Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 41
Desde el saque me cayó mal ese tipo. Me dio un escalofrío solo de acordarme de cómo me miraba, con esos ojos grises claros y su pelo platino, con una fijeza bien morbosa.
—Así que tú eres Aubrianna.
Lo conocí al poco tiempo de que me encerraran en el cuarto. En ese entonces, yo ni cuenta me daba de que estaba prisionera; más bien pensaba que estaba guardando reposo por el postparto.
Él entró de la nada, justo cuando estaba dando de lactar. Me dijo que venía a presentarse porque ahora era el jefe interino de la familia.
—Vaya, perdón, no sabía que el bebé estaba almorzando.
Me volteé al toque para taparme el pecho, pero sus ojos grises, encendidos de pura mañosería, no me quitaban la vista de encima. Mirándome el busto, soltó:
—Qué belleza. Cuando te recuperes, tenemos que salir a comer algo, de todas maneras.
Lien, que me estaba atendiendo al costado, puso una cara de indignación total, pero al tipo le dio igual; se relamió los labios como quien se queda con las ganas y se mandó a mudar.
—Ten cuidado. Me han dicho que ya se ha agarrado a dos o tres empleadas del castillo.
Contaban que se metía a la fuerza en los cuartos de las chicas más bonitas para violarlas. De solo escucharlo me daban ganas de vomitar.
—Dicen que una de ellas se quejó con la duquesa, pero más bien a ella fue a la que terminaron encerrando.
—¿Cómo pueden ser así…?
—Si la cosa se pone fea, lo mejor sería irse del castillo calladitos nomás.
Aubrianna volvió a cargar a su bebé que estaba inquieto y, mientras le daba de lactar, se hundió en sus penas.
—¿Qué voy a hacer si el Duque no regresa?
Lien, que estaba mojando un paño limpio para asear a Aubrianna, apretó las manos con fuerza.
—Ahorita no piense en esas cosas, mejor preocúpese por usted misma.
Con tono ligero, Lien terminó de asearla bien, cargó al bebé que ya estaba lleno y le hizo botar el chanchito.
—Gracias, Lien.
—No se preocupe tanto. El Duque va a volver sí o sí.
—¿Tú crees?
Ya iba casi un mes desde que desapareció. En el castillo, apenas nombraron al reemplazo, la gente empezó a dudar de que Kaylock siguiera vivo.
Después de eso, el castillo se llenó de puros chismes feos.
—Es como si un monstruo invisible se hubiera adueñado de todo.
Hace poco corrió la voz de que mataron a golpes a un sirviente. ¿El motivo? Una sonsera: se le cayó una mamadera de vidrio mientras la llevaba.
—Tanto los de limpieza como los de cocina están que tiemblan de miedo.
Lien murmuraba con voz seria mientras botaba las flores marchitas de un florero.
—No puedo creer que haya muerto…
Eso jamás habría pasado cuando estaba Kaylock.
—El mayordomo y la señora Nelly dicen que fue mala suerte, que solo le dieron unos azotes y el pobre murió, pero Carlo cuenta otra cosa…
Carlo era del mismo pueblo que Lien, su amigo de la infancia.
—Dice que le dieron una paliza de muerte, de verdad.
Al escuchar el susurro de Lien, Aubrianna se puso pálida como un papel.
—Tengo miedo, Lien.
Pero lo peor vino después.
Normalmente las chicas se turnaban para traerme la comida, pero de pronto dejaron de aparecer.
Incluso Lien, que venía varias veces al día para ayudarme, empezó a perderse.
—Lien, esta comida tiene un sabor raro.
Desde hacía unos días, Lien solo venía una vez, dejaba la comida y se iba disparada. Por más que Aubrianna le preguntaba cosas, ella no decía ni miau; dejaba la bandeja y se largaba.
Lo peor fue cuando se me secó la leche. Como no tenía qué darle al bebé, pedí leche de vaca, pero nadie me traía nada.
—¡Lien! ¡Lien!
Traté de alcanzarla porque la vi salir con la cara tensa, pero en ese instante la puerta se abrió de un porrazo y entró el guardia.
Era un tipo con una cara de pocos amigos que se la pasaba vigilando mi puerta.
—¡Qué tanto escándalo arman!
Aubrianna dio un salto del susto. El hombre la barrió de arriba abajo con una mirada asquerosa, ya que ella estaba en ropa de dormir, escupió al suelo y soltó en tono amenazante:
—Ya, calla a ese mocoso. Como están las cosas, si siguen haciendo bulla, van a desaparecer y nadie se va a enterar.
En ese momento, Aubrianna alcanzó a ver a Lien, que estaba parada al fondo del pasillo mirándola con una tristeza profunda.
Recién ahí se dio cuenta de la verdad: en ese castillo, ya no había lugar ni para ella ni para su hijo.
Lo más aterrador pasó una semana después. Cuando el invierno se instala de verdad, uno se acostumbra más a ver el cielo negro por las tormentas de nieve que a ver la luz del sol. Como siempre, Aubrianna miró ese cielo oscuro y, con una cara de pura tristeza, cerró las cortinas de un tirón. En una esquina del cuarto, que estaba tan oscuro como si fuera de noche, se quedó sentada mirando la cuna. Ahí estaba su bebé, que se había quedado dormido de puro cansancio después de intentar lactar de un pecho que ya no botaba nada. Y de pronto, la puerta se abrió de hachazo.
—Buenas…
Llegó ese tipo, apestando a puro trago. Era pleno día, pero Cedric andaba en bata, con una botella en la mano y una sonrisa de idiota mientras se metía al cuarto. Aubrianna se quedó en shock un segundo, pero al toque se le prendieron las alarmas y se puso mosca. Tratando de actuar como si nada, empujó la cuna hacia un lado de la cama y se levantó despacio.
