Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 44
—Déjalo.
Ante la orden de Sion, Rajen se detuvo justo cuando iba a dar instrucciones a los guardias.
—La gente recién se está animando, no hay necesidad de arruinarles el momento.
Este invierno, la gente no solo había temblado de miedo y ansiedad por la desaparición del duque, sino que también la pasaron de lo más triste y fregados por las cochinadas de Cedric.
Ahora que esa estación tan pesada y cruel por fin terminaba, la primavera les daba la bienvenida.
Y el pueblo acababa de encontrar el juguete perfecto para desfogar toda esa rabia contenida.
Los soldados hicieron que Aubrianna se parara justo en medio de un círculo pintado en el suelo.
Frente a ella, subiendo las escaleras, Cedric estaba sentado en un sillón enorme; se portaba como si fuera un rey, todo sobrado y con la quijada en alto.
Sion dio un paso adelante lentamente.
—En representación del denunciante anónimo, yo, Sioniel de la familia Valian, asesor del duque y delegado de este juicio, procedo a leer el acta de acusación.
Aubrianna, con la capucha todavía puesta, temblaba de pies a cabeza mientras escuchaba todos los cargos de los que se le acusaba.
—… Por todo lo expuesto, se solicita que se dicte la orden de expulsión para la acusada Aubrianna, prohibiéndole la entrada al Norte de forma permanente.
Tras terminar su discurso, Sion se dio la vuelta para mirar a Cedric.
Toda la gente en la plaza clavó la mirada en el jefe interino.
Cedric, que tenía puesto el anillo con el sello de la familia Tenant, tamborileaba los dedos en el brazo del sillón mientras miraba a su alrededor con esos ojos aceitosos y brillantes.
Al sentir que miles de ojos estaban pendientes de él, se levantó con toda la petulancia del mundo y caminó hacia el borde de la plataforma.
Cuando la gente vio el cuerpo de ese hombre flacuchento, el murmullo empezó de nuevo.
Más que estar vestido, Cedric parecía un mostrador de joyería.
Su abrigo bordado con hilos de oro tenía piedras preciosas en cada solapa, con cada paso que daba, se escuchaba el clac-clac de las joyas chocando entre sí.
Levantó la mano —que además del sello familiar, estaba cargada de anillos con piedrazas— y la gente guardó un silencio sepulcral, esperando que hablara.
El tipo sintió una satisfacción alucinante.
Ni en sus épocas de la academia ni en su propia casa le habían dado tanta bola.
Todos estaban pendientes de que abriera la boca, sabiendo que, con una sola palabra suya, el destino de esa mujer cambiaría por completo.
‘Así que esto es el poder’, pensó.
Subió la quijada más todavía, todo creído.
Miró a la multitud con las manos en alto, luego las puso tras su espalda y dio un paso más hacia el frente.
—Ejem.
Cedric se aclaró la garganta de forma pomposa y empezó a hablar:
—Antes de decir nada sobre los delitos de la acusada, quítenle la capucha.
Sion frunció el ceño.
‘Solo tiene que declarar la expulsión como quedamos, ¿por qué diablos…?’, pensó molesto.
Pero al final, la palabra de Cedric era la que contaba para que la sentencia fuera oficial.
Para no hacerlo renegar y evitar que saliera con alguna estupidez sobre convertirla en esclava, Sion le hizo una seña rápida a un soldado.
¡Zas!
La capucha voló, dejando caer su largo cabello y revelando el rostro de Aubrianna. Al instante, un grito de asombro recorrió la plaza como una ola.
Las mujeres les taparon los ojos a sus hijos, mientras que los hombres estiraban el cuello para ver mejor.
Aubrianna abrió los ojos despacio.
Cuando sus pupilas de un rojo suave brillaron con claridad, la gente soltó otro grito, pero esta vez con un tono distinto.
—¡Dios mío! Nunca había visto unos ojos así.
—De verdad es una bruja.
—¿Qué? ¿De qué color son?
—¡Es un color de mal agüero! ¡Qué horror, tiene los ojos rojos!
El alboroto creció tanto que los niños empezaron a llorar de nuevo. La gente comenzó a empujarse, desesperada por verle la cara.
—¡Señor Sion!
Rajen llamó a Sion preocupado por el desorden, pero Sion no le quitaba el ojo de encima a Cedric.
