Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 28
La mirada de Aubrianna hacia Kaylock se llenó de resentimiento. Sin darse cuenta, sus sentimientos por él se habían vuelto demasiado profundos. Aunque sabía que él era alguien inalcanzable, empezó a alimentar ilusiones vanas en secreto.
Ella recordaba borrosamente su infancia. El lugar donde vivía era enorme y lujoso, como un palacio. Su padre, el que la cargaba por los aires, era fijo un noble; todos a su alrededor agachaban la cabeza cuando caminaban con él.
‘Si tan solo fuera la hija de un noble…’.
Si fuera así, ¿podría casarse con Kaylock? Tal vez no tendría una familia poderosa que lo ayudara como las otras damas, pero… ‘Si tan solo, por un milagro…’.
Aubrianna se dio cuenta en ese entonces de cómo la esperanza puede terminar carcomiéndote por dentro.
Kaylock, que antes ni miraba los bailes ni las fiestas, empezó a ir hasta a los tés de las familias nobles para conocer a un montón de jovencitas. De solo escucharlo, a Aubrianna se le encogió el corazón de frío.
Su orgullo era como un vaso de vidrio que, entre los desplantes de Zion y la indiferencia de Kaylock, se fue llenando de grietas hasta romperse. Y justo cuando los pedazos le hincaban el alma, apareció el nombre de la prometida oficial:
Aileen Lotte.
Ahijada de la Duquesa Eloise y pariente de la familia real; una joven de una familia de condes podrida en plata. En ese momento, los vidrios se le clavaron tan profundo en el corazón que sentía que se desangraba. No tenía fuerzas para ver el compromiso ni la boda.
Decidió irse primero. Empezó a vender, poquito a poco, las joyas y adornos que Kaylock le había regalado. ‘Me las dio para que las use, así que está bien’, pensó. No quería venderlo todo; solo lo suficiente para la matrícula y el viaje. Hasta dio los exámenes de admisión por correo en secreto. No pudo estudiar mucho porque no quería que él la descubriera, pero por suerte logró pasar.
Pero Kaylock se enteró.
—Yo no te he dado permiso.
—¿Acaso necesito su permiso, Duque? No. Yo puedo irme por mi propia voluntad.
La deuda que tenía con Miss Francis ya la había pagado hace años. Ella era libre de irse cuando quisiera.
—Eso no va a pasar.
—Pero Duque, usted ya se va a comprometer y se va a casar.
Kaylock la escuchaba sin mover ni un músculo de la cara. Desde hacía un tiempo, esa expresión tan fría de él la hacía sentir como si estuviera sola en medio de un desierto de hielo.
—Dije que no.
Él se puso terco.
—Si usted se casa, yo no puedo seguir aquí.
le suplicó ella llorando. Pero Kaylock mandó cancelar su ingreso a la escuela Regatta y la dejó encerrada en su cuarto.
Una noche, mientras él la poseía como siempre, ella le preguntó:
—¿Qué significo yo para ti?
—Eres simplemente mi mujer.
Esa frase fue como una estocada final para su corazón ya destrozado. Parecía que ya no había forma de salvar esa relación. Para colmo, cuando Aubrianna salió embarazada, la señora Nelly le contó que la Condesita Lotte, la futura prometida, se puso furiosa.
Esa era su segunda sospechosa: Aileen Lotte.
‘Para ella, yo era un estorbo, una piedra en el zapato’
La madre de Aileen venía de la familia Elswyn, la misma de la reina Marcela. La Condesita estaba orgullosísima de ser pariente de la realeza. Una mujer tan soberbia no iba a aguantar que su prometido tuviera una mujer y un hijo bastardo. Era muy probable que hubiera mandado a matarlos; tenía el motivo y la plata para contratar asesinos.
Y había una más: la Duquesa Eloise.
Todo lo que entraba a su cuarto pasaba por las manos de la Duquesa. Después de que Kaylock desapareció, la que la encerró y le dio esa comida con sabor raro fue, casi seguro, ella. Si la sangre de los Tennant desaparecía, ella podría seguir viviendo como reina usando a su títere Cedric.
Aubrianna murió en su vida pasada sin saber quién fue el verdadero culpable. Si ahora le contaba todo a este Kaylock sin memoria, no sabía cómo iba a reaccionar.
‘Es mejor que no sepa nada por ahora. Le conviene más’. Lo único que ella quería de él era que recuperara su puesto de Duque y usara ese poder para protegerla a ella y al bebé. ‘Ese es tu único trabajo’.
Ella cambió su expresión al toque y puso su cara más dulce.
—Kaylock… ven, siéntate aquí. Te voy a decir la verdad.
Él la miró otra vez con desconfianza.
—Si me vas a agarrar de tonto otra vez…
—No es eso.
Aubrianna soltó un suspiro largo a propósito.
—Solo quiero que me entiendas un poquito.
Se abrazó a sí misma con sus brazos delgaditos, encogiéndose todo lo que podía, lo miró con los ojos llenos de tristeza.
—Es que tuve mucho miedo de todo lo que estaba pasando. Tú habías desaparecido y en el castillo no tenía a nadie de mi parte. Además, estaba muy preocupada por ti. Todos decían que ibas a volver vivo, pero yo necesitaba verte con mis propios ojos.
