Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 3
—Kay es el nombre que recuerdas, ¿verdad?
Aubrianna puso su mano sobre el brazo del hombre, que descansaba en el borde de la tina.
‘¿Está intentando consolarme?’
Mientras el hombre observaba cómo esa mano pequeña y cálida acariciaba suavemente su brazo, recordó el día en que recuperó el sentido por primera vez en este lugar.
Se había despertado sobre un charco de lodo donde se mezclaban la sangre caliente y la nieve derretida.
Su ropa empapada de sangre estaba tiesa, sus botas militares tenían los pasadores bien ajustados.
Una espada larga colgaba de su cintura y tres dagas pequeñas estaban ocultas en su pecho. Su casaca negra no tenía insignias ni charreteras, pero la tela era de grado militar y las costuras eran de alta calidad.
Un soldado o un asesino.
Se llevó la mano enguantada a la nuca y se tocó la cabeza. Sus yemas rozaron una abolladura profunda en su piel endurecida.
No lo habían atacado de frente; fue un golpe por la espalda.
Debió haber caído antes de poder reaccionar y perdió el conocimiento rápido.
Incluso podría haber dejado de respirar por un momento. Fue pura suerte que quienquiera que lo golpeó no lo apuñalara de nuevo para asegurarse de que estuviera muerto.
Cuando levantó la cabeza, vio esta cabaña. Cuando miró hacia atrás para intentar descifrar de dónde venía, el mundo entero ya estaba sepultado por la nieve, haciendo imposible saberlo.
Y entonces se dio cuenta de que no recordaba ni su nombre ni a su familia.
—No es mi nombre. Son solo las letras grabadas en el botón de mi puño.
Kay señaló su muñeca vacía.
—Ya veo.
—Soy Kay. ¿Quién eres tú?
Eso fue lo primero que él le dijo cuando ella abrió los ojos.
Aubrianna levantó sus temblorosos ojos rojos y miró a Kay.
Bajo la barba oscura y el cabello descuidado, sus ojos azules brillaban con una inteligencia aguda que ni siquiera la pérdida de memoria podía opacar.
Ella conocía muy bien a este hombre.
Su verdadero nombre era Kaeloc Tennant.
El joven Duque de la Casa Tennant, que gobernaba los territorios del norte del Reino de Trilan.
Ahora, vivía como un cazador llamado Kay, sin recordar quién era.
¿Caerá este hombre ante mi tentación?
Una ola de miedo rodó por el corazón impaciente de Aubrianna, como nubarrones de tormenta amontonándose.
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Ella ahora estaba viviendo su segunda vida.
En su vida anterior, había sido una sirvienta en el castillo ducal y la amante de Kaeloc. Entre los susurros de quienes chismeaban que era una empleada que había seducido al duque con su belleza, ella quedó embarazada de su hijo. Pero Kaeloc, un noble de alto rango, se comprometió con una joven adinerada de la familia Lott, pariente de la realeza.
Aubrianna, que tontamente había mantenido la esperanza porque él nunca tuvo a otra mujer en sus brazos, se desesperó cuando la noticia del compromiso se hizo pública. Luego, un día, llegó el aviso de que Kaeloc había desaparecido durante la batalla de otoño contra la tribu Carnu.
La casa ducal y todo el norte se hundieron en el caos. El comandante que había liderado al ejército durante treinta años de guerra contra los Carnu se había esfumado. Las tierras fronterizas fueron devastadas por la invasión de la tribu, todo el Reino de Trilan temblaba de miedo. En medio de ese desorden, Aubrianna dio a luz, pero antes de que pudiera ver bien la cara de su hijo, la duquesa viuda se lo arrebató.
—Si Kaeloc no regresa, registraré a este bebé en la familia y lo criaré como el heredero.
A Eloise, la madrastra de Kaeloc, no le importaba su desaparición ni las fronteras destruidas. Lo que la duquesa viuda quería era el honor y la riqueza de la familia Tennant, ahora que no tenía cabeza. Sin un heredero y con un futuro incierto, la mujer llamó al niño ‘joven duque’ y lo cuidó bien.
Pero al poco tiempo, el bebé le fue devuelto a Aubrianna. Apareció Cedric Coville, sobrino de la duquesa viuda, cuya madre resultó tener sangre Tennant. En un instante, Cedric se convirtió en el jefe interino y empezó a manejar el ducado. Si Kaeloc no volvía, el marquesado de Coville —la familia de Eloise— bien podría convertirse en la próxima casa ducal del norte.
