Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 32
—De verdad, te lo agradezco.
El dueño de la sastrería miraba con ojos temblorosos la enorme ciudad que se divisaba a lo lejos y el imponente castillo ducal que se alzaba sobre ella, para luego clavar su vista en el hombre frente a él con evidente temor.
Kaylock sacó todas las monedas que tenía en su bolsillo y se las entregó al sastre.
—Tómalo sin reparos, es el pago por habernos traído hasta aquí.
—E-esto… gra-gracias, no, me siento profundamente con… conmovido…….
—¡Ay, muchísimas gracias, señor Duque!
La mujer que había estado cuidando al bebé en lugar de Aubrianna recibió las monedas al instante, las guardó en su bolsillo y soltó una sonrisa de oreja a oreja.
—De todos modos, ahora que nuestro Duque ha regresado, nuestro pueblo por fin se ha salvado.
Ante el comentario dicharachero de la mujer, Kaylock curvó ligeramente la comisura de sus labios.
—Trataré de estar a la altura de esa expectativa.
—S-sí, s-sí. Por su-supuesto…….
—Oye, ¿pero por qué tartamudeas tanto?
La mujer, que ya le había entregado el bebé a Aubrianna, le dio un codazo a su esposo. El humilde sastre alternaba su mirada entre el gigantesco castillo que se veía bajo la colina y el hombre, igual de imponente, mientras volvía a encoger los hombros.
Cuando el cazador —que él pensaba que se quedaría unos días más porque su esposa estaba enferma— le dijo de pronto que su verdadera identidad era la del Duque y le pidió que lo llevara a la ciudad de Tenant, donde estaba el castillo, el sastre pensó que el joven estaba hablando tonterías.
Pero cuando vio el emblema de la familia ducal grabado en la enorme espada que el hombre le mostró, sintió que el corazón se le subía a la boca.
‘Por más que estuviera vestido con pieles todas desaliñadas, ¿cómo no pudiste reconocer ese rostro que rebosa nobleza? Tú tienes talento para hacer ropa, pero de verdad que no te das cuenta de nada’.
Los reclamos de su esposa ni siquiera le entraban por un oído. Durante todo el camino, estuvo muerto de nervios pensando si no le habría dicho alguna imprudencia a ese Duque.
‘Estoy seguro de que me quejé de algo……’.
Además, al ver de nuevo a la mujer que llevaba puesto el vestido que él mismo había confeccionado, sintió que le daba un vuelco el corazón.
‘Debí usar una tela de mejor calidad’.
En realidad, ni siquiera le quedaba tela fina en ese momento, pero ese vestido azul marino tan sencillo hecho de una tela ruda no le quedaba bien a la esposa de un Duque por donde se le mirara.
‘Pero, ¿cuándo fue que se casó nuestro Duque?’.
Antes de que pudiera resolver su duda, el Duque se dio la vuelta bruscamente.
—¡Señor Duque! ¡Señora Duquesa! ¡Que les vaya muy bien! ¡Y que nuestro pequeño señor también crezca con mucha salud!
Detrás de ellos, su mujer, que era de lo más confianzuda, se despidió gritando a todo pulmón. La mujer que seguía al Duque se giró un poco, inclinó la cabeza y luego volvió a apurar el paso para alcanzar al hombre.
—¡Ah! ¡Ya cállate!
A pesar de que su esposo trataba de detenerla, la mujer juntó las manos con admiración.
—Espérate un ratito. Por Dios, como ella tiene tanta clase, hasta ese vestido tan común que tú hiciste se ve precioso.
—¿Qué? ¡¿Cómo que precioso?!
Como no estaba satisfecho con su trabajo, el hombre se sentía un poco mal, pero al oír a su esposa decir eso, preguntó con una pizca de esperanza:
—¿De verdad se ve bien?
—Ay, pues claro. ¿Dónde vas a encontrar a alguien que se ponga una ropa así y le quede tan entallada? No es que la mona se vista de seda, es que la señora es un ángel.
