Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 43
—Este… ¿señor Sion?
Rajen miraba a todos lados, indeciso, hasta que se acercó para susurrarle al oído.
—¿Usted cree que esto sea lo correcto?
Sion, frunciendo el ceño al máximo, se hizo hacia atrás con brusquedad y le respondió con tono de pocos amigos:
—¿Y por qué me hablas al oído?
Apenas amaneció el día del juicio, tanto la gente de la ciudad como los del mismo castillo se fueron amontonando en la plaza frente a la puerta principal.
Gracias a eso, el interior del castillo se sentía extrañamente silencioso, en contraste con el alboroto de afuera.
Sion, al ver que no había nadie alrededor, se sacudió la oreja como si le molestara haber tenido a alguien tan cerca.
—¿A qué te refieres con que si es lo correcto?
—No, es que… bueno…
La plaza era un mar de gente que no dejaba de agitarse.
Rajen miró a la multitud desde lo más alto de la torre del castillo, en su voz se notaba la preocupación.
—Hay demasiada gente, de verdad. Parece que toda la ciudad se ha venido para acá.
—Mientras más testigos haya para dar fe de que el duque está bien parado, mejor.
Sion había decidido matar dos pájaros de un solo tiro.
Primero, mandó a gente para que pegara volantes por toda la ciudad avisando del juicio público.
Frente a toda esa gente que ha venido solo por el morbo de ver a ‘la bruja que hechizó al duque’, Aubrianna no tendrá escapatoria y cargará con esa mancha para siempre.
‘Como el duque solo fue víctima de los trucos de una bruja, la gente más bien le va a tener lástima. Además, sirve para demostrar que está sano y salvo; es la oportunidad perfecta para ganarse al pueblo y sacar a Cedric de una vez’, pensó.
Sion observaba a la multitud con ojos de águila. No solo estaban los del pueblo, sino también los comerciantes ambulantes que llegaban con la primavera.
—¿Y la duquesa?
Ya debería saber que Kaylock regresó, pero por alguna razón Eloise estaba bien calladita.
—Dicen que no se ha movido para nada de sus aposentos.
—Qué sospechoso.
Sion sabía que últimamente la relación entre la duquesa y Cedric andaba de cabeza.
‘Seguro está asada porque Cedric, a quien trajo pensando que era un tonto útil, ahora está haciendo lo que le da la gana’.
Si Cedric fuera solo un tonto, no habría problema.
Pero el tipo era ruin, turbio y se creía el dueño de la verdad.
Y lo peor era que era recontra desconfiado; nunca aceptaba lo que otros le decían así por así.
‘Bueno, será el karma de la duquesa por haber intentado hundir a la familia Tenant’, pensó Sion.
Se quedó mirando un momento más a la gente que parecía un enjambre y cerró las cortinas.
‘A ver si ese tipo entendió bien lo que le dije ayer’
Sea como sea, las cartas ya estaban sobre la mesa.
Todo era una apuesta. Incluso si las cosas no salían perfectas, Aubrianna quedaría en boca de todos para mal, mientras que Kaylock sería visto como el duque fuerte que sobrevivió a la nieve.
Saliera como saliera, para Sion el negocio era redondo.
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—Señora. Dicen que hoy se llevará a cabo el juicio.
Al escuchar que ya había movimiento en la cama, la empleada que esperaba tras las cortinas de la enorme cama de cuatro columnas dio el aviso.
—Alístate, que me voy a preparar.
—Sí, señora.
Eloise se quedó echada un momento más, mordiéndose las uñas.
‘¿Cómo diablos es que Aubrianna sigue viva?’
Incluso después de darle veneno no se murió, así que dejó que se largara al páramo nevado para no ensuciarse las manos, pensando que ahí quedaría. Pero el invierno ya pasó y la muy cínica ha regresado como si nada; y para colmo, trayendo al duque de vuelta.
‘Y ese idiota de Cedric no tiene ni un plan, solo piensa en satisfacer sus porquerías’.
La última vez, apenas supo que Kaylock regresaba, mandó traer a Cedric de un burdel.
