Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 20
Hardin observaba a Rajen con los ojos temblando de pura ansiedad. En medio de la ventisca que soplaba con fuerza, la figura gigantesca del hombre parecía desmoronarse en un blanco borroso.
‘Si un tipo de ese tamaño me atrapa, no tendré escapatoria, ¿verdad?’
Sin embargo, no es que estuviera totalmente de manos atadas. Él era un niño que llevaba la sangre de la tribu Karnu. Podía aguantar días bajo el frío extremo y leer instintivamente el rumbo en medio de la nieve. Si escapaba de este hombre ahora mismo, tendría una oportunidad.
Fue entonces cuando Rajen agarró a Hardin por el hombro con fuerza y soltó una risita.
—Oye, mocoso. Se te nota todo lo que estás tramando, así que deja de intentar pasarte de vivo conmigo.
La fuerza era tal que Hardin se quedó tieso, poniéndose pálido como el papel.
—Lo que quiero no es exponer quién eres. Solo quiero cambiar este clima de porquería.
Hardin clavó la vista en un trozo de papel viejo que se balanceaba frente a sus ojos. Al ver que no se mojaba a pesar de la nieve, confirmó que era, en efecto, papel fabricado por los Karnu. Y lo que estaba escrito ahí era un conjuro para cambiar el clima.
—Si yo leo esto para usted…
Hardin tragó saliva con dificultad
—¿Me promete que mantendrá mi identidad en secreto?
Rajen soltó una carcajada radiante. Tenía trozos de nieve pegados en la barba, pareciendo un auténtico muñeco de nieve.
—Por supuesto, Hardin. Te lo prometo. Seamos honestos, ¿qué gano yo con andar de soplón sobre quién eres?
—Pero…
Si el hombre no cumplía su palabra, él no perdía nada, pero Hardin se quedaría sin trabajo y tendría que pasar hambre junto con Isaren otra vez.
—¡Este mocoso! ¿Acaso crees que yo, el gran Rajen, soy un tipejo que no cumple lo que promete?
Rajen sacudió el hombro que tenía sujeto, haciendo que el cuerpo de Hardin se bamboleara de un lado a otro.
—¡Es-está bien, lo haré!
Hardin le arrebató el papel de las manos antes de que terminara de marearlo
—Pero tiene que saber algo. Puede que esto sea solo una superstición.
Su abuela le había contado sobre los poderes mofísticos de los Karnu, pero nunca los había visto con sus propios ojos. Para Hardin, que nació y creció en el Norte, las leyendas de su tribu no eran más que cuentos chinos que su abuela le contaba para dormir.
Al oír esto, la cara de gigante de Rajen se ensombreció de decepción.
‘Claro, qué me iba a esperar. No debí hacerle caso a ese viejo borracho de la taberna…’
—Bueno, qué más da si es superstición o no. Vine aquí contigo solo porque estaba harto de este encierro.
Hardin sintió que su ansiedad se calmaba un poco mientras miraba al hombre. Después de todo, era la persona más amable y dulce que había conocido entre todos los norteños. Además, no parecía estar pidiéndole nada del otro mundo.
‘Está bien, solo tengo que leer esto, ¿no?’
Hardin fijó la vista en las letras del papel. Entre la ventisca y que eran palabras que había aprendido de muy niño, no era nada fácil leerlas. El pequeño abrió los brazos y empezó a murmurar lo que veía:
—¡Eir ira! ¡Silva ira! Hwirma nr Harana ae…
Rajen observaba la escena con una curiosidad tremenda.
—¡Silva ira! ¡Hwirma lae! ¡Harana sohr, Eir nor! ¡Auren ae, Fira ira, Nohran lae, Siel ae!
Tras repetir las mismas palabras varias veces a viva voz, el niño miró a Rajen de reojo, buscando su reacción.
—Ya… ya terminé.
