Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 23
Hardin estaba llorando. Aubrianna quería consolarlo, pero no podía porque tenía la boca tapada con una mordaza. ‘Seguro Hardin no tuvo otra opción’, pensó. Sion debió darle órdenes claritas de no soltarla por nada del mundo. El niño, tal vez sintiendo que ella lo escuchaba, siguió hablando entre sollozos:
—Yo me robé la daga. Debí decírselo… Todo es mi culpa. Ella sacudió la cabeza con fuerza; no quería que Hardin se sintiera peor de lo que ya estaba.
—Pero Señor Sion… Señor Sion…
Al oírlo tan quebrado, Aubrianna volvió a negar con la cabeza, pero se detuvo al recordar que Hardin quizás ni la estaba mirando. Por la forma en que se movía el carro, parecía que todavía estaban en terreno plano. Aubrianna aguzó el oído. Cada vez que las ruedas del carromato daban un brinco, se escuchaba el sonido irregular de las piedras saltando. Estaban pasando por un camino de cascajo.
‘Cascajo. Todavía no estamos lejos de la cabaña’. El primer día que despejó el clima, Kay había limpiado la nieve frente a la cabaña y trajo un montón de piedritas para desparramarlas por ahí. ‘¿Y esto para qué es?’, le había preguntado ella. ‘Así se puede escuchar si viene algún intruso’. En ese momento, ella pensó que solo era una precaución por si algún animal grande, como un oso, andaba merodeando ahora que el frío aflojaba.
Aubrianna respiró hondo. ‘Tengo que estar mosca mientras me llevan’. En teoría, no debería correr peligro de muerte. Aunque Sion quisiera culparla por el secuestro del duque, todo se solucionaría apenas apareciera Kaylock. Pero había algo que la carcomía más.
‘Todavía no le he dicho la verdad a Kaylock’
No pensó que el grupo de búsqueda llegaría tan rápido. Además, Kay, que dijo que volvería en dos días, no asomaba por ningún lado. Si Kaylock aparecía ahora y se enteraba de la verdad así de golpe, su plan de seducirlo para que se enamorara de ella se iría al tacho.
‘No le he mentido, pero tampoco le he dicho toda la verdad’. Si Kaylock se asaba, ella no tendría cómo defenderse. ‘Si tan solo tuviéramos un momento para hablar tranquilos…’. Aubrianna se sentía impotente, y lo único que podía hacer era morder la mordaza con desesperación. En ese momento…
¡Clac!
Se escuchó que el carromato se detenía en seco.
—¡¿Quién anda ahí?!
gritaron los hombres en guardia. Al toque se escucharon golpes secos, como si estuvieran apaleando a alguien, y el sonido de algo rompiéndose.
—¡¿Mmm… mmm?!
El carro tenía una cubierta para que la carga no se mojara con la nieve o la lluvia, así que Aubrianna no podía ver nada. Hardin se asomó por una rendija. No se veía a ninguno de los caballeros que custodiaban el vehículo.
‘¿Serán los Karnu?’. El corazón le empezó a latir a mil. Hardin, con manos temblorosas, le quitó la capucha a Aubrianna y le soltó la mordaza.
—¿Hardin? ¿Qué pasa?
preguntó ella con la voz cargada de miedo. El niño estaba igual de aterrado. Sus manos tiritaban mientras desataba las cuerdas que sujetaban las manos de la mujer.
—Quédese con el bebé por ahora. Parece que han aparecido los Karnu.
¿Los Karnu apareciendo justo cuando termina el invierno? Era raro, pero solo los guerreros Karnu serían capaces de armar semejante chongo y poner en aprietos a los caballeros del ducado.
—Voy a bajar para vigilar y les haré una señal. Recién ahí baja usted. Si los atacantes eran los Karnu, el carro de suministros sería lo primero que saquearían.
Aubrianna miró a Hardin. Era apenas un poquito más grande que la mitad de su cuerpo. Por más valiente que fuera, no dejaba de ser un chiquillo. Aubrianna, sintiendo que como adulta le tocaba arriesgarse a ella, lo llamó apurada:
—¡Hardin! Tú cuida al bebé. Yo saldré.
—¡No hay tiempo para estar discutiendo!
le gritó él, perdiendo los papeles. Casi le lanzó al bebé a los brazos y se dirigió a la parte trasera del carro.
—¡Hardin! El niño saltó fuera del vehículo y se pegó contra la madera, mirando hacia todos lados con cuidado.
—¡Ahora!
Aubrianna agarró con fuerza a Theo, que se había despertado pero no lloraba, y sacó los pies del carro. Todo alrededor estaba en silencio.
—¿A dónde se fueron todos? No se veía ni a los caballeros ni a los Karnu.
—Escápese de una vez. Si se queda aquí, quién sabe qué le puedan hacer.
dijo Hardin con los labios apretados, abriendo sus bracitos para intentar protegerla. En esa situación, para él, tanto los Karnu como los caballeros de Tenant eran la misma sarta de abusivos.
Hardin miró un momento hacia el cielo y la dirección del viento, y luego señaló con su brazo derecho hacia una colina donde se veía un árbol pequeño y solitario.
—Váyase por allá. Las nubes de nieve ya se retiraron de ese lado, así que no hay riesgo de ventisca.
—¿Y tú? Ven conmigo, Hardin.
—Yo soy más rápido y puedo escapar solo. Así que adelante, váyase.
respondió él con un tono indiferente, como si ella fuera a ser un estorbo, pero Aubrianna se dio cuenta de que solo lo decía para que ella no se sintiera culpable. Después de todo, cargando a un bebé, ella jamás podría moverse tan rápido como él.
—Está bien… me voy primero. Tienes que seguirme, ¿entendido?
