Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 4
Kay miraba por la ventana, hacia ese exterior blanquecino donde la tormenta de nieve no daba tregua, parpadeó sintiendo los ojos pesadazos.
‘Ya amaneció’.
Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, sin poder pegar el ojo por la culpa que sentía. Sentía que lo de ayer había sido una locura, como si no hubiera estado en sus cabales.
Es verdad que llevaba un buen tiempo viviendo solo en esta cabaña, pero no era para que estuviera tan ‘hambriento’.
‘Es el colmo, de verdad’.
¿Acaso se iba a lanzar sobre cualquier mujer que viera? Mientras se rompía la cabeza pensando en si su ‘yo’ del pasado había sido un libertino o un perdido, de pronto sintió que alguien lo observaba.
Brillantes.
Unos ojos celestes, claritos como joyas, lo miraban fijamente. Era la primera vez que veía a un bebé tan de cerca. Mientras Kay se quedaba mirando ese cabello rubio encendido y esos ojos color cielo, el bebito también le escaneaba la cara de arriba abajo con curiosidad.
El bebé no se parecía casi nada a su madre, pero era una ternura. El cabello de la mujer era de un castaño color miel y sus ojos parecían cristales teñidos de rojo.
‘Seguro es igualito al padre’.
¿Qué clase de tipo sería ese para abandonar a un hijo tan chiquito y pensar en casarse con otra? ¿Sería un noble? Si era así, lo más probable es que la mujer fuera una plebeya.
‘Con lo hermosa que es, no me extraña que un noble le haya puesto el ojo’.
En el Reino de Triran, la gente era bastante relajada con eso de tener romances o amantes antes del matrimonio. Pero como el casorio entre nobles era un asunto de estado entre familias, les apestaba la idea de los hijos ilegítimos. Si una amante salía embarazada, a veces la mandaban lo más lejos posible.
Mientras se miraban, el bebé abrió la boquita y empezó a balbucear.
—A, au… u.
Ante ese ruidito, la mujer reaccionó al toque y se movió suavemente. Su cuerpo, que tenía unas curvas de infarto, se dio la vuelta y puso una mano sobre el bebé. Kay no pudo evitar clavar la mirada en esa mano que le daba palmaditas en la panza al pequeño.
‘Con esos mismos dedos blancos me agarró y me frotó allá abajo’
Solo de pensarlo, sintió un tirón tan fuerte en la pelvis que le dolió, su miembro se puso duro otra vez. Kay se levantó de un porrazo soltando un quejido. Sentía que si se quedaba echado un rato más, se iba a olvidar del bebé y de todo, se le iba a lanzar encima a la mujer como un animal.
Tratando de ocultar su desesperación, se puso la misma ropa que se había quitado ayer.
—¿A dónde vas?
Aubrianna abrió apenas los ojos y miró de reojo la ventana, donde la nieve caía como loca, luego a Kay que ya estaba todo cambiado.
Kay solía ser bien chambeador, pero los días de tormenta prefería no salir de la cabaña. Sin embargo, al ver que hasta estaba agarrando su gorro de piel de zorro, parecía que se iba a un sitio lejos.
—Hace unos días estabas que te quejabas de que querías comer carne de conejo.
A Aubrianna se le subieron los colores a la cara. Es que se había pasado una semana comiendo pura sopa desabrida y se le escapó el comentario sin querer. En ese momento la tormenta estaba tan fuerte que ni la puerta se podía abrir.
El hombre se amarró las trampas a la cintura y se puso los guantes tejidos con los restos de piel que sobraron del gorro. Aunque la tormenta había bajado un poco, todavía caía tanta nieve que casi no se veía nada.
—¿De verdad vas a ir a cazar conejos?
La preocupación se le notó en la cara. El hombre, que se había ajustado bien la ropa con el cinturón, tocó el frasquito de especias secas que trajo ayer antes de abrir la puerta.
—Puede que me demore.
—Pero si afuera no se ve ni rastro…
—¿Me estás preocupando ahora?
Él soltó una risita y se encajó bien el gorro.
—Preocupando…
Aubrianna repitió la palabra para sus adentros.
Le daba un poco de risa la idea de preocuparse por el hombre más fuerte del Norte. Pero antes de que pudiera pensar en otra cosa, la puerta se abrió de golpe y un viento helado lleno de nieve se metió hasta la entrada.
—Bueno, ya vuelvo.
Al verlo partir, a Aubrianna le dio un vuelco el corazón.
—¡E-espere un ratito!
El hombre, que ya tenía un pie afuera, retrocedió y volteó. Por el pelaje grueso casi no se le veía la cara.
—¿Qué pasa?
Aubrianna sacudió la cabeza rápido.
—No, nada. Olvídelo.
Él puso cara de no entender, pero pronto se le dibujó una sonrisa en los labios.
—Ya verás, espérame con ansias.
La puerta se cerró con un golpe seco y los copos de nieve que flotaban en el aire fueron cayendo al suelo, dejando un rastro húmedo.
‘Debí decirle que tuviera cuidado…’.
Cuando ella estaba en los últimos meses de embarazo, su relación con Kaylock era lo peor de lo peor por culpa de la noticia de su compromiso. Por eso, ni siquiera se despidió bien de él cuando se fue a la batalla antes de desaparecer.
Aubrianna puso la mano en el marco de la ventana, con los ojos temblorosos, buscando algún rastro del hombre que ya se había perdido en la nieve.
‘Prometí que no viviría como en mi otra vida. Tengo que expresarme más’.
Ya no podía dejar que el orgullo le ganara. Lo más importante ahora era su seguridad y la de su bebé. Aubrianna se mordió el labio con fuerza y volteó la mirada.
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e le había llegado al cuello toda la noche. Después de un par de horas, por fin encontró una zona donde el suelo no estaba tan tapado y se detuvo.
Aquí también caían copos, pero no se amontonaban hasta la cintura como en su casa. Entornó los ojos y chequeó los alrededores. A veces, si tenía suerte, podía encontrarse con algún conejo marrón que todavía no había cambiado el color de su pelo al blanco de invierno.
‘Hoy no es mi día de suerte’.
Por más que miraba, la llanura blanca estaba en un silencio total. No se oía ni el pío de un pájaro. Seguro que por el frío ninguno se atrevía a salir de su nido calientito.
—Maldita sea.
Por más que estuviera forrado en pieles, ya tenía la punta de los dedos de las manos y los pies congeladazos. La nieve se le pegaba a la barba y se le ponía dura como un hielo.
De pronto, le dio cólera consigo mismo por habérselas dado de muy gallito diciéndole a la mujer que lo esperara con ansias. Pero es que cuando la vio ahí, toda pálida, tomando esa sopa aguada y preguntando si no había algo más, le dieron unas ganas locas de traerle hasta el manjar más caro del mundo.
—Bueno, es que tiene que alimentar al bebé.
se dijo a sí mismo como excusa mientras caminaba, pero en el fondo Kay lo sabía muy bien.
Cuando le quitó la capucha de la capa y vio lo pálida que estaba, por un segundo juró que estaba muerta. Si se le detuvo el corazón fue porque pensó que era un cadáver. El alivio que sintió al acercar sus dedos tiesos a esa nariz perfilada y sentir un hálito de vida fue inmenso.
Después de eso, le pasó algo rarísimo. Al ver su carita tan de cerca, sintió como si el espacio a su alrededor se torciera; le dio un hambre y unas ganas que no sabía de dónde salían. Había escuchado que había tipos enfermos que sentían deseo por mujeres que estaban durmiendo, pero nunca pensó que él terminaría siendo uno de esos.
¡Zas!
Kay apartó de un golpe brusco una rama de frambuesa cargada de nieve y siguió caminando. Sin embargo, ese sentimiento extraño se esfumó en un segundo cuando el bebé que ella cargaba se puso a llorar. Al ver cómo ella lo tenía bien amarrado para no soltarlo, no pudo evitar sentirse decepcionado.
Que hubiera un bebé significaba que ella era la mujer de alguien. Haberse quedado prendado a primera vista de una mujer que ya tenía un hijo de otro hombre… Le dio una rabia repentina y empezó a abrir y cerrar las manos entumecidas dentro de los guantes.
‘Él se va a casar pronto con otra’.
¿Y qué pasa si ese idiota que se va a casar con otra reacciona y viene a buscarla? Si se le ocurre asomarse por aquí para buscar a la mujer y al niño, le voy a meter una sarta de golpes hasta dejarlo hecho un trapo. Y luego, frente a él, la voy a desvestir y a la fuerza voy a…
¡Carajo!
No podía creer que estuviera teniendo esos pensamientos tan violentos y retorcidos.
‘¿Será que antes yo era un tipo así de podrido?’.
Por más que le daba vueltas, no tenía forma de saberlo. ¿O será que ya se volvió loco de tanto estar encerrado en este desierto de nieve? Pensó que, después de todo, era un hombre joven y sano, como no veía a una mujer tan hermosa hace tiempo, quizás era normal que se le alborotara el ganado.
