Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 49
—Ka… Kaylock…
Sintiendo que se quedaba sin aire, Aubrianna apoyó la espalda contra el enorme estante de libros y arqueó el cuerpo por completo.
—¡Ah…!
Se tapó la boca rápido con el dorso de la mano, pero un gemido quebradizo se le escapó, tiñendo todo su cuerpo de un rojo encendido. Temblaba de pies a cabeza, como si hubiera perdido el control de sus músculos.
—Hmm, ya… ya para, por favor, no… ¡ah!
Pero Kaylock, con la cara hundida entre sus piernas, no tenía intenciones de soltarla. Parecía una sanguijuela pegada a su intimidad. Ante el movimiento de esa lengua que lamía y se metía con fuerza en su entrada abierta, los gemidos de Aubrianna empezaron a mezclarse con sollozos.
—De verdad… ¡ah!… dijiste que ibas a… ¡hm!… ¡estudiar! ¡Ah!
Finalmente, él despegó los labios. Tras lamer el rastro de humedad que bajaba hasta sus muslos blancos, Kaylock sonrió con picardía.
—Yo también estoy estudiando. Es que me había olvidado de cómo era esta parte de ti.
—¡Pero qué dices! ¡Ah!
Sus labios volvieron a pegarse a ella, provocando que el flujo no parara y que las piernas se le pusieran como gelatina.
—Por favor, Kaylock. Ya no puedo… ya no puedo estar parada… ¡ay!
Ante esa súplica desesperada mezclada con gemidos, Kaylock finalmente se incorporó.
—No seas así. Si recién estamos empezando…
Con la cara mojada y un tono de reclamo, el hombre se veía como un sinvergüenza total, un tipo de lo más lánguido y atrevido. Agarró con una mano uno de sus pechos, que se veían provocadores, volvió a hablar.
—Yo todavía ni he empezado a divertirme.
Aubrianna no lo podía creer. Ella acababa de entrar a la biblioteca después de dejar a Theo con la niñera porque él le había dicho que vendría a estudiar. Kaylock, que la había empujado hacia adentro con un entusiasmo sospechoso diciendo que tenían que ponerse a estudiar rápido, cerró la puerta con llave de un momento a otro y se transformó, lanzándose sobre ella.
Con razón estaba tan animado.
A Aubrianna de verdad ya no le daban las piernas. La sensación de haber sido succionada tan de repente la había dejado eléctrica y, como ya se había venido un par de veces de forma ligera, sentía una punzada en el vientre.
—Yo… ahora yo lo voy a hacer.
Aunque ya lo tenía comiendo de su mano, sentía que si seguía a su ritmo, se iban a quedar atrapados en la biblioteca hasta la madrugada. Se bajó la falda y buscó con la mano el bulto en el pantalón del hombre hasta sacar su miembro.
—Hmm.
Ahora la situación se había invertido.
Kaylock apoyó la espalda contra el estante y echó la cabeza hacia atrás. De su boca abierta escapaban gemidos calientes que murmuraban su nombre.
—Aubrianna…
Él le sujetó el cabello con suavidad y movió la cabeza de ella con cuidado.
—Fuuu…
—Hn… ugh…
Cada vez que ella se lo metía hasta el fondo de la garganta, él soltaba un suspiro largo, como un lamento.
—Ah… me encanta, en serio.
Las manos pequeñas y suaves de ella recorrían sus muslos, que estaban duros como piedras. La punta de esa lengüita blanda lo envolvía y succionaba con tal tacto que él sentía que se iba a venir ahí mismo. Cada vez que ella se lo metía profundo, sentía un corrientazo por toda la cintura.
Estar dentro de esa boca calientita se sentía increíble, pero Kaylock quería probar otra cosa. Sacó su miembro de la boca de Aubrianna, la cargó y se dirigió hacia el escritorio grande donde estaban todos los libros amontonados.
Empujó los libros al suelo de un manotazo y la recostó encima.
