Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 29
Amaneció. Aubrianna terminó de darle de lactar al bebé y se acomodó la ropa; en eso, Kaylock sacó un poco de carne seca de su bolsillo y se la dio.
—Si tuviéramos más tiempo, cazaría aunque sea un conejo, pero…
—No se preocupe. Lo más importante ahora es encontrar rápido al joven Sion.
Ya no tenían por qué seguir perdiendo el tiempo en el campo nevado. La cabaña donde se quedaban estaba hecha un desastre y ya no tenían dónde caerse muertos. Ahora debían volver volando al castillo del Ducado para que Kaylock recuperara su posición.
Primero salieron de la zona de nieve donde Kaylock solía ir a vender pieles y se dirigieron al primer pueblo que encontraron.
—Deme una habitación.
Ella se preguntó por qué entraban a una sastrería, pero al parecer el segundo piso funcionaba como pensión. El dueño, con cara de pocos amigos, le entregó la llave a Kaylock y le lanzó una mirada rápida a ella.
—Su esposa no se ha puesto ropa nueva, ¿no?
—Ah.
Kaylock puso cara de aprieto por un momento, sacó unas monedas de su bolsillo y las dejó caer con un estruendo sobre el mostrador.
—Para mañana, le encargo de nuevo la ropa y el pijama que me mandó a hacer la otra vez.
—¿Ropa?
El dueño barrió con la mirada a Aubrianna, que no entendía nada, sacó un vestido que tenía en exhibición.
—Al ojo, creo que este le queda. Pruébeselo.
—Entonces encárgueme un par más en esa talla.
Él miró con preocupación el rostro de Aubrianna, que estaba pálida, como papel.
—Mi esposa no se siente bien, así que por favor prepárenos agua para un baño.
—Dicen que ya llegó la primavera, pero la Diosa todavía anda de mal humor con el clima.
El dueño recogió las monedas del mostrador con una sonrisa de oreja a oreja y les hizo una seña para que subieran.
Clac, clac.
Mientras subían las escaleras, los pasos de Aubrianna se hacían cada vez más lentos mientras seguía a Kaylock, que iba adelante cargando al bebé.
—Toma.
Él le extendió su mano grandaza. Ella se sujetó de él.
—Su mano está bien calientita.
—Es que la tuya está helada
murmuró Kaylock en voz baja.
Dormir a la intemperie en plena nieve… había sido una locura. Menos mal el bebé estaba sanito porque lo habían envuelto en una capa de piel abrigadora, pero Aubrianna, que era delicada, se veía mal.
—Métete al agua caliente un buen rato y descansemos aquí unos días antes de seguir.
—Pero no hay tiempo para…
—No. Para mí, tú estás primero.
Si por él fuera, mandaba todo a la porra, incluido el título de Duque.
—Incluso ahorita, me estoy aguantando las ganas de fugarme contigo y el bebé a otro lado.
A pesar de que no tenía fuerzas, Aubrianna soltó una risita al oír los quejidos del hombre.
—Pero no puede hacer eso.
Un duque tenía responsabilidades pesadísimas. Además, Aubrianna lo había visto en su vida pasada: vio a los pobladores del Norte sumidos en la miseria cuando Kaylock no pudo recuperar su puesto. Eso no podía volver a pasar.
‘¿Será que la Diosa me devolvió la vida para evitar que esa tragedia se repita?’.
Sintió como si de pronto todo se aclarara en su cabeza mareada.
‘¿Por eso la Diosa me eligió a mí?’.
—¿De qué hablas? ¿Qué diosa?
Ella pensó que lo estaba diciendo para sus adentros, pero al parecer lo soltó en voz alta.
—Ya, llegamos al cuarto.
Chic-chic.
Aubrianna se quedó mirando cómo Kaylock metía la llave y la giraba, de pronto se le cerraron los ojos.
—¡Aubrianna!
Y todo se volvió oscuridad.
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—Explíqueme de una vez qué es lo que pasa.
Kaylock, acomodando al bebé en sus brazos, presionó al anciano con un tono autoritario.
—Si es por falta de plata… ¡Ya! ¡Tenga!
Agitó su bolsa y el sonido pesado de las monedas retumbó en el lugar. Kaylock la tiró sobre la mesa con un golpe seco. El anciano encogió sus hombros flacos por el susto.
—¡Cúrela rápido!
El pobre viejo no era médico y ni siquiera sabía de medicina. Para empezar, ese pueblito fronterizo en el confín del Norte no tenía ni doctor y mucho menos una partera que recibiera recién nacidos. El señor solo se defendía con la experiencia de los años para diferenciar una gripe de algo contagioso, así que, medio confundido, le tomó la muñeca a la mujer para verle el pulso. Como no estaba ni lento ni acelerado, le pareció que simplemente se había quedado dormida y ladeó la cabeza.
—Por lo que veo no tiene fiebre ni manchas rojas, así que no parece nada grave.
—¿Entonces por qué se desmayó?
—Si en estos días ha estado cansada o se ha quedado despierta hasta tarde, de seguro ha sido por eso.
Como lo dijo bien convencido, Kaylock se tranquilizó un poco y volvió a acomodar al bebé que no dejaba de moverse.
—Deje que duerma así nomás; cuando despierte, que coma algo y ya estará como nueva.
El anciano se levantó y, tras mirar a Kaylock, se quedó observando al bebé que tenía en brazos.
—Si le agarra las nalguitas en vez de tenerlo así, el bebe va a estar más cómodo.
‘¿Ah, sí?’, pensó Kaylock. En cuanto sentó a Theo sobre su brazote, el pequeño dejó de forcejear y, sintiéndose a gusto, soltó una risita: ‘¡iaaa!’. El viejo, mostrando sus pocos dientes, le devolvió la sonrisa.
