Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 21
—Me han dicho que me llamó. Hardin entró en la tienda de Sion, apartando con timidez las pesadas pieles de la entrada.
—Te llamé porque tengo algo que decirte.
—Sí, señor Sion. Hardin inclinó la cabeza, esperando las palabras del hombre. Este hombre, ayudante del duque y noble de alto rango, siempre lo miraba con una intensidad que lo hacía encogerse por instinto.
—Eres un niño de la tribu Karnu, así que encuentra el camino.
—¿Perdón? Sin poder creer lo que oía, Hardin levantó la cabeza de golpe y vio a Rajen parado al lado de Sion. Miró a Rajen con resentimiento, pero este se hizo el loco y miró hacia otro lado.
—Busca un manantial
—… ¿Un manantial?
—Sí. Un manantial de donde brote agua limpia y potable.
Hardin estaba en un aprieto; nunca había hecho algo parecido. ¿Qué clase de prueba era esta ahora? ¿Y qué pasaría si no encontraba el manantial?
—Esto… ¿y qué pasa si no lo encuentro?
Las pupilas negras de Sion se clavaron en él, oprimiéndolo como si fueran grilletes.
—Recibirás unos azotes y serás expulsado del castillo.
Fue como si le cayera un rayo encima. El pequeño rostro de Hardin se quedó tieso.
—A cambio, si lo encuentras, te meteré en la orden de caballeros. ¡¿En la orden de caballeros?! La orden de la familia Tenant era famosa en todo el palacio de Triran por su valentía. Venían de todo el país intentando entrar, pero los elegidos eran poquísimos.
—Empezarás como aprendiz, pero si veo potencial, te daré las facilidades para que te conviertas en caballero.
Era un privilegio increíble. Que él, un mestizo de la tribu Karnu, pudiera ser caballero… El corazón de Hardin empezó a latir con fuerza. Cuando el pequeño salió de la tienda con los puños cerrados y la cara roja por la emoción, Rajen volteó a ver a Sion. —¿Por qué le ha dado esa orden? —Por instinto, los seres humanos se asientan donde hay agua. Si el duque está en algún lado, de seguro es en un lugar con agua limpia.
Era cierto, pero mandar a un chiquillo a buscar un manantial en medio de este enorme desierto de nieve… Si se perdía y terminaba internándose más en la nieve, su vida correría peligro. Sion ignoró la cara de pocos amigos de Rajen y explicó: —Como bien dijiste, si es un niño de la tribu Karnu, de seguro encontrará el manantial. Los Karnu son un pueblo que ha vivido por generaciones sobre la nieve y el hielo, tienen el instinto para hallar el agua pura que corre por debajo.
Sion soltó una risita al ver que Rajen seguía sin estar convencido a pesar de sus palabras de tranquilidad.
—Además, se orientan muy bien. Esto también será bueno para él. Si entra en la orden de caballeros de los Tenant, nadie se atreverá a meterse con él.
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Se había ido todo entusiasmado con la esperanza de que lo metieran a la orden de caballeros, pero al ver ese desierto de nieve que parecía no tener fin, se quedó medio bajoneado.
El grupo de búsqueda había avanzado medio día desde que dejó de nevar. Todo alrededor estaba cubierto de nieve otra vez y, a lo lejos, el monte Winterhold se veía borroso, como si una ventisca estuviera empezando a levantarse por allá. Las nubes de nieve se habían movido, pero no se habían ido muy lejos.
Hardin miró cómo todo se iba oscureciendo y frunció el ceño.
‘Si sigo así, me voy a perder’.
Tenía buena vista nocturna y sabía dónde estaba el campamento, así que, aunque oscureciera del todo, confiaba en que podría pegar la vuelta. Pero, ¿cómo diablos iba a encontrar un manantial?
Desanimado y con las piernas que ya no le daban más, Hardin se sentó de porrazo porque también tenía un hambre de locos.
—¿Me ayudas a buscar un manantial?
Dicen que los conejos de las llanuras de nieve no le tienen miedo a la gente porque nunca han visto a un humano, y parece que era verdad, porque un conejito andaba dando vueltas por ahí cerca y de pronto paró la oreja.
—Si lo encuentras, te invito esto.
Hardin habló mientras sacaba las galletas y frutas secas que Rajen le había dado antes de salir. Como si le dijera que ‘ya pues’, el conejo dio media vuelta, dio unos cuantos saltos y se detuvo. Luego volvió a saltar y se detuvo otra vez.
—¿Quieres que te siga?
Preguntó por si las moscas, y el conejo repitió lo mismo.
—Ah…
Como hipnotizado, Hardin se puso de pie y empezó a seguir al conejo con todas sus fuerzas. Caminó y caminó tras el animalito.
—¿A dónde rayos me estás llevando?
Sus pies chiquitos no paraban de moverse. Si Hardin se detenía porque estaba cansado, el conejo también paraba.
—Oye, ¿de verdad me estás llevando a un manantial?
Hardin miraba hacia atrás a cada rato para chequear el camino por donde había venido. ¿Cuánto tiempo habría pasado?
Jadeando mientras subía una colina que ya ni sabía cuál era, Hardin empezó a asarse.
—¡Oye! ¿Estamos yendo bien? ¡Mira que si no aparece ningún manantial, te atrapo y te como de un bocado!
Ante la amenaza, el conejo se detuvo, lo miró fijo con sus ojitos como cuentas negras y luego, bien sobrado, volteó la cara.
—¡Este bicho…!
En ese momento, el conejo empezó a correr a una velocidad que no tenía nada que ver con lo de antes.
—¡Epa! ¡Es-espera! ¡Aguanta!
Si perdía al conejo después de haber llegado hasta acá, estaba frito. Bajo el cielo gris, sobre la nieve blanca que lo llenaba todo, un conejo blanco y un niño pequeño empezaron una carrera.
Al subir otra colina baja, Hardin divisó algo que no era blanco, sino un pelaje plateado que brillaba.
—¿Es un zorro?
Gluglú, gluglú.
En ese instante, escuchó el sonido suave del agua corriendo.
—¿De verdad me trajiste a un manantial?
El conejo, que lo miraba fijamente, dio unos saltos como confirmando y desapareció detrás de una roca.
—¡Oye! No te vayas solo.
Frush.
El zorro se quedó tieso, como si hubiera sentido pasos y se hubiera pegado un sustazo.
Pero a Hardin, que estaba con la garganta seca, no le importó ni un poco y se acercó al manantial. Fue entonces cuando el zorro de pelaje plateado se puso de pie y, para su sorpresa, lo llamó por su nombre:
—¿Hardin?
—…….
Él pensó que era un zorro, pero resultó ser una mujer desconocida. Hardin frunció el ceño. Podía jurar que era la primera vez que la veía en su vida.
—¿Usted me conoce?
Como estaba muerto de sed, ni esperó la respuesta; se agachó y empezó a tomar agua del manantial como si no hubiera un mañana. El agua estaba heladita y, con cada trago, el cansancio de haber corrido tanto se fue esfumando.
Aubrianna miraba a Hardin con una cara de pura emoción.
‘No lo puedo creer, parece que de verdad fue Hardin quien encontró a Kaylok’.
Cuando se conocieron en la cárcel, Hardin le había contado algo así alguna vez. El niño, después de llenarse de agua, se limpió la boca con la manga y se incorporó.
—¿Y usted quién es?
Ante la pregunta, Aubrianna guardó silencio por un segundo.
‘Es cierto. Este niño todavía no me conoce’.
Pero ver ese rostro tan familiar la puso de muy buen humor. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se presentó:
—Me llamo Aubrianna.
El pequeño se le quedó mirando fijo y, de pronto, se puso colorado.
—¿Y… cómo sabe mi nombre?
Aubrianna se fijó bien en la cara de Hardin. Se notaba que había caminado un montón; se veía agotado y con las justas.
—¿Quieres venir a mi casa primero? Tengo sopa calientita y pan.
Crrrruuuu.
Justo en ese momento, la panza del niño sonó como un trueno. En cuanto Aubrianna empezó a caminar, los pies de Hardin se movieron solitos tras ella.
