Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 37
—Apú, abubú. Abáaa.
Kaylock miraba esa cabecita redonda que estaba sentada en sus rodillas, observando por la ventana como si todo fuera una maravilla.
Cuando estaban en la cabaña, pensaba que el mocoso solo servía para comer, ensuciar el pañal y dormir; pero ahora que ya tenía fuerza en el cuello y la espalda, se le veía bien sentadito, todo un hombrecito.
Kaylock le hincó el dedo en su mejilla redonda y blandita.
—Eáaa, ¡kiáaa!
El bebé volteó a verlo y soltó una risotada que le achinó los ojitos y le hizo abrir la boca de par en par.
Esos dientecitos de abajo, que recién estaban asomando, se robaban todo el show.
Ja.
¿Cómo puede ser tan lindo este chiquillo?
—¿No extrañas a tu mamá?
Parece que Theo no, porque volvió a pegar la frente al vidrio y se puso a mover los ojos de aquí para allá, bien concentrado en lo que veía afuera.
A diferencia del desierto de nieve donde no había nada, ahora los techos redondos y puntiagudos y los edificios de colores le parecían la cosa más increíble del mundo.
—¿Seré yo el único que la extraña?
Recién habían salido y ya tenía ganas de verla y tocarla. Se sentía raro no tener al lado ese cuerpito chiquito que siempre olía a flores.
‘Si no se acuerda de los saludos o de cómo comportarse en la mesa, no haga cualquier cosa, mejor pida disculpas. Es una señora muy buena, así que no le va a decir nada. Y como ella lo crió desde bebito, de hecho que se va a esforzar para ayudarlo a recuperar la memoria’.
Recordando lo que le encargó Aubrianna, Kaylock jaló al bebé, que estaba medio pegado a la puerta del coche, lo sentó derechito.
‘Esa bendita memoria’.
¿De verdad la necesitaba? Kaylock rodeó la cintura del bebé con un brazo firme y se apoyó la quijada en la otra mano.
O sea, pensándolo bien.
Vivir como cazador no estaba nada mal. Justo cuando sentía que le faltaba algo, una mujer hermosa y un bebé adorable le cayeron del cielo. Su novia preciosa y su hijo.
—Así que Duque, ¿no?…….
Sus dedos tamborilearon sobre su mejilla sombreada. Aunque hubiera perdido la memoria, sabía que ser el Duque que gobierna un territorio era un cargo lleno de responsabilidades y deberes.
‘Si todo camina bien aunque yo no esté, ¿no será que no hace falta que yo sea el Duque?’.
Tenía ganas de hacerse el difícil todo lo que pudiera. Se puso a pensar si no habría una forma de retrasar lo más posible su entrada al castillo del ducado.
‘Total, si les digo que perdí la memoria, no me van a obligar a hacer nada’.
—¡Kiáaa! Apúaaa.
Theo empezó a patalear porque algo le llamó la atención; tenía tanta fuerza que casi se le escapa de las manos.
—¡Oye, tranquilo!
Kaylock miró hacia la calle por encima de la cabecita del bebé y vio a una persona paseando a un perro grandazo.
La cola peluda se movía de un lado a otro y sus cuatro patas caminaban con ritmo, siguiendo el paso de su dueño. El bebé se quedó con los ojos clavados ahí, como hipnotizado.
—¿Quieres ese perro?
—Cáa. Pubú.
Al ver que le gustaban los animales, se notaba que el chiquillo tenía madera para ser un gran cazador. Kaylock entornó los ojos, mirando la nuca redondita del bebé con una cara de puro orgullo.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
Agnes Bellone era parienta del rey Sedrán Maric III de Triran y, al haber nacido en una cuna de oro con una educación real impecable, casi nunca en su vida se había topado con alguien que no tuviera ni un poquito de modales.
Ella siempre se codeaba con señoras de la alta alcurnia y gente de la realeza. Claro, entre ellos había gente creída y hasta un poco tonta, pero lo que estaba viviendo ahora era algo totalmente nuevo que la dejó en el sitio.
—Kaylock, come con calma, por favor.
Como siempre, el Duque se veía impecable. Tenía esa percha heredada de sus padres, un físico imponente y una ropa que no tenía ni una arruga.
Pero eso era solo por fuera.
Después de meses de no verlo, ahí estaba él, cortando el plato con el cuchillo y metiéndose la comida a la boca a la fuerza, con los ojos bien abiertos.
El sonido del cuchillo raspando la loza y sus ruidos al masticar llenaban todo el jardín del invernadero.
Agnes se llevó los dedos a la frente, que ya le estaba empezando a latir del dolor, habló:
—Por más que hayas perdido la memoria, no puedo evitar sentirme un poco triste de que me trates con tanta frialdad.
Kaylock pasó la comida de un solo rastro, se encogió de hombros, se limpió la boca con la servilleta y miró a Theo.
Una de las empleadas de la condesa tenía al bebé sentado en sus rodillas y le daba pedacitos de carne y verdura; el chiquillo terminaba escupiendo la mitad y con la otra mitad se ponía a jugar con las manos, ensuciándose todo.
La condesa siguió su mirada y, con cara de mucha nostalgia, le acarició la mejilla a Theo.
—De verdad, es igualito a ti cuando eras chiquito.
—……¿Ah, sí?
—Tú también tenías ese apetito voraz. ¡Y por Dios, mira este pelito!
La condesa estiró el brazo y le tocó el cabello rubio oscuro a Theo.
—Es del mismo color que el de Cecilia, tu mamá.
Agnes levantó la vista y se quedó mirando el cabello negro de Kaylock.
—Tú también naciste con este mismo color, pero conforme fuiste creciendo, tu pelo cambió al color oscuro de los Tennant.
Kaylock notó la nostalgia en esos ojos de color violeta, la marca de la sangre real.
—Ya no queda nada de Cecilia en ti.
Kaylock se encogió de hombros otra vez.
Según sabía, ella había muerto dándolo a luz. Como no tenía ni un solo recuerdo de ella, Kaylock no sentía ni pena ni soledad.
Lo único que pensó es que, si estuviera viva, tendría la misma edad que la condesa; y se quedó mirando esas arruguitas finas en sus ojos y esa mirada inteligente que le pareció algo nuevo.
—Este niño es el vivo retrato de su abuela.
El bebé miraba a Agnes con sus ojitos redondos de color celeste y no dejaba de sonreír.
—El color es un poquito más fuerte, pero sus ojos son igualitos a los de Cecilia.
Kaylock dejó la servilleta en la mesa y soltó un suspiro corto. Ella lo había recibido feliz, le preguntó si estaba bien de salud y cómo perdió la memoria, pero después de eso se la pasó mirando solo al bebé.
‘Parece que esta señora me llamó solo para verle la cara a Theo y ponerse a recordar el pasado’.
Como Aubrianna le dijo que esto lo ayudaría, pensó que serviría de algo, pero no fue así. Al menos la comida estuvo muy buena.
Después de disfrutar un postre que lo dejó satisfecho, Kaylock miró a su alrededor. Pensando en su pérdida de memoria, en vez de un comedor gigante, habían preparado la cena en un invernadero de vidrio.
Como el sol se estaba ocultando tarde por el cambio de estación, todo el invernadero brillaba con la luz del atardecer; cada rincón donde mirara era hermoso.
—A Aubrianna le habría gustado estar aquí.
Murmuró Kaylock mientras sentía el olor rico de las flores. Agnes, como si lo hubiera escuchado, preguntó en voz baja:
—Hablando de eso, ¿cómo sigue Aubrianna?
¿Cómo que cómo sigue? ¿Por qué pregunta por ella si ni siquiera la invitó?
Le pareció bien raro, pero pensó que quizás era una de esas costumbres raras de los nobles de preguntar por preguntar.
—Bueno, me debe estar esperando en el hostal con el bebé.
Se preguntó si ella ya habría cenado.
Como ya no tenían nada de qué hablar y ya se había acabado toda la comida, empezó a sentirse inquieto, con ganas de irse ya.
Agnes le hizo una seña a la empleada, esta empezó a arrullar al bebé, que ya se estaba quedando dormido.
—Cuando mejore de salud, tienen que venir los dos sin falta.
Kaylock ladeó la cabeza y se puso derecho.
—¿De quién está hablando? ¿Quién tiene que mejorar?
No entendía a qué se refería Agnes. El que perdió la memoria fue él, pero de salud estaba cañón.
—¿De quién más? De Aubrianna, pues. Me dijeron que no se siente bien desde que volvieron de la nieve, ¿no?
