Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 27
—Tu madre murió cuando eras chiquito.
El hombre se quedó pensando un ratito y luego asintió.
—Cuando tenías siete u ocho años, la actual Duquesa Tennant, que en ese entonces era Eloise Coville, la hija de un marqués, llegó al castillo.
Ella era tan hermosa que envolvió al antiguo Duque y terminó convirtiéndose en la nueva Duquesa.
—Casi nunca me contabas cosas de tu infancia, así que solo sé eso.
—¿Y qué más? Sigue, cuéntame.
—A los diez años entraste a la Academia de Beska, la capital, me dijiste que fuiste el primer puesto hasta que te graduaste.
—¡Ay, Dios mío!
Kaylock le apretó la cintura con fuerza.
—Dime que no fui tan creído como para presumirte eso en tu cara.
Sentía unas ganas locas de pegarle a su ‘yo’ del pasado por presumido.
—Por suerte, no. Lo de la academia me lo contaba más que nada Sir Sion.
En realidad, Sion se lo decía para que ella entendiera que Kaylock era ‘demasiada camioneta’ para ella, pero prefirió no contarle esa parte.
—Ya veo. ¿Y mi viejo? ¿Mi papá?
—El antiguo Duque… hace unos cinco años, después de pelear en la batalla de otoño contra los Karnu, se agarró una peste que andaba de moda y, lamentablemente…
Kaylock preguntó como si recién se hubiera acordado de algo importante:
—Oye, ¿y cuántos años tengo ahorita?
—Veinticinco.
—¿Qué? ¿Tan chiquillo soy? Era un mocoso entonces.
Kaylock levantó la cabeza y arrugó la frente.
—¿Y tú? ¿Tú cuántos años tienes?
—Acabo de cumplir veintitrés.
—¿Y a qué edad llegaste al castillo?
Aubrianna sacó la cuenta mentalmente.
—A los dieciocho.
—No me digas que…
‘¿No me digas que me metí con esta mujer desde que era una niña?’.
A Kaylock le empezó a latir el corazón a mil de solo pensar que tal vez se había aprovechado de ella apenas cumplió la mayoría de edad.
—En ese tiempo tú recién habías heredado el título de Duque y parabas bien ocupado con el trabajo.
¡Fuuuu!
Kaylock soltó un suspiro largo sin darse cuenta.
—Menos mal.
—Para serte sincera, al principio pensé que me odiabas.
Por eso ella lo miraba todo lo que quería, pensando que él nunca le iba a hacer caso. Al principio, cuando empezó a trabajar de empleada, sobre todo después de que la encontró curioseando un libro de cuentos cerca de su cuarto, él no hacía más que gritarle que se lárgara.
—¿Yo? ¿Odiarte a ti? Imposible.
Aubrianna soltó una risita ante la seguridad con la que él hablaba.
—Te fastidiaba tanto mi presencia que, apenas me veías en tu cuarto, me gritabas: ‘¡Fuera de aquí!’. Así, con todo el pulmón.
—…….
¡Madre mía!
A Kaylock se le puso la cara roja como un tomate. Hace un segundo se sentía aliviado de no haberle puesto la mano encima siendo tan joven, pero…
‘Seguro en ese tiempo, mi ‘yo’ del pasado ya te había hecho de todo en mis sueños mil veces’
Kaylock volteó la cara de pura vergüenza y Aubrianna ladeó la cabeza, confundida.
—Pero después te portaste bien conmigo.
—Ejem… Bueno, menos mal.
Pero todavía había algo que le daba vueltas en la cabeza.
—Y el embarazo…
Recién ahí, la cara de Aubrianna cambió por completo.
—Fue mi culpa, ¿no?
Por más Duque que fuera… tener un hijo fuera del matrimonio… qué mal estaba eso.
Él tenía unas ganas locas de arrodillarse frente a ella y suplicarle perdón. De pronto, se acordó de lo que ella le dijo en la cabaña: ‘Pronto te vas a casar con otra mujer’.
La cara de Kaylock se puso pálida, como si hubiera visto un muerto.