‘¿Que viene Kaylock? ¿Y a mí qué?’, le había dicho él.
‘¡Tienes que estar prevenido!’.
‘Yo ya soy el jefe de esta familia, el consejo de nobles me nombró’.
‘Eres el interino, Cedric. Entiéndelo. Si Kaylock vuelve, vas a tener que bajarte de ese pedestal’.
‘¡¿De dónde saca eso?!’.
Cedric se puso como un loco. Hasta se atrevió a patear la mesa que ella tanto quería.
‘Cedric, ¿tengo que explicarte qué significa la palabra ‘interino’?’.
No había forma de hacerlo entender. Es más, hasta se puso matón y le dijo que todo era culpa de ella.
‘¿Mi culpa?’.
‘Claro, pues. ¿Acaso no fue usted, tía, la que me puso en este puesto?’.
Eloise no podía creer lo que oía, pero entonces Cedric, con los ojos desencajados, le señaló con el dedo:
‘Tengo un testigo que puede declarar que usted, tía, fue la que puso veneno en la comida de esa empleada’.
—¿Qué?
Eloise abrió los ojos de par en par, totalmente desencajada.
Un tonto como él no tendría por qué saber esas cosas.
‘¿De… de qué hablas?’.
‘De la empleada me importa un bledo, ¿pero el bebé? Ese tiene sangre de duque. Dicen que el que intenta matar a un noble está atentando contra la corona, ¿no?’.
Cedric tenía razón. Aunque fuera un hijo bastardo, si Kaylock se enteraba de que intentó envenenarlos, la corona no solo iría tras ella, sino que confiscaría todos los bienes de la casa del marqués de Coville por traición.
Pero esa no era la única razón por la que Eloise estaba pálida.
‘¡Cedric, pedazo de animal!’.
Era obvio que alguien le estaba llenando la cabeza de m… a ese estúpido.
‘Si a mí me chapan por esos cargos, ¿qué crees que te va a pasar a ti? Tú también eres un Coville. ¿Crees que vas a salir limpiecito?’.
‘¡A mí no me meta! ¡Usted vea cómo lo soluciona!’.
Y así, tiró la puerta y se largó. Desde ese día no le había visto la cara.
‘De seguro debe estar metiéndose con otra empleada o dándole de alma a alguien en un burdel’.
Eloise soltó un suspiro de amargura, preguntándose cómo pudo nacer alguien tan podrido en la familia Coville.
‘Si tan solo hubiera tenido otro sobrino, no tendría que estar aguantando a este tipo…’.
Para su mala suerte, su primo, el vizconde Theobald Coville, solo tuvo a Cedric.
‘No. Yo debí tener mi propio hijo. No un sobrino, sino un hijo del duque salido de mis propias entrañas’.
Eloise apretó las sábanas delgadas como si quisiera hacerlas trizas. La rabia contenida se le escapaba por la punta de los dedos.
‘Si lo hubiera tenido, no estaría pasando por estas humillaciones…’.
Mientras más lo pensaba, más cuenta se daba de que nada le salía bien. Estaba a punto de volverse loca.
Agarrándose la cabeza por el dolor punzante que sentía, llamó:
—¿Hay alguien ahí?
—Sí, señora. Soy Mila.
—Ya, Mila. No he podido pegar el ojo y siento la piel horrible.
—¿Le preparo un baño de leche?
—Ya, muévete. Y ya sabes, si la leche está tibia como la vez pasada, te cae tu tanda de golpes. Tú verás.
—Sí, señora.
Eloise se levantó maldiciendo al difunto duque y a la diosa que no le dio hijos.
‘Tengo que llamar a Aileen. Si sigo confiando en Cedric, me voy a ir de cara’
Desde la última vez, Aileen no se había asomado al castillo diciendo que estaba mal de salud, pero ahora que Kaylock volvió, seguro se va a poner saltando en un solo pie.
—¡Tráeme papel y pluma ahora mismo! Tengo que escribirle a Aileen.
Para salvar a su familia y mantener su puesto como la gran duquesa viuda, no le quedaba otra que volver a armar el matrimonio entre Aileen y Kaylock.