La nieve seguía cayendo sin hacer ruido, aunque ya se veía un poco más. Kay volteaba de rato en rato para chequear la dirección del viento y dónde se acumulaba la nieve. Lo más importante ahora era no perder el camino de regreso a la cabaña perdida en medio de la nada.
Ese desierto blanco era inmenso, justo en la frontera donde chocaban el Reino de Triran y las tierras de la tribu Karnu. Era una tierra miserable donde la nieve solo hacía la finta de derretirse dos meses al año; el resto del tiempo, el invierno era brutal y no paraba de nevar por meses.
Si te perdías ahí solo, estabas frito: o terminabas en lo más profundo del desierto o, peor aún, acababas en las tierras de los salvajes Karnu. En cualquier caso, eras hombre muerto. O te morías de frío o te mataban. No había de otra.
Los que nacían en el Norte sabían muy bien lo peligroso que era ese lugar, así que desde chiquitos les enseñaban a ubicarse. Kay, aunque no recordaba que se lo hubieran enseñado, se orientaba por puro instinto.
Miró de reojo la montaña Winterholden que se veía a lo lejos y avanzó con decisión. Esa montaña era el punto de referencia de todo el Norte; si te perdías, ella te guiaba.
‘Si la tormenta te ciega, detente, espera a que pase y busca la montaña Winterholden’. Era algo que los norteños escuchaban hasta el cansancio desde que nacían.
Kay siguió caminando callado. Encontró una pequeña colina donde parecía haber madrigueras de conejos, se acercó y sacó las trampas. Memorizó dónde las ponía y siguió avanzando. Si veía huellas, ponía una trampa ahí mismo. Calculaba el peso del conejo por la huella, buscaba una piedra parecida, cavaba un hueco, ponía ramitas fáciles de romper y lo tapaba todo con nieve y hojas secas. Ponía la piedra en el borde del hueco y listo.
Se levantó y miró su quinta trampa.
—Me salió igualita.
Por un momento pensó si en su pasado no habría sido cazador, pero luego sacudió la cabeza. No lo creía. La puntería que tenía para lanzar la daga y la espada larga que llevaba en la cintura eran fijas de un soldado.
‘¿Entonces habré sido militar?’. ¿O un cazador que se encontró una espada por ahí? Quería saber quién era, pero mientras más rascaba, más le dolía la cabeza.
Kay decidió regresar a donde había puesto las primeras trampas.
—¿Ni uno?
Miró la trampa vacía, frunció el ceño y miró a su alrededor. Ya estaba oscureciendo. Para colmo, empezaba a nevar más fuerte. En una o dos horas no iba a ver ni michi y tendría que avanzar con la nieve hasta las rodillas.
Como no atrapaba nada y encima tenía hambre y frío, se empezó a asar.
‘¿Por qué m… se me ocurrió venir a hacer esto?’.
No se entendía. Antes de que ella llegara, su vida era tranquila. Los días de tormenta no sacaba ni la nariz de la cabaña. Cazaba medio día cuando el clima estaba bueno y con eso le sobraba para vivir. Comida, leña, agua… todo le alcanzaba. Pero desde que ella llegó, todo se estaba acabando al triple de velocidad.
—No es porque sea un tacaño. Yo no soy una persona de sentimientos tan bajos.
Era una mujer indefensa con un bebé. Cualquier persona decente los cuidaría con gusto.
—¿Entonces por qué?
seguía murmurando mientras caminaba.
—¿Por qué? ¿Por qué?
Se preguntaba mil veces, pero solo sentía una ola de emociones que no sabía explicar. ‘Ya fue el conejo, me regreso a la cabaña’. Nadie podría reclamarle nada si con este clima de porquería no cazaba nada.
Pero sus pies no se movían. No podía sacarse de la cabeza la imagen de esos labios moviéndose mientras ella tomaba la sopa sin fuerzas.
—Me voy a volver loco.
Tenía la boca tan congelada que ya ni podía pronunciar bien.
‘¡Y esa mujer seguro está ahí, muy campante, gastándose mi leña y mi comida, calientita y con la panza llena!’.
Entre que la caza no le salía y que el deseo por ella no se le quitaba, Kay se estaba poniendo cada vez más furioso. Miró a su alrededor; ya estaba oscuro y con la tormenta ya no veía ni dónde había puesto las trampas.
Se le marcó una arruga profunda en el entrecejo. Sentía que hasta el aire se ponía tieso a donde él miraba.
—Aubrianna Morel.
susurró el nombre de la mujer que era la raíz de todo este lío.
Tenía un frío de los mil demonios y estaba más caliente que un horno.
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