Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 30
‘¡Snif, snif, buaaa!’
Alguien está llorando.
Aubrianna giró la cabeza y buscó a su alrededor, pero no vio nada.
¿Quién es? ¿Quién está llorando?
‘Mamá no abre los ojos’.
Era la voz de una niña pequeña.
‘La luz del sol de la mañana es tan bonita, pero mamá sigue durmiendo’.
No llores.
‘De la boca de mamá sale sangre’.
Basta.
‘Alguien viene’
¡Escóndete! ¡Detrás del espejo, detrás de las cortinas!
‘Un hombre se está robando la taza de té de mamá’.
Mira dentro del juego de té de juguete. Ahí está el collar de rubíes de mamá. Escóndelo en tu bolsillo.
‘El hombre fue a llamar a la niñera’.
¡Vuelve a tu habitación ahora mismo!
‘Dicen que mamá ha muerto’.
La niña soltó un grito desgarrador.
—¡AAAAAAAAAAAH!
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Al abrir los ojos, Aubrianna sintió el calor del cuerpo del hombre pegado al suyo.
—Shh.
Como si se hubiera dado cuenta de que ella ya había despertado, Kaylock le hizo una señal para que guardara silencio al oído.
—Recién lo he hecho dormir. Resultó ser más terco de lo que pensaba. Cuando tú lo haces se queda seco al toque, pero conmigo ha estado batallando una hora.
En la voz del hombre se notaba el cansancio, se veía que el haber estado lidiando con el bebé lo había dejado agotado.
—¿Qué pasó?
—Vino el doctor. Menos mal no es gripe, sino puro cansancio acumulado. Dijo que con un buen sueño se recupera.
Al escucharlo, Aubrianna soltó el cuerpo y se relajó.
‘La verdad que sí estaba bien cansada’.
Para empezar, desde que Kaylock se fue de la cabaña, ella no había podido pegar el ojo como Dios manda.
—¿Quieres seguir durmiendo? ¿O prefieres comer algo y darte un baño?
Las palabras de Kaylock la hicieron dudar. Aunque, después de ese ratito de sueño, ya se sentía un poco más repuesta. Ella se incorporó lentamente.
—¿Hay algo para comer?
El hombre salió primero de la cama y le alcanzó una bandeja que estaba sobre la mesa.
—Dijo que tenías que alimentarte bien y descansar. Hace un rato me pareció que estabas teniendo pesadillas…
Ah. Ella puso la cara rígida al recordar lo que había pasado en su sueño.
—¿Qué soñaste?
Aubrianna frunció el ceño mientras untaba mermelada de fresa ácida en un pan blanco, de esos esponjocitos que no comía hace tiempo.
—Es un sueño que tengo de vez en cuando. Es sobre cuando encontré a mi mamá muerta cuando era niña.
Siempre que se siente mal de salud, termina soñando con eso. Ella adoraba el cuarto de su madre.
—Me encantaba ese papel tapiz con dibujos de enredaderas verdes y flores moradas. A veces tomaba el té con ella sentadas en un diván largo, de ese terciopelo verde oscuro que era bien suavecito.
Kaylock la escuchaba en silencio, dejando que se desahogara.
—Dicen que fue un infarto. Recuerdo haberle limpiado la sangre que le chorreaba por la boca, mientras la señora Glen me abrazaba con una pena tremenda.
Ella dio un bocado al pan y luego tomó una cucharada de la sopa, que ya estaba tibia.
—Sopa con mantequilla… qué rico.
Como le preocupaba que el hombre se hubiera puesto muy serio, Aubrianna sonrió con ganas, como si estuviera realmente conmovida.
—Come tú también.
—Yo ya estoy lleno.
El hombre se echó de costado a su lado, relajado, con una pierna sobre la otra, simplemente observándola terminar de comer.
—¿Y qué más recuerdas?
—¿De cuando era chica? Hm, no sé.
Ella pinchó un pedazo de tarta con el tenedor y se puso a pensar.
—Me dijeron que en el Reino de Triran no tenía parientes. Por eso terminé en el orfanato.
