Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 24
Aprovechando que Sion bajó un poco la espada por la sorpresa de sus palabras, Kaylock flexionó las rodillas y, de un impulso, arremetió con todo su cuerpo. Rajen salió volando con un grito de dolor.
Casi al mismo tiempo, Kaylock se le fue encima a Sion en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Ah… Duque!
En un suspiro, la espada de Sion salió volando y se clavó en la tierra firme. Kaylock lo empujó por los hombros, lo tumbó al suelo y, tras hundirle la rodilla en la barriga para inmovilizarlo, le puso la espada en el cuello mientras le decía con frialdad:
—¡Dime si fuiste tú! ¡El infeliz que le pegó a esa mujer y la dejó embarazada de un bastardo!
—¿Pero de qué rayos está hablando? ¿Quién dice que le pegó a una mujer…?
—¡Es verdad! ¡El joven Sion no es de los que les pegan a las mujeres!
Rajen regresó corriendo, pero no se atrevía a acercarse por miedo a que Kaylock le cortara el cuello a Sion, así que solo daba vueltas alrededor, todo angustiado.
—Si al joven Sion más bien le pegan las mujeres, él nunca les pegaría a ell…
—¡Rajen! ¡¿Pero qué sandeces estás diciendo?!
Incluso con la espada en el cuello, Sion y Rajen se pusieron a discutir, así que Kaylock presionó con más fuerza.
Chorr…
Una nueva herida apareció en el cuello de Sion, dejando caer un hilo de sangre.
—¿Acaso parece que estoy jugando?
—¡No! ¡Para nada! ¡Mil disculpas!
Rajen, pegando un salto del susto, se puso de rodillas.
—¡Duque! ¡Fue nuestro error! Por favor, al joven Sion no le haga nada…
Aquel hombre de gran contextura se hizo chiquito, encogiéndose mientras suplicaba perdón.
—Duque, por favor, cálmese un poco y hablemos… O sea, conversando se entiende la gente.
Sion, todavía tirado, levantó las manos vacías lentamente. Al ver ese gesto de rendición, Kaylock retiró la espada despacio.
Tenía unas ganas locas de descuartizarlos ahí mismo, pero si lo hacía, perdería el rastro de Aubrianna y del bebé.
Sin dejar de presionar la barriga de Sion con la rodilla, le hizo una seña a Rajen.
—Trae una soga.
Poco después, mirando desde arriba a los dos hombres que yacían bien amarrados en el suelo, Kaylock preguntó con tono gélido mientras se cruzaba de brazos:
—Primero, identifíquense.
Era obvio que habían venido a buscar a Aubrianna. Si uno de estos dos no era el padre del bebé, entonces debían ser unos mandaderos.
Sion intercambió una mirada con Rajen.
—¿Por si acaso ha perdido la memoria?
Kaylock le metió un tabazo a Sion.
—Esa no es la respuesta a mi pregunta.
Rajen puso cara de pocos amigos, haciendo un berrinche.
—No sé si habrá perdido la memoria, pero el carácter lo tiene igualito a siempre.
Al final, a Rajen también le cayó su patada en el trasero.
—Somos vasallos de la familia del Duque Tenant, los que gobiernan el Norte. Yo soy Sioniel Valian, el hijo mayor de la familia Valian, una rama secundaria de la familia Bellone.
Rajen se quedó mirando a Sion mientras este soltaba toda esa explicación pomposa, y ante la seña de su jefe, se apuró en hablar.
—Yo… Yo soy Rajen, de la familia Carven.
Kaylock se cruzó de brazos.
—Ya, bacán. Entonces, ¿dónde está Aubrianna, a la que se llevaron?
—La subimos a la carreta.
—¿A una carreta?
Kaylock volteó a mirar a su alrededor. Aparte de las decenas de caballeros que estaban tirados quejándose de dolor y de los caballos de guerra que, bien entrenados, no se habían escapado y caminaban tranquilos, no se veía ninguna carreta por ningún lado.
—¿Me están mintiendo?
Cuando Kaylock volvió a levantar la espada, Rajen soltó un grito:
—¡De verdad que la subimos a la carreta! ¡Piénselo pues! ¿Cómo vamos a venir desde el Castillo del Duque hasta acá sin equipaje? ¡Más bien sería mentira si le dijera que no tenemos nada!
Como gritaba a todo pulmón como si fuera una injusticia, Kaylock se quedó pensando un momento y preguntó:
—¿Y entonces a dónde diablos se fue la carreta?
—¡Y yo qué voy a sa…! ¡Ay!
Sion pateó a Rajen para que se callara.
—Duque. Primero, escúcheme. ¿Recuerda su nombre?
—¿Mi nombre?
Kaylock, de brazos cruzados, observaba a los hombres revolcándose en el suelo. Ahora que había confirmado que Aubrianna no estaba en manos de estos sujetos, se sentía más calmado.
—¿Qué importa si recuerdo mi nombre?
—¿No le parece raro que lo estemos llamando ‘Duque’ a cada rato?
—Será que ustedes están locos.
Kaylock decidió que no valía la pena seguir escuchándolos y se dio la vuelta.
‘De seguro se escapó’
Él mismo le había insistido mil veces que, si venían intrusos, no mirara atrás y huyera.
Apretó los puños con fuerza.
«Debí volver más rápido. Qué me importaba la ropa».
Cuando llegó al primer pueblo tras salir de los campos de nieve, ya había pasado largamente la hora del almuerzo.
Vendió las pieles y la carne seca que traía a buen precio, pero para cuando recibió el dinero, ya estaba oscureciendo.
Pensaba regresar de inmediato, pero vio una sastrería a la entrada del pueblo.
—Deme un par de vestidos de mujer, un camisón y algo de ropa interior.
