Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 18
Eran contadas las personas que entraban y salían de la oficina. Un niño pequeño entró cargando un balde y una escoba, y al ver a Sion, se inclinó de inmediato.
—Es el nuevo paje que acaba de entrar
respondió en su lugar el sirviente que estaba tras la puerta.
—Como es un chico que no se asea mucho, le encargamos la limpieza de la chimenea y los ductos.
Tal como decía el sirviente, el rostro del niño estaba manchado de negro por la ceniza y el hollín. Sion se quedó mirándolo fijamente un rato y luego le dijo al empleado:
—Alístenlo. Se va a encargar de los mandados en el grupo de búsqueda.
—¿Perdón? ¿Este chiquillo?
—Sí. Rápido.
—Está bien, señor. Entendido.
El sirviente se llevó al niño de inmediato.
—¿A dónde vamos?
preguntó el pequeño, con sus ojos negros brillando de nerviosismo.
—Oye, mocoso, siéntete dichoso de que le hayas caído en gracia a Lord Sion. Él es el asesor del Duque. Si haces bien las cosas, quién sabe y hasta te mete a la orden de caballeros.
—¿Yo… yo?
el niño, con cara de no entender nada, se dejó llevar por el sirviente.
—Por cierto, ¿cómo dijiste que te llamabas?
—Hadin
respondió el niño en voz baja.
—Mi nombre es Hadin.
—Qué nombre tan raro. ¿Vienes del campo?
—Sí.
Los ojos del niño brillaron con inteligencia.
—Vengo de un lugar un poco lejano.
—Ya veo. Anda, muévete rápido, que Lord Sion ya está por salir.
El sirviente desapareció al fondo del pasillo llevándose al «suertudo» niño que ahora formaba parte del grupo de búsqueda del Duque desaparecido.
Sion se quedó observándolos desde lejos, con los brazos cruzados y la mirada pensativa.
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—Tenemos que ir por aquí.
Era una tormenta de nieve tan fuerte que ni siquiera se podía ver lo que había adelante; Aubrianna apenas alcanzaba a distinguir la pequeña mano que sujetaba la suya. Estaba increíblemente fría y tenía muchísima fuerza.
Caminaron así, sin final. Tenía todo el cuerpo congelado y ya no sentía las mejillas.
—¿Falta mucho?
—…….
—Pero, ¿a dónde estamos yendo?
—…….
—Oye… ¿tú quién eres?
De pronto, todo se aclaró.
—¿Te asustaste?
Aubrianna parpadeó un par de veces y vio su propia mano atrapada entre las grandes manos de él.
—¿Tuviste una pesadilla? No dejabas de moverte.
El hombre tomó la mano de ella, la presionó contra sus labios y luego la volvió a meter bajo las mantas.
—Sigue durmiendo. Todavía no sale el sol.
Tal como él decía, afuera de la ventana todo estaba oscuro, y el calor de la chimenea se sentía acogedor, como si acabaran de poner leña nueva.
—¿Y usted a dónde piensa ir?
Su voz sonó débil y rasposa por haber estado gimiendo de dolor toda la noche. Aubrianna aclaró su garganta y observó al hombre, que ya estaba completamente vestido.
—Si todavía ni amanece…
—Voy a intentar vender la carne y los cueros. Ayer vi que la nieve ya se derritió hasta el bosque cercano. Creo que si cruzo ese bosque, encontraré el camino que lleva al pueblo.
Aubrianna, que estaba por alcanzar su ropa para vestirse, se quedó tiesa.
—¿H-hoy día?
—Sí.
El hombre guardó un poco de carne seca y unos panes planos que ella había horneado, preparándose para un camino que no sabía cuánto le tomaría. Aubrianna se quedó mirándolo, luego terminó de vestirse y se levantó.
—¿De verdad tiene que ir?
—Los cueros se venden bien mientras todavía hace frío. Ya vas a ver, voy a conseguir que me paguen un buen precio.
Como los animales que él cazaba eran todos grandes, los que buscaban pieles de buen tamaño pagarían mucho dinero.
Pero el problema no era ese. En unos pocos días, la gente del Castillo del Duque encontraría este lugar.
—Yo…
¿Pero con qué palabras podría detenerlo? Aubrianna movió los labios, dudando, y terminó mordiéndoselos.
¿Debería decirle de una vez que es el Duque? En realidad, ella ya estaba decidida a contarle la verdad. Pensó que sería mejor que él enfrentara a la gente del ducado sabiendo quién es, en lugar de estar en la luna. Pero que él saliera con que se iba al pueblo, así de la nada, la dejó desconcertada.