Al ver que la nieve seguía cayendo sin parar y notar la cara de decepción de Rajen, Hardin soltó una risita nerviosa y algo apenada.
—Parece que sí era una superstición, ¿verdad?
Rajen soltó un gruñido de resignación y rebuscó en su bolsillo hasta sacar una galleta.
—Ay, supongo que sí. ¡Toma! Buen trabajo.
Hardin recibió la galleta con cuidado.
—Gracias.
Rajen soltó un suspiro de frustración mientras miraba la cabecita del niño. Estaba decepcionado, pero el pequeño no tenía la culpa.
‘Bueno, al menos lo intenté, así no me quedo con la espina clavada’.
Rajen empezó a bajar por el sendero nevado con el paso pesado, viéndose bastante desinflado y cabizbajo por el fracaso.
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—¡Jajajajajajaja!
La risa jactanciosa de Rajen retumbaba bajo el sol radiante, haciendo que Sion frunciera el ceño con fastidio.
—Simplemente despejó porque ya era hora de que el clima cambiara.
—¡Pero mire esto, por favor!
La nieve, que se había acumulado hasta la cintura tras una semana entera de ventisca, se estaba derritiendo a toda velocidad. Rajen saltaba sobre la tierra lodosa como un niño emocionado, dándose aires de importancia.
—Se lo digo yo, tenía razón. No podemos tachar lo que hizo ese mocoso ayer como una simple superstición…
—Cállate ya, Rajen.
La voz de Sion sonó tan solemne que Rajen se cortó en seco.
—Si valoras la vida de ese niño, deja de parlotear.
Rajen miró a los caballeros que empezaban a amontonarse, atraídos por su escándalo, y apretó los labios con fuerza.
—Los prejuicios contra la tribu Karnu ya son bastante graves. Si empiezas a vender como un milagro algo que solo fue una coincidencia, puedo apostar lo que quieras a que ese niño terminará muy mal. —Es que…
Rajen, con la cara roja como un tomate, se pasó su mano del tamaño de una tapa de olla por el rostro.
—Lo siento mucho.
—No vuelvas a mencionar este asunto. Deja de soltar cuentos chinos sobre cómo los Karnu pueden cambiar el clima o invocar la nieve.
—Pero…
Sion le lanzó una mirada tan afilada y cargada de sed de sangre que Rajen se estremeció y agachó la cabeza de inmediato.
—Entendido, señor Sion.
Mientras veía cómo se alejaban las botas militares de Sion, Rajen se rascó la cabeza.
—… Pero si fue verdad.
La primera vez que vio a Hardin repartiendo las raciones, Rajen se acordó de Davian, el hijo de su hermana.
‘Ese mocoso debe estar haciendo de las suyas ahora mismo, recibiendo todo el amor de la familia’.
Le daba mucha pena y, a la vez, le impresionaba que un niño de la misma edad que su sobrino anduviera siguiendo a un ejército para hacer los recados.
‘Ven a mi tienda luego. Te daré algo rico’.
Rajen le había tomado cariño, dándole galletas y frutos secos, hasta que un día notó algo en sus ojos negros: unos destellos plateados, la prueba de que Hardin era un mestizo de la tribu Karnu. Al ver esos ojos tan brillantes, a Rajen se le ocurrió una idea loca. Llevaban una semana aislados por la nieve y él ya no sabía qué hacer para no morir de aburrimiento.
‘Con la que está cayendo… ¿y si vamos a lo alto de la montaña a intentar cambiar el clima?’
Fue un pensamiento que soltó así, al aire. Justo unas semanas antes, en una taberna, un viejo borracho le había dicho que el amuleto que le dio una adivina era en realidad un conjuro Karnu para controlar el tiempo.
‘Aunque claro, lo dijo un viejo que no se mantenía en pie’.
Podía ser una tontería, como decía Sion, pero Rajen quería creer.