—Aubrianna… ¿acaso…?
Aubrianna agarró la mano del hombre, que todavía estaba sobre su vientre.
—Mejor hablemos de eso después. Ahorita cuéntame otra cosa.
Al escuchar esa voz tan calmada, Kaylock tragó saliva y preguntó, todavía un poco atontado:
—E-está bien. Lo otro que me muero por saber es…
Kaylock cambió de tema rápido y, aprovechando, le pegó los labios al cuello mientras preguntaba:
—Si igual en primavera iba a venir un equipo de rescate, ¿por qué viniste a este desierto de nieve en pleno invierno, encima cargando al bebé?
Era algo que todavía no le cuadraba para nada. Aubrianna sintió los labios fríos del hombre rozando su piel y soltó la bomba:
—Porque nuestras vidas corrían peligro.
Los labios de él dejaron de moverse al toque.
—¿Qué?
¿Cómo alguien se atrevía a amenazar de muerte a la sangre del Duque y a su madre dentro de su propio castillo? Eso era traición, un pecado mortal que se pagaba caro.
—Cuando tú desapareciste, el Norte se volvió un loquerío porque se quedaron sin jefe. El consejo de nobles dijo que tenían que elegir un líder temporal al toque. La condición era que tuviera aunque sea una gota de la sangre de los Tennant.
—¿Una gota? ¿Así de fácil?
—¿Sabes cuánta gente que sabía leer libros antiguos fue llamada a todas las casas nobles solo para eso?
No era una ni dos las familias que andaban desesperadas buscando cómo sea un poquito de esa sangre para trepar al poder.
—Pero la Duquesa fue más mosca. Se puso a revisar todo el árbol genealógico de los Tennant hasta que encontró lo que buscaba.
Fue así como Eloise Coville, la actual Duquesa, encontró a una hija de los Tennant que se había casado con alguien de su propia familia.
—Y así, Cedric Coville, un primo lejano de la Duquesa, se convirtió en el jefe temporal.
Ella prefirió no contarle que ese tipo era un bruto, un estúpido y un mañoso que hasta se atrevió a meterse a su cuarto. Lo importante ahorita era darle la información que Kaylock necesitaba para que recuperara su puesto de Duque.
—Ese hombre no tenía ni un pelo de inteligente. Así que hacía todo lo que la Duquesa le decía.
Botaron a todos los antiguos hombres de confianza y llenaron el castillo de gente que solo sabía sobornar y sobarle el lomo a los nuevos jefes.
—Parece que pensaron esto: si tú no regresas nunca, si Theo y yo desaparecemos… el único que quedaría con sangre Tennant sería Cedric Coville.
—¿Qué? ¡Cómo pueden ser tan desgraciados!
Aubrianna le acarició la mejilla para calmar a Kaylock, que ya estaba que echaba chispas. Ella todavía no sabía ni qué sentía por él. Hubo un tiempo en que no podía ni dormir solo por una mirada suya; era un recuerdo que no se borraba con nada. Pero ahora…
‘Te odié con toda mi alma’.
Cuando estaba encerrada pensando que iba a morir injustamente, lo culpó a él. Pero ahora que estaban vivos, lo necesitaba sí o sí para que ella y el bebé pudieran sobrevivir. Por eso lo seducía sin asco, para no morir. Se lo repetía a sí misma como si fuera un mantra.
—No sé quién fue exactamente. Pero nos encerraron al bebé y a mí en el cuarto, la comida que nos traían una vez al día empezó a tener un sabor raro, como si tuviera algo.
Los ojos azules de Kaylock empezaron a llenarse de puro fuego y asombro.
—¿Quién pudo ser tan maldito para hacer algo así?
—Por eso le supliqué a Sir Sion. Le dije que prefería ir a buscarte a la nieve y morir en el intento, antes que quedarme en ese cuarto esperando a que nos maten.
—¿Qué?
