadrarlo, un sirviente se acercó por detrás y le entregó un sobre en una bandeja.
—¿Ah? ¿Quién será a estas horas?
Si llegaba después del ocaso, era fijo que se trataba de algo urgente. Agnes abrió el sobre con un abrecartas y sacó el papel con cuidado. A medida que leía, sus manos empezaron a temblar violentamente.
—¡Kaylock!
Por el tono de voz, que no presagiaba nada bueno, Kaylock se puso derecho en su asiento. Agnes estaba furiosa. Algo que pudo resolverse fácil se había vuelto un arroz con mango por culpa de las ganas de Kaylock.
—¿Qué pasó?
preguntó Aubrianna preocupada.
—Es por tu culpa. Todo por tu culpa…….
—¿Y ahora qué se supone que hice yo?
Agnes lanzó el papel, que voló hasta caer frente a él.
—Léelo tú mismo.
Con cara de aburrido, Kaylock leyó la carta de arriba abajo y, para sorpresa de todos, soltó una risita burlona.
—No queda de otra.
dijo Kaylock como quien no quiere la cosa.
—¿Pero qué ha pasado?
preguntó Aubrianna con los ojos bien abiertos, que le bailaban como la llama de las velas. El miedo se le empezó a notar en la cara, pensando que se venía un problemón.
—No es nada, tranquila.
Al oír a Kaylock, Agnes se llevó la mano a la frente, lamentándose:
—¿Cómo que no es nada? ¡Por favor!
Aubrianna, chequeando la situación con cuidado, jaló el papel que Kaylock había tirado y se puso a leerlo. Como no veía bien, se levantó de un salto y se acercó a una lámpara de gas que colgaba de la pared del comedor. Ahí, con más luz, pudo leer todo clarito.
No podía creer lo que decían esas letras. Tuvo que leerlo un par de veces más para que la noticia le terminara de entrar en la cabeza.
—¿Ustedes… me querían adoptar?
Su voz, toda temblorosa, retumbó en la habitación. Agnes sacudió la cabeza con tristeza.
—Quería que fuera una sorpresa para ti… pero Kaylock lo arruinó todo con sus cosas.
—¿Y ahora por qué me echan el muerto a mí?
reclamó él, señalando hacia el piso de arriba donde dormía Theo, mientras soltaba una risita burlona.
—Es por culpa de ese mocoso.
Resulta que la familia Bellone, por recomendación de Agnes, había estado evaluando adoptar a Aubrianna Morel. Pero la respuesta que llegó fue un ‘no’ rotundo: lamentablemente, como ella había tenido un hijo fuera del matrimonio, la familia no podía aceptarla.
—Incluso si hubiera querido meterte en mi propia familia……
Agnes se mordió el labio, dejando la frase en el aire.
—Por poquito y me convierto en Aubrianna Maric.
murmuró ella con una sonrisa agridulce.
Pensar que una extranjera huérfana estuvo a punto de volverse parte de la realeza del Reino de Triran era una locura. Aubrianna dobló el papel, lo dejó en la mesa y se acercó a Agnes.
—Gracias de todo corazón por haberme tenido en cuenta.
Su vida en el orfanato no había sido de miseria extrema ni de hambre, pero sí fue una vida vacía, sin afecto ni lujos. A veces miraba con envidia a los niños que conseguían unos buenos padres y se iban adoptados. Pero como todos buscaban bebés, ella, que ya estaba grandecita, nunca tuvo esa suerte.
Sin embargo, al enterarse de esta noticia, sintió que esos años oscuros en el orfanato se hacían más ligeros, como si por fin se hubiera quitado una mochila pesada de encima.
—Estoy feliz. Hoy es un día realmente feliz.
Saber que alguien la había querido de verdad la llenó de una alegría que no le cabía en el pecho. Al mismo tiempo, los ojos se le empezaron a poner rojos y a llenarse de lágrimas.
—Es que yo… de verdad… que alguien me quisiera así…
Desde que su mamá murió, Aubrianna nunca sintió que alguien la deseara de corazón en su vida.
Y Kaylock… bueno, él era el único con el que se llevaba bien en el castillo, aparte de Rien. Cuando él, siendo un duque guapazo y elegante, se fijó en ella, Aubrianna casi se vuelve loca de la emoción. Ella lo amaba en secreto desde hacía tiempo. Pensaba que ambos, como dos animalitos heridos, se estaban curando las penas el uno al otro.
