Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 31
Esto no tiene sentido. Aubrianna, aunque estaba toda mareada por el placer, alcanzó a pensar: ‘¡No puede ser!’. Ella era dueña de sí misma, ¡no era algo que se pudiera ‘entregar’ así nomás a alguien!
Pero cuando abrió los ojos, se encontró con un hombre que parecía querer darle absolutamente todo de sí. Bajo su frente perlada de sudor, esos ojos azules la miraban fijo. Aunque sus respiraciones agitadas chocaban y el calor de sus cuerpos era sofocante, la mirada del hombre ardía con un azul profundo y extrañamente sereno, como el fuego más puro. Había tantas emociones densas ahí metidas que daba hasta miedo; él solo tenía ojos para ella.
‘¿D-desde cuándo me mira así?’
—¡Ahhh!
En ese mismo instante, Kaylock la jaló hacia él con más fuerza y Aubrianna llegó al clímax de golpe. Se puso tiesa, aguantó la respiración y sus paredes internas se contrajeron con fuerza, atrapando el miembro del hombre. Al mismo tiempo, sintió cómo el líquido calientito empezaba a escaparse de ella sin parar.
—Guao, Aubrianna… uff… esto es increíble.
Kaylock se detuvo un momento y cerró los ojos. Se quedó ahí, disfrutando de cómo ese líquido caliente lo empapaba y de la forma en que ella lo ‘mordía’ por dentro. Era una gloria.
‘Dios mío, qué… qué es esto’. Aubrianna nunca había sentido algo así. Sus entrepiernas estaban totalmente empapadas por los fluidos de ella. Muerta de la vergüenza, se tapó la cara con las manos, pero Kaylock soltó una risita y empezó a morderle las yemas de los dedos.
Justo cuando ella empezaba a relajarse un poquito allá abajo, él le agarró las nalgas con firmeza y volvió a moverse. Pero esta vez, sus movimientos bruscos se volvieron suaves y fluidos, como una brisa de primavera.
—Kay… ah… todavía no… ya… ya basta… ¡jaa!… ¡ah!
Sentía que se iba a volver loca; encima del placer que acababa de sentir, él ya estaba acumulando uno nuevo.
—Perdóname, Aubrianna. Solo una vez más.
Él la obligaba a llegar al clímax de nuevo y ella ya no podía más; se mordió los labios con fuerza. Sintió el sabor salado de un poquito de sangre en la lengua y, como si tuviera celos, el hombre se lanzó a devorarle la boca otra vez. Su interior, que se había relajado tras el orgasmo, empezó a apretarse de nuevo por la tensión.
—Aubrianna…
Él la abrazó fuerte, envolviendo su cuerpo pequeño, movió la cadera de una forma tan pícara que le mandó un corrientazo directo al clítoris que le hizo vibrar hasta la espalda.
—¡Ah!
Ya no podía aguantar. El miembro de Kaylock, que exploraba cada rincón de su interior con delicadeza, se sentía más grueso y duro que nunca.
—Estás toda empapada por dentro.
Entre el orgasmo y su propia lubricación, todo estaba inundado.
¡Pum! ¡Pum!
Como vio que ella ya no se quejaba de dolor a pesar de que volvió a ponerse intenso, Kaylock se puso más ambicioso y la echó hacia atrás. Le agarró las pantorrillas, se las dobló y se las levantó. Aubrianna quedó casi doblada por la mitad, con su intimidad apuntando hacia arriba.
—Lo voy a hacer un poco tosco ahora.
le advirtió. Sus ojos ahora solo reflejaban pura lujuria.
El cuerpo pequeño de ella, que ya no tenía ni pizca de energía, se quedó en la posición que él quiso, temblando sin fuerzas. Cuando la punta del miembro rozó la entrada, que estaba rojiza e hinchada, esta pareció abrirse como pidiendo que entrara de una vez. Él se acomodó y se hundió de un solo porrazo.
—¡Ah!
—Uff…
Con cada embestida, se escuchaba el sonido húmedo de los fluidos brotando sin parar del punto de unión. Aubrianna se sacudía y eso hacía que lo apretara más todavía.