—¿Ha traído las medidas?
—Es delgada de cintura, y de pecho… como así.
La dueña de la sastrería miró el gesto que hizo con las manos y soltó una risita burlona; luego, le advirtió que no había devoluciones una vez terminada la ropa y le dijo que volviera en dos días.
—Si viene de lejos, en el segundo piso tenemos un hospedaje, quédese ahí hasta que esté listo.
Al ver las fachas de Kaylock, la dueña se dio cuenta de que no era de por ahí y le recomendó que pasara la noche.
¿Y si me quedo a dormir la ropa sale más rápido?
Como Aubrianna estaba sola, estaba muy preocupado y no podía quedarse mucho tiempo fuera.
—Claro que sí. Con plata todo se puede.
Kaylock sacó unas cuantas monedas más de su bolsillo y las puso sobre la mesa.
—Se lo encargo, lo más rápido posible, por favor.
Recién al día siguiente, ya tarde, la ropa estuvo lista. Kaylock pasó la noche en el hospedaje casi sin pegar el ojo y, en cuanto empezó a clarear, se puso en marcha.
Regresó a toda prisa a la cabaña, pero cuando llegó…
—¡Malditos!
La cama donde dormían estaba hecha trizas y la cuna del bebé tirada en medio del patio.
¡Crac!
Al ver esa escena todavía tan vívida frente a sus ojos, apretó los dientes con tanta fuerza que se le marcaron los músculos de la mandíbula.
—Cómo se atreven a tocar lo que es mío…
No iba a perdonar a nadie. Sus ojos azules, encendidos por la furia, se tornaron de un tono gélido, casi eléctrico.
Ignorando los gritos de los hombres que a lo lejos lo llamaban ‘¡Duque!’, él siguió caminando con paso firme.
Si era una carreta, debía tener ruedas, y en una llanura cubierta de nieve es casi imposible borrar el rastro que dejan. Clavó su mirada afilada en el suelo.
Tras caminar un trecho, descubrió dos huellas de ruedas marcadas claramente; los hombres no habían mentido. El rastro de la carreta iba hacia un camino llano. Estuvo a punto de seguir esa línea, pero se detuvo y miró con cuidado a su alrededor.
Entonces, la mirada de Kaylock se clavó en una colina que parecía algo empinada. Sin dudarlo, empezó a subirla.
Incluso mientras ascendía, sus ojos alertas no perdían de vista ningún detalle del entorno.
«Alguien borró los rastros, pero todavía quedan huellas de que caminaron por aquí».
Era un rastro borrado de forma tan mañosa que, si no mirabas con mil ojos, no te dabas cuenta.
«O alguien ayudó a Aubrianna, o armaron todo este teatro para quitármela».
La carreta que desapareció no era más que un engaño.
Mientras subía la colina, recordó a los tipos que acababa de moler a golpes.
«Tenían ropa de buena tela y espadas de calidad. Conque la familia del Duque Tenant, ¿no?».
Le parecía muy sospechoso que lo llamaran ‘Duque’. Pensó que, como no podían ganarle en pelea, estaban usando trucos baratos.
«Sabían el nombre de Aubrianna. Entonces es verdad que el papá del bebé es un noble de alto rango…».
Si pensó que la habían abandonado, pero ahora venían a buscarla a ella y al bebé, ¿será que todavía sentían algo por ella? A Kaylock le hervía la sangre solo de pensarlo.
Sea como sea, era obvio que ella no quería estar con ellos y por eso se había escapado.
«En cuanto la encuentre, nos largamos de este reino para siempre».
Irían a un lugar donde nadie los conociera para empezar de cero.
Con esa resolución, Kaylock llegó a la cima de la colina y se detuvo. Su capa negra, colgada de los hombros, flameaba con fuerza por el viento. Parado allí, dominando con la mirada la interminable llanura blanca, Kaylock parecía un soberano implacable y severo, el dueño absoluto de esas tierras.
Sus ojos azules, que brillaban como los de un halcón, captaron de pronto un pequeño movimiento a lo lejos.
—Te encontré.
Cruj…
El sonido de sus pasos sobre la nieve blanca se extendió suavemente.
La vida en la cabaña, cuando estaba solo, era tranquila. El fuego de la chimenea ardía bajito, soltando ese olor a madera, y adentro el ambiente era cálido, como si fuera una estación distinta a los vientos feroces de afuera.
Solía sentarse apoyado en la silla, simplemente escuchando el sonido de las chispas al reventar. No se sentía solo a pesar de estarlo. El silencio llenaba los vacíos de su corazón, y ese pequeño espacio desconectado del mundo era su refugio.
A través de la ventana, veía la nieve acumularse despacio, y solo mirar esa quietud blanca hacía que su corazón se calmara. Había dejado de lado todos sus deseos y conflictos, saboreando la paz de un momento en que el mundo no podía encontrarlo.
Pero de pronto llegó Aubrianna y lo despertó como el canto de una alondra por la mañana.
Sintió una incomodidad asfixiante, como si la cabaña, que él creía su espacio sagrado, hubiera sido invadida de golpe. Esa presencia extraña cortó el aire acogedor como una cuchilla afilada, y él, sin darse cuenta, apretó los dientes.
Sin embargo, mientras más intentaba ignorarla, más evidente se hacía su presencia. Su rostro iluminado por el fuego, cada pequeño temblor en ella… todo eso, irónicamente, le estrujaba el corazón.
Lo odiaba. Odiaba que ella lo descolocara, que lo interrumpiera.
Y aun así, la deseaba con locura.
Esa incomodidad pronto se volvió sed, y sus gestos de rechazo se transformaron en deseo, dándose cuenta de que ya no podía seguir engañándose a sí mismo.
Ahora, ella era su pequeña y blanca conejita.
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