Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 42
Parece que en algún momento se quedó dormida por el cansancio.
Aubrianna sacudió la cabeza.
Quería sacudirse también la pesadilla tan horrible que acababa de tener.
Una brizna de paja cayó de su cabello y ella apretó los dedos contra el suelo donde estaba apoyada.
—Ah……
El sonido de los balbuceos del bebé y la voz de Kaylock pidiéndole matrimonio le daban vueltas en los oídos.
—¿Todo fue un sueño?
Murmuraba confundida cuando, en ese momento, alguien la llamó.
—¿Aubrianna?
Levantó la cabeza, pero todo estaba en tinieblas. Al ver que no entraba ni un poquito de luz, supuso que ya era de noche.
‘¿Qué día es hoy?’
No podía calcular cuánto tiempo había pasado.
Entonces, escuchó la voz de nuevo.
—¿Eres tú, Aubrianna?
Esa voz delicada, que hablaba bajito por miedo a que la descubrieran, le resultaba conocida.
¿No era una alucinación?
—¿Lien?
—¡Aubrianna!
Corrió desesperada y se aferró a los barrotes.
Recién ahí pudo ver a alguien pequeño parado frente a la celda.
—¿Cómo llegaste hasta acá…?
—Le pedí el favor a Carlo.
Lien sacó un paquete de entre su capa y se lo alcanzó.
—No has comido nada, ¿verdad? Dicen que a los que encierran en el calabozo los dejan sin comer tres días para que sirva de escarmiento.
—Gracias.
Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía hambre. Mientras Aubrianna recibía el paquete como si fuera un tesoro, Lien empezó a preguntar a mil por hora:
—¿Y el bebé? ¿Te encontraste con el duque? ¿Sí? ¿Estás bien de salud?
Y de la nada, empezó a llorar a moco tendido.
—De verdad, qué alivio.
—¿Por qué lloras así de pronto?
—Es que estás viva. Yo pensé que tú y el bebé se habían muerto de todas maneras en el páramo nevado.
Un brazo delgado salió entre los barrotes y tomó la mano de Lien.
—Estoy bien. El bebé también. Me encontré con el duque en la nieve, por eso volvimos juntos…
Lien asintió mientras seguía sorbiendo la nariz.
—Lo sé. Dicen que ahora te tienen que castigar porque secuestraste al duque.
Lien le contó los chismes que estaban corriendo por el castillo y por toda la ciudad.
—Están diciendo que eres una bruja que encerró al duque y le lavó el cerebro aprovechando que perdió la memoria.
—Pero si estábamos atrapados en la nieve…
A la gente solo le interesa lo que suena a chisme barato. La situación real en la que estuvo no les importa ni un comino.
—Y una cosa más.
Lien se pegó lo más que pudo a los barrotes.
—El duque ya regresó.
—¡Lien! Ya tenemos que irnos.
Al otro lado del pasadizo se escuchó la voz de Carlo, que hablaba conteniendo el aliento.
Lien susurró apurada:
—Si logro verlo, le voy a decir sin falta que estás aquí.
Después de que Lien se fuera a pasos apurados, Aubrianna se quedó parada en silencio, apretando los puños con fuerza.
Sentía una rabia amarga de verse ahí encerrada todavía sin poder hacer nada, pero al mismo tiempo, saber que Kaylock había vuelto al castillo le dio tranquilidad.
‘Esta vez es diferente’.
Claro que sí, es distinto. Tiene que serlo a la fuerza.
Theo está vivo y Kaylock ya no es indiferente con ella.
‘Voy a sobrevivir como sea’.
Aubrianna se aferró con fuerza a los barrotes y tomó una decisión.
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—Vaya, vaya. ¿Conque atraparon a esa mujer?
Cedric miró a Sion en una postura arrogante y sobrada, con las piernas abiertas.
—Se le acusa de haber atraído al duque a una trampa para mantenerlo cautivo.
—¿Qué? ¡Jajajaja!
Cedric soltó una carcajada de esas que retumban.
—¿A Kaylock? Esa sí que es una buena historia.
Cedric recordó cuando era niño y visitaba el castillo para ver a su tía.
‘Parece que no creces nada’
recordaba las palabras de Eloise cada vez que lo veía. Y a su lado siempre estaba Kaylock, que era mucho más grande que el resto de niños de su edad.
—¿Esa mujer que es una flacuchenta que no aguanta ni un golpe pudo secuestrar a Kaylock? Oye, Sion, ¿no te parece que cualquier sentencia que yo dicte en el juicio de mañana va a ser el hazmerreír de todos?
Sion, con una mano tras la espalda, miraba a Cedric sin mover un solo músculo de la cara.
Sus ojos negros, penetrantes, chocaron con los ojos grises y ruines del otro.
—Parece que el señor Cedric todavía no se acostumbra al peso que tiene el apellido Tenant.
—¿Qué?
A Cedric se le subieron los colores al rostro, pensando que Sion se estaba burlando de él por no tener autoridad.
—Aunque sea de forma interina, usted es ahora el jefe de los Tenant, la familia que manda en todo el norte.
Con voz fría, Sion inclinó su copa de vino y tomó un sorbo.
Tac, tac
Sion empezó a caminar.
—Cuando vaya a la capital, podrá quedarse en el palacio real para asesorar al Rey y comandar a todos los soldados del norte. Además, podrá usar este enorme territorio y toda su riqueza como se le dé la gana. ¿A qué le tiene miedo?
El hombre caminó en círculos por la sala de estar y se detuvo justo en diagonal a Cedric.
Sus ojos negros, llenos de asco, miraron de reojo la nuca de una mujer que se movía debajo de la silla, luego se dirigieron a un Cedric que lo escuchaba con la boca abierta y cara de tonto.
—Nadie se va a atrever a decirle nada sobre su sentencia.
—Ya, pero ¿por qué tengo que hacer ese trabajo tan pesado? Eso se podría solucionar sin necesidad de ir a juicio.
Cedric agarró el cabello de la mujer y empezó a sacudirla. Al poco rato, se empezaron a escuchar los gemidos vulgares de la mujer, que tenía la garganta presionada.
—No quiero meterme en los asuntos de Kaylock.
Sion frunció el ceño ligeramente antes de hablar.
—Yo me encargo de tapar lo de la chiquilla que murió hace poco.
—¿Qué? Eso ya lo arreglé soltando plata.
—Si se hubiera metido con prostitutas como siempre, no habría habido problemas…
Sion hizo una mueca de desprecio y dejó la copa sobre la mesa.
—La familia de la chica pidió más plata. Dijeron que si no les daban lo que querían, se irían a la capital a denunciarlo ante el palacio.
Para ser exactos, habían amenazado con ir a los periódicos para que todo el reino se enterara de la cochinada que había hecho.
—Sion, tú eres el asistente del duque, así que también eres mi asistente, ¿no? ¡Tu chamba es encargarte de esas cosas!
Como si se le hubiera ido la inspiración, Cedric empujó a la mujer con brusquedad. Ella, que estaba calata y toda encogida en el suelo, se puso la capa que le alcanzó un sirviente y salió de la sala tambaleándose.
—Mi chamba, dice… Bueno, entonces usted también tendría que hacer la suya. Esa mujer ha cometido un delito grave. Además, es una desalmada que secuestró al pequeño heredero y se lo llevó al peligroso páramo nevado.
Cedric hizo un gesto con la mano, como pidiéndole que fuera directo al grano. Mientras tanto, una empleada trajo agua y empezó a limpiarle las partes íntimas con una toalla húmeda y mucho cuidado.
—¿Y entonces qué quieres que haga?
Con un tono de total desinterés, Cedric agarró la quijada de una joven empleada y le giró la cara de un lado a otro; parece que no le pareció lo suficientemente bonita porque terminó empujándola del hombro con el pie. La chica, que cayó de espaldas, se levantó en un dos por tres y, temblando de miedo, recogió la tina y la toalla para salir volando de ahí.