Le mandó una mirada de presión, como diciendo: ‘Ya hiciste lo que quisiste, ahora dicta la sentencia de una vez’.
Pero Cedric, en lugar de eso, bajó las escaleras, empujó a Sion a un lado y se acercó a Aubrianna para murmurar:
—Vaya… tal como pensé…
No hacía falta escuchar lo que seguía. Su mirada pegajosa recorría la piel blanca de ella, deteniéndose de forma vulgar en su pecho —que se veía más grande por no haber podido dar de lactar— y en su cintura finita.
‘Con este cuerpo, aunque ya haya tenido un par de hijos, creo que todavía vale la pena darle una oportunidad’.
Al ver la cara de degenerado de ese tipo que se relamía, Aubrianna tuvo que aguantarse las ganas de soltarle una carcajada en la cara. Si fuera la de antes, estaría con la cabeza gacha y temblando como una hoja, pero este hombre que parecía una masa de harina cruda ya no le daba ni un poquito de miedo.
‘Además, si lo que me han dictado es el destierro, significa que mi vida está a salvo’.
Sentir que ya no iba a morir le dio el coraje que necesitaba.
En ese momento, Cedric se dio la vuelta y se dirigió nuevamente a la multitud.
De pronto, Aubrianna no pudo creer lo que estaba oyendo. La gente en la plaza también se quedó helada y el murmullo se hizo más fuerte que nunca.
—Esta mujer ha cometido delitos que merecen la expulsión, pero… ejem, dado que ha dado a luz a un varón sano que continuará con el linaje de los Tenant, voy a valorar ese mérito. Por lo tanto, anulo el destierro y la nombro mi Shatrizan.
¡¿Shatrizan?!
Sion cerró los ojos con una rabia incontenible.
‘¡Pedazo de imbécil!’
Si no fuera el jefe interino, Sion le habría partido el cuerpo en dos con su espada ahí mismo; estaba que echaba chispas.
‘Hay que ser bien bruto para arruinar una jugada que ya estaba ganada de esa manera…’.
En el Reino de Triran, la gente no se hacía problemas con los romances antes del matrimonio. Si uno tenía plata, tener una amante no era ningún pecado. Se les daba sus lujos y, si la mujer decidía casarse con otro, se le dejaba ir sin resentimientos. Por fuera, al menos, era una relación de mutuo acuerdo donde ambos ganaban algo.
Pero una Shatrizan era otra cosa. Era un término de la época de la esclavitud; una clase social sin libertad física que existía solo para el placer sexual de los nobles. Un ‘objeto’ que un padre podía heredarle a su hijo o que los hermanos podían compartir. Era algo sagrado y perverso a la vez.
Eso era lo que significaba ser una Shatrizan.
—Señor Cedric. Se lo dije claramente: la esclavitud está prohibida por las leyes del reino.
sentenció Sion entre dientes.
Pero Cedric le respondió con una indiferencia total:
—¿Quién está hablando de eso? No es una esclava, es mi Shatrizan personal.
Como no tenía esposa, ¿quién se iba a atrever a decirle algo por tener una? Además, como se le había pasado la mano dándole de alma a un par de prostitutas, ahora solo le mandaban mujeres mayores a su cuarto y ya no se divertía igual.
Los ojos de Cedric brillaron de pura lujuria al imaginar cómo le daría de golpes a esa piel blanca y perfecta.
Justo cuando Sion apretaba los puños para intentar convencerlo una vez más…
—¡¿Cómo te atreves?!
Una voz potente retumbó desde algún lugar.
En un segundo, sopló un viento fuerte y la multitud se abrió paso en un abrir y cerrar de ojos, como si un campo de trigo se partiera a la mitad.
En medio de ese camino, apareció un hombre alto.
—Kaylock…
susurró Aubrianna.
Rajen, con la boca abierta hasta el piso, gritó:
—¡E-el Duque!
Tac, tac.
Sus pasos atraían las miradas de forma natural. Con esos hombros anchos y ese cuerpo imponente, irradiaba una confianza y una autoridad que le nacían de adentro; cada movimiento suyo tenía una elegancia poderosa.
Al ver cómo la gente lo miraba con tanto respeto, la cara de Cedric se deformó por la envidia.