‘Dios, ¿se puede sentir algo así?’. Su experiencia en la cabaña había sido riquísima, pero esto era otro nivel. ‘Si estuviéramos en la cabaña, podría escuchar sus gemidos con más ganas…’, pensó él con un poco de pena.
Miró a Aubrianna, que se tapaba la boca con ambas manos y soltaba gemidos ahogados, tratando de no hacer bulla. Parecía que ella también había escuchado los pasos de alguien pasando cerca hace un rato. Él tenía ganas de quitarle las manos de la cara, pero solo de pensar que cualquier otro imbécil pudiera escuchar sus gemidos, le daba una cólera tremenda.
—Ah… ya… basta… ¡ah!
Verla así, aguantando la respiración y suplicando, solo hizo que él le diera con más ganas. ‘Algún día quiero amarrarle las manos y darle así’, pensó. Se imaginó que a esas muñecas blancas les quedarían perfectas unas esposas gruesas de oro. ‘Hasta con piedras preciosas… rubíes, como el color de sus ojos’.
En un momento, la posición se perdió y las piernas de Aubrianna cayeron pesadamente al suelo. Kaylock se apoyó con los brazos a los lados de la cabeza de ella y empezó a darle con todo, empujando la cadera con fuerza.
—Ya… jaa… basta.
—Uff. Me dices que pare, pero eres tú la que me sigue devorando ahí abajo.
Ella lo tenía tan apretado que era imposible salirse; parecía que no quería soltarlo. Él bajó la cabeza y buscó con la boca ese pezón erizado sobre la carne suave. Empezó a succionarle el pecho, que ya goteaba leche desde hacía rato, mientras le metía punche y velocidad para el final.
—¡Ah! ¡Ahhh! ¡Jaa! ¡Ahhh!
Una, otra vez.
A estas alturas, ya sabía exactamente dónde darle para que ella viera estrellas. Con todo su interior hinchado por el placer, había un punto específico en Aubrianna que sobresalía, como si estuviera excitado por cuenta propia. Kaylock jadeaba mientras frotaba y golpeaba ese lugar sin descanso.
Aumentó el ritmo con todo; hundió el miembro hasta el fondo y empujó con los muslos hacia arriba. El interior de Aubrianna, que estaba a tope, reaccionó a la presión y se estrechó de golpe, atrapándolo con una fuerza increíble.
—¡Ahhh!
—¡Mmm!
Sintió un latigazo dentro de ella y, al segundo, descargó todo su fluido blanco y espeso. Kaylock hundió la cadera temblando, queriendo dejar hasta la última gota lo más profundo posible.
‘Mi mujer’
Él no era un hombre casado con otra. Y sobre todo, el saber que Aubrianna era suya lo llenaba de un orgullo tan grande que se vino con todas sus ganas.
—Uff… mmm.
—Ah… jaa…
Se quedó ahí un momento, frotando su miembro —que seguía duro— dentro de ese calorcito que ahora estaba relajado, mientras le llenaba el cuerpo de besos y lamidas. Ya casi no quedaba ni un pedacito de piel blanca en Aubrianna; estaba toda roja por el roce y la pasión.
—Ya… por favor, ya descansemos.
suplicó ella, con los hombros temblando.
—Perdóname.
Al escucharlo, Aubrianna volteó la cabeza asustada.
—No, de verdad, ya no puedo más…
Pero se quedó callada al verle la cara.
—¿Kaylock?
—Solo una vez más.
Él murmuró con una voz ronca y oscura, abrazándola por la cintura como si se le fuera la vida en ello y jalándola hacia sí una vez más. Había una sombra extraña en su mirada.
Haber caminado por el pueblo y ver a la gente le había dado un miedo que no podía explicar. Sentía que esos días tranquilos en la cabaña, cuando no recordaba nada, ya eran un pasado lejano.
‘¿Podré gobernar el Norte sin mis recuerdos? ¿Podré frenar a los Karnu que atacan la frontera? ¿Y quiénes son esa madrastra y ese tal Cedric que se quieren quedar con mi lugar?’
Cada vez que esas dudas lo asfixiaban, él buscaba el cuerpo de Aubrianna. Enterrarse en ella era lo único que le permitía volver a respirar.
