Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 2
Los hombros de Kay estaban tiesos después de pasar todo el día tirado entre la hierba, esperando para cazar animales salvajes.
Giró sus hombros adoloridos y apoyó los brazos en el borde de la tina, soltando un suspiro de satisfacción.
—Se siente bien, ¿no?
La mujer sonrió levemente y recorrió lentamente al hombre con sus ojos de un rojo pálido.
Su cabello despeinado y su barba enmarañada de forma desigual. Sus hombros anchos, su torso largo y magro, su tren inferior fuerte moviéndose bajo el agua, al igual que el de ella. Absorbiendo todo eso con la mirada, ella levantó las comisuras de sus labios con satisfacción.
Sintiéndose avergonzado sin motivo alguno, Kay volteó la cabeza y se rascó la barbilla.
No se esperaba para nada esta situación: compartir un baño, calatos, con una mujer extraña.
—¿No tienes frío?
Ante sus palabras, de pronto sintió el cuerpo helado. Si se quedaba así, lo más probable era que se resfriara.
«Igual, una vez que ella termine de bañarse, habrá que botar esta agua caliente».
Había pasado tanto trabajo para traer esa agua que le parecía un desperdicio simplemente tirarla.
Cuando la mujer siguió insistiendo en que entrara, se desvistió sin dudarlo.
Se quitó el abrigo de piel, húmedo por la nieve, su casaca negra sencilla con tirantes en los hombros. Incluso mientras se soltaba el cinturón y se bajaba los pantalones, no hubo ni el más mínimo rastro de vergüenza en el rostro de la mujer.
«Maldita sea. ¿Acaso todas las mujeres casadas son así?».
Splash.
El hombre, con la cara roja como un tomate, se sentó rápido en la tina, el agua subió hasta el pecho de la mujer.
—Es más chica de lo que pensaba.
Cuando se bañaba con el bebé, se sentía espaciosa, pero ahora que el hombre estaba dentro, se puso estrecha de golpe. Mientras él se acomodaba para estar confortable, su rodilla sólida, puro hueso y músculo, la rozó ligeramente.
—Perdón.
—Está bien.
Tal vez era solo él quien se sentía incómodo. La mujer se veía perfectamente calmada mientras levantaba un paño mojado y se limpiaba el cuello y los hombros.
—Ni siquiera recuerdo la última vez que me lavé.
Habían pasado dos semanas desde que la encontraron desmayada frente a la puerta de la cabaña. No había pasado ni una semana desde que logró ponerse de pie otra vez.
Claro, Kay podía pasar una semana sin lavarse, o incluso un mes, pero las mujeres eran diferentes.
También había pasado mucho tiempo desde que él se daba un baño como Dios manda. Se relajó, se reclinó hacia atrás y cerró los ojos.
—Vaya Dios. Pensar que se me han hinchado tanto los pechos… ha pasado mucho tiempo.
Ante el comentario exagerado de la mujer, el hombre abrió un ojo de golpe, sorprendido.
—¿Qué, qué estás haciendo?
—¡Ah! Es solo que ya es hora de que el bebé coma, así que tengo los pechos hinchados.
Ella presionó cerca de su pezón con una mano que no llegaba ni a la mitad del tamaño de su seno, apretando firmemente un paño húmedo contra él.
—El bebé está dormido, así que le daré de comer un poco más tarde. Si los dejo hinchados así, empezarán a doler, así que estoy sacando un poco de leche.
Mirándola masajearse el pecho, el hombre se cubrió la frente con su mano grande y desvió la mirada.
—¿Es que las mujeres simplemente… dejan de sentir vergüenza después de casarse?
Ante sus palabras, ella se detuvo.
—¿Casada?
Inclinó la cabeza con una sonrisa pícara.
—… ¿Te parezco una mujer casada?
Aubrianna lo miró. ¿Realmente la veía como una mujer casada? ¿Pensaba que todo esto era inmoral o indecente?
Los ojos de Kay vacilaron por un momento. No sabía ni un rábano sobre ella.
—Entonces….
Splash.
Aubrianna sumergió el paño en el agua, con sus ojos inocentes ocultando un toque de picardía. Le entregó el paño y se puso de espaldas.
—¿Qué estás…?
—¿Te molestaría lavarme la espalda?
Él abrió la boca, tomó el paño con torpeza y se quedó mirando en blanco. Como la mujer le insistía en que se apurara, cerró los ojos con fuerza y estiró la mano a la suerte.
—Más abajo.
¿Más abajo? El hombre entornó los ojos y miró la espalda de la mujer. Sus omóplatos sobresalían por encima de su carne lamentablemente delgada, su piel era tan pálida que resultaba casi transparente, con las venas azules claramente visibles.
—¿Cómo está mi espalda?
—¿A qué te refieres con cómo?
—…Estuve postrada en cama una semana. ¿Hay alguna zona blanda? ¿Heridas? ¿Cicatrices?
Kay se le quedó mirando la espalda, confundido por sus palabras. ¿Heridas? ¿Cicatrices? Pero la pequeña espalda ante sus ojos solo se veía delgada y suave.
—No hay nada.
Hablando sin rodeos, fingió frotar un poco antes de retirar la mano de esa espalda suave y flexible.
—Estás demasiado flaca. Tienes que comer más….
Kay dejó de hablar cuando notó que los hombros de ella temblaban ligeramente.
—Por qué….
Sobresaltado, estuvo a punto de llamarla, pero se mordió el labio y esperó en silencio a que ella dejara de llorar. La mujer, que se había estado cubriendo la cara con ambas manos, dejó de sollozar y se salpicó agua rápidamente en el rostro.