Por más que estuvieran en peligro de muerte, ¿cómo podían empujar a una mujer que recién había dado a luz y a un recién nacido a semejante matadero? Por más que intentaba entenderlo, a Kaylock no le cabía en la cabeza.
—¿Y dices que ese tal Sion lo permitió?
—Ya te lo dije… yo no le caigo muy bien a él.
—¡No me vengas con tonterías!
Kaylock se levantó de un porrazo. Aunque solo llevaba una camisa blanca y un chaleco, el hombre no parecía sentir ni un poquito de frío. Sus puños cerrados temblaban de la rabia y sus labios soltaban palabras que cortaban como cuchillos.
—Por más que no le pases, tú eres la mujer del Duque y el bebé es su propia sangre… ¿Cómo un vasallo, un tipo que jura servir al Duque, se atreve a mandar al hijo de su señor a una muerte segura?
‘¡Uy, no!’
Aubrianna no quería que se pusiera así de furioso. Si Kaylock quería regresar al castillo y recuperar su sitio, iba a necesitar la ayuda de Sion sí o sí.
—Por favor… no quiero que te molestes con él.. Como tú dices, yo solo soy tu mujer, pero Sir Sion simplemente respetó mi decisión. La verdad es que, como soy huérfana y no tenía a dónde ir, preferí venir a ver con mis propios ojos si estabas bien.
En el fondo de esos ojos azules, profundos como un lago helado, brilló una chispa fría y afilada que parecía querer atravesarla. Su mirada se achicó, como si no estuviera dispuesto a dejar pasar ni una sola palabra de lo que ella decía.
—Me estás mintiendo.
soltó él con una voz ronca y cargada de desconfianza.
Aubrianna abrió los ojos como platos, toda sorprendida.
—O mejor dicho… ¿me estás contando la verdad a medias?
Ella no tenía ni idea de por dónde él había detectado la mentira.
—Aubrianna. Te lo he dicho un montón de veces: perdí la memoria, pero no me he vuelto idiota.
Ahí estaba él, mirándola desde arriba con los brazos cruzados, con toda la parada de un gobernante que tiene el mundo a sus pies. Por un segundo, Aubrianna pensó que tal vez ya había recuperado la memoria.
—¿Q-quién te está mintiendo?
intentó ella con una sonrisita para salir del paso.
—¿Le tienes miedo a él?
Esa sonrisa perfecta que ella fingía tuvo un pequeño temblor.
—¿Miedo? ¿Yo?
Pero la verdad era que sí, se moría de miedo. ¿Quién diablos mandó a esos asesinos para matarla a ella y al bebé? En su vida pasada, se lo preguntó hasta el último segundo antes de morir. Y el principal sospechoso era el único que sabía que ella se iba a la nieve.
Sion Valian.
A él, desde el comienzo, ella le caía espeso. Cuando se convirtió en la mujer de Kaylock, Sion le decía en su cara al Duque que se alejara de ella. Su excusa era que una simple empleada no estaba al nivel de alguien como él. Claro que a Kaylock no le importaba ni michi; al contrario, se lucía frente a Sion dándole cariñitos a Aubrianna, lo que hacía que ella se ganara más miradas de odio.
Pero, pensándolo bien, no había necesidad de matarla. Como Sion siempre decía, ella era ‘poca cosa’ y nunca se casaría con Kaylock. Si Kaylock se casaba con una mujer de una familia poderosa para asegurar su puesto —como Sion quería—, ella simplemente desaparecería del mapa.
‘Qué ingenua fui al pensar eso también’.
Normalmente, los nobles les daban plata a sus mujeres cuando terminaban. Los más generosos hasta les compraban una casa para que vivan tranquilas. Algunos dirán que eso es ser interesada, pero para Aubrianna, que era huérfana, eso era cuestión de vida o muerte. El director del orfanato donde trabajó desde niña le robó todos sus ahorros, así que no tenía ni un sol.
Su plan era que, cuando Kaylock se casara con la hija de los Lott, ella recibiría su parte, se compraría una casita en Alandor y entraría a estudiar a la escuela de mujeres Regatta.
‘Pero…’
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