En medio del alboroto constante, Aubrianna, como una vela parpadeando ante el viento, fue confinada a su habitación bajo la vigilancia de la duquesa viuda.
—Lien, esta comida sabe raro.
La sirvienta Lien, que le había traído la comida, agachó la cabeza y desapareció, mientras el hombre de aspecto rudo que cuidaba la puerta se burlaba de ella.
—Haz que ese bebé se calle. En tiempos como estos, tú y el bebé podrían desaparecer sin que nadie se entere.
El miedo la invadió: si esto seguía así, ella y su hijo morirían juntos.
—A la duquesa viuda debe de estorbarle ese bebé.
Un día, Sion, el ayudante de Kaeloc, se le acercó y le habló con voz fría.
—Te lo dije, ¿no? Una sirvienta como tú nunca debió estar al lado del Duque.
Ella sabía que él siempre la había despreciado. Pero en ese momento, no tenía a nadie más a quien pedir ayuda.
—Señor Sion. Por favor, ayúdeme. Por favor, al menos salve al bebé.
Ante su súplica desesperada, el hombre la miró con desprecio antes de hablar como si le estuviera haciendo un favor.
—En una semana. Estate lista.
Una semana después, ella dejó ese ducado infernal y llegó a las llanuras nevadas. Fue allí decidida a encontrar a Kaeloc ella misma.
Y perdió a su bebé.
Cuando despertó, estaba prisionera en una celda subterránea, acusada del crimen de asesinar al hijo del duque.
—¡No! ¡Fui para salvar al bebé! ¡Por favor, había alguien más allí! ¡Por favor, escúchenme!
Las golpizas brutales no cesaron. Incluso usaron su apariencia extranjera en su contra, acusándola de ser una espía aliada con la tribu Carnu y de estar involucrada en la desaparición del duque. La tortura fue despiadada.
—¡Señor Sion, usted lo sabe! ¡Sabe que yo no sé dónde está su Excelencia!
—Eso no importa. Solo fuiste una mujer tonta.
Para cuando apenas lograba sobrevivir cada día, casi al borde de la locura, Kaeloc regresó. Con toda su memoria perdida.
—¿Están diciendo que ella era mi amante?
Avergonzada de su cuerpo demacrado, ella ocultó su rostro con el cabello suelto y le dio la espalda a Kaeloc, quien ladeaba la cabeza confundido.
—Olvídalo. Es una mujer sinvergüenza que cometió actos viles y no siente remordimiento. Incluso está acusada de traición al reino.
¿Qué había respondido Kaeloc a las palabras de Sion? No podía recordarlo. Con el tiempo, quedó marcada como la mujer malvada que mató a su hijo y puso en peligro la seguridad del Norte.
—¿Te has arrepentido?
preguntó alguien a sus espaldas mientras ella yacía en el frío suelo de piedra de la prisión.
Más allá de los barrotes, se escuchaba música alegre y fanfarrias.
—Yo no hice nada malo.
protestó Aubrianna con una voz débil, al borde de la muerte.
—Yo… no hice nada malo.
Su único pecado fue amar a Kaeloc e intentar conformarse con una realidad cómoda. Había entregado su corazón y su destino a algo que no podía controlar. Había pasado su vida esperando a un padre noble que nunca vio y soñando con entrar algún día a una academia para señoritas. Y aun así, siempre decidía de antemano que nada de lo que estaba a su alcance era posible, desperdiciando sus años.
Su respiración se volvió pesada; ya era difícil hablar.
—Solo hay una cosa de la que me arrepiento.
Había querido que su hijo, nacido de sangre noble, viviera una vida distinta a la suya, tan humilde, que ni siquiera lo había llamado por su nombre con afecto.
—Theo.
Si hay una próxima vida, viviré con astucia. Viviré solo para mí misma, sin que me importe un bledo lo que piensen los demás.
Cerró los ojos lentamente, apretando el recuerdo de su madre, el collar de rubíes, con fuerza en su mano.
Cuando volvió a abrirlos, estaba de regreso en el campo de nieve. Sosteniendo al bebé, aún vivo, en sus brazos.
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Aubrianna miró de reojo al bebé. El niño se había quedado dormido después de jugar tranquilamente en la cama, succionando una toalla con una dulzura que enternecía el alma.
Esas mejillas rojas y gorditas, llenas de vida, eran adorables. Se sentía agradecida con solo ver el suave subir y bajar de su pechito.
«Ahora mismo, la única persona en la que puedo confiar es en este hombre».