—…Lo siento.
Aun así, no pudo ocultar sus ojos enrojecidos. Las mejillas encendidas por el calor del agua del baño eran distintas a los rastros de las lágrimas que no pudo reprimir. Kay desvió la mirada y se quedó mirando fijamente el charco que dejó el bebé antes de abrir la boca.
—Si tu esposo te ha estado maltratando….
—No. No, no es eso.
La mujer sacudió la cabeza apresuradamente y luego le arrebató el paño húmedo de la mano como si hubiera tomado una decisión.
—Yo también te lavaré.
—¿Qué? Espera…….
Antes de que Kay pudiera detenerla, la mujer se puso de pie. Mientras las gotas caían, su cintura estrecha y su vientre bajo blanco quedaron a la vista, el hombre inhaló con fuerza, incapaz siquiera de parpadear. El paño húmedo tocó su hombro, sus pechos blancos, con un leve aroma a leche, rozaron la punta de su nariz.
Kay la miró hacia arriba, atónito. Apoyando su rodilla con naturalidad contra el muslo de él, la mujer sonrió con dulzura y frotó los músculos definidos que subían desde su cuello hasta sus hombros en una curva.
—No soy casada.
Incluso con la atención totalmente robada por los pechos frente a sus ojos, sus oídos se agudizaron ante sus palabras.
—Entonces el padre del bebé….
Tras una breve pausa, la mujer apretó el paño húmedo con fuerza.
—Está a punto de casarse con otra mujer.
Un bastardo. La mujer había dado a luz a un hijo bastardo. Kay no sabía por qué, pero sintió un hincón en el pecho.
—…Eso es lamentable.
—Está bien. Al final de cuentas, sigo viva.
Diciendo eso, la mujer empujó su pecho aún más hacia adelante. Su nariz estaba ahora hundida en ese suave montículo de carne.
—O-oye.
Cuando el hombre la llamó, la mujer lo miró hacia abajo con una sonrisa gentil y preguntó:
—¿Qué tal está?
¿Qué tal está? Es embriagador.
Suave, flexible…. Ni siquiera estaba seguro de haber conocido esta sensación antes. Decidido, el hombre levantó la mano lentamente y empujó el pecho de ella para alejarla.
—¿Qué rayos estás intentando hacer conmigo ahora mismo?
Aunque su mano sobre el hombro de ella no tenía fuerza, la mujer se inclinó hacia atrás obedientemente.
—¿Por qué?
Ella ladeó la cabeza.
—¿Acaso no soy tu tipo?
Levantó sus pechos turgentes con ambas manos, las cuales se veían pequeñas comparadas con el peso de estos.
—Ahora están grandes, pero no siempre son así.
—¡Oye!
El hombre gritó, choqueado por sus palabras, cubriéndose el rostro encendido con las manos y soltando las palabras a mil por hora.
—Te lo dije antes, he perdido la memoria. Podría tener esposa o hijos. Y tú eres una desconocida. Ni siquiera sé tu nombre….
—Aubrianna. Mi nombre es Aubrianna Morel.
La mujer se sujetó ligeramente del borde de la tina con un movimiento precario y miró directamente al hombre.
¿Ese tenue destello de esperanza en sus ojos rojos era solo imaginación de él?
Kay repitió el nombre de la mujer en voz baja, un nombre que acababa de aprender después de dos semanas. Ella había sido tan atrevida y mandona desde el momento en que él abrió los ojos que incluso se le había olvidado preguntar.
—Aubrianna.
Hizo rodar el nombre en su lengua, preguntándose si le resultaría familiar, pero era una palabra que no podía recordar.
Sacudió la cabeza. No era un nombre común como Zena o Lien, lo que lo hacía sentir aún más extraño.
Kay parpadeó despacio varias veces y le preguntó a Aubrianna:
—Es un nombre inusual. No eres de por aquí, ¿verdad?
Ante eso, la mujer soltó una risita y se acercó.
—Tienes razón. No soy de aquí. Vine buscando asilo con mi madre cuando era pequeña.
—¿Asilo?
Si había venido buscando asilo, eso significaba que su país había caído o estaba en medio de una guerra.
Recién ahora Kay estudiaba de verdad la apariencia de Aubrianna.
Su cabello castaño era suave y sus ojos eran de un rojo pálido.
En el Reino de Trilan, los ojos rojos eran raros, solo entonces su rostro exótico tuvo sentido para él.
Pero, a veces, sus pupilas rojas se encendían como llamas.
—… ¿Del Reino de Blanc?
—Ya veo que perder la memoria no te hace estúpido.
Los ojos rasgados de la mujer se curvaron mientras reía por lo bajo, con un ligero rastro de alivio mezclándose en su risa.
—Por lo que recuerdo, la frontera con el Reino de Blanc se cerró hace ya bastante tiempo.
El hombre buscó entre sus vagos recuerdos.
—¿Hace unos diez años, tal vez?
Como siempre, cuando intentaba recordar algo, se presionó con los dedos el punto punzante en su sien.
—¿Acaso la han vuelto a abrir?
—La frontera sigue cerrada. Todavía no hay camino entre nosotros.
Aubrianna recogió agua con la mano.
Pak.
Un fino chorro corrió entre sus dedos y volvió a caer en la tina.
—¿Recuerdas algo más? ¿Sobre ti mismo?
Aubrianna miró el rostro del hombre, donde fluctuaban emociones que no alcanzaba a nombrar. Su mirada se detuvo en el aire y había un vacío en sus ojos.
Rastreando sus recuerdos lentamente, el hombre sacudió la cabeza con una expresión de dolor.
—No. No sé nada.
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