Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 22
—Que descanses, Hardin.
Hardin se tapó con la manta hasta la cabeza mientras escuchaba el saludo de Aubrianna.
‘De todas maneras es una diosa’.
Hace un rato, cuando la mujer lo abrazó, de hecho sintió ese olorcito a mamá. Esa mamá que murió de fiebre de parto poco después de que naciera su hermanita Isaren.
‘Te encargo al bebé’.
Ante el último pedido de su madre, Hardin tuvo que esforzarse desde muy chiquillo para sacar adelante a Isaren.
‘¿Será que me morí y he llegado a la tierra de la Diosa?’.
Según las leyendas de los Karnu, en algún lugar de las llanuras de nieve existe una tierra sagrada donde vive la Diosa. Pero la sopa y el pan duro que se acababa de comer eran bien reales. La textura de la piel de animal con la que se cubría también se sentía de verdad.
—Si tienes frío, avísame. Puedo meter más leña al fuego.
Hardin negó con la cabeza, aunque ella no podía verlo por estar debajo de la manta.
‘De verdad olía igualito a mi mamá. A flores y a leche’.
Hardin se sentía conmovido y, aunque estaba cansadazo, no podía pegar el ojo. Por supuesto, nunca había escuchado que la Diosa se casara con un cazador y tuviera hijos.
‘Pero ella ya sabía mi nombre’.
¿Será de verdad la Diosa? Se decía que una vez que uno era abrazado por ella, ya no podía regresar… De pronto, se acordó de Isaren y se destapó de un porrazo.
—¿Eh? ¿Qué pasó, Hardin?
—No, es que… esto…
‘¿Usted es la Diosa?’. Estaba por preguntárselo, pero la mujer se veía demasiado humana. Al ver su rostro blanco bajo las sombras que proyectaba el fuego de la chimenea, Hardin volteó a ver la puerta de la cabaña.
—¿No le da miedo estar solita aquí?
Si fuera él, estaría muerto de miedo. ‘Si es la Diosa, seguro dirá que no tiene miedo, ¿no?’. Pero la mujer, en vez de responder, sacó algo de entre su ropa y dijo toda orgullosa:
—Con esto no tengo miedo.
Era un puñal. El arma, con grabados finos en el mango, se veía un poco grande para una mujer. Hardin, que no se esperaba que sacara un arma, parpadeó sorprendido, se levantó de la cama y se acercó a Aubrianna.
‘Es de caballero’.
Incluso frotándose los ojos, se notaba que era un arma letal para combate cuerpo a cuerpo. Aubrianna, pensando que como era hombrecito seguro le interesaban las armas, se la alcanzó para que la viera bien.
Sccrrrit.
Al desenvainar, apareció una hoja bien afilada. Con eso se le podía causar una herida mortal a uno o dos intrusos.
—Es peligrosa, va a tener que usarla con cuidado.
—Dices lo mismo que Kay.
respondió ella soltando una risita al mencionar a su esposo.
Al devolverle el puñal, Hardin notó el escudo en el mango. Era un diseño donde una bandera con raíces de árbol y lanzas se cruzaban sobre un campo de espigas doradas. En el frío norte, las espigas de trigo simbolizaban la abundancia de comida. Y ese era el emblema representativo de la familia Tenant.
Además, por el oro fino con el que estaban hechas las espigas, era claro que pertenecía a alguien de alto rango. Hardin se quedó con el puñal en la mano mientras escaneaba cada rincón de la cabaña. La chimenea, el brasero, la cama y la mesa. La cabañita estaba llena solo con eso. Sus ojos negros y agudos divisaron una forma alargada al borde de la cama.
Aubrianna vio hacia dónde miraba Hardin y se levantó sonriendo.
—Veo que a ti también te gustan mucho las espadas, como a todo muchacho.
Ella levantó una espada larga y se la entregó.
—Ten cuidado. Está más afilada que el puñal.