—¿Kaylock?
Sin perder tiempo, él le levantó la falda, le abrió las piernas y se la metió de un solo golpe.
—¡Ahhh!
Por la fuerza del impacto, el cuerpo de Aubrianna subió por la mesa, pero Kaylock la sujetó y la jaló de vuelta hacia él mientras seguía embistiendo.
—¡Ah! ¡Mmm!
El sonido sucio de la fricción y el chapoteo de su virilidad golpeando contra su intimidad empapada retumbaba en toda la biblioteca del Conde Bellone.
Aubrianna movía la cabeza de un lado a otro intentando aguantarse los gemidos, pero era inútil. Kaylock, pareciendo estar ya un poco más satisfecho, empezó a mover las caderas con más suavidad.
Sin embargo, fue en ese momento que empezó el ‘sufrimiento’ de sus pechos.
En ese lugar lleno de olor a papel y a libros antiguos que tanto le gustaban, empezó a mezclarse un aroma dulce a leche.
—Ya te estás viniendo.
La leche no es algo que ‘se viene’, pero Kaylock siempre usaba ese tipo de expresiones vulgares y directas.
—Qué rico te pones, carajo.
Muerta de vergüenza, Aubrianna intentó taparse el pecho, pero sus dedos ya empezaban a empaparse. Kaylock le agarró la mano y se metió los dedos de ella a la boca sin pensarlo dos veces.
—¿Por qué haces eso…?
—Está rico.
Sintió un escalofrío al notar la sensación nítida y húmeda de esa lengua recorriéndole los dedos. Kaylock los lamía uno por uno, succionando la leche con cuidado y hasta dándole mordisquitos juguetones.
—¡Ah… Kaylock!
La sensación de ese miembro grueso entrando en su intimidad era tan distinta a la suavidad de la lengua en sus dedos que Aubrianna no sabía a cuál prestarle atención; estaba totalmente perdida. En medio de esa confusión, sintió cómo el flujo brotaba de nuevo desde lo más profundo.
—¿Te gusta?
Él empezó a morderle suavecito la piel entre el pulgar y el índice; al mismo tiempo, sus pezones reaccionaron al estímulo y la leche empezó a brotar con más fuerza.
—Te vienes por todos lados. Qué belleza.
Como si todo lo anterior hubiera sido solo un juego, él empezó a embestir con muchísima más fuerza, moviendo la cintura con ritmo.
—¡Ah! ¡Mmm!
Siguiendo el compás de sus movimientos, Aubrianna soltaba gemidos sin parar, totalmente ida. Sentía que se iba a derretir. Recibía el placer que él le daba jadeando, arqueando la espalda y moviendo la cabeza de un lado a otro.
En uno de esos movimientos, su pecho quedó expuesto hacia arriba y los labios de Kaylock no perdieron la oportunidad.
Glup, glup.
Hacía poco había visto a su hijo Theo alimentarse a gusto, pero el pecho de Aubrianna parecía un río inagotable que calmaba toda la sed de Kaylock. Entre el movimiento frenético de sus caderas y la forma voraz en que él le succionaba el pezón, su interior empezó a contraerse de nuevo por el calor.
—Fuuu… ah… ah…
Todo en ella le parecía adorable. Poseído otra vez por ese sentimiento de fascinación, Kaylock la abrazó con fuerza y empezó el tramo final para llegar juntos al clímax.
—¡Ah! ¡Ahhh! ¡Mmm! ¡Ah!
—¡Uff! ¡Ah!
De la punta de su miembro, que golpeaba contra el fondo, empezó a brotar un líquido espeso y caliente que llenó por completo el interior de Aubrianna.
Era una sensación adictiva. Su interior lo apretaba como pidiéndole más, pero cuando las contracciones finalmente pararon, Kaylock sacó su miembro lentamente.
Chorr…
Se había venido tanto que el líquido chorreaba incluso sobre el escritorio.