—¿Usted vive por aquí cerca?
preguntó Hardin mirando a su alrededor. No le cuadraba que una mujer viviera sola en medio de la nada, en este desierto de nieve.
—Sí. Aunque sea por un tiempo…
Al final de cuentas, era el lugar donde había estado a solas con Kaylok, y le daba un poco de pena pensar en irse.
‘Parece que de verdad llegué a considerarlo mi hogar’.
Ella señaló el techo de una cabaña que ya le resultaba muy familiar.
—Es allá. Ahí es donde vivo.
Hardin la seguía de cerca, chequeando de reojo la leña apilada bajo el alero y los cueros secos en una esquina.
‘Ya me parecía que no vivía sola. Pero qué loco que alguien viva tan adentro de la nieve…’.
En estas llanuras, el invierno era eterno. Era de esos lugares donde, aunque sembraras algo en primavera, el invierno volvía con su nieve antes de que diera fruto.
‘Por los cueros de animales, seguro viven de la caza, ¿no?’.
Al ver las paredes de la cabaña, bien cuidadas para que no se filtrara el viento, Hardin entró un poco nervioso.
—Con permiso…
Aubrianna soltó una risita al ver lo educado que era.
—Ahorita estoy sola, así que ponte cómodo.
—¿Sola?
—Ajá. Kay se fue a vender unos cueros.
Hardin asintió y se sentó frente a la chimenea, tal como ella le indicó.
—Espera un ratito.
Sentado frente al calorcito del fuego, Hardin se relajó tanto que soltó un bostezo largo. Aubrianna le alcanzó un plato con sopa y pan.
—Espero que te guste. No se preocupe. Yo como de todo.
Hardin se bajó el plato en un abrir y cerrar de ojos, así que Aubrianna le sirvió otra porción. También le dio una taza con leche espesa de una ‘capra’ salvaje (un animal parecido a una cabra) que Kay había atrapado hacía unos diez días.
—¿Y no le da miedo estar solita aquí?
Apenas terminó de hablar, se escuchó un ruidito en un rincón de la cabaña.
—Abububaba.
—Parece que ya despertó.
Aubrianna sonrió radiante y se acercó al bebé.
—Ha venido visita, hay que saludar, ¿no?
Hardin se quedó mirando al bebé gordito que se le acercaba.
—Oh…
—Es mi hijo. Se llama Theo.
Aubrianna miraba conmovida cómo Theo estiraba su manito intentando agarrar a Hardin.
‘Hardin se parece a mi bebé’. ‘¿A su bebé?’. Arrugando un poco la nariz, el niño preguntó: ‘Pero es hombrecito, ¿verdad?’.
A Hardin le reventaba que le dijeran que era ‘bonito’, así que su preocupación de que lo compararan con una niñita hizo que Aubrianna sonriera por un momento. Él era la única persona que la había hecho reír en medio del infierno de aquel calabozo subterráneo.
Sin darse cuenta, a Aubrianna se le humedecieron los ojos. Dejó al bebé en el suelo y se paró frente a Hardin, algo dubitativa.
—Escúchame… ¿te molestaría si te doy un abrazo?
El niño la miró todo confundido. Esta mujer que vivía como esposa de un cazador en medio de la nieve era muy guapa y olía muy rico.
‘No parece mala gente’.
Hardin pensó que, como estaba sola sin su esposo, seguro estaba feliz de ver a alguien, así que asintió levemente. Entonces, Aubrianna lo abrazó fuerte.
Tenía el mismo tamaño de aquel entonces y el cabello igual de suave. Su respiración era algo agitada, pero era la respiración típica de un niño. Aubrianna se secó las lágrimas rápido para no asustarlo y sonrió.
—Perdóname. Es que me dio mucha alegría verte.
Pero ese tierno reencuentro duró poco. Hardin se quedó tieso, con la cara roja como un tomate y sin moverse ni un pelo.
—¿Hardin?
Ella pensó que de repente se había resfriado e intentó ponerle la mano en la frente, pero Hardin dio un paso atrás de un salto.
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