Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 17
—Basta con que salga a la calle para que me sigan una o dos mujeres; no tengo intención de andar tras los pasos de una tipa que se cree la gran cosa.
Si tan solo fuera un tonto, habría sido mejor. Pero Cedric era un necio que no escuchaba a nadie. La frente ya arrugada de Eloise se frunció aún más.
—Parece que no me has escuchado bien, Cedric.
En momentos así, lo que se necesita es miedo. Ella bajó el tono de voz y lo clavó con una mirada amenazante.
—¿De dónde crees que sale todo lo que estás disfrutando ahora?
Cedric agachó la cabeza y se miró la ropa. Ese estilo lujoso, algo que jamás habría podido imaginar en su casa, había sido costeado íntegramente con el dinero que le dio la duquesa.
—¿Eh? Bueno, eso… todo viene de mi tía, la generosa duquesa Tenet…
—No. Te equivocas, Cedric.
Lo que ella le había dado no era solo dinero. Había puesto en sus manos el inmenso poder de la familia Tenet, los que gobiernan el Norte. Pero este estúpido no se daba cuenta de eso.
—Recuerda el nombre Tenet. Ahora eres el jefe temporal de la familia ducal. Eso significa que puedes hacer lo que te dé la gana.
Ante ese susurro dulce, la expresión de Cedric se relajó por completo.
—¿Lo que sea?
Lo que sea. Cedric apretó los puños. Se acordó de Eileen, la que siempre lo llamaba ‘pedazo de idiota’.
—Sí, lo que sea. Si no fuera así, no habría razón para que todos los nobles del Norte estén ahora mismo revisando sus árboles genealógicos como locos, buscando si tienen aunque sea una gota de sangre Tenet.
—Eso… eso es verdad.
—Y no olvides que esta tremenda oportunidad te llegó porque yo, que antes era la joven dama de la familia del marqués Covil, soy ahora la duquesa Tenet.
Sin perder la oportunidad de sacar pecho por lo que había hecho, Eloise le puso una mano en el hombro. Cedric sintió calidez ante ese gesto. Su padre, Theobald, era un libertino loco por las apuestas, su madre, Claudia, fue quien le dejó el valioso legado de la sangre Tenet, aunque había fallecido hace ya varios años. Para él, Eloise, la única que lo cuidaba, era como una madre y una diosa salvadora.
—Entonces, ¿qué debo hacer?
Sus torpes ojos grises se movieron de un lado a otro, inquietos.
—Primero: no puedes volver a pisar un burdel.
Sería un problema si terminaba teniendo un hijo bastardo. Ante esas palabras tajantes, el rostro de Cedric se puso rígido.
—Segundo: no le hables a Eileen.
—¿Qué? ¿Entonces cómo me voy a casar con ella?
—Sabes que Eileen es mi ahijada, ¿verdad?
Eloise hizo una señal y, en un abrir y cerrar de ojos, retiraron la taza de té fría y pusieron una a la temperatura perfecta.
—Esa chica es muy codiciosa. No se digna ni a mirar las cosas que cualquiera puede tener.
Tras dar un sorbo al té, Eloise tocó el plato.
—¿Qué te parece esto?
Lo que tenía en la mano no era la típica galleta Blanc que abunda en el Norte.
—Esto es un ‘dulce de flores’ traído del continente de Tanagrion a través del puerto de Alandor. Pruébalo.
Efectivamente, era un dulce hermoso, con un tono rosado suave como una flor. Cedric lo probó y dijo maravillado:
—Está riquísimo. Nunca había probado algo así.
—Cierto. Es muy aromático y dulce. Cedric, ¿quieres otro?
—Sí, tía.
Cuando Cedric asintió, los ojos gris azulado de ella se volvieron fríos como el hielo.
—Pero ya no queda más que este. Come de las otras galletas.
Si apenas lo había probado y ya se había acabado… Aunque el dulzor apenas rozaba la punta de su lengua, el rostro del hombre empezó a brillar con una mezcla de codicia y ansiedad.
—Pe-pero…
—Es porque es algo valioso.
Ignorando la mirada de Cedric, ella puso el plato de los dulces de flores en otro lugar. Los ojos grises y turbios del joven siguieron el movimiento.
—¿No puedes dejar de mirarlo?
—No.
—¿Por qué?
—Me desespera pensar que no sé cuándo podré volver a probarlo.
‘Como es un tipo que se mueve por instintos, es lógico que reaccione así’, pensó ella. Eloise le entregó el dulce a Cedric.
—No olvides ese sentimiento. Lo que tienes que hacer es lograr que Eileen sienta exactamente eso por ti.
La expresión confundida de Cedric empezó a iluminarse poco a poco.
—¿Me está diciendo que haga que se muera por mí?
—Exacto. Qué bueno que lo captaste rápido.
Ante el cumplido de Eloise, la cara de Cedric cambió por completo, radiante.
—Si te comportas como si fueras alguien único en el mundo, no solo Eileen, sino probablemente todas las mujeres te mirarán con esa misma codicia.
Todas las mujeres. En ese momento, por la cabeza de Cedric pasó la imagen de otra mujer que no era Eileen.