—¿Se le ofrece algo, señor Cedric?
Pensó que lo mejor era seguirle la corriente a un borracho. Pero, por dentro, estaba muerta de miedo.
—Es que, pucha, estaba tomando, ¿no? Y estaba haciendo esto…….
El tipo empezó a mover la cintura de adelante hacia atrás, imitando el acto sexual, soltó una carcajada después de meterse otro buche de alcohol.
—¡Y de la nada me acordé de tus tetas! Por eso he venido, pues, a visitarte personalmente.
De pronto, bajó la cabeza y tiró la botella al suelo con fuerza. ¡Plaf! El licor, rojo como la sangre, se desparramó por todo el piso.
—¡Maldita sea! En este sitio para cayendo nieve a forro. ¿Sabes? ¡Eso a uno lo vuelve loco!
Gritando como un enajenado en medio del cuarto, el tipo se veía totalmente demente. Aubrianna pasó saliva y se acomodó la ropa, nerviosa.
—¡No hay ni una sola cosa que hacer aquí!
El tipo zapateó y levantó sus ojos grises, todos inyectados en sangre, para clavárselos a ella.
—¡Quítate la ropa!
Ella se quedó tiesa del susto, Cedric volvió a gritar:
—¡Que te la quites, carajo! Me llega si eres la amante del Duque o no; ahora yo soy el que manda aquí, así que me tienes que obedecer.
Se le acercó a grandes zancadas y la agarró con fuerza del escote.
—Dicen que el Duque te quería un montón, ¿no? A ver, vamos a probar qué tales gustos tenía ese tipo.
Se lamió los labios de una forma tan asquerosa y ruin que Aubrianna no tuvo más remedio que cerrar los ojos con fuerza.
—Si la otra vez tú fuiste la que me provocó primero… ¿sí o no?
El hombre tiró con fuerza. ¡Riiip! La bata de dormir, de una tela suave pero delgada, se hizo trizas en las manos de ese animal.
—No… por favor, no haga esto. Se lo ruego.
balbuceó ella llorando, pero el tipo la tiró al suelo sin asco.
Aubrianna cayó encima del licor rojo; se veía más que miserable, se veía destrozada.
—¿Ah, miren pues, resultó ser de las dóciles? Al Duque le gustaban así, parece. Qué pena, porque a mí me gustan más bravas…
Cedric, parado frente a ella, se desató el cordón de la bata. La prenda se abrió y dejó ver su miembro asqueroso colgando.
—A ver hasta cuándo te vas a seguir haciendo la santita.
Las mejillas blancas de Aubrianna se mancharon de rojo, como si estuvieran empapadas en sangre. Llorando a moco tendido, trató de levantarse como pudo para escapar.
—¡A dónde vas!
Cedric la chapó del pelo largo y castaño, hundiendo la nariz en su cabello mojado por el trago para olerla.
—¡Eso! Ya me está gustando más.
¡Este tipo está loco!
Él sentía un placer enfermo al ver cómo su víctima pataleaba hasta el final. Ese forcejeo lleno de pavor, ese afán por escapar… todo eso era el combustible para su morbo, la prueba de su poder. El cuerpo delgado de ella hacía fuerzas sobrehumanas para soltarse, pero era por las puras. Hacía tiempo que apenas comía una vez al día. Cuando Aubrianna, ya sin fuerzas, dejó de moverse, el tipo la volvió a tirar al piso, aburrido. Cedric pensó que, al menos, sus pechos asomando por la ropa rota valían la pena. Estaba a punto de dar un paso hacia ella cuando la puerta se abrió de par en par. Apareció un hombre.
—…Señor Sion.
Al escuchar el nombre que ella susurraba, el hombre de ojos negros frunció el ceño al ver el piso empapado de alcohol y a Cedric ahí parado, casi calato.
—Señor Cedric. La Duquesa lo está buscando ahora mismo.
Con una cara de palo, Sion le dio el recado a Cedric en un tono totalmente frío y profesional. Por más atorrante que fuera Cedric, sabía bien que Sion venía de los Valian, una rama de la familia del Conde Bellone que tenía llegada con la realeza. Además, Sion era el hombre más fuerte del norte después del Duque. Cedric reaccionó, se volvió a amarrar la bata y puso una sonrisa fingida, como si nada hubiera pasado.
—Vaya, se me soltó el lazo por accidente.
Caminó dando barquinazos y, antes de salir, le hizo una reverencia burlona a Aubrianna, que estaba hecha un ovillo en el suelo tratando de taparse con sus harapos.
—Mil disculpas por la falta. Con su permiso.
En cuanto el sinvergüenza salió del cuarto, se pudo ver a Carlo detrás de Sion, todo angustiado. Ella cerró y abrió los ojos con fuerza. Unas lágrimas cristalinas rodaron por sus mejillas, limpiando el rastro del licor rojo.
—Deberías cuidar más tu comportamiento, Aubrianna. Tu reputación es la reputación del Duque.
soltó Sion con frialdad.
Cuando él se dio la vuelta para irse, Aubrianna lo agarró desesperada.
—¡Señor Sion! ¡Por favor!
Él se detuvo y ella, sollozando, le suplicó:
—¡Al menos al bebé…! A mí no me importa lo que me pase, ¡pero por favor salve a mi hijo!
Ella sabía que él la odiaba. Pero el bebé no tenía la culpa de estar en medio de tanto rencor.
—Es el hijo del Duque. ¡Usted lo sabe! ¡Por favor! Ayúdeme.
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