—¿Y quién era la señora Glen?
—Era la empleada y también mi nana. Creo que ella quiso llevarme con ella, pero como tenía que irse a trabajar a otra mansión, no pudo.
Gardenia, que la quería un montón, le dio su dirección para que le escribiera, pero en el orfanato ni siquiera le daban la oportunidad de mandar cartas.
—Con el paso de los años, terminé perdiendo el papel con su dirección.
Después de terminar de comer, Aubrianna ya se sentía con más pilas y se levantó de la cama.
—Me quiero bañar.
Tenía escalofríos. Sentía que si se metía en agua calientita, ya no podría pedirle nada más a la vida.
—Espera un toque.
Kaylock salió del cuarto y, al poco rato, regresaron dos empleados cargando agua caliente. Después de darles una propina generosa y esperar a que salieran, Kaylock echó llave a la puerta y empezó a quitarse la ropa así nomás.
—¿Te vas a bañar conmigo?
—¿Y qué crees?
Kaylock puso una cara de decepción, como si ella hubiera dicho un disparate.
—¿Te vas a bañar sola?
Bajó las cejas como si estuviera resentido.
—Si desde que pasamos nuestra primera noche siempre nos hemos bañado juntos.
—Ya, ya está bien.
Ella agitó la mano suavemente; sabía que si le decía algo más, tendría que aguantarle esa cara de ‘pobrecito’ por varios días.
Se fue quitando la ropa poco a poco mientras le decía algo.
—Hoy no vamos a hacer nada.
—¿Tan animal me crees? No te haría eso hoy que te has desmayado.
—Ya, está bien. Te creo.
Pero en la mirada de Kaylock, mientras contemplaba su desnudez, se filtraba un deseo denso, capa tras capa. Aubrianna, que ya estaba entrando a la tina, le tapó los ojos con las manos.
—Prohibido mirar así.
—Es que eres demasiado hermosa.
Casi sin darse cuenta, las manos del hombre subieron por su cintura hasta rodearle la espalda. Presionó sus labios, como si estampara un sello, sobre esa nuca blanca y larga que lo había estado tentando desde que ella caminó hacia él.
—Ah… Habías dicho que no íbamos a hacer nada…
La voz de la mujer, que susurraba con reproche, sonaba dulce. Él ya empezaba a entender: cuando ella decía que no harían nada, en realidad era una invitación a la tentación. Como no había dado de lactar, sus pechos estaban hinchados y firmes.
—Se ven provocativos.
—Dijiste que ya habías comido.
—Pero tengo sed.
La lengua larga del hombre salió y rozó apenas su pezón.
—Mmm…
Solo con eso, el pezón se puso oscuro y se puso duro al toque.
—Parece que está en su punto.
Las manos de Aubrianna se apoyaron en los hombros de Kaylock. El hombre, agachando la cabeza, se metió el pezón profundamente en la boca y succionó con fuerza.
Glup, glup.
Había dicho que tenía sed y no paraba de succionar, como si no tuviera fin.
—Ah… mmm… Kaylock.
De entre sus labios salió el pezón, todo rojo e hinchado de tanto que lo había succionado.
—Kay. Dime Kay.
Le sonaba extraño escuchar su nombre completo, ‘Kaylock’, saliendo de los labios de Aubrianna.
—Ya… Kay… ah…
Mientras se devoraba el otro pecho, una de sus manos empezó a atacar la entrepierna de ella. Por debajo del vello ralo, uno de sus dedos se hundió sin piedad entre sus pétalos.
—¡Ah! Kay… hazlo despacito, por favor.
Aubrianna rodeó la cabeza del hombre con sus brazos mientras la parte inferior de su cuerpo temblaba. El placer que sentía en ambos puntos a la vez siempre la dejaba mareada.
Cuando la punta de los dientes de él empezaron a mordisquear el pezón, sin llegar a lastimarla, Aubrianna arqueó la espalda. Mientras tanto, el dedo no dejaba de explorar su interior, recorriendo las paredes vaginales y preparando con cuidado el camino por donde él iba a pasar.