Esa empleada de ojos rojos tan malditamente seductora y, además, la amante de Kaylock. Ni hablar de su belleza exótica. ‘Si el duque se volvió loco por ella, al punto de esconderla de todos y hasta hacerle un hijo, de hecho que en la cama debe ser una fiera’.
—¡Cedric!
Cedric dio un brinco al escuchar que lo llamaban. Al levantar la cabeza, se encontró con el rostro desencajado de Eloise, quien lo miraba con furia.
—¿Me estás haciendo caso?
—Sí, sí… claro que sí.
Era obvio que estaba equivocando, aunque Eloise estaba que hervía de rabia, ahora ambos estaban en el mismo barco. ‘Tengo que hacer que este tipo sea el duque sí o sí’. De lo contrario, todo el respeto y el poder que había tenido como duquesa se esfumarían. ¿A quién le iba a importar la viuda del antiguo duque en una familia como los Tenet, que ni siquiera tiene un heredero directo? Además, su familia biológica, los Covil, eran la misma nota. Su hermano mayor ya había heredado el título y encima estaba el segundo hermano. Ella no sería más que una simple viuda. Sus ojos gris azulado temblaron como una marea agitada. ‘Ni loca voy a permitir que eso pase’. Eloise apretó el puño con fuerza, como si temiera que los enormes anillos que cubrían sus cinco dedos se le fueran a caer.
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El papel suave se deslizó de las manos de Sion sobre el escritorio. Sion se quedó mirando la mesa. Estaba repleta de documentos que el duque debía tramitar y cajas enteras de cartas acumuladas.
—Maldita sea.
Ya habían pasado cuatro meses desde que su superior desapareció. El ducado se estaba volviendo un caos y en la frontera no hacían más que perder en las peleas que estallaban de vez en cuando. ‘Es lógico, pues, si no hay un comandante’. El que estaba al mando de los soldados del Norte en lugar del duque era el viejo Conde Bartos, alguien que ya debería estar jubilado hace tiempo. Él era de los que estaban acostumbrados a guerras mucho más antiguas que la resistencia contra los Karnu. ‘Se lo dije mil veces: los Karnu no pelean de frente, su fuerte es la guerra de guerrillas…’. Pero el problema no era solo la táctica del viejo. Lo peor era que la desaparición del duque le había bajado la moral por los suelos a la tropa. ‘Y mientras tanto, el estúpido de Cedric se vuelve jefe temporal y no hace ni un carajo’. A Sion le empezó a doler la cabeza de solo pensar en Cedric, que paraba más tiempo en los burdeles que en el despacho del duque.
Se acordó de Kaylock. Él empuñaba la espada desde los siete años y a los quince ya el anterior duque le había dado el título de Joven Duque. Y no solo eso. En cuanto aprendió a usar la espada, progresó tanto que lo llamaban ‘Sword Lord’ por su increíble talento. Desde hace treinta años, cuando los ataques de los Karnu se volvieron más bravos, el Norte hacía patrullajes regulares en la frontera cada otoño; para los hijos de las familias nobles, participar en eso era el máximo honor. Kaylock fue enviado a su primer patrullaje a los diecisiete y, desde que estabilizó la frontera con su fuerza brutal, la gente del pueblo no paraba de alabarlo a él y a la familia Tenet. Pero ahora Kaylock no estaba. Y en medio de todo este chongollo, el tonto de Cedric se había convertido en jefe temporal solo por tener sangre Tenet. Sion no podía estar tranquilo ni un segundo.
—¿Dónde diablos está, mi señor?
A través del enorme ventanal del despacho, el paisaje del castillo del duque cambiaba a cada rato. El hielo pegajoso que se aferraba a las torres puntiagudas se estaba derritiendo y las raíces verdes empezaban a brotar con fuerza rompiendo la tierra dura. El viento seguía helado y el aire se sentía frío, pero la luz del sol empezaba a calentar, casi como un gesto de piedad de la diosa.
—Señor Sion, ya está todo listo.
Un sirviente se le acercó.
—He empacado cada una de las cosas que me pidió, sin que falte nada.
—Buen trabajo.
Cuando el sirviente se retiró, Sion escribió apurado una carta para Conde Bartos y se puso de pie.
[… He buscado por todo el Norte y, al no encontrarlo, estoy seguro de que debe estar en los campos de nieve. Sé que es pronto, pero salgo a buscar al duque. He formado un equipo de búsqueda solo con los mejores caballeros del castillo. Por favor, aguante un poco más. Seguro que ellos también se retirarán cuando sientan el viento cálido de la primavera]
La gente que vivía en la frontera sufría cada otoño e invierno por los ataques de los Karnu. Este año en especial, Bartos la estaba pasando mal tras la desaparición de Kaylock. El objetivo de los Karnu era la comida. Para ellos, que vivían aún más al norte que el Reino de Triran, el invierno era la temporada del hambre. Matar y saquear. De hecho que había mejores formas de hacer las cosas, pero ellos elegían el camino más salvaje. ‘Por eso pues les dicen bárbaros’. Con una expresión de asco y desprecio, Sion se dio la vuelta y se topó de frente con un muchacho que abría la puerta del despacho.
—No te conozco… ¿tú quién eres?
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