Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 33
—¡Llegó Lord Sion!
Al reconocerlos, los guardias corrieron al toque para abrir el enorme portón de fierro. Por ahí entró, a paso lento, el grupo de búsqueda formado por unos veinte soldados de élite que se veían bien cansados.
Herrick, el jefe de sirvientes, salió volado y puso una cara de susto al ver a Sion bajarse del caballo.
—¿Está herido?
—¿Y el Duque?
—¿Perdón?
Como el grupo que se supone debía encontrar al Duque era el que preguntaba por él, Herrick se quedó desconcertado.
—¿Todavía no ha llegado?
—¿De qué me está hablando?… ¡Ah! ¿Acaso lo encontraron? ¿Se adelantó él solo?
A Herrick se le iluminó la cara por un segundo, pero se puso pálido otra vez con lo que Sion le soltó:
—Ha perdido la memoria. Pero ya debe estar por llegar al castillo.
¿¡Pero qué cosa!? ¡El Duque, que estaba desaparecido, ahora resulta que tiene amnesia!
—¿Entonces con quién está regresando? ¡Pero dígame algo pues, Lord Sion!
Sin decir más, Sion se fue directo al despacho del Duque con paso firme, dejando a Herrick con la palabra en la boca.
Dorian, el sirviente de la Duquesa, estaba chequeando todo desde lejos.
—Ejem, ejem.
Herrick se aclaró la garganta, se acomodó la ropa y se le acercó.
—¿Hay alguna novedad?
preguntó Dorian con un tono bien calmado.
—Bueno…….
Herrick se acarició su bigote, que era su orgullo, mientras pensaba qué decir. No sabía si soltarle así de frío lo que Sion le había contado.
—El grupo de búsqueda ha traído noticias algo alentadoras.
—¿Ah, sí?
Dorian volvió a preguntar y miró a su alrededor. El jardín era un caos: criados atendiendo a los caballos del grupo de búsqueda y aprendices cuidando a los caballeros que se veían hechos puré por el cansancio.
—¿Y el Duque?
—¡Ah! Dicen que ya está por llegar.
Bueno, eso se lo dijo Sion, así que debía ser verdad. Herrick hizo una pequeña venia y se quitó de ahí.
Dorian se quedó mirándolo de reojo, bien sospechoso.
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—¿Que lo encontraron?
Eloise, rompiendo su pose habitual, hizo el ademán de levantarse de un salto, pero se contuvo y volvió a sentarse con elegancia. Al moverse, las joyas transparentes bordadas una a una en su vestido plateado brillaron tanto bajo el sol de la tarde que hasta deslumbraban.
—Sí, bueno, eso parece. Dicen que ya está por llegar.
—¿Qué?
Esta vez Eloise se asombró de verdad. Se sacó los anillos que llevaba puestos, los dejó en el joyero que sostenía su dama de compañía y le hizo una seña con la mirada. En cuanto la mujer hizo una venia y desapareció con el joyero, Dorian preguntó con un tono de suficiencia:
—¿Le gustan los anillos nuevos?
Eran piezas traídas de Alandor apenas el invierno dio tregua y los carruajes pudieron volver a circular; joyas raras y carísimas trabajadas en oro y cristal.
—¡Ahorita eso no importa!
La Duquesa, tratando de recuperar la calma, empezó a echarse aire con la mano como si le hubiera subido la presión, así que una sirvienta corrió a traerle un abanico.
—Últimamente anda con muchos bochornos, señora. ¿Llamo al doctor? ¿O quizás al boticario?
—Dorian, ¿crees que estoy para preocuparme por eso ahorita?
La Duquesa nunca ha sido de levantar la voz. Siempre se ha sentido orgullosa de su tono bajo y elegante, pero ahora, ni a balas le salía hablar así. Tomó un sorbo de agua helada que otra sirvienta le trajo y se puso los guantes de seda plateada que estaban sobre el escritorio.
—Averigua dónde está Cedric. Tengo que verlo ahora mismo.
—Sí, mi señora.
En cuanto Dorian salió, Eloise volvió a enderezarse y se quedó pensando mientras jugueteaba con su collar.
‘No apareció en todo el invierno y pensé que se había muerto congelado por ahí, pero el muy desgraciado sigue vivo’.
Eloise recordó cuando llegó por primera vez al castillo para casarse, siendo aún muy joven, con el viejo Duque.
‘Así que tú eres Kaylock’.
Le habían dicho que se parecía mucho a la anterior duquesa —la que murió dando a luz—, así que ella esperaba encontrarse con un chiquillo debilucho, pero el niño le sacaba una cabeza a todos los de su edad y tenía una facha de lo más saludable.
El Duque ya estaba tío y Kaylock había sido su hijo tardío. Aun así, como ya había nacido un heredero sano, Eloise pensó que ella también tendría su oportunidad. Por suerte, el Duque era bien ‘polenta’ (vigoroso) para su edad y en la cama no les iba nada mal.
—Un poquito más… ¡ah!
Eloise, que era bien asquienta (escrupulosa), no soportaba los mimos del hombre ni esa sensación pegajosa después de terminar, pero se aguantaba con tal de dar a luz a un hijo varón. Sin embargo…
‘Al final, nunca salí encinta’.
Sin darse cuenta, empezó a morderse la punta del guante hasta que reaccionó. El guante color perla se había manchado con su labial carmesí, quedando horrible. Molesta, se arrancó el guante y lo tiró al piso. Ante la mirada de advertencia de la dama de compañía, una empleada corrió a recogerlo y pasó un trapo al toque.