Es cierto que estuvo un poco mal, pero se recuperó al toque.
¿Cómo es que el tal Sion sabía eso?
Kaylock miró fijamente la cara de la condesa buscando alguna respuesta, pero en su expresión solo se veía preocupación sincera por Aubrianna.
Sion le había dicho clarito que la condesa solo los había invitado a él y al bebé.
‘¿Por qué me mintió……?’.
Un presentimiento horrible le golpeó el pecho y Kaylock se paró de un salto.
—Tengo que irme.
—¿Ahorita?
Agnes, toda sorprendida, miró a Theo que se acababa de dormir en brazos de la empleada y agarró la mano de Kaylock.
—Tengo algo importante que hablar contigo.
—Lo siento, pero mejor lo dejamos para la próxima.
Ese instinto que desarrolló como cazador en la nieve le estaba gritando que algo andaba muy mal.
—Es que me preocupa dejar a Aubrianna sola.
—Bueno, si es así, no me queda de otra.
Agnes le dijo a la empleada que fuera con ellos al hostal cargando al bebé, pero Kaylock se negó y él mismo cargó a Theo.
—Si pasa cualquier cosa, no dudes en venir a buscarme.
Agnes miró la cara seria de Kaylock y añadió con cautela:
—Sé que estás pasando por un momento difícil. Cuando vuelvas al castillo del ducado, de hecho vas a encontrar muchas cosas que te van a confundir. Así que ya sabes, búscame cuando quieras.
‘¿Había dicho que tenía los pulmones mal de nacimiento?’
A pesar de que dijo que venía de descansar por su enfermedad, Kaylock hizo una reverencia en silencio al ver el rostro todavía pálido de la mujer.
En cuanto Kaylock subió, el carruaje salió volando. Agnes se quedó mirando cómo se alejaba con cara de preocupación y murmuró:
—Diosa, por favor dale a ese muchacho la fuerza necesaria para salir adelante en este mundo tan difícil.
⋅•⋅⋅•⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅∙∘☽༓☾∘∙•⋅⋅⋅•⋅⋅⊰⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅⋅•⋅
La villa de Agnes quedaba a las afueras de la ciudad de Tennant. Mientras iban hacia el hostal que estaba en la zona más movida, el sol se terminó de ocultar y todo quedó en una oscuridad total.
¡Pam! ¡Pam!
Rajen, que iba afuera, se pegó un susto al escuchar los golpes que venían desde atrás y volteó al toque.
Le pidió al cochero que bajara un poco la velocidad y abrió la ventanita que conectaba el pescante con el interior del coche.
—¿Qué pasa, Excelencia? ¿Ocurre algo?
—¿Dónde está Sion?
—¿A Sion? ¿Por qué lo busca?
Dentro del coche, la oscuridad era casi total. Solo la linterna colgada en la ventana dejaba ver la silueta gigante del hombre cargando al bebé. Lo único que se notaba clarito eran sus ojos azul oscuro, que brillaban con una frialdad de animal salvaje.
—Soy el Duque, ¿acaso no puedo preguntar dónde diablos está mi asistente?
A Rajen se le heló la sangre y sintió un escalofrío que le recorrió toda la nuca. El aire se puso tenso, como una cuerda de violín a punto de reventar.
—N-no, claro que puede.
Rajen movía los ojos para todos lados, nervioso, mientras esa mirada de depredador lo seguía sin perderle el rastro.
Hic. Soltó un hipo del puro susto.
—E-él debe estar… sí, debe estar en el castillo del ducado. Sí, de hecho está allá.
Las noches de primavera todavía eran heladas, pero Rajen temblaba más por esa vibra cortante y fría que emanaba de Kaylock que por el clima.
—Dale con todo. Llega lo más rápido que puedas.
—¡S-sí! ¡A la orden, mi Duque!
Rajen le hizo una seña al cochero y las ruedas empezaron a girar con más fuerza, agarrando velocidad.
—¡Arre!
Mientras los cuatro caballos volaban por el camino, el pecho de Kaylock se iba consumiendo, volviéndose carbón por la angustia.
Abrazó con cuidado al bebé que seguía durmiendo y aguantó la respiración.
Sentía que no iba a poder volver a respirar tranquilo hasta que tuviera la cara de Aubrianna frente a sus ojos.
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
Deja una respuesta
You must Register or Login to post a comment.