Cuando ya había bebido suficiente de su pecho, él devoró los labios de Aubrianna. El sabor a leche y ese aroma suyo tan fascinante llenaron la boca de ella. Su mano grande agarró con firmeza el muslo de la mujer y lo abrió por completo.
—Voy a entrar así mismo.
murmuró Kaylock, soltando sus lenguas entrelazadas.
—Bien al fondo de este huequito.
Donde antes estaba el dedo, ahora algo romo y grueso rozó la entrada. El corazón de ella latía a mil por la expectativa. La punta de su miembro, que apenas rozaba la entrada, se sintió pesada y, tal como dijo, se hundió con fuerza en esa hendidura suave.
—¡Ah… ahhh!
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La primera vez que ella se desmayó, él pensó que se iba a volver loco.
—Kay… jaa… Kay.
Tras, tras.
Sus pechos blancos se sacudían con el movimiento, pero cuando el vaivén de esa cintura delgada empezó a perder el ritmo y a detenerse, el hombre empujó hacia arriba con la cadera, como pidiéndole que no pare.
—Es… estoy cansada. Jaa.
Aubrianna puso una cara como de querer llorar, a Kaylock no le gustó nada; de inmediato levantó las cejas, contrariado.
—Pero si hace un rato, cuando estabas echada, también decías que estabas cansada.
Antes de que ella se detuviera por completo, Kaylock se incorporó con cuidado para que su miembro no se saliera.
—¿Así? ¿Así está mejor?
—Qué detallista y cariñoso me saliste.
Aunque hasta reírse le costaba, Aubrianna logró soltar una sonrisita y se colgó de su cuello. Él también la rodeó por la cintura con sus brazos gruesos, pegándola bien a su cuerpo.
Se quedaron así un momento, sentados y abrazados, tan unidos que sus pechos, sus vientres y sus partes íntimas encajaban a la perfección; hasta podían sentir los latidos del corazón del otro.
Lame.
Kaylock bajó la cabeza y le lamió el lóbulo de la oreja. Ese cuerpo tan dulce lo traía loco, lo ponía ansioso.
—¿Por qué me lames a cada rato?
preguntó Aubrianna, con curiosidad auténtica. El hombre no perdía el tiempo: cada vez que podía, le pasaba los labios y la lengua por todo el cuerpo.
—Es que parece que estuvieras cubierta de azúcar finita.
Y luego añadió que le daban ganas de comérsela.
—Ya pues, pero no me vayas a morder.
dijo ella con voz resignada, levantando la cabeza. Estaba tan agotada que lo único que quería era que terminara rápido para poder dormir.
Pero el hombre tenía otros planes.
—Trataré de contenerme.
Él hincó los dientes un poquito en su nuca y luego empezó a succionar la carne suave, como si quisiera absorberla.
—¡Ah, Kay!
Justo cuando iba a decirle que le dolía, él volvía a lamer la zona con la lengua, convirtiendo el dolor en un corrientazo de placer.
—Mmm…
Ese pequeño dolor regresaba transformado en un placer inmenso.
Kaylock la agarró de su cintura pequeña con ambas manos; el cuerpo de ella se fue hacia atrás solito y sus pechos apuntaron hacia arriba. En esa posición, él empezó a jalarla y empujarla con fuerza.
—¡Ah, mmm! ¡Ah!
El sonido de su sexo chocando contra la carne gordita de ella, mezclado con los gemidos de Aubrianna, era como una melodía que le encantaba escuchar.
—Dame más… más, Aubrianna.
—Mmm… ¡ah! Jaa…
A ella se le empezaron a encoger los dedos de los pies y los muslos le temblaban sin parar, pero Kaylock seguía ahí, terco, presionándola cada vez más.
—Vamos, Aubrianna. Dale.
—Ah… Kay… ¿qué más quieres que haga?
¿Qué más podía darle? A diferencia de antes, este ‘Kay’ la estaba llevando al límite absoluto.
—¡Todo! ¡Dámelo todo!
—¡Ah! ¡Aaaahh!
—¡Entrégamelo todo!
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