Confundido por no saber si el cumplido era para su ropa o para la Duquesa, el hombre frunció el ceño mientras observaba a los tres alejarse.
‘Aunque, la verdad, hacen una buena pareja’.
El invierno estaba terminando y la primavera ya venía en camino. Al ver el paisaje donde las ramas secas y grises ya mostraban brotes verde tierno del tamaño de una uña, el hombre murmuró:
—Por favor, haga que vengan días mejores, señor Duque.
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—Tenemos que ir sin llamar la atención.
Ante las palabras de Aubrianna, ambos se cubrieron bien con sus mantos y empezaron a cruzar la ciudad a pie. Quizás porque el clima ya estaba más suave, los rostros de la gente se veían alegres; al ser la ciudad más grande del norte, se sentía una vitalidad increíble, como si no faltara nada.
—¡Es la primera flor de la primavera! Si se la regala a su esposa, lo amará por siempre.
Una niña gritaba con alegría mientras extendía un pequeño ramo de flores. Kaylock, atraído por lo que escuchó, volteó a mirarla. La niña, al notar su interés, corrió de inmediato hacia él.
—Con solo una moneda, podrá tener el amor de su esposa para toda la eternidad.
Él buscó en sus bolsillos, pero como le había entregado todo su dinero al sastre hace un rato, no le quedaba ni un centavo. Kaylock miró a la pequeña con rostro apenado.
—Lo siento, pequeña.
De pronto, el rostro de la niña, que parecía tan inocente, se transformó en una expresión de pura rabia.
—¡Si iba a comprarla, tiene que darme la plata!
Entonces, le puso el ramo a la fuerza en la mano a Kaylock y se sentó de porrazo en el suelo.
—¡Ya recibió las flores, ahora págueme!
—¿Qué? Pero tú…….
Kaylock, desconcertado, levantó el ramo y cruzó miradas con Aubrianna. Ella, con mucha calma, le entregó el bebé a Kaylock, tomó las flores y se puso a la altura de la niña para mirarla a los ojos.
—Venimos de un viaje muy largo y ahora no tenemos dinero. Lo siento mucho, pero tendrás que venderle estas flores a alguien más.
Aubrianna ayudó a la niña a levantarse y le sacudió el polvo de la ropa mientras hablaba.
—O si vas a estar por aquí en la tarde, te prometo que enviaré a alguien.
—¡Si no tienen plata, no mientan!
Molesta, la niña le arrebató el ramo de las manos a Aubrianna y se fue corriendo hacia otro lado de mala gana. Kaylock se acercó gruñendo con una expresión de total incredulidad. Parecía que, de tener la oportunidad, iría tras la niña para darle un buen escarmiento.
—¿Qué le pasa a esa mocosa? ¿De qué familia será para ser tan malcriada?
Una mano pequeña se posó en su pecho para detenerlo.
—Déjela. Seguramente necesitaba vender esas flores para poder comprar algo de comer hoy.
En cada rincón de esta ciudad había muchas niñas vendiendo flores de esa manera. Esas flores silvestres que apenas brotaban en el campo habrían sido arrancadas sin piedad. Para armar un ramo así, esa pequeña probablemente tuvo que colarse en tierras ajenas o de algún noble para robarlas.
Ya habían pasado cinco años desde que Aubrianna llegó al norte. De esos cinco, vivió tres como la amante del Duque, pero eso no significaba que hubiera tenido una vida de lujos y riquezas. Al contrario, como tenía prohibido trabajar como sirvienta, su rutina consistía simplemente en esperar a Kaylock en el espacio que le habían asignado.
Kaylock…….
Ella acarició la mejilla del hombre, que aún se veía molesto.
—Ya se le va a pasar. No se amargue.
Este hombre era el Duque que protegía el norte y un caballero invencible que custodiaba la frontera. Se esforzaba entrenando su cuerpo y practicando su esgrima para cumplir con sus deberes y responsabilidades como Duque, pero la verdad es que no sabía nada sobre la vida cotidiana de sus habitantes.
