Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 46
—Esto se puso interesante.
Ante el comentario sarcástico de Eloise, Dorian se le acercó por la espalda y miró hacia abajo. Allá afuera, un hombre y una mujer se daban un abrazo apretado.
—Por fin apareció el duque. Y encima con su amante.
—Ja.
Eloise soltó una risita burlona y empezó a agitar su abanico de plumas blancas.
—Sí, señora.
—Anda y dile a Kaylock que quiero cenar con él.
La sirvienta hizo una reverencia y se retiró. Mientras tanto, Dorian se inclinó para recoger una taza de té, la revisó y volvió a limpiarla con una servilleta impecable.
—¿Mandaste la carta para Eileen?
—Sí. Salió como urgente.
El chorro de té cayó en la taza, soltando un aroma riquísimo por todo el lugar.
—Esta vez he preparado unas hojas de té nuevas.
—¿Nuevas?
—Vienen de la ‘Tierra Noble’.
Se le decía así al territorio sagrado en la capital del Reino de Blanc; era la tierra de la Diosa, donde crecían plantas y animales únicos en el mundo. Un lugar donde, supuestamente, solo la realeza podía entrar.
Era increíble tener hojas cosechadas de ahí, más aún cuando el Reino de Blanc estaba hecho un caos por la guerra civil entre el séptimo príncipe, Azeil —el rebelde—, el príncipe heredero, Lloyd.
Eloise ladeó la cabeza, con duda.
—¿Y cómo conseguiste algo así?
Dorian se acomodó el cabello con la mano y soltó una sonrisa de medio lado.
—A pesar de la guerra, la Tierra Noble se mantiene intacta por su carácter sagrado. Nadie se atreve a tocarla.
Echó un poquito de leche caliente en la taza de té.
—La verdad es que los de la realeza no se van a ensuciar las manos cultivando hierbitas ellos mismos.
Eso era obvio. En el Reino de Blanc el poder del rey era ley; los de la familia real se creían descendientes directos de la Diosa y vivían rodeados de lujos. Eloise, que nació como hija de conde, nunca había tocado la tierra con sus manos, así que con mayor razón los de Blanc.
—Para serle honesto, mi madre es de la capital de Blanc. Tengo un pariente que es sacerdote y trabaja en la tierra de la Diosa; él fue quien me las dio.
—¿Un pariente? Pero si la frontera está cerrada hace más de diez años.
Eloise, que nació y creció en el norte, sabía perfectamente que la frontera era una zona súper caliente y delicada, incluso antes de ser la esposa del duque. Aunque imaginaba que, por más cerrada que estuviera, siempre habría sus ‘tratos bajo la mesa’ y un intercambio caleta de cosas, le sorprendió recibir algo directamente de Blanc.
—¿Tú sabes por qué el Reino de Blanc nos cerró la frontera, no?
El Reino de Triran siempre fue una tierra difícil para la agricultura por tanto cerro, así que se especializaron en la ganadería de ovejas y cabras. Con el tiempo, se volvieron unos tromes extrayendo minerales de las montañas y empezaron a comerciar con los vecinos. Pero desde que empezaron los líos con la tribu Karnu, se dedicaron a fabricar armas de todo tipo.
En medio de eso, la guerra civil del país vecino fue la oportunidad perfecta para Triran. El rico Reino de Blanc no escatimaba en gastos para comprar las armas que necesitaban para su guerra interna.
El problema fue que a Triran le dio igual a quién le vendía. El príncipe heredero, Lloyd, pidió ayuda oficialmente y compró armas, pero luego se enteró de que el príncipe rebelde, Azeil, ofreció el triple de plata y Triran le vendió el doble de armamento a escondidas.
Lloyd, que era el representante oficial tras la muerte del rey de Blanc, les cantó sus verdades por esa jugada tan sucia y sin ética, decidió cerrar la frontera por completo.
—No se preocupe, señora. Mi pariente se enteró de alguna forma que yo estaba al servicio de alguien tan noble como usted y se empecinó en hacerme llegar este té.
Eloise levantó la taza con un poco de desconfianza y volvió a mirar a Dorian. Pelo castaño oscuro y ojos negros; el tipo era un galán, no se podía negar. Dorian había aparecido de la nada hacía unos años y, con sus modales perfectos y su buena conversación, se ganó a Eloise y terminó trabajando como su sirviente personal.
‘Así que es mitad sangre de Blanc……’.
Aunque eran vecinos, los de Blanc eran unos creídos que se sentían superiores al resto solo porque creían ser los elegidos de la Diosa.
Dorian le sonrió con confianza, invitándola a probar el té.
‘Siempre me pareció que tenía algo distinto a los hombres del norte, que son todos unos toscos y serios. Ahora entiendo por qué’.
Eloise volvió a oler el té. Tenía un aroma fresco, pero a la vez elegante, como si fuera una flor.
—Pruébelo, nomás. Dicen que es bueno para la salud y que te pone tan hermosa como la mismísima Diosa; por eso lo llaman ‘el té de la Diosa’.
¿Será para tanto? Eloise, con una cara de que no le creía ni la mitad, tomó un sorbo.
Glup.
Apenas pasó el líquido, Eloise parpadeó un par de veces, como procesando el sabor.
—¿Qué tal, señora?
Tal como Dorian le había asegurado, el sabor era de otro mundo, sencillamente espectacular.
—Está riquísimo.
Se lo tomó tan rápido que la taza quedó vacía en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Le sirvo otra tacita?
Con la cara ya más relajada, Eloise asintió.
—Por favor.
Dorian sirvió el té con una elegancia y una postura impecable. Eloise se quedó mirándolo, como si recién se diera cuenta de quién tenía al frente.