—Sí.
—Entonces…
Justo cuando ella se iba a dar la vuelta, Hardin la agarró fuerte.
—No se olvide: ¡si se encuentra con una ventisca, camine dándole la espalda al viento!
le susurró con una determinación absoluta.
‘Si te pierdes en el campo nevado, camina dándole la espalda a la tormenta. ¿Ya? Así, tarde o temprano, lograrás salir de ella’. Era un secreto que Hardin le había contado después de que ella le dijera que una vez se perdió en la nieve tras escapar de la mazmorra.
Aubrianna asintió mordiéndose el labio, tratando de aguantar las ganas de llorar por el gesto del niño.
—Sí. Aubrianna divisó a lo lejos unas figuras corpulentas que se amontonaban y abrió bien los ojos, asustada.
—Se están acercando.
—Váyase rápido, Aubrianna. Por favor, tenga mucho cuidado con el bebé.
—Sí. Tú también cuídate mucho, Hardin.
Ella empezó a correr en la dirección que el niño le había señalado. En sus brazos, el bebé, al sentir el trote, pensó que estaban jugando y soltó una risita.
—¡Shhh! Theo, ahora hay que estar calladitos.
Por miedo a que alguien escuchara las risas, envolvió bien al bebé con su manto y corrió a ciegas por un camino que ni se veía por la nieve acumulada.
—¡Hah, hah, hah!
A las justas logró subir la colina y se echó cuerpo a tierra para esconderse al otro lado. ‘Desde aquí no nos verán’. Hardin le dijo que siguiera corriendo, pero ella no podía dejar al niño atrás. Iba a esperar para irse con él.
—Por favor, Hardin…
Recuperó el aliento un momento y asomó la cabeza con cuidado para ver el carromato abajo en la colina.
—¿Eh?
No había nadie. Ni rastro de Hardin ni de esos hombres grandazos. ¿Se habrán llevado a Hardin? Pero si eran del grupo de búsqueda, el niño estaría a salvo.
¿No le pegarán por haberme dejado escapar, no?
—Pero, ¿a dónde se han ido todos?
Gracias al manto que Kaylock le había hecho, aguantaba el frío que subía de la tierra nevada, pero no podía quedarse ahí echada para siempre.
—Apu-bu, apu…
Abrió un poco el manto y vio a Theo; estaba tranquilito, haciendo ruiditos con los labios y escupiendo un poco. En el norte, había una creencia que decía que cuando los bebés hacían eso, era porque iba a caer nieve o lluvia. ‘Si se pone a nevar ahora…’ Le dio pánico volver a perderse con el bebé.
‘Por favor’
Se apuró en envolver de nuevo al bebé con el manto y se levantó. Con gente o sin ella, tenía que arrancar de una vez. Si empezaba una ventisca, estarían en bolas, sin refugio y en peligro. ‘¿Por dónde me voy?’
Miró hacia donde Hardin le había señalado. Era una pampa inmensa y vacía, donde no se veía ni un solo árbol. Por más que su manto fuera plateado, si caminaba por ahí, la verían al toque. ¿Y si me encuentro con un lobo? En este desierto blanco no había gente, pero sobraban los animales. Kay le había dicho que cerca de la cabaña no había nada porque él cazaba, pero que un poco más allá, los zorros y lobos andaban como Pedro por su casa. Además, ya era primavera; los osos hambrientos que recién despertaban de su siesta de invierno se comían cualquier cosa que se moviera.
‘Tengo que moverme’
Sus pies dudaron un momento, marcando la nieve, pero al final decidió ir por donde Hardin le dijo. Entre encontrarse con un oso o un lobo, no tenía otra opción. Tenía que ver a Kaylock antes de que el grupo de búsqueda la atrapara. ‘Solo así podré sobrevivir con Theo en esta vida’.
—¡Aaaaagh!
—¡Razen! ¡Agárralo fuerte!
Razen tenía la cara roja como un tomate. Estaba usando sus brazos —que eran del tamaño del muslo de un hombre normal— para sujetar el cuello del hombre, pero sentía que, si se distraía un segundo, saldría volando.
—¡Oiga! ¡¿Cómo voy a agarrar fuerte al Duque?!
Sion también estaba con la cara encendida, sujetando su espada con ambas manos y agachado. El hombre, aunque cargaba con Razen colgado del hombro, se movía como si nada y atacaba a Sion. Por la puntería de sus espadazos, Sion ya tenía sangre chorreando por el brazo y cerca del cuello. Razen, casi llorando, le gritó al oído del hombre:
—¡Duque! ¡Por favor, reaccione!
Pero el hombre solo se sacudía de un lado a otro, tratando de quitarse de encima a Razen. Tenía los labios apretados y sus ojos azules, fijos en Sion, rebalsaban sed de sangre. Sion movió un poquito el pie derecho y, al instante, los ojos fríos del hombre lo pescaron y cambió la espada de mano. ‘Si pestañeo, me mata’. No podía permitirse ni un solo error. Sion tragó saliva y trató de hablarle a Kaylock:
—¡Duque! Soy yo, Sion. ¿No me reconoce?
Unos ojos afilados lo miraron de arriba abajo por debajo de su pelo revuelto. A Sion le dio un escalofrío, pero siguió firme:
—Baje la espada un ratito y hablemos…….
—¿Dónde está la mujer?
Sion miró de reojo a Razen.
—Haber empezado por ahí. A Aubrianna la tengo bien cuid…
En cuanto Sion mencionó el nombre de Aubrianna, los ojos de Kaylock se abrieron de par en par y brillaron de una forma extraña.
—… Así que eres tú. Tú eres ese infeliz.
—¿Eh?
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