Los asuntos internos y la administración general estaban a cargo de la Duquesa Eloise; Kaylock, por el respeto y afecto que le tenía a la Duquesa, siempre tenía cuidado de no invadir sus funciones.
‘Le pedí a mi madre que se encargara de ti, ¿por qué todo está así?’.
Había sido un día en el que Kaylock, tras terminar un riguroso entrenamiento, se hizo un tiempo libre para llevarla al teatro. Supuestamente ella debía recibir un vestido nuevo, pero nunca le avisaron nada. Tuvo que preparar la ropa más limpia que pudo encontrar entre lo que ya tenía.
Kaylock no estaba conforme con su aspecto, pero no había de otra. Aubrianna tuvo que ver la función conteniendo el aliento en un rincón de los palcos de honor para luego regresar corriendo a su aposento.
‘Por mucho que no quisieras salir conmigo a ningún lado, ¿no te parece un exceso?’.
Ante los reclamos del hombre, ella no supo qué hacer. Al fin y al cabo, ella siempre había sido solo una sirvienta. Por mucho que se hubiera convertido en la amante del Duque, ni siquiera sabía a dónde ir para que le confeccionaran un vestido nuevo.
Después de eso, nunca más volvieron a salir juntos. Ni a bailes, ni a fiestas de té, ni a nada. Incluso si hubiera sido la hija de un vizconde con poco poder, habría tenido derecho a mostrar la cara, pero su estatus social no era el adecuado para que él la llevara a ningún sitio.
Kaylock tampoco sabía muy bien cómo consolarla o hacer que se sintiera mejor, así que simplemente le regalaba joyas y adornos carísimos sin ton ni son.
‘Al final, los dos éramos demasiado inocentes’.
Al recordar el pasado, empezó a preocuparse porque el Kaylock actual estaba mucho más vulnerable que el de antes. Ese Kaylock que expresaba sus pensamientos sin filtros era refrescante, sí, pero definitivamente eso se convertiría en una debilidad.
—Mire, así de mal la están pasando los habitantes de sus tierras ahora mismo. Usted tiene que volver a ser el Duque para ayudarlos.
De pronto, el rostro de Kaylock se desencajó.
—¿Yo?
—¿Entonces quién más lo va a hacer?
Los labios apretados del hombre temblaron levemente y soltó un suspiro bajito. El mismo Kaylock que se sentía tan seguro de sí mismo como cazador, ahora sentía terror ante la idea de ser Duque.
‘Es normal, supongo, ya que perdió la memoria’.
Aubrianna se dio cuenta de la confusión y la agitación del hombre, se mordió los labios sin saber qué hacer.
‘Si vamos directo al castillo ducal así como está, va a ser peligroso’.
Sería como caminar derechito hacia las fauces de un enemigo que ni siquiera sabían quién era. Aubrianna apretó con fuerza la mano del hombre, que seguía confundido.
—Escuche, hace tiempo que no venimos por aquí, ¿qué le parece si descansamos un poco antes de seguir?
—¿Descansar? ¿En dónde?
Ella lo pensó por un momento y empezó a caminar con paso ligero.
—Si encontramos un lugar que nos guste por el camino, descansaremos ahí. Comeremos algo rico y, antes de entrar al castillo, le compraremos una muda de ropa nueva.
—……Pero si no tenemos plata.
—No se preocupe. Conozco a alguien que tiene. Se lo repito una vez más: usted es el Duque de este lugar.
—Pero sigo sin saber nada de nada.
—Pero yo sí conozco a alguien que tiene dinero y que nos puede ayudar.
Aubrianna empezó a caminar sin dudarlo y Kaylock la siguió lentamente por detrás.
—¿Y quién es?
—Seguro que apenas le avise, no se tarda ni una hora en venir corriendo.
—¿Pero quién es, pues?
Aubrianna soltó una risita, sin soltarle prenda todavía ante la curiosidad de Kaylock.
—Ya se va a enterar pronto.
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