Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 39
Fue una respuesta inesperada. Agnes contuvo el aliento un instante y luego dejó escapar una sonrisa genuina.
—Dije que esa jovencita me agradaba, pero veo que incluso sus acciones son adorables.
Agnes hizo una seña al sirviente que aguardaba junto a la puerta. Cuando el hombre se inclinó, ella le susurró algo al oído; después, se recostó en su asiento con una expresión de absoluta calma.
—Ya que has vuelto, terminaré de decirte lo que iba a decirte antes.
Kaylock, que hacía girar el licor en su copa, levantó la vista. Al ver el rastro de ansiedad en su rostro, Agnes sonrió con suavidad.
—Acabo de enviar a alguien. De forma discreta, para que nadie lo note.
Ella señaló con la mano a las doncellas y sirvientes que se movían por el salón.
—Todas las personas aquí presentes vinieron conmigo desde el palacio. Están bien entrenadas y saben exactamente a quién acudir para cada asunto.
Agnes le dio unas palmaditas afectuosas en la mano.
—Así que no te preocupes. Con suerte, sabremos pronto dónde está Aubrianna o, al menos, qué es lo que ha sucedido realmente.
El sirviente que había salido regresó poco después con un documento en la mano. Agnes lo tomó y, antes de entregárselo, miró a Kaylock con picardía.
—No habrás olvidado también cómo leer, ¿verdad?
Kaylock soltó un bufido ante la duda en esos ojos color violeta y le arrebató el papel.
—No pensé que tendría que repetir esto, pero he perdido la memoria, no me he vuelto idiota.
Fijó la vista en el papel. De pronto, sus ojos azules se abrieron de par en par. La sorpresa y la confusión se mezclaron en su rostro, dejándolo momentáneamente sin palabras.
—Sí. Es sorprendente, ¿no?
dijo Agnes con una sonrisa de satisfacción
—Pienso adoptar a Aubrianna en la familia Bellone.
Kaylock contuvo el aliento y parpadeó varias veces. En el fondo de su mirada azul, una chispa de entendimiento y nuevas posibilidades comenzó a brillar con fuerza.
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Amaneció.
—Dicen que está encerrada en el calabozo del castillo del duque. La van a procesar por dos cargos: el secuestro y la emboscada relacionados con la desaparición del duque, el rapto del joven maestro.
El rostro de Agnes se puso pálido al escuchar el informe del sirviente, quien había pasado toda la noche recabando información.
—Esto se puso feo. Como has perdido la memoria, ni siquiera puedes testificar.
—Yo mismo lo haré.
Agnes miró con preocupación a Kaylock, que se ponía la casaca con brusquedad, visiblemente molesto.
—¿Y qué piensas hacer?
—Iré a decirles que yo soy el duque y que nada de esto es cierto. Así de simple.
—¿Crees que sea tan fácil?
A decir verdad, a Kaylock tampoco se le ocurría una mejor solución, pero estaba tan asado que no podía quedarse de brazos cruzados.
—Se atrevieron a ponerle la mano encima a lo que es mío. ¿Un calabozo? No tiene sentido.
No le cabía en la cabeza. Aubrianna fue quien le dijo que era un duque y quien lo sacó de ese campo de nieve. Si acaso, ella merecía una recompensa, no que la acusaran de secuestrarlo y engañarlo.
Agnes sacudió la cabeza, como sintiendo lástima por él.
—Aunque hayas perdido la memoria, tu arrogancia sigue intacta. Aubrianna no es un objeto.
—No me refería a ella como si fuera una cosa.
—Si Aubrianna fuera adoptada por nuestra familia Bellone, ¿te expresarías de ella de esa misma forma?
—Eso es…
Agnes se puso de pie, irradiando esa dignidad propia de la realeza.
—Se supone que te crié como tu niñera, pero como siempre paraba mal de salud, no pude cuidarte como se debía. Aun así, creo que hice mi mejor esfuerzo.
El rostro de Agnes, mientras miraba al hijo de su mejor amiga, se llenó de melancolía.
—Cecilia era una mujer brillante. Siempre la admiré y la quise mucho. Por eso te cuidé con tanto afecto cuando perdiste a tu madre.
Una sombra de amargura cruzó el rostro de Kaylock. Escuchar historias de una madre a la que ni siquiera recordaba le afectaba. Él la miró con ojos penetrantes, pero no abrió la boca.