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A Aubrianna le pusieron una capucha y se la llevaron a rastras a algún lugar.
A cada paso que daba, el murmullo de la gente se escuchaba cada vez más fuerte.
—¿Una bruja? ¿Pero no se supone que desaparecieron hace trescientos años?
—Dicen que entró como empleada y lo embrujó al duque para ser su amante. ¿Pueden creerlo? ¿Dónde habrá estado escondida antes de venir a trepar para hundir a nuestro Norte?
—Dicen que le han puesto esa capucha porque si le miras los ojos, te hechiza.
Aubrianna intentó girar la cabeza, sin poder calcular cuánta gente había ni dónde estaba exactamente, cuando un niño que temblaba de miedo rompió a llorar.
—¡Buaaaa!
—¡Ay, Dios mío! ¡Hay que llevarse a los chicos! ¿Qué tal si les cae una maldición?
—Dicen que nuestro duque perdió la memoria por culpa de los maleficios de esa bruja. ¡Imagínate!
Aubrianna se mordió los labios con fuerza.
‘¿Esto era lo que buscaba Sion?’.
Lástima. Echarle la culpa a ella de que Kaylock perdiera la memoria para ganarse la lástima del pueblo, de paso tildarla de bruja para deshacerse de ella de una vez.
Por más que le diera vueltas, Sion era un tipo muy inteligente. Si no fuera por esa lealtad ciega que le tiene a Kaylock, sería alguien de mucha ayuda, pero…
‘Me odia con toda su alma’.
No sabía por qué.
Ella trató de poner sus ideas en orden rápidamente.
‘Tengo que encontrarle un punto débil’.
El punto débil de Sion.
Al igual que el Kaylock de su vida pasada, Sion era frío, no mostraba ni un sentimiento y su comportamiento y vida privada no tenían ni una sola mancha; no se le ocurría nada.
‘No. Algo había’.
En su vida anterior, mientras estuvo encerrada en el calabozo, Aubrianna escuchó muchísimas historias.
Como ella se la pasaba ida tras perder a su bebé, la gente la trataba como si fuera un bulto de paja tirado en un rincón de la celda y hablaban de todo frente a ella.
‘Había algo entre Agnes y Sion…’.
Agnes era de la familia real; se había enamorado del conde Bellone y se vino a vivir al Norte, a pesar de que estaba lejos de la capital y el clima era una porquería.
‘No. No es Agnes. Estoy segura de que escuché algo sobre Sion…’.
Los nervios empezaron a traicionarla y el miedo comenzó a invadir su cabeza. Los recuerdos de su vida pasada se le empezaban a entreverar.
Pero a los guardias que la llevaban bien sujeta de los brazos no les importó nada y la obligaron a seguir avanzando.
‘¿A dónde diablos me están llevando?’.
Dicen que habrá un juicio, pero capaz ya dictaron la sentencia sin que ella se entere.
‘¿Y si me están llevando defrente al patíbulo?’.
El terror a morir empezó a tragársela viva. Sentía como si estuviera caminando sobre vidrios rotos que la llevaban directo a la muerte.
Sus pies empezaron a flaquear.
‘¡Kaylock!’
Suplicó en su mente.
‘Sálvame, por favor. No quiero morir otra vez’.
Recordó la sensación de la piedra fría contra su mejilla. Por instinto, quiso tocar la reliquia de su madre que llevaba en el cuello, pero como tenía las manos atadas a la espalda, no pudo hacer nada.
Empezó con un temblor en los hombros y terminó sacudiéndose como una hoja.
La gente murmuraba que era una bruja, pero no podían dejar de mirarla; les llamaba la atención su cuerpo esbelto que se tambaleaba y su cuello largo y blanco.
La curiosidad por ver qué cara había debajo de esa capucha estaba llegando al límite.
Sion y Rajen, que habían bajado a la plaza, la observaban con atención.
—Hay demasiada gente, tenemos que mandar más guardias.
dijo Rajen, mirando a su alrededor con preocupación.
La gente se seguía amontonando para ver a Aubrianna. Si se armaba un chongo, iba a ser bien difícil controlarlos.
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