—Lo único que tiene que hacer mañana es demostrar su autoridad como jefe de familia. Debe dictar una orden de expulsión contra esa mujer por sus delitos, para que nunca más pueda volver al norte.
Para Sion, lo mejor era que Aubrianna no estuviera cerca.
Él no podía tolerar que Kaylock, un hombre frío, racional y que nunca daba su brazo a torcer, se dejara mangonear por una mujer solo porque había perdido la memoria.
—¿Y de verdad es necesario mandarla tan lejos? ¿Qué tal si como castigo la convierto en mi esclava?
A él le gustaban las chicas jóvenes y puras.
Sin embargo, al recordar la imagen de Aubrianna que vio hace poco, se le hizo agua la boca.
‘Más allá de mis gustos, es una belleza que cualquier hombre querría tener en su cama’, pensó Cedric mientras se relamía, imaginando su piel blanca y suave y sus pechos provocativos.
—El Reino de Triran prohibió la esclavitud hace ya cien años.
Sion se terminó el vino de un solo trago y ¡pum!, puso la copa sobre la mesa con fuerza.
—Entonces, espero con ansias lo de mañana, señor Cedric.
Sion salió rápido de la sala y le preguntó a Rajen:
—¿Y el duque?
—Todavía nada. La medicina resultó ser potente; parece que recién va a despertar mañana por la noche.
Pero no podían confiarse.
Kaylock tenía una resistencia de bestia; había sobrevivido a heridas mortales y al clima infernal del páramo nevado.
—¿Viste la cara de la empleada que acaba de salir?
—¿Eh? Ah, sí.
Salió temblando y, cuando Rajen le preguntó qué había pasado, la chica, con la cara desencajada, huyó llorando.
—Dile a Herrick que a esa chica la manden a otro lado, que no trabaje en la casa principal. Y, por ahora, pon a empleadas mayores y con experiencia para que atiendan al jefe interino.
Sion caminaba a paso firme mientras seguía soltando órdenes una tras otra.
—Ahora que el duque volvió, sube el nivel del entrenamiento básico de los soldados. Ya se divirtieron bastante, así que toca ponerse las pilas de nuevo.
‘¡Asu! ¿En qué momento se dio cuenta?’
pensó Rajen, asombrado por la observación de Sion, aunque asintió de inmediato.
Si el castillo no se había ido al tacho tras la desaparición del duque, era en gran parte gracias a Sion, que mantenía todo a raya.
—Ojalá que el duque recupere el juicio pronto.
Sion se dio media vuelta al escuchar ese murmullo involuntario.
—Él solo ha perdido la memoria. En cuanto la recupere, todo volverá a su sitio.
Dicho esto, Sion retomó su camino con paso pesado.
—¡Pero…!
Rajen quiso decir algo más, pero prefirió callarse y se rascó la cabeza.
‘¿Y qué pasa si recupera sus recuerdos y sigue igual?’.
A decir verdad, el duque parecía decidido hasta a casarse con Aubrianna.
Se portaba de forma tan ciega, como si ella fuera la única mujer en el mundo, que más parecía un soldadito primerizo sin experiencia.
—Casarse… ¿Se podrá hacer eso?
No era común que un noble se casara con alguien del pueblo, aunque a veces pasaba.
Pero que un noble de altísimo rango como un duque se casara no con una civil, sino con una empleada… eso ya era otro nivel.
Incluso con una orden del Rey sería difícil.
Lo más probable es que el consejo de nobles del norte se levantara en peso, sintiendo que los estaban ninguneando.
Rajen ladeó la cabeza, hizo una mueca y sacudió la cabeza como si le hubiera empezado a doler por tanto pensar.
—¡Ah, ya fue! Ellos verán cómo se arreglan.
Rajen se estiró un poco y corrió tras Sion.
—¡Señor Sion! ¡Espéreme!
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