Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 19
El hombre se marchó. Aubrianna se quedó sentada frente a la chimenea, escuchando el sonido lúgubre del viento que soplaba alrededor de la cabaña antes de que saliera el sol. Últimamente, una vez que amanecía, ya no hacía tanto frío aunque no se echara más leña al fuego.
Escuchó con atención el sonido del bebé moviéndose, como si estuviera a punto de despertarse.
—Cuando Kaylock regrese al Castillo del Duque…….
murmuró Aubrianna, con la mirada fija en las brasas que se iban apagando.
—Se organizará un baile y, excepcionalmente, la Reina visitará el Norte.
En aquel entonces, usando como excusa la seguridad de la Reina, en el Castillo del Duque capturaron y encerraron a todos los mestizos del clan Carnu que vivían en el ducado. El descontento de la gente creció y el crimen se disparó. La mazmorra donde ella estaba se fue llenando cada vez más de personas.
‘Eso no era una cárcel, era el mismísimo infierno’. La mirada de Aubrianna se perdió en el vacío. Mientras la vida de los habitantes se arruinaba, Cedric, el jefe interino de la familia, no dejaba de cometer abusos. Exigía impuestos excesivos y aceptaba sobornos. Los que se atrevían a decir la verdad desaparecían, y el castillo terminó invadido por gente de la peor calaña, tipos viciosos y mujeriegos como el propio Cedric.
—Lo que no entiendo es por qué Kaylock no volvió a ser el jefe de la familia en ese momento.
Claramente fue el baile por el regreso de Kaylock, pero Cedric no soltó su puesto como líder interino. Definitivamente, algo tuvo que haber pasado.
‘Es verdad que Kay perdió la memoria, pero estaba más que capacitado para cumplir su rol como Duque…’
De hecho, el Kay de ahora tiene un carácter más emocional que el de antes, así que no se habría quedado de brazos cruzados al ver el estado en el que estaba el ducado. ¿Habrá surgido algún problema inevitable? Como alguna trampa de la Duquesa, por ejemplo…
Aubrianna se puso de pie. Desde que despertó de nuevo en este campo de nieve, solo tenía una misión: sobrevivir en este mundo junto al bebé que llevaba en brazos. Estaba dispuesta a lo que sea con tal de lograrlo.
‘Kay tiene que recuperar su puesto como Duque para que Theo y yo estemos a salvo’
Cargó a su hijo, que cada día pesaba más, y empezó a arrullarlo.
—¡Bu! ¡Guchi-guchi!
—Abubú, abu.
balbuceó el pequeño, salpicando un poco de saliva por su boquita regordeta.
—Hoy papá no se fue a cazar, se fue al mercado.
—Abu, pa-pá.
—Así es. Él va a volver bien.
Decidió enterrar en lo más profundo de su mente el miedo de que Kay no regresara. Al verse a sí misma, tan distinta a lo que fue en su vida pasada, Aubrianna sintió una chispa de confianza.
—Vamos a poder lograrlo, ¿verdad?
—Abuba, buuu.
—Claro. ¿Dices que todo va a estar bien? Tu mamá piensa lo mismo.
Aubrianna abrazó con fuerza el cuerpecito cálido y suave de su bebé.
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—Definitivamente, las pieles de los Carnu para el frío son de otro nivel. Pensar que han aguantado esta tormenta de nieve por una semana entera.
El campo de nieve era inmenso y el clima cambiaba en cada rincón. Sion y su grupo, que habían formado una patrulla de búsqueda, llevaban una semana atrapados por una tormenta feroz, sin poder avanzar ni retroceder.
—Dicen que ahora es casi imposible conseguir cosas así. La gente les ha agarrado un asco tremendo a todo lo que venga de los Carnu.
Esa piel blanca y suave al tacto estaba hecha de oso de nieve, una especie que solo vive en esas tierras. Gracias a un secreto de curtido especial de los Carnu, donde colocaban cuero entrecapas de piel, la prenda no se mojaba ni se maltrataba ni con la peor tormenta. En el Norte, era considerada una piel de superlujo.
—Menos mal que quedaban algunas en el depósito del castillo.
Como eran carísimas, solo las usaba el Duque o la gente de la alta sociedad, pero Sion se las había ingeniado para sacarlas exclusivamente para esta expedición.
—¿Y ahora qué pasa?
Sion miró a Rajen Carven, su adjunto, que llevaba rato dando vueltas dentro de la tienda.
—No me digas que vas a salir con lo mismo…
—No sea así, pues. Total, nada se pierde intentando.
—Por más que insistas, no quiero volver a oír ese cuento del chiquillo.
—¡Pero si yo mismo lo escuché! Es una historia que tiene base, de verdad.
Sion soltó un suspiro y tiró los documentos sobre el escritorio con un golpe seco. Al clavarlo con una mirada afilada de sus ojos negros, Rajen se encogió de hombros, asustado. Verlo así, con ese cuerpo de oso, a Sion le parecía ridículo y patético.
—No me interesan esos cuentos de viejas.
—Ay, ya pues, lord Sion. Estamos aislados hace una semana. ¿Para qué tenemos a un «hada del clima» en el grupo si no la vamos a aprovechar?
Sion se cruzó de brazos y se puso rígido, pero a Rajen no le importó.
—Mire, si no me cree no importa, yo mismo iré.
—A veces no entiendo por qué el Duque te eligió como adjunto si eres tan volado.
Sion sacudió la cabeza, negándose a seguir con la discusión.
—Entonces, haré lo que me parezca.
—Haz lo que te dé la gana, muérete de frío si quieres.
Con un gesto de fastidio, Sion volvió a tomar los papeles de su escritorio improvisado. Los cálculos en los documentos que le dio el mayordomo mayor no cuadraban por ningún lado y lo estaban volviendo loco.
—Está así de malhumorado porque está haciendo todo el trabajo del Duque. Déjelo ahí nomás y, cuando el Duque vuelva, que él se encargue de todo.
—¡Fuera de acá!
Sion, harto, se agarró la frente con ambas manos. Recién ahí Rajen se dio cuenta de que debía irse y, a pesar de ser tosco, salió disparado de la tienda, no sin antes confirmar una última vez:
—Entonces me voy unas tres horas con el hada del clima, ¿ya? Después no me vaya a reclamar nada.
Cuando Rajen desapareció tras la pesada cortina de piel, la tienda quedó en silencio.
—Ojalá alguien se llevara a ese tipo…
Pero el hombre tenía una resistencia increíble. En la batalla donde el Duque desapareció, Rajen tuvo el récord de regresar trayendo consigo hasta al último de los soldados heridos.
‘Y pensar que perdimos a la persona más importante’. Por más que le daba vueltas, Sion no lo entendía. ¿Cómo era posible que un Maestro de la Espada con semejante poder desapareciera como si se lo hubiera tragado la tierra en medio del combate?
‘Todos dicen que estaba al frente, liderando y acabando con los enemigos cuando empezó la batalla…’. En realidad, las batallas de otoño que ocurrían cada año no solían ser tan violentas. Desde que se cortó el intercambio comercial hace treinta años, los Carnu, que no podían abastecerse para el invierno, solían atacar los pueblos fronterizos a finales de otoño; pero apenas se enviaba al ejército para amenazarlos, la mayoría regresaba a su territorio. Eran un pueblo de nieve y hielo, por lo que eran débiles peleando en terreno llano.
Las batallas solo se ponían feas cuando en el Norte también escaseaba la comida. Si los norteños llegaban a un punto de miseria donde no tenían nada que perder, se volvían desesperados.
‘Pero en los últimos años nunca faltó alimento’. Desde que Kaylock asumió como Duque, bastaba con presionar a los Carnu para botarlos de sus tierras. Incluso si robaban algo, quedaba comida de sobra, así que no había necesidad de perseguirlos.
¿Por qué los Carnu, que normalmente solo robaban comida y animales, esta vez mataron gente y se quedaron a pelear contra el ejército en lugar de huir? Era muy extraño. Además, por alguna razón, esos mismos Carnu que atacaron con tanta fuerza se retiraron en menos de medio día.
Al principio pensaron que tenían al Duque como rehén, pero hasta el día de hoy no se han pronunciado. Ya habían pasado cinco meses desde la desaparición de Kaylock.
‘Él es un hombre fuerte, de todas maneras debe estar vivo en algún lugar’. Era la persona a la que Sion admiraba desde que se conocieron en la Academia. Entre todos esos chicos del montón, Sion puso sus ojos en Kaylock, quien brillaba con luz propia. Supo de inmediato que era alguien noble.
Es más, sintió un éxtasis total cuando se enteró de que él era el heredero de la familia Tenant, a quien debía servir en el futuro. Lo siguió a todas partes. Kaylock no era muy abierto, pero tampoco lo rechazaba. Era tan brillante que nunca perdió el primer puesto, y en combate no tenía rival. Además, mientras muchos jóvenes de dieciocho años se perdían en vicios y mujeres, Kaylock despreciaba a esa gente y se esforzaba por ser un líder ejemplar.
‘Usted es mi ideal’. Sion cerró los ojos con fuerza. ‘Por favor, regrese a salvo’. Al recordar el desastre en el que se había convertido el Castillo del Duque, Sion juntó las manos y rezó con fervor.
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—¡Ya! Chiquillo, párate acá.
—¿A-aquí?
Hadin miró a Rajen sin entender nada. No comprendía por qué lo habían sacado con este frío para hacerlo pararse en un lugar así. Habían subido por la montaña nevada durante casi una hora siguiendo al hombre. Desde donde estaban, el campo de nieve se extendía hasta el infinito y, a lo lejos, se alcanzaba a ver la mancha oscura del campamento de la patrulla de búsqueda.
—Ya, ahora escúchame bien lo que te voy a decir.
—Sí.
respondió Hadin, obediente.
Como era un mestizo del clan Carnu, siempre había vivido pendiente de los gestos de los demás para sobrevivir, así que sabía que este hombre no era una mala persona. Era el mismo que, mientras Hadin ayudaba a preparar y repartir la comida de la patrulla, le guiñaba un ojo para regalarle galletas o le daba un chaleco de piel diciendo que se veía que tenía frío.
—Abre los brazos.
Rajen sacó un pedazo de papel viejo de entre sus ropas y empezó a murmurar.
—A ver, ¿qué más decía…? ¡Ay! ¿Qué rayos dice acá?
Rajen refunfuñó y le mostró el papel a Hadin.
—Oye, chiquillo, lee esto.
—¿Qué? Yo no sé leer, señor.
Hadin mintió con la naturalidad de quien siempre ha tenido que decir lo mismo, pero entonces vio las letras familiares frente a sus ojos. El rostro del niño se quedó tieso. Era idioma carnu.
—Escúchame, chiquillo. Yo sé desde hace rato que eres mestizo de los Carnu, y hay varios otros que también se han dado cuenta. Pero no te asustes, en nuestra orden de caballeros nadie te va a hacer daño.
En el Norte vivían bastantes mestizos carnu, pero como no recibían educación, casi siempre terminaban haciendo los trabajos más pesados y peligrosos. Especialmente desde hace treinta años, cuando las relaciones empeoraron, tenían que ocultar quiénes eran y tenían prohibido trabajar en el Castillo del Duque. Si se llegaba a descubrir su origen, lo botarían del castillo sin pensarlo dos veces.
‘¿Y qué pasaría con Isaren…?’. Hadin se puso pálido. Por el bien de su hermanita enferma, él tenía que trabajar sí o sí en el castillo, que era donde mejor pagaban.
—Yo… no sé de qué me está hablando, señor. Los labios de Hadin temblaron mientras volvía a mentir.
—Mira, mocoso. A mí me encantan los niños, pero lo que sí no perdono por nada del mundo son las mentiras.
Rajen continuó hablando mientras le acariciaba la cabeza a Hadin con su mano tosca.
—Tú sabes que el Duque está desaparecido, ¿no? Hemos venido hasta acá para buscarlo, pero ya llevamos una semana enterrados en esta maldita nieve sin poder hacer nada.
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