Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 45
Todavía no empezaba el juicio. Mientras la plaza fuera del castillo ducal se convertía en un laberinto de gritos, adentro el silencio era sepulcral. Aprovechando el caos, dos figuras cubiertas con capas negras se filtraron sigilosamente en el ala lateral del castillo.
Agnes encontró a Kaylock dormido y le dio unos golpecitos suaves en la cara.
—Reacciona, por favor.
Pero sus ojos seguían cerrados, sin intención de abrirse.
—¿Por qué no despierta? ¿Qué le pasa?
—Parece que le han dado una medicina hecha de Darut.
El hombre que examinaba a Kaylock se acercó para oler el aire que salía de su nariz. El Darut era una planta trepadora usada para el insomnio; difícil de conseguir y bien cara.
—Esa droga tiene una particularidad: el aliento huele a rosas. En dosis bajas es buena para el sueño, pero si se toma concentrada, te deja fundido por un buen tiempo.
—¡Haz algo, busca la forma de despertarlo como sea!
le apuró Agnes a Tarion, su escolta y caballero personal desde que era niña.
—Una vez en el palacio, una dama de la alta sociedad se desmayó por abusar de esto, así que tuve que fabricar un antídoto.
Tarion sacó un maletín del tamaño de su palma y lo abrió, revisando varios frasquitos de vidrio.
—Qué suerte que tu hobby sea fabricar remedios.
—Confío en que usted, Lady Agnes, sabrá reconocer el valor de esta medicina.
respondió él sin despegar la vista de los frascos. Luego, como quien no quiere la cosa, añadió
—Y por supuesto, no olvide que mis honorarios van por cuerda separada.
Era un hombre que jamás perdía un sol, pero si le pagabas lo justo, Tarion era capaz de cumplir hasta el encargo más ilegal del mundo.
—Menos mal que tengo a alguien tan interesado como tú a mi lado.
—El honor es mío, mi señora, al poder servir a alguien que satisface mis ambiciones materiales a la perfección.
Agnes, al ser de la realeza y la prima favorita del rey Maric III, había traído como dote los territorios más fértiles y caros del reino de Triran. Además, la familia del Conde Bellone, con quien se casó, era una de las más ricas del norte, así que podía costearse todos los caprichos de Tarion sin problemas.
El hombre sonrió con picardía y empezó a mezclar los líquidos de los frascos.
—Apúrate. En cualquier momento van a encontrar a los guardias que dejaste fuera de combate.
—Hay tanto chongo afuera que dudo que alguien se asome por aquí pronto.
Agnes miró a Kaylock, que seguía tieso en la cama, su cara se llenó de preocupación. Habían quedado en que él la contactaría apenas saliera hacia el castillo, pero ya había pasado una noche entera sin noticias. Según sus informantes, Aubrianna seguía encerrada y de Kaylock no se sabía ni el rastro.
‘Theo… parece que tu papá y tu mamá están en peligro’, pensó Agnes, recordando a su bebé jugando con la niñera antes de decidirse a actuar por su cuenta.
—No pensé que se juntaría tanta gente…
Gracias a esa multitud pudieron entrar fácil, pero le preocupaba que la curiosidad morbosa de la gente terminara haciéndole daño a Aubrianna. Tarion le abrió un poco la boca a Kaylock y dejó caer un par de gotas de un líquido azul oscuro.
—¿Cuánto va a demorar?
preguntó Agnes vigilando por la ventana.
—Si hice bien la mezcla, debería despertar al toque.
Agnes frunció el ceño y lo miró de reojo por debajo de su capa.
—¿Y si no la hiciste bien?
Justo cuando Tarion se encogía de hombros…
—Mmm…
Kaylock soltó un quejido y abrió los ojos de golpe. Mientras Agnes contenía el aliento sorprendida, Kaylock se sentó en la cama de un salto y gritó con toda su alma:
—¡Hijos de perra!
—Parece que sí la hice bien.
—. Qué buena madera tiene para aguantar los químicos.
Kaylock volteó la cabeza y los miró con furia.
—¿Quiénes son ustedes?
Agnes se quitó la capucha de la capa y mostró su rostro.
—¿Ya estás en tus cabales?
Al ver a Agnes, los ojos de Kaylock recuperaron la lucidez por completo. Si ella, que debería estar en la villa, estaba ahora en el castillo ducal, significaba que él había estado fuera de combate demasiado tiempo.
—¿Cuántos días han pasado?
—Partiste de la villa ayer por la mañana, hijo.
—¡Mierda!
Aubrianna había pasado un día entero más en ese calabozo por su culpa. Kaylock soltó una maldición y saltó de la cama.
—¿Te sientes bien?
—Aparte de un pequeño dolor de cabeza, no tendrá efectos secundarios
aseguró Tarion con toda la confianza del mundo, mientras Kaylock ya estaba tirando la puerta para salir.
Mientras terminaba de espabilarse, el ruido incesante que venía de afuera le permitió entender rápido lo que estaba pasando hoy.
‘¿Cómo se atreven a tocar lo que es mío?’
Agnes podía decirle arrogante o lo que quisiera, pero no había vuelta atrás. Aubrianna era suya. Y él, de la misma forma, le pertenecía a ella.