—¿Podrá volver hoy mismo?
—No sé, la verdad. Como nunca he ido, no tengo idea.
Ella tampoco lo sabía. Ni siquiera recordaba cómo había llegado a este lugar. Solo recordaba que le dijeron que, en un campo de nieve, debía caminar dando la espalda a la tormenta, y ella solo obedeció.
Kay sonrió de lado, haciendo que la comisura de sus labios se elevara de forma muy atractiva.
—¿Por qué? ¿Ya me vas a extrañar?
—No, es que…
Mientras conversaban, Kaylock seguía ocupado llenando los odres con agua, se los colgó a la cintura y luego se echó una pesada manta de piel sobre los hombros. Aunque llevaba mucha ropa encima y se veía robusto, se movía con una agilidad que recordaba a la de un lobo salvaje. ¿Quién iba a creer que este hombre era un Duque?
Mientras Aubrianna lo observaba sentada en la cama con las piernas encogidas, Kay trajo leña del alero exterior y la apiló ordenadamente junto a la chimenea.
—Con esto será suficiente, ¿no?
preguntó Kay, volteando a verla
—¿Necesitas más? Me daría miedo que te quedes sin leña de noche y tengas que salir.
—¿Por qué dice eso? ¿Acaso piensa quedarse fuera una semana?
soltó Aubrianna con tono fastidiado, todavía confundida sin saber qué decisión tomar.
—A más tardar vuelvo mañana por la noche. Ya verás, voy a traer las bolsas llenas de plata.
No necesito bolsas de plata. Se tragó las palabras que ya tenía en la punta de la lengua y cerró los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos. Por un momento, quiso irse con él a un lugar donde nadie los conociera, tal como él decía.
‘Vivir así… Él cazando y vendiendo cueros, y yo cocinando, cuidando la casa y criando a nuestro hijo’. Incluso tenerle una hermanita a Theo. Esta vez sería lindo que fuera una niña. Y le pediría a él que le pusiera el nombre otra vez. Como perdió la memoria, ya no podría ponerle nombres de personas del pasado.
—¿Aubrianna? Al desviar la mirada, vio que el hombre estaba arrodillado frente a ella, observándola.
—Si tienes mucho miedo, no voy.
¿Sería instinto de cazador? El hombre notó su ansiedad al instante y la consoló con ternura. Aubrianna miró el equipaje que estaba junto a la puerta. No quería echar a perder todo el esfuerzo que él había puesto en prepararse. Además, ella todavía no se sentía lista mentalmente para soltarle la verdad. Aún hay nieve en los árboles y no se ha derretido, ¿no habrá tiempo suficiente?
Trató de escarbar desesperadamente en los recuerdos de su vida pasada. Como estuvo encerrada en el calabozo, no sabía la fecha exacta del regreso de Kaylock, pero le pareció recordar haber visto, entre los barrotes, unos brotes verdes tierno en las ramas de los árboles.
‘Puede que falte más tiempo del que imagino’. Decidió que, mientras él estuviera fuera, ella también se prepararía mentalmente.
—Váyase ya.
—¿Qué?
—No sabemos dónde queda el pueblo. Si se demora más, más tarde va a regresar, así que mejor salga rápido.
Ante su insistencia, Kay puso una cara de desconcierto y miró por la ventana. Ya casi no nevaba, pero a veces, cuando el cielo se nublaba y empezaba a caer nieve, era fácil perder el rumbo. Hoy era un día despejado, con las estrellas de la madrugada brillando; era el momento perfecto.
—Entonces, ya me voy. Sin el menor esfuerzo, el hombre se cargó el enorme bulto al hombro y se paró frente a la puerta. Verlo así le recordó aquel día en que él salió a cazar el conejo que ella tanto se le había antojado comer.
—Vaya con cuidado. Esos ojos azules miraron alternadamente a ella, que estaba de pie frente a la cama, y al bebé que dormía profundamente en la cuna; luego volvió a fijar su vista en ella. Se acercó a grandes zancadas y le dio un beso profundo.
—Kay.
susurró Aubrianna cuando se separaron un poco.
—¿Sí?
—Cuando vuelva, tengo algo que decirle.
Aubrianna levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Se lo diré cuando regrese a salvo.
Los ojos azules del hombre recorrieron su rostro como si la estuvieran acariciando, y luego volvió a besar sus labios con intensidad.
—Voy a volver lo más rápido que pueda.
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