Solo había una razón por la que había vagado por los peligrosos campos de nieve para encontrarlo.
«Sin él, no podemos volver al castillo ducal, e incluso si lo hiciéramos, estaríamos prácticamente muertas».
Kaeloc nunca había mostrado amabilidad ni afecto, pero ciertamente había deseado su cuerpo como su amante. Incluso cuando su vientre pesaba por el embarazo, el hombre la había querido.
Decidida una vez más, Aubrianna apretó el agarre en el brazo del hombre y lo tiró hacia ella. El brazo pesado y robusto, puro músculo denso, se deslizó como si fuera por un riel y terminó descansando contra el pecho de ella.
—¿Entonces qué me dices de esto? ¿Tampoco recuerdas esto?
Sus ojos rojos se entrecerraron con seducción. Su rostro inocente, como si estuviera viendo a una mujer calata por primera vez, le parecía tierno.
—¿Qué?
Cuando la otra mano de ella subió por su muslo sólido, su gran cuerpo dio un respingo, retorciéndose mientras el agua salpicaba.
—Ugh.
Desde el momento en que la vio en la tina, su miembro endurecido ya estaba latiendo, cuando la pequeña mano de ella lo tocó, se hinchó sin control. El hombre, que inconscientemente agarró el seno de la mujer, la miró a los ojos confundido.
Todo su cuerpo se tensó y sus labios se abrieron con impotencia. Un ligero temblor se dispersó con su aliento.
—Podría tener una esposa.
—O podría ser que no.
Ella sonrió suavemente, curvando los labios mientras lo tentaba.
—¿Eres… una prostituta?
Para un hombre con su hombría totalmente hinchada, ¿eso era lo único que podía preguntar?
En otro tiempo, esa palabra la habría enfurecido. Era un insulto tan grande que le habrían dado ganas de colgarse de la terraza que daba al jardín; algo cruel y vil. Aubrianna sonrió con ganas y acercó su rostro al de él.
—¿Y si lo soy? ¿Qué harías entonces, Kay?
Un aroma dulce y cálido, mezclado con el tenue olor a leche, se desprendió de su cuerpo. La fragancia de las flores, probablemente su propio olor natural, le hizo cosquillas en la nariz.
¿Acaso una prostituta olería así? Kay ni siquiera podía saber si él era el tipo de hombre que disfrutaba acostándose con prostitutas, así que solo se le quedó mirando a la cara.
La mano de la mujer se apretó, moviéndose lentamente de arriba abajo. Las ondas en el agua oscilaron y un quejido impotente escapó de los labios del hombre.
—Ahh.
Entonces sucedió.
¡Buaaaaa!
El llanto del bebé llenó de pronto la cabaña; se había despertado con hambre. La mano pequeña que había estado apretando y girando la punta de su miembro endurecido dejó de moverse. Sus respiraciones agitadas se encontraron y sus miradas se entrelazaron.
En esos ojos rojos ardientes, Kay vio su propio rostro, desfigurado por un deseo insatisfecho, apartó la vista. Se escuchó el sonido de la mujer poniéndose de pie, envolviendo su cuerpo en una toalla y dirigiéndose hacia la cama.
Pronto, el sonido del bebé lactando llenó el aire.
Chup, chup.
Aunque solo era el sonido de un bebé alimentándose, Kay no podía dejar de imaginar los pechos turgentes de la mujer.
‘Maldita sea’
Envolvió su mano alrededor de su miembro erecto y empezó a moverlo lentamente de arriba abajo, tal como lo hizo la mujer. Solo eso hizo que su cintura temblara y que se le pusiera la piel de gallina en toda la espalda.
La idea de que pudiera tener una esposa se había esfumado hacía rato. Ahora su mente estaba llena solo con la imagen del cuerpo desnudo de esa mujer.
Su nariz recta y sus labios rojos como pétalos. Su mandíbula elegante y su cuello esbelto. Sus pechos llenos y dulces, cargados de leche, su cintura curva. Y bajo el agua ondulante, el leve vistazo de su vagina.
¿Sería de un tono rojo suave como sus ojos, o de un color rosa profundo? Su mano aceleró el ritmo y el agua chapoteó.
Splash, splash.
—Hhgh.
El fluido espeso salió disparado, formando una masa blanca en el agua por un momento antes de disolverse y desaparecer. Ante esa visión cruda y desconocida, el hombre se puso de pie apresuradamente, la mujer lo miró confundida.
‘¿Qué diablos acabo de hacer?’
Las mejillas de Kay se encendieron de un rojo incontrolable.
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