Antes de irse, Kay le había entregado el puñal y la espada larga, dándole mil advertencias: ‘Si entran uno o dos, con esto basta. Pero si el puñal se queda clavado, es difícil de sacar. En ese caso, suéltalo, ve a la cama, agarra la espada larga y dales pelea. Pero si vienen muchos, mejor ríndete’.
‘¿Por qué me rendiría sin pelear?’. ‘Porque así, al menos, salvas el pellejo’.
Kaylock lo pensó un segundo y arrugó el entrecejo: ‘Olvida todo lo que dije’. ‘¿Qué cosa?’. ‘Eso de acuchillar y pelear. Solo escapa. Si tienes la oportunidad, escapa a como dé lugar, ¿ya?’.
Le cambió la versión: que si podía huir, que no se enfrentara y corriera. Ella no entendía por qué, pero tuvo que asentar con la cabeza.
—Ya la vi, gracias.
El niño terminó de curiosear y le devolvió la espada con mucha educación.
—Debes estar agotado, mejor duérmete ya.
Al ver que Hardin se echaba de nuevo, Aubrianna volvió a mirar el fuego.
‘Si Hardin está aquí, significa que el grupo de búsqueda de Kaylock anda cerca, ¿no?’.
Ojalá Kaylock llegue antes que ellos… Por el estado de Hardin, parecía que había caminado un montón, así que el grupo de búsqueda todavía tardaría un poco en llegar. Quizás dos o tres días. Antes de eso, si Kaylock volvía, tendría que contarle todo y prepararse.
Seguro él le reclamaría por qué no se lo dijo antes, pero podría decirle que fue porque no quería chocarlo, ya que él había perdido la memoria. Al darse cuenta de que con la aparición de Hardin el día de volver al castillo del Duque no estaba lejos, Aubrianna sintió que se le partía el corazón.
‘La vida aquí fue tan…’.
Fue feliz. Pudo disfrutar de él plenamente sin tener que darle explicaciones a nadie. Lo único que quería era vivir aquí para siempre con Kay, no con Kaylock. Pero Theo nació con la sangre de la familia del Duque Tenant.
Por su hijo, que tenía un destino que no podía rechazar, Aubrianna ya había decidido aceptarlo todo. Con esa resolución renovada, la mirada de Aubrianna ardió con la misma fuerza que las llamas del hogar.
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—¿Hardin?
Parece que el niño estaba cansadazo, porque ya había salido el sol y ni se movía.
—Ya pues, levántate para que tomes desayuno.
Aubrianna le habló al bulto que se formaba bajo la manta. Mientras le daba de lactar a Theo, que se había despertado temprano, y preparaba sopa fresca y carne seca asada, Hardin no había abierto los ojos ni una sola vez.
—¿Tan agotado estás? Pero igual tienes que comer algo…
Aubrianna sacudió un poco la manta, pero al notar algo raro, la terminó de jalar. Hardin no estaba.
Asustada, abrió la puerta y salió a mirar. No era una ventisca, pero igual durante la noche había caído regular nieve y todo alrededor estaba blanquito.
—¡Hardin!
Puso sus manos en forma de bocina y gritó su nombre, pero nadie respondió.
—¡Hardin!
Aubrianna bajó las manos lentamente.
—¿A dónde se habrá ido sin decir ni rima ni soberana?
En ese momento, escuchó al bebé quejándose. Seguro le había dado frío porque la puerta estaba abierta. Ella volvió a mirar con nostalgia los alrededores de la cabaña, donde solo reinaba el silencio, y entró de nuevo.
Adentro estaba calientito y el sonido de la carne chicharroneándose en el fuego le abría el apetito a cualquiera. Desayunó sola y en silencio, y aunque se pasó toda la mañana jugando con el bebé, su cabeza estaba en otro lado. Al final, Hardin nunca regresó.
—¿Pero por qué se habrá ido así, sin despedirse?