—¿Y tú dónde aprendiste a moverte así, con tanta finura?
—¡Ah! Es que mi madre…….
Dorian soltó una sonrisita mientras hablaba.
—La verdad es que, en el Reino de Blanc, ella era de la nobleza.
—¿Noble?
A Eloise se le abrieron los ojos de par en par por la sorpresa. Era lo último que se esperaba.
—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?
—Qué le digo… mi madre ya falleció, como en Blanc el rango de la mujer depende del esposo, ella técnicamente dejó de ser noble cuando se casó.
Dorian cerró el tema con ese toque de amargura y, tras llenarle la taza de nuevo, añadió:
—Tome más, señora. Todavía queda un montón de té.
Eloise asintió, medio ida. Después de un par de tragos más, empezó a sentir el cuerpo pesado, como si le hubiera entrado un sueño bien rico. Se sentía de maravilla.
—¿Dorian?
—Dígame, señora.
—Ven un ratito.
Dorian dejó la tetera a un lado, se acercó y se arrodilló frente a ella. Normalmente, Eloise lo habría dejado ahí; a ella le encantaba que tanto siervos como empleadas la miraran desde abajo, bien sumisos.
Pero hoy la cosa era distinta. Eloise estiró la mano, se la puso en el hombro y dio unos golpecitos en el asiento, justo a su lado.
—Ven, siéntate aquí conmigo.
Sentía que la lengua se le trababa un poquito, pero ella juraba que estaba en sus cinco sentidos.
—Como usted mande, señora.
Dorian dibujó una sonrisa cómplice y se sentó bien pegadito a ella. Al sentir de pronto la firmeza del cuerpo del hombre, Eloise se olvidó de que era la Duquesa y de toda su etiqueta, sin querer, soltó un suspiro entre los labios.
—Mmmju…
Se tapó la boca al toque, sorprendida de su propio sonido.
—¿Le pasa algo?
—……No tengo idea.
Eloise, que se casó con el duque a los veinte y enviudó joven, nunca fue una mujer de tener el líbido muy alto. Para ella, las noches con el duque eran un trámite para asegurar un heredero; si no era un día necesario para eso, ni se tocaban.
Pero, ¿qué le estaba pasando ahora?
De pronto, Dorian, el tipo que había sido su sirviente por años, se le antojó como hombre. Sin pensarlo mucho, empezó a acariciar el hombro de él, donde todavía tenía apoyada la mano. Ella pensaba que Dorian era un flaco más, pero al sentir esos músculos bien formados y duritos, lo miró otra vez, sorprendida.
—¿Le gusta lo que toca?
—S-sí.
Lentamente, la mano grande de él subió. Eloise se quedó quietecita mientras sentía los dedos del hombre rozándole la nuca y jugando con sus mechones de pelo blanco plateado.
—Siempre pensé que era hermosa.
—……¿Yo?
—Sí. Es totalmente mi tipo.
Ella cerró los ojos y se le notaban las venitas azules en los párpados blancos, mientras sus pestañas largas temblaban.
‘Me encanta hasta lo histérica y vanidosa que eres’.
En realidad, el té que tomó la duquesa solo servía para que se relajara un poco; no era nada del otro mundo ni tenía un efecto mágico. Dorian soltó una risita burlona. En el Reino de Triran, las mujeres del norte eran conocidas por ser blancas, pero esta duquesa era exagerada, parecía nieve recién caída. El pelo, la piel, hasta las uñas… todo en ella era blanquísimo.
‘Con todo eso, ¿quién no tendría curiosidad por ver cómo es el resto?’.
Y así, Dorian, escondiendo quién era realmente, empezó a tomar lo que quería de la duquesa.
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En la plaza, la gente seguía toda alborotada por la aparición repentina de Kaylock. Sin soltar a Aubrianna, Kaylock se dio media vuelta para encarar a la multitud.
—Yo, Kaylock Tenant, juro ante todos ustedes que esta mujer no es ninguna bruja. Lo declaro aquí mismo.
La gente empezó a murmurar, sospechando que el hombre estaba ‘recontra’ hechizado.
—Aubrianna estaba tan preocupada por mi desaparición que fue a buscarme ella misma al páramo helado, cuando nadie más me buscaba. La Diosa, conmovida por su entrega, la guió hasta donde estaba yo, que vivía solo y sin memoria.
Lo dijo con tanta fuerza que los chismes se cortaron en seco.
—Ella fue quien me trajo de vuelta al mundo. Si no fuera por esta mujer, yo seguiría viviendo en esa cabaña en medio de la nieve para siempre.
Sion, que se había desvivido armando brigadas de búsqueda para peinar toda la zona, sintió un nudo en la garganta y quiso reclamar, pero la mirada afilada de Kaylock lo dejó mudo.
—A ver, pregúntenle a mi fiel ayudante. Cuando la patrulla llegó a mi cabaña, ¿a quién encontraron ahí?
Si los rumores de que ella lo tenía secuestrado fueran ciertos, él debería haber estado en la cabaña. Toda la gente esperaba que Sion contara una historia heroica de cómo rescataron al duque, estaban pendientes de que abriera la boca.
—Habla. ¿Acaso yo estaba ahí?
Sion miró a su señor. Kaylock lo fulminaba con la mirada, viéndose tan imponente y guapo como siempre. Al sentir ese rechazo tan directo, Sion sintió que el corazón se le hacía mil pedazos. Entre la traición y el desconcierto, sentía que se le hundía el piso.
—¿De verdad tiene que hacerme esto?
murmuró Sion, tan bajito que nadie más pudo escucharlo.
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