Irse hacia el desierto de nieve fue, en verdad, decisión de ella. Mirando a Kaylock, cuya expresión se iba relajando poco a poco, Aubriana soltó una sonrisa bien finita.
—Para serte sincera, cuando desperté en la cabaña y vi que estabas ahí, no lo podía creer, me puse demasiado feliz.
—Pero te hiciste la loca, ni me saludaste como si me conocieras.
Kaylock se sentó despacio a su lado y la abrazó, tratando de pasarle un poco de calor porque ella se veía muerta de frío.
—Es que no te imaginas el choque que me dio saber que habías perdido la memoria. Además, yo estaba mal, estuve una semana en cama pensando cómo explicarte todo, pero al final no supe cómo.
—Es verdad. Fallaste en eso.
Pasaron casi dos meses en esa cabaña y ella nunca soltó ni una prenda.
‘¿O será que sí me dio señales?’.
Ahora que lo pensaba, ella conocía su cuerpo demasiado bien, casi de memoria. Recién ahora todas las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.
Kaylock se quedó mirando sus labios, que habían perdido el color por el frío de la noche, acercó los suyos despacio. Quería devorárselos como si fueran un helado dulce y frío, pero logró aguantarse y mantener los papeles.
—Entonces……
susurró él, saboreando el recuerdo de sus labios con los ojos cerrados.
—Tú y yo éramos pareja.
Aubrianna soltó un suspiro cortito.
—Yo era tu ‘mujer’, tu amante.
—¿Y eso qué tiene?
Kaylock abrió los ojos y se lamió los labios, como buscando el rastro de ella que se había quedado ahí. Sus ojos azules brillaban con una intensidad clara, fijos en ella, como si no quisiera perderse ni un solo detalle de su reacción.
—Si yo sentía algo por ti y tú por mí, terminamos así, ¿no es eso una relación?
Él miró hacia arriba un momento, pensando, soltó una risita-
—Definitivamente, me gusta más la palabra ‘pareja’ que ‘amante’.
Aubrianna se quedó un poco descolocada. No esperaba que él insistiera tanto en usar una palabra tan bonita y dulce. ¿De verdad una palabra así le quedaba bien a alguien como ella?
Pero el hombre estaba terco en su posición.
—A ver, para ser más claros… yo era una simple empleada y tú eras el Duque.
Ella pensaba que para él, ella era solo alguien ‘fácil’ de tener a la mano, pero Kaylock no daba su brazo a torcer.
—Siendo Duque he debido conocer a muchísimas mujeres, pero si solo te miraba a ti, entonces esto fijo que es amor de verdad.
Sus ojos azules brillaron como el hielo bajo la luz de la luna y miró hacia la carpa.
—Y encima tenemos un hijo. Tú has vivido mucho tiempo en el Reino de Triran, sabes lo que eso significa, ¿no?
Para él, el hecho de haber tenido un hijo con ella era la prueba final de que la amaba con locura. Lo de la prometida debía ser algún malentendido de su ‘yo’ del pasado.
Aubrianna estuvo a punto de arrugar la frente al escuchar la palabra ‘bastardo’, pero se guardó el fastidio al toque.
‘Este es el momento. Tengo que asegurar mi futuro’. Su única garantía de seguridad para ella y Theo era el matrimonio.
—No quiero que a Theo le digan ‘bastardo’ toda la vida.
—Eso…
Para él, esa palabra solo significaba un bebé nacido fuera del matrimonio, nada más. Pero si a Aubrianna le molestaba, a él también. Kaylock le agarró las dos manos. Las estrellas brillaban hermosas en la noche negra y estaban solitos en medio de la nieve.
—Te lo juro. Apenas regresemos al castillo, me caso contigo.
Él sonrió de oreja a oreja, achinando los ojos de pura felicidad solo de imaginárselo. En cambio, Aubrianna sintió que se le iba toda la energía.
‘¿Cómo puede hablar de matrimonio así de fácil…?’.
Miró a Kaylock con una cara de lástima. Él no tenía ni idea de lo que significaba ser el Duque del Norte ni del peso de ese título. Verlo así, tan inocente, le daba una sensación bien rara. Parecía una broma pesada o un sueño de esos que tenía cuando estaba encerrada en el calabozo.
Cerró y abrió los ojos bien fuerte. Ahí estaba él, con su cara hermosa, mirándola con toda la ilusión del mundo. Recién ahí, el corazón le empezó a latir a mil: pum, pum, pum.
—¿De verdad… lo dices en serio?
preguntó ella en voz bajita.
—Claro que sí.
respondió él, bien seguro de sí mismo.
—Estoy fijo que, aunque no hubiera perdido la memoria, habría hecho lo mismo.
Aubrianna se quedó sin palabras otra vez. Se mordió la lengua con amargura.
‘No, no lo hiciste’.
Escondió lo que sentía y forzó una sonrisa. Sonrió con toda la dulzura de una mujer que acaba de recibir una propuesta de matrimonio.
‘Fuiste tan irresponsable que me dejaste embarazada y seguiste adelante con tu compromiso con Aileen Lotte’.
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