‘Ya entiendo por qué te elegí’
Aunque Aubrianna estaba agotada y gemía de puro placer, lo miraba con esos ojos llenos de comprensión. Ella sabía que él estaba hecho un lío por dentro, pero no le preguntaba nada. En lugar de eso, aunque le costara, movía su cuerpo caliente al ritmo de él para consolarlo a su manera.
En ese momento, Kaylock entendió una sola verdad: ‘Yo a esta mujer la amo desde hace tiempo. De eso estoy seguro’.
Se inclinó y, casi como si la estuviera adorando, volvió a tomar su pecho.
‘Ella es mi gente. Mi mujer. Mía y de nadie más’
Sintió una satisfacción enorme al escuchar cómo sus gemidos se hacían más profundos y, lentamente, volvió a acelerar el paso. Era hora de volver al cielo juntos, una vez más.
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—¿Y ahora qué hacemos?
le preguntó Rajen a Sion mientras este recibía atención médica.
—Tenemos que volver al castillo del Duque
soltó Sion en voz baja, apenas el caballero que le estaba curando el cuello y poniéndole las vendas se retiró.
—El Duque ha perdido la memoria, eso está claro, pero como Aubrianna está con él, de hecho que van a terminar regresando allá.
—¿Y cómo está tan seguro de…?
Sion, como si le diera flojera dar explicaciones, se quedó callado y solo hizo un gesto con la barbilla.
—Prepara las cosas. Nos vamos ya mismo.
—Ya, pero… ¿qué hacemos con el chibolo?
Rajen señaló con el dedo y Sion volteó. Ahí estaba Hadin, que acababa de regresar con la carreta y estaba ahí parado todo palteado, sin saber qué hacer.
—De repente no ha sido su culpa que se le perdiera la señorita Aubrianna. Según él, pensó que los Karnu estaban atacando y por eso se llevó la carreta para…
—Rajen.
Sion pronunció su nombre con un tono seco y el hombre, a pesar de ser grandazo, se calló al toque.
—Yo me encargo del chiquillo, tú apúrate con el equipaje.
—Ya, ya… de una.
Rajen se dio cuenta de que, si seguía metiendo su cuchara, le iba a caer su buena bronca, así que se alejó de Sion y se fue hacia donde estaban los otros soldados y caballeros. Sion se levantó y caminó directo hacia donde estaba Hadin.
—Se… señor Sion.
murmuró el niño con la voz chiquitita, temblando de miedo.
—De verdad, yo pensé que venían los Karnu y…
—Te creo.
Hadin levantó la cabeza de un porrazo al escuchar eso.
—¿En serio?
—Sí.
Aunque los ojos negros de Sion brillaban con una frialdad que asustaba, Hadin se tranquilizó un poco. Él había mandado a Aubrianna por un lado y se había llevado la carreta bien lejos para servir de señuelo, pero como vio que nadie lo perseguía, decidió volver.
—¿Por dónde se fue la mujer?
—¿Aubrianna?
Sion hizo un gesto de fastidio cuando el niño la llamó por su nombre de forma tan familiar, pero Hadin no se dio ni cuenta.
—La mandé por donde no llegan las nubes de nieve.
Sion suspiró al escuchar al niño revelar su linaje de forma tan inocente y le puso una mano en el hombro.
—Te llamas Hadin, ¿no?
—Sí, señor Sion. ¡Ay!
Sion apretó el hombro con fuerza. El niño lo miró confundido y asustado, sin entender por qué de pronto se ponía así de tosco.
—Escúchame bien. A partir de ahora, por haber ayudado a encontrar al Duque, vas a entrar como aprendiz a la orden de caballeros de la familia Tenant.
—¿Sí? ¡Sí, claro! ¡De todas maneras!
Aunque le dolía el hombro por el apretón, la cara del niño se iluminó por la noticia.
—Pero ya sabes cómo es la cosa: a los mestizos de los Karnu no los quiere nadie. Así que escóndelo. Que no se te ocurra dejar que nadie se dé cuenta de quién eres. Si te descubren, olvídate de volver a pisar el castillo del Duque en tu vida.
El tono de Sion era tan serio que a Hadin le temblaron los ojos. Se quedó tieso. Miró a Sion un segundo y al toque bajó la mirada al suelo, mordiéndose los labios por los puros nervios.
Sion se quedó mirándolo, soltó un suspiro bajito y dio media vuelta para irse.
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