Pero para Kaylock no era así. Para él, ella solo era la mujer que le calentaba la cama antes de casarse con otra.
Por eso, saber que Agnes —y una familia tan rica como los Bellone— la habían querido, fue como si le floreciera el corazón de golpe. Aunque al final no se hubiera dado, el simple hecho de que lo intentaran ya era suficiente.
Para no mojar sus guantes de seda con las lágrimas, Aubrianna se los quitó y se limpió los ojos con las manos desnudas, mientras intentaba sonreír.
—Perdónenme, me emocioné.
—Ven aquí.
dijo Kaylock, acercándose para darle un abrazo fuerte.
—No lloro de tristeza, es de pura alegría.
—Lo sé, lo sé.
Su mano grande, la misma que le había estado haciendo travesuras durante toda la cena, ahora la acariciaba con una ternura que parecía pedirle disculpas.
—Hoy te ves realmente hermosa.
Y era la pura verdad. Era la primera vez que la veía con un vestido así, con el cabello recogido y maquillada.
‘¿Por qué antes no se me ocurrió regalarle ropa así?’, se preguntó él, sintiendo un hincón de culpa en el fondo.
Podría haber hecho algo tan simple como llamar al dueño de una boutique, tal como lo hacía Eloísa… pero, al mismo tiempo, Kaylock no quería que nadie más la viera. Sentía que si alguien más la miraba así de arreglada y llegaba a tener malas intenciones, él perdería los papeles y se pondría como un animal.
—Lo sé.
murmuró Aubrianna, captando la sinceridad en su tono.
Pero Agnes seguía con el corazón apretado. Sacó un cigarrillo delgado, de esos que están de moda, lo encendió con un suspiro.
—Theo es un niño adorado, Aubrianna, pero… de verdad quería que fueras mi hija.
Como Agnes no había tenido hijos con el conde Bellone, siempre se quedó con las ganas de tener una hija a quien engreír. Por eso, cuando se enteró de que Kaylock —a quien crió como a un hijo— tenía una amante, fue a conocerla por pura curiosidad. Se imaginaba a la típica ‘trampa’ de noble: una chica atorrante, vanidosa y desesperada por la plata. Pero Aubrianna le rompió todos los esquemas; era otra cosa.
—¿Dices que puedes leer el idioma Blank?
—Aprendí un poco cuando era chica, señora.
El Blank era la lengua del antiguo imperio que alguna vez dominó el continente. Ahora era un idioma casi muerto que solo conocían los académicos y la realeza.
—¿Y cómo así lo aprendiste?
—Me gusta mucho la historia, supongo que por eso se me quedó.
Al principio fue solo curiosidad. Una mujer del reino Blank que se instaló en Triran antes de que cerraran las fronteras y que creció en un orfanato. Pero, a pesar de ser una empleada, tenía una postura impecable, hablaba con mucha clase y, encima, era culta.
Por eso, cuando escuchó que Kaylock iba a comprometerse con Eileen, Agnes empezó a darle vueltas a la idea: ¿Y si fuera mi hija? Justo cuando ese pensamiento cobraba fuerza, se enteró del embarazo de Aubrianna. Y antes de que pudiera mover un dedo para ayudarla, su salud se fue al piso y tuvo que dejar el norte para irse a recuperar a otro lado.
—Fue un tema de tiempo… la cosa no se dio cuando debía.
Fuuu.
El humo blanco y largo del cigarrillo se deshizo contra el vidrio de la ventana del comedor.
—A mí también me da mucha pena.
dijo Aubrianna, mirándola con mucha ternura.
Ella siempre tuvo grabada en la mente la imagen de su mamá, que era hermosa, pero como murió tan joven, si Aubrianna hubiera podido elegir a una madre, sin duda habría elegido a Agnes.
—De verdad, mil gracias por todo.
Aún refugiada en los brazos de Kaylock, Aubrianna estiró la mano hacia ella. Agnes la tomó y la apretó fuerte. Al ver a la pareja tan joven y feliz, Agnes le pidió a la Diosa que, por favor, ya no les pasara nada malo.
Pero la felicidad duró poco. Al día siguiente, Eileen Lotte, la hija del conde y futura prometida de Kaylock, llegó al castillo de los Tenant.
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