Ya con un par de guantes nuevos, Eloise empezó a darle vueltas a su pulsera de perlas.
‘Le rogué tanto a la diosa que me diera aunque sea uno, solo uno…’.
Pero mientras la diosa ignoraba sus rezos, Kaylock crecía y crecía, destacando tanto en la pelea como en los estudios. Se volvió el heredero perfecto, el que todos alababan.
—Mi señora.
Eloise se acomodó el cabello plateado y miró a Dorian, que entraba al salón. Al verla ahí, toda radiante en plata, Dorian se quedó un rato embobado antes de bajar la cabeza.
—Lord Cedric no está en el castillo.
—¿Qué? ¿A dónde se ha ido ahora?
—Es que salió solo, sin ningún sirviente…
‘No me sale ni una’
pensó Eloise, otra vez terminó mordiéndose la punta del guante.
—Señora…….
la sirvienta le alcanzó otro par de guantes de repuesto antes de que los malograra.
Eloise, asada (molesta), se levantó, tiró los guantes y gritó bajito:
—¡Lárguense todos!
Cuando las sirvientas y empleadas desaparecieron, solo quedó Dorian.
—Habla de una vez.
—Está otra vez en el burdel.
—Pff…….
soltó Eloise un suspiro largo. Sintiendo que el cuello le asfixiaba, se arrancó el collar de perlas rosadas y lo aventó al sofá.
—¿Y qué más?
—Nuevamente está repartiendo látigo…
Dorian no terminó la frase. Eloise, ignorándolo, empezó a morderse las uñas.
—Dorian, ¿hasta cuándo voy a tener que aguantar a ese imbécil?
Era una pregunta al aire, no esperaba respuesta. Con Kaylock desaparecido, ella había elegido a Cedric como su ficha para no perder su plata ni su poder. El problema era que ella pensó que, por ser un tonto, iba a poder manejarlo a su antojo, pero el tipo se le estaba escapando de las manos. A este paso, en vez de asegurar el título de Duque para los Coville, lo único que iba a lograr era llenarse de escándalos.
—Tráelo de inmediato.
—Ya mandé a los sirvientes más discretos por él.
—Ja… más bien, Dorian, sería mejor que tú fueras el jefe de familia interino.
Sacudió la cabeza con desprecio, haciendo que su cabellera plateada ondulara.
—Por cierto, Aubrianna y esa niña… ¿de verdad desaparecieron?
Dorian asintió. Como sus huellas se perdieron en la nieve, no había forma de que sobrevivieran. Además… Dorian todavía no le había contado a la Duquesa lo que realmente vio en ese campo nevado.
‘Tengo que guardarme aunque sea un as bajo la manga, ¿no?’
Pensó mientras miraba de reojo el cuerpo estilizado de la Duquesa con una sonrisa maliciosa.
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—¿Este sitio no se ve medio caro?
Kaylock entró a la posada mirando para todos lados. Parecía que la habían construido hace poco, porque las paredes de madera pintada no tenían ni un rasguño. En cada pared había cuadros bien puestos y del techo colgaba una araña de luces.
—No se preocupe.
Aubrianna se acercó al mostrador y llamó al empleado:
—Quisiera mandar un mensaje al castillo del Duque. ¿Tendrá por ahí a algún muchacho que sea pilas?
—Claro que sí. Si lo escribe aquí mismo, lo mandamos al toque.
Aubrianna escribió algo en un papel, lo dobló a la mitad y llamó a Kaylock.
—¿Qué pasa?
—Fírmeme esto, por favor.
—¿Mi firma?
Aubrianna se quedó mirando la mano del hombre mientras él agarraba el lapicero. Justo iba a decirle:
—Si por si acaso no se acuerda…
Pero antes de que pudiera terminar, el hombre ya había firmado a la velocidad del rayo y soltado el lapicero.
—¡Ala!
Él mismo se quedó sorprendido mirando lo que había escrito.
—Qué loco, de verdad. Mi mano se movió solita.
—¿Seguro que no se ha acordado de nada?
preguntó Aubrianna achicando los ojos mientras lo miraba desde abajo.
—Quién sabe.
El hombre también achicó los ojos y soltó una sonrisa de medio lado.
—Bueno, ya hice lo que querías, así que ahora quiero bajar a esta criatura un rato, ¿ya?
Aubrianna se quedó mirando a Kaylock mientras él caminaba hacia el sofá con la bebé en brazos, su expresión cambió por completo.
‘No creo que ya haya recuperado la memoria’.
Si se hubiera acordado de quién era, no estaría así de tranquilo. El Kaylock de antes conocía rebién a Cedric, no habría aguantado ni un segundo sabiendo que ese tipo se está haciendo pasar por el jefe de la familia.
Aubrianna se quedó chequeando al hombre mientras él jugaba con la bebé, buscando algún detalle diferente, hasta que sintió que alguien se le acercaba por la espalda y volteó.
—¿Me dijeron que buscaba a un chico que sea rápido?
preguntó un muchacho con el gorro en la mano, bien educado.
—Sí. Lleva esta nota al castillo y busca a Lord Sion Balian para entregársela. He pedido que te den dos monedas por el favor, así que asegúrate de cobrarlas, ¿ya?
Ella le pidió el favor con una sonrisa y el chico, tras hacer una venia, salió disparado.
Aubrianna se enderezó y, todavía con cara de ángel, le preguntó al empleado:
—Quisiéramos almorzar, ¿a dónde podemos ir?
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