—Siendo un duque, es normal que seas arrogante. Pero no con los tuyos. Guarda tu soberbia para tus enemigos.
Agnes, con una mirada afilada y clara, le lanzó esa última estocada verbal a Kaylock.
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Lien, que pasaba cargando su batea de ropa, le lanzó una mirada coqueta a Carlo, el guardia que custodiaba la pequeña puerta trasera por donde transitaba el personal.
—¡Hola! ¿Todo tranqui por la noche?
—Claro que sí.
—¿Ah, sí?
Lien chequeó a su alrededor y, al ver que no había nadie, dejó la batea en el suelo y metió la mano. Sacó un paquetito blanco y se acercó a Carlo.
—Es pan recién horneado de esta mañana. Me lo soplé de la cocina.
A Carlo se le hizo agua la boca con el olorcito a pan caliente y crocante; lo recibió y le metió un tremendo bocado. Lien lo miraba satisfecha, pero después de un momento, se acercó para preguntarle al oído:
—Me enteré de un chisme que anda rondando… ¿Ha pasado algo?
—Bueno, no es que te lo cuente porque me hayas dado esto, pero… como era tu amiga, te lo diré. Ayer metieron a Aubrianna al calabozo.
A Lien se le agrandaron los ojos y le empezaron a temblar los labios.
—¿Y cómo está ella? ¿Y el bebé? ¿Se veía bien de salud?
—Cálmate, Lien. Yo tampoco sé mucho. Solo sé que llegó ayer tarde con el joven Sion.
El rostro de Lien se transformó en una expresión de pura pena.
—Carlo… ¿me puedes hacer un favorcito?
Carlo la miró con cara de compromiso.
—Lo siento, Lien. Lo que quieras, menos pedirme que te lleve al calabozo……
Lien frunció el ceño y se retorció las manos con nerviosismo. Desde que el Duque desapareció, habían encerrado a Aubrianna en su cuarto con el bebé. Lien se las había ingeniado pidiéndole el favor a otra empleada para llevarle la comida personalmente, ahí fue cuando lo vio: la dama de compañía de la Duquesa estaba echando un líquido extraño en la comida… Intentó ganarse a Carlo para llevarle otra comida a su amiga, pero la descubrieron, desde entonces a Lien le prohibieron tajantemente acercarse al cuarto donde estaba encerrada Aubrianna.
—Carlo, no seas así, ¿ya? Te juro que te preparo ese pastel de carne que tanto te gusta. ¡Solo una vez! ¿Sí?
El calabozo tenía mucha vigilancia, pero como era una construcción de hace siglos, tenía varias entradas y era todo un laberinto; pensó que podría meterla un ratito sin que nadie se diera cuenta.
—Tú sabes que no me estoy dejando convencer por un simple pastelito, ¿no?
Carlo le dio un empujoncito juguetón con el hombro. Lien se rió bajito y se le pegó un poco.
—Ya lo sé. Oye, me enteré de que va a haber un baile de primavera en el edificio Krixi, en el centro. Me vas a escoltar, ¿verdad?
Carlo se iluminó y estaba a punto de asentir a la invitación cuando…
—Qué buena vida se dan.
Se acercó el señor Torrain, un veterano que antes era soldado y ahora se encargaba de supervisar a los guardias. Lien dio un salto del susto, saludó casi por compromiso y desapareció volando con su batea de ropa.
—Parece que se te olvidó que ya es hora del cambio de guardia.
—No se me ha olvidado, señor.
Carlo sonrió y le entregó la llave de bronce que representaba la autoridad y responsabilidad de cuidar la puerta, pero de pronto recordó algo y preguntó:
—Señor Torrain, de casualidad, ¿a qué hora es la guardia del calabozo? Es que me ha salido un compromiso para un baile y creo que voy a tener que cambiar mi turno.
Kaylock se paró frente a la entrada principal del castillo y se quedó mirando el enorme portón de fierro. La estructura principal, que se veía desde cualquier punto de la ciudad, se sentía mucho más imponente teniéndola de frente. Se quedó mirando las ventanas que brillaban con el sol de la mañana y luego volteó. El guardia, al verlo, abrió los ojos como platos y gritó a todo pulmón:
—¡El… el Duque ha vuelto! ¡Abran el portón!