Aunque había vivido como un cazador en la llanura de nieve sin mayores preocupaciones, nunca fue feliz. Su cuerpo lleno de sangre, sus heridas mortales… Al ver los rastros de alguien que intentó matarlo, nunca pensó que su existencia fuera algo útil para este mundo.
‘¿Acaso soy alguien que debió morir?’
Esa pregunta lo hundía en un pantano de depresión, el silencio y la soledad de la nieve lo sumergían en un aislamiento aún más profundo. No encontraba ni una sola razón para seguir vivo. Estaba harto de esa rutina que parecía eterna: cazar para comer, picar leña para calentar el cuerpo… hasta que ella apareció.
‘Sí. Fue Aubrianna.’
Y no fue porque fuera una mujer joven apareciéndose ante un hombre que vivía solo. Fue porque su mujer apareció como su salvación.
Sus pasos se hicieron más rápidos. Nadie lo guiaba, pero sus pies lo llevaban directo hacia la plaza.
—Dicen que es una bruja.
—Quién sabe qué porquerías habrá hecho para seducir al Duque.
—Alguien me contó que se acostó con todos los hombres de un pueblo entero.
—¡Dios mío! Entonces no es una bruja, es una cualquiera.
Entre el murmullo de la gente, una voz específica empezó a zumbarle en los oídos.
‘No soy una cualquiera…’
Era la voz de Aubrianna, quebrada por el llanto.
‘Lo único que quiero es irme, señor Duque.’
Al escuchar que ella lo llamaba ‘Duque’ y no Kaylock, él se dio cuenta de que no era una alucinación, sino un fragmento perdido de su memoria. Su cabeza empezó a latir con un dolor punzante.
‘No quiero a este niño…’
Cada vez que escuchaba la voz de Aubrianna, sentía que el cerebro se le apretaba y el dolor se filtraba por sus sienes.
¿Pero qué demonios te hice yo?
‘Por favor, déjeme ir.’
Ella solo quería escapar de él.
En medio de un recuerdo de fecha incierta, Kaylock se detuvo en seco mientras corría y se encogió, agachando el torso.
—¡Ugh…!
‘¿Qué qué quiero hacer cuando pague mi deuda? Hum, primero, quiero ir a la escuela’. ‘Me gustaría volver a ver la casa donde viví de niña’. ‘Conque a usted también le pasó, Duque… Yo, si la Diosa me cumpliera un deseo, lo que más querría sería ver a mi mamá’.
También recordaba su voz de niña, parloteando sobre todas las cosas que quería hacer. El sudor le caía a chorros y sus ojos azules brillaban con una luz extraña, alternando entre la lucidez y el vacío una y otra vez. Poco después, cuando el dolor de cabeza que lo atormentaba se disipó, Kaylock volvió a erguirse lentamente. Frunciendo el ceño por el dolor residual, se abrió paso entre la muchedumbre que se agolpaba en la plaza.
Y entonces, lo escuchó. ‘¡¿Shatrizan?!’
Kaylock tenía toda la intención de cazar y matar a Sion y a Rajen por haberlo dopado. Pero de pronto, apareció alguien a quien debía moler a palos primero. Sus ojos azules, que observaban a Cedric —quien, sin conocer su lugar, lucía el anillo del sello familiar y pretendía convertir a Aubrianna en una prostituta de lujo—, empezaron a arder con un calor incandescente.
—¡¿Cómo te atreves?!
Ante su rugido, la gente a su alrededor volteó la cabeza. Al mismo tiempo, un cabello color trigo revuelto ondeó al viento, esos ojos de un rojo pálido que él siempre consideró hermosos se fijaron con claridad en él.
Cuando era un niño pequeño, salió de casa el día en que finalmente se derritió la nieve que se había acumulado hasta el hartazgo. ‘Mira. Ha florecido una flor’. Sobre la tierra áspera y dura, había una florecita. Sus pétalos transparentes eran frágiles, pero fuertes. Era una maravilla. Aubrianna era igual. Menuda y frágil, pero siempre fuerte.
En el momento en que ella lo vio, la duda en sus pupilas se convirtió en certeza, Aubrianna rompió a llorar. Cada vez que se encontraba con la maravilla que era ella, tenía que contener sus emociones. Pero ahora ya no era necesario. Porque su deseo se había cumplido. Es decir. Aquel deseo de volver a ver su rostro antes de morir.
‘He vuelto, Aubrianna’.
El corazón de Kaylock, más allá de un simple palpitar, empezó a latir con una fuerza que parecía que iba a estallar.
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—Nuestro bebé…
logró decir Aubrianna entre sollozos, temblando en sus brazos. Sentía que se iba a volver loca de la angustia por saber si Theo estaba a salvo.
—Sí. Nuestro bebé.
Con una sonrisa de satisfacción, Kaylock contempló su rostro por largo tiempo.
—Vamos a ver al bebé, Aubrianna.
A ella le pareció una sonrisa algo retorcida, por lo que se limitó a mirarlo fijamente, aturdida. Detrás de su espalda, las manos de él la rodeaban con tanta fuerza que no la dejaban moverse ni un milímetro.
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