—Es un churre muy simpático. Es igualito a su papá.
Después de decir eso, el viejo agarró solo tres de las monedas que se habían salido de la bolsa y se dio media vuelta. Kaylock se quedó mirando al bebé con cara de asombro hasta que el sonido de los pasos del viejo en el pasillo desapareció.
—¿Que tú y yo nos parecemos?
Kaylock frunció el ceño con total seriedad. Le resultaba extraño que este pequeñín con nombre tan rimbombante, Theophilus, fuera su hijo.
‘¿En serio mi sangre corre por el cuerpo de este cosito que para babeando?’.
El pelo del mocoso era de un rubio encendido. Kaylock recordó su propio cabello negro y el castaño claro de Aubrianna, negó con la cabeza.
‘No le veo el parecido por ningún lado…’.
Giró la vista hacia Aubrianna. La carita de la mujer estaba tan pálida que casi no se distinguía del color de las sábanas.
‘¿Habrá tenido mucho frío anoche en la nieve?’.
Pensándolo bien, después de la corretiza de esos tipos y de haber dormido a la intemperie en una noche helada, era lógico que se hubiera asustado y que el cuerpo le pasara la factura.
—Es débil. Demasiado débil.
Le encantaba su cuerpo menudo y su piel delicada, pero prefería que estuviera más sanita. Le tomó la muñeca, que descansaba lacia sobre la cama.
‘No es ni un puñado’.
Él creía que le había dado de comer bien en la cabaña, pero haciendo memoria, lo único que comían siempre era una sopita rala, pan seco y duro, carne de conejo.
‘Hum’.
Con el bebé todavía en brazos, que andaba jugueteando con un botón de su pecho, dio media vuelta y bajó al primer piso. Necesitaba comida fresca y de la buena.
—Lo siento mucho, caballero. No tengo ingredientes, así que estos días no estoy atendiendo.
En el único restaurante del pueblo le dijeron que no quedaba nada de comida. Kaylock miró a la mujer —que para ser dueña de un restaurante tenía las mejillas hundidas y los ojos ojerosos— y sacó su bolsa de plata para agitarla.
—Plata no me falta, así que denos aunque sea un poco de pan y leche.
Dijo esto mostrándole al bebé que ahora estaba chupando el botón.
—La mamá está mal y no puede darle de lactar.
Pareció que a la dueña le dio algo de pena, pero al toque negó con la cabeza.
—A nuestro pueblo no han entrado los Karnu últimamente, pero como han atacado a todos los alrededores, los suministros han bajado un montón. Si le doy comida a usted, nos va a faltar a nosotros…
Recién ahí Kaylock se dio cuenta de que había dos niños jugando en un rincón del local. Al final se rindió y salió del restaurante con el corazón pesado. Por más que fuera un pueblo fronterizo, no podía ser que no hubiera nada de nada…
Al volver a la pensión, se cruzó con el dueño de la sastrería, el que le había recomendado al ‘médico’.
—Oiga, ¡ese bebé parece que tiene un hambre de los mil demonios!
—Su mamá todavía no reacciona.
El dueño lo pensó un poco y se lo llevó a su casa, detrás de la sastrería.
—Gracias a la plata que usted me dio la otra vez, he podido comprar víveres para que nos sobre un poquito.
La esposa del sastre, que justo acababa de hornear pan para la cena, le comentó que por esos lares ya casi no se veían recién nacidos y le preguntó si podía darle una sopita clara al bebé. Kaylock, agradecido, le quiso dar la bolsa de dinero, pero el sastre solo sacó unas cuantas monedas y le devolvió el resto.
—Cuando entré al pueblo no vi a ningún guardia. ¿Qué hacen si los atacan los Karnu?
—Ya vinieron una vez en otoño. En ese entonces, los guardias salieron corriendo. Menos mal que este pueblo es tan pobre que después de eso ya no volvieron, pero cada vez nos preocupamos más. Aunque cosechemos algo en otoño, si nos saquean los almacenes así, no sé cómo vamos a vivir.
—¿Y por qué no contratan guardias de nuevo?
—Se nota que usted vive en un sitio bien alejado porque no sabe nada; hace poco los impuestos del señor feudal se han duplicado. La gente está que sufre porque no puede pagar y algunos hasta se escapan a mitad de la noche.
El sastre le susurró eso como si fuera un secreto y prendió unas hojas secas. Su esposa le alcanzó una bandeja con un par de panes y mermelada ácida de bloodberry.
—Me gustaría darle aunque sea leche calientita, pero los Karnu se llevaron todas las cabras que criábamos…
—Con esto me basta, gracias.
Kaylock rechazó el tabaco que le ofrecía el hombre y se quedó mirando al bebé, que tomaba la sopa con unas ganas tremendas. Luego, clavó la vista en la ventana.
‘Encima que el pueblo está destruido por los ataques, les duplican los impuestos…’.
Aunque Kaylock no recordaba nada de su pasado, cualquiera se daba cuenta de que eso era una injusticia total.
—¿Y quién es el que manda ahorita en el Norte?
preguntó Kay, como quien no quiere la cosa.
—Dicen que el Duque desapareció y que ahora está un tal Cedric Coville, que es su pariente.
masculló el dueño mientras sacudía el tabaco, con tono de pocos amigos
—Cuando estaba el anterior Duque, al menos no había ataques de los Karnu y se podía vivir tranquilo. Ahora estamos fritos.
En la cara del sastre, que todavía hacía guardias por turnos con la gente del pueblo, se notaba un cansancio acumulado de años.
Kaylock empezó a tamborilear los dedos sobre la mesa. En sus ojos azules se agolpaban mil pensamientos y su mirada se perdió a lo lejos.
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