Como no entendía qué había pasado, Aubrianna se bajoneó y se puso media tristona.
‘De repente fui muy confianzuda. Para Hardin yo era una completa desconocida…’.
Se arrepintió, pero ya no había forma de dar marcha atrás; lo hecho, hecho estaba. Después de hacer dormir al bebé, se puso a limpiar la cabaña, que ahora estaba en silencio. Barrió bien las cenizas de la chimenea, las botó afuera y puso leña nueva para avivar el fuego.
Aubrianna estaba tan decepcionada por la desaparición de Hardin que ni cuenta se dio de que el puñal que Kay le había dejado también se había esfumado.
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Cuando recuperó el sentido y abrió los ojos, todo estaba en tinieblas.
Al principio, Aubrianna pensó que se había quedado ciega. No podía ser que el mundo fuera así de oscuro si no fuera por eso.
—¡Mmmph!
Quiso decir algo, pero tenía la boca amordazada. Intentó mover las manos, pero las tenía amarradas a la espalda; no podía ni moverse un milímetro.
‘Ah’.
Fue entonces cuando los recuerdos regresaron de golpe.
‘Sion y Hardin’.
Kaylock llegó tarde. Había dicho que volvería en dos días a más tardar, pero no regresó, y Hardin terminó trayendo a Sion y al resto del grupo de búsqueda hasta la cabaña.
‘La cara de asco que puso Sion al verme fue todo un poema’.
Sion siempre la había odiado. Seguro que apenas Hardin le dijo que en la cabaña había una mujer y un bebé, pensó en ella al toque. Sion le tapó la boca y le encapuchó la cabeza. De por sí, ella era alguien que vivía oculta en el castillo del Duque, así que casi nadie conocía su rostro.
‘¿Pero y mi bebé?’.
Empezó a desesperarse por su hijo.
—¡Mmm, mmm!
Forcejeaba con todas sus fuerzas cuando sintió que alguien estaba a su lado.
—No se asuste, por favor.
Era una voz quebrada, como si estuviera llorando. Era Hardin.
—Yo tengo a Theo conmigo ahorita. Está durmiendo tranquilo, así que no se preocupe.
Solo entonces Aubrianna se calmó y dejó de estar tensa.
—… Perdóneme. De verdad no pensé que la tratarían tan feo.
Cuando se robó el puñal y escapó, nunca se imaginó que las cosas terminarían así. Hardin necesitaba encontrar al Duque por su hermanita Isaren, y en esa cabaña donde estaba la mujer, encontró el puñal del Duque. Pensó que si se lo llevaba rápido a Sion o a Rajen, ellos vendrían a la cabaña y le preguntarían a la mujer por el paradero del Duque de forma educada, pero…
Hardin se mordió el labio con fuerza.
Sin preguntar nada, Sion les ordenó a los caballeros que amarraran a la mujer, acusándola de haber secuestrado al Duque.
‘¡Señor Sion! ¡Señor Sion! ¡Ella no es esa clase de persona!’.
Nadie escuchó los ruegos del asustado Hardin. Ni siquiera Rajen.
‘Chibolo, quítate de ahí. Ya hiciste tu chamba’.
Los caballeros cumplieron las órdenes de Sion: ataron a la mujer, la subieron a una carreta y prácticamente destruyeron la cabaña sacando todo lo que había adentro.
Hardin veía todo pasmado, viendo cómo ese lugar cálido y pacífico que conoció ayer desaparecía por completo, hasta que alguien trajo al bebé y se lo encargó.
‘Ya, súbete a la carreta con el bebé’.
Era Rajen. Le acarició la cabeza a Hardin un momento y volvió a meterse a la cabaña que ya era casi una ruina. Hardin tuvo que ver todo eso con la cara empapada en lágrimas. Fue, sin duda, una de las peores escenas que le tocó vivir siendo tan niño.
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