—Quién diría que ese pequeñajo tenía el poder de controlar el clima, algo rarísimo incluso entre los Karnu…
Rajen, con una sonrisa de oreja a oreja, se encaminó hacia el campamento.
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Era el segundo día desde que Kaylock se había marchado.
De pronto, el clima se puso extraño. Como si alguien hubiera soplado nubes de nieve a propósito, el cielo empezó a ponerse negro. Aubrianna volvió a encender la chimenea y envolvió con cuidado el cuerpo del bebé, que dormía plácidamente después de haber tomado pecho.
Mientras vigilaba el fuego y hervía la sopa, se dio cuenta de que casi no quedaba agua potable y se quedó pensativa.
—Si sigue nevando así por varios días, voy a estar en problemas…
Kaylock había dicho que volvería a más tardar esta noche, pero si la ventisca arreciaba, se quedaría atrapado sin remedio.
‘No parece que vaya a nevar ya mismo, así que puedo ir y volver rápido, ¿verdad?’
Aubrianna se puso de prisa la capa nueva que Kaylock le había hecho y, por si las moscas, se colgó la daga a la cintura. Como las tinajas eran pesadas y podía dejarlas caer, agarró unas bolsas de cuero para el agua.
El camino no era difícil. Había que rodear la cabaña, pasar entre unos pocos árboles y subir la segunda colina que aparecía; allí estaba el único manantial que no se congelaba cerca de la cabaña. Era un manantial pequeñito, apenas del tamaño de dos palmas juntas, bajo unos carámbanos de hielo transparentes que colgaban como racimos.
Aubrianna llenó apresuradamente las bolsas con esa agua cristalina y refrescante, tan distinta a la que se obtenía derritiendo nieve.
Fue mientras llenaba la tercera bolsa.
Crujido.
Ante el leve sonido, Aubrianna levantó la cabeza al toque. Pero no vio nada.
—¿Será un conejo?
Esto era un campo de nieve. Además, aunque el ciclo de la primavera había comenzado, el clima seguía siendo inestable, por lo que nadie se atrevía a entrar así por así.
Pero si fuera el ejército buscando a Kaylock… Quizás, al ver que el buen tiempo duraba varios días, decidieron enviar un grupo de búsqueda.
O quizás…
Aubrianna, con el rostro pálido como un papel, recordó el día que salió del castillo del duque con el bebé y llegó a las llanuras nevadas. Los tres asesinos que mataron al cochero llevaban máscaras blancas y unos gorros extraños que les tapaban hasta las orejas. De esos hombres armados de blanco, lo único que se veía eran seis ojos negros cargados de sed de sangre.
Al recordar esas pupilas, se le puso la piel de gallina y se levantó tambaleándose. ¡Si ellos habían llegado hasta aquí, la vida del bebé corría peligro otra vez!
Al pensarlo, Aubrianna empezó a desesperarse.
‘No, de ninguna manera’. No podía perder al bebé otra vez. ¿Cuánto tiempo se había culpado a sí misma mientras estuvo en prisión? Le dolía tanto no poder perdonarse por seguir viva tras perder a su hijo. Los días en los que se maltrataba y se volvía loca… si aún no había perdido el juicio del todo era por…
En ese momento, otro crujido muy leve se escuchó cerca. Aubrianna, temblando de miedo, se sobresaltó y miró hacia donde venía el ruido.
Unos ojos negros como canicas, sin pizca de recelo por no haber tenido contacto con humanos, la observaron un instante antes de dar media vuelta y alejarse a saltitos.
—Uff.
Aubrianna soltó un largo suspiro. Había sido puro nervio. Se apretó las manos, que todavía le temblaban violentamente.
‘Estamos en lo profundo de las tierras nevadas, no podrán encontrarnos’
Tratando de calmar su corazón agitado, Aubrianna se agachó para recoger la bolsa de agua que se le había caído, pero se quedó tiesa.
—…….
Sintió la mirada de alguien clavada en ella.
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