Trrrac, trrrac.
El pesado portón empezó a subir lentamente. La noticia debió correr como pólvora, porque Rajen salió corriendo con la cara toda roja.
—¡Mi señor! ¡Justo estaba por ir a recogerlo!
—¿Y tú cómo sabías dónde estaba?
Ante las palabras de Kaylock, Rajen puso una cara de ‘me atraparon’, se acercó para tomar las riendas y acarició el cuello del caballo para calmarlo.
—Ya, ya… tranquilo.
Luego le entregó el caballo que resoplaba a un sirviente y le dio instrucciones:
—Es un caballo que viene de la residencia del Conde Bellone, ten mucho cuidado.
Al oír eso, Kaylock zapateó y golpeó el látigo contra el suelo.
—Qué payasada.
—Es que la residencia del Conde Bellone queda dentro de nuestro ducado, pues, mi señor.
Rajen, murmurando que de todas formas nadie podía escapar de los ojos del ducado, lo miró de reojo con cautela.
—Ayer se hizo demasiado tarde y me pareció una falta de respeto ir a esas horas, por eso no fui.
—¿Dónde queda el calabozo? Voy a ver a Aubrianna. ¡Guíame ahora mismo!
Kaylock intentó imponer su autoridad de duque. Pero Rajen, con cara de pocos amigos y dudando un poco, finalmente habló:
—Con todo respeto, mi señor, pero primero tenemos que ir a su despacho.
—¿Qué?
Kaylock se dio la vuelta y lo miró con esa frialdad cortante de ayer, pero Rajen no podía dar su brazo a torcer.
—El joven Sion lo está esperando en el despacho.
Sion acababa de decirle que lo trajera así tuviera que morir en el intento.
‘Igual me van a matar, sea ahora o después’, pensó Rajen. Aguantándose las ganas de llorar, le suplicó a Kaylock:
—Dijo que era un asunto de suma importancia.
Sion insistía en que lo urgente era curar la enfermedad del amo, que había perdido la memoria, que para lograrlo, primero tenían que traer al castillo a Aubrianna, que era quien manejaba al duque a su antojo.
Rajen también estaba de acuerdo con eso. Después de todo, el castillo y todo el ducado estaban hechos un mamarracho. ¿Y qué decir de los caballeros? La comida y los suministros que les daban eran de pésima calidad, una porquería, la moral de los soldados estaba por los suelos.
‘Lo que no me dijo era que le iban a echar la culpa de todo y que la meterían al calabozo’. Aunque Rajen era un tipo grandazo y con cara de malo, tenía su corazoncito y era débil con las mujeres y los niños; por eso sentía que lo que estaba haciendo Sion era una injusticia.
Vio que Kaylock se quedaba mirando una puerta mientras caminaba y corrió hacia él.
—¡Mi señor! Esa es la puerta para los empleados. Venga por aquí, por favor.
Kaylock soltó un suspiro. Solo con dar una mirada rápida, se dio cuenta de que el castillo era inmenso. Si se ponía a buscar la entrada al calabozo por su cuenta, no terminaba ni en un día. Estaba furioso, pero decidió mantener la cabeza fría.
—Está bien, llévame al despacho.
Al ver que los sirvientes y el mayordomo principal salían corriendo de la mansión tras enterarse de la noticia, Rajen frunció el ceño y le advirtió a Kaylock en voz baja:
—Usted solo haga un gesto con la cabeza y pase de largo.
En cuanto Kaylock empezó a caminar, se vio rodeado por cinco o seis personas al toque.
—¡Mi señor! ¡Está a salvo! ¡Qué milagro!
Herrick, con voz emocionada, miraba a Kaylock de arriba abajo.
—¡Válgame Dios, se le ve muy demacrado!
Kaylock se quedó mirando la barba del hombre que parecía tan preocupado por él, pero hizo lo que Rajen le dijo: solo asintió con la cabeza y siguió caminando.
—Irá primero al despacho.
Herrick hizo una reverencia profunda.
—Entendido. Prepararemos su habitación y la comida para que pueda descansar apenas termine sus asuntos.
Kaylock tuvo que asentir una vez más para poder librarse de esa gente que no paraba de parlotear como una manada de patos.
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