Cedric fulminó a Sion con la mirada y masculló bajito:
—¿Qué pasa? ¿Por qué ese tipo está despierto y caminando? ¡Dijiste que le habías dado algo para que se quedara dormido!
Sion le había dicho a Cedric que, después del juicio, se llevaría a Kaylock (quien supuestamente seguía sin memoria) lejos del castillo para que reciba tratamiento, que mientras tanto él podía gobernar las tierras y el castillo a su regalado gana.
—Esto no era parte del trato…
A diferencia de antes, cuando Kaylock lo ignoraba con la cara seria, ahora lo miraba con una fijeza tan amenazante que Cedric, muerto de miedo, no pudo evitar retroceder un paso.
‘¿Dormido? ¿Medicina?’.
Recién ahí Aubrianna entendió por qué Kaylock no había ido a buscarla.
Pero a la gente no le importó nada de eso; apenas se dieron cuenta de que el hombre que acababa de aparecer era el mismísimo Duque, empezaron a gritar como locos.
—¡¡Guaaaa!!
—¡El Duque ha vuelto!
—¡Mi señor! ¡Qué alegría que esté a salvo!
—¡Que la Diosa lo proteja, Duque!
Desde que eran chicos, sabían que el Duque era un hombre justo y generoso, el único que los había protegido de los ataques de la tribu Karnu. Cuando supieron que estaba desaparecido, pasaron todo el invierno temblando de miedo pensando que los Karnu entrarían a saquear. Además, todos habían estado sufriendo en silencio por las porquerías que hacía Cedric como jefe interino.
Algunos empezaron a cuchichear y a reírse, mirando a Kaylock y a Cedric por turnos.
Estando los dos en el mismo lugar, la diferencia era como del cielo a la tierra: Kaylock se veía altivo y guapazo, mientras que Cedric, todo recargado de joyas, parecía un payaso de circo.
Aubrianna, sin darse cuenta, ya estaba llorando. Entre lágrimas, veía cómo la figura del hombre se iba acercando poco a poco, acortando la distancia.
Este Kaylock con el que se reencontraba en el castillo ya no era el cazador ‘Kay’ que ella conoció.
Vestido con un uniforme negro con galones dorados en los hombros, el hombre no mostraba ni un solo punto débil. Al ver esos ojos de un azul oscuro y frío bajo su cabello tan negro que parecía absorber la luz del sol de primavera, se quedó sin aliento.
Ella confiaba en que él la salvaría, pero desde que la metieron al calabozo, sus recuerdos se le habían entreverado todos. Tenía un miedo de los mil demonios de que él volviera a ignorarla como en su vida pasada.
—Suéltenla.
Con esa sola palabra de Kaylock, las manos de Aubrianna quedaron libres.
Ella cerró los ojos, todavía mojados. Era la frase que más había anhelado escuchar en su vida anterior.
‘Suéltenla’.
Era lo que más quiso oír de su boca cuando estuvo encerrada la otra vez.
Con el pecho lleno de amargura y recuerdos, murmuró su nombre:
—Kaylock…
En un segundo, el Duque ya estaba frente a ella y le acariciaba la mejilla húmeda. Aubrianna lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
Al ver que él todavía la miraba con esa intensidad de siempre, el miedo que le carcomía el alma empezó a desaparecer.
—Perdón por la demora.
A Aubrianna se le hizo un nudo en la garganta y casi no podía hablar.
—Snif…
Pensó que esta vez también iba a morir en el calabozo sin remedio. En su vida pasada, como perdió a su bebé y Kaylock le dio la espalda, no tenía motivos para seguir; pero esta vez era distinto.
—No… no quería morir.
Ya que la vida le había dado una segunda oportunidad, esta vez quería ser feliz de verdad. Quería ver a Theo crecer y sonreírle a Kaylock mientras él la trataba con cariño. Tenía tanto terror de que todas esas ilusiones se hicieran humo…
Kaylock le acarició el rostro, como preguntándole por qué decía esas cosas.
—¿Crees que voy a dejar que te pase algo?
Como si fuera su salvador, el hombre se paró firme frente a ella y la estrechó entre sus brazos. Sus manos grandes la sujetaron por la espalda con fuerza, como si fueran garras.
Como si jurara que nunca la dejaría ir; o mejor dicho, para que ella nunca pudiera escaparse de su lado.
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