—Ah… ah…
Él besó esos labios adorables que aún jadeaban por aire. Luego, sacó un paño de algún lado y le limpió los muslos y la mesa con delicadeza. Aubrianna, que apenas podía respirar por la intensidad de lo que acababa de vivir, empezó a cerrar los ojos poco a poco.
—¿Aubrianna?
—Mmm…
—¿Te vas a dormir?
—Hn…
Soltó un último suspiro parecido a un gemido cuando sintió las manos de él acariciándole los pechos suaves y los pezones que aún seguían erectos por la excitación, pero al final no llegó a abrir los ojos.
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Pestañeo, pestañeo.
Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el techo de la habitación que Agnes le había dado. Era un techo con una mezcla suave de color beige y rosado pálido, del cual colgaba una pequeña y linda lámpara de cristal.
Parece que no había dormido tanto, porque el sol todavía no se ocultaba. Estiró los brazos con ganas mientras seguía echada; se sentía renovada, como si después de mucho tiempo por fin hubiera descansado de verdad.
—¿Dormiste bien?
—¡Ay!
Se pegó un susto tremendo cuando escuchó esa voz cerquita de su oreja. Al voltear, se encontró cara a cara con Kaylock.
—¿A-aún no se ha ido?
—¿A dónde?
—P-pensé que ya se había regresado al Castillo del Duque.
—Mmm…
Kaylock hizo un gesto con los labios y se le subió encima. De inmediato, empezó a quitarle el vestido con toda la calma del mundo. Cuando vio que tenía intenciones de sacarle hasta la enagua, Aubrianna se puso nerviosa.
—¿A-aquí? ¿Ahorita?
—Aubrianna, hace un rato lo hicimos en la biblioteca.
El recuerdo de haber dejado todo ‘chorreado’ sobre el enorme escritorio de la biblioteca le vino a la mente de golpe, Aubrianna se tapó la cara con las manos, avergonzada.
—¡Qué voy a hacer! Siento que no voy a poder mirar a la Condesa a la cara.
—Bueno, lamento decirte que he quedado en cenar con ella… y tú vienes conmigo.
‘Asu’
Aubrianna no tenía ropa adecuada para una cena de ese tipo.
‘Y para colmo, ahorita no tengo nada puesto’.
Kaylock, que se había tomado el trabajo de desnudarla por completo paso a paso, la miró desde arriba con una sonrisa traviesa.
—Hace un rato me preguntaste si no me había ido, ¿no?
—Sí…
Las manos de Kaylock le agarraron los muslos y se los abrieron. Entonces, sin previo aviso, su miembro se hundió con fuerza en su intimidad, que todavía estaba húmeda. Estaba tan apurado y falto de paciencia como en la biblioteca.
—Mi lugar es aquí, Aubrianna.
Él levantó el dedo índice y presionó con firmeza su vientre bajo, blanquito y pequeño. Presionó exactamente donde su miembro llenaba el interior de ella.
—Solo aquí.
La voz de Kaylock, que empezó como un susurro, se volvió oscura y posesiva.
—Solo a este lugar voy a regresar siempre, Aubrianna.
Cuando él presionó de nuevo con la palma de la mano, ella sintió un latido en el vientre, como si tuviera un segundo corazón. Ya ni sabía de quién era ese pulso; no distinguía si eran los vasos sanguíneos de su propio útero o las venas hinchadas del enorme miembro de Kaylock.
¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!
Él seguía embistiéndola una y otra vez, sin parar.
Llegó un punto en el que el hombre frente a ella desapareció de su vista. Luego, el tiempo se detuvo. Se olvidó de la fecha, se olvidó de la estación del año. Al final, Aubrianna se dejó llevar por completo y empezó a ‘volar’.
Viendo ese vuelo tan hermoso, Kaylock le sujetó los brazos con fuerza, casi como queriendo rompérselos. Para que no se fuera a ningún lado. Para quedarse dentro de ella por siempre.
Fue un placer tan suave como obsesivo.
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