Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 16
Si de lugares famosos en el castillo de los Tennat se trata, el salón de la duquesa se lleva el primer puesto. Al abrir las pesadas puertas de caoba, lo primero que te recibe son cortinas con bordados tan finos que parecen sacados de un sueño.
Como en el norte el invierno es eterno y cala hasta los huesos, no hay pared, ventana o rincón que no esté cubierto. Pero las cortinas de la duquesa Eloise no estaban ahí para tapar el frío, sino para lucirse como obras de arte. Las repisas eran de madera de 설목 (árbol de nieve), una plata plateada que solo crece en tierras de los Carnu, y sobre ellas descansaban floreros carísimos, libros antiguos y adornos de piedras preciosas regalados por reinos vecinos.
En el centro del salón, un acuario gigante robaba las miradas: dos silpys, esos peces que solo viven debajo de los glaciares, nadaban juntitos como si nada.
—A pesar de todo, hoy ha salido un sol bonito, duquesa.
Eileen habló con toda la chispa del mundo mientras tomaba un sorbo de té de bloodberry, una baya roja famosa por aguantar hasta la peor nevada. Por la ventana, tal como decía la joven Eileen Lott, el sol bañaba el lugar después de mucho tiempo.
—¿Y bien? ¿Ya te decidiste?
soltó Eloise sin rodeos.
—¿Perdón?
Eileen se hizo la desentendida con una sonrisita. —Si no entiendes a qué me refiero, entonces no veo el sentido de que nos hayamos reunido aquí.
Las palabras gélidas de Eloise hicieron que a Eileen se le borrara la sonrisa en un segundo.
—Por más que seas mi ahijada, hay límites.
Dejó la taza sobre el plato con una elegancia tal que ni siquiera se escuchó el rastro de un tintineo. Sus ojos gris azulado, que irradiaban ambición y frialdad a partes iguales, se clavaron en los ojos verde esmeralda de la joven, que parpadeó nerviosa.
—Si no has tomado una decisión, mejor sería que te abstengas de visitarme por un tiempo.
—Duquesa…
Las mejillas de Eileen se pusieron rojas como un tomate. Al final, salió del salón sin haber conseguido nada y le dio un manotazo a Kelly, su sirvienta, que intentaba ponerle la capa.
—¡No me toques, que estoy que vuelo!
Ella tampoco quería estar ahí. Pero su padre, el conde Lott, estaba que se moría de los nervios pensando que el matrimonio con la casa del duque se iba a cancelar, así que desde temprano la había estado fregando para que viniera.
—¿A quién se le ocurre que me voy a casar con ese idiota de Cedric en vez de con Kaylock? ¡No tiene pies ni cabeza!
—Tiene razón, señorita.
asintió Kelly, tratando de seguirle el paso.
—Pero señorita, camine más despacio, que no se ve bien…….
Kelly se calló a mitad de camino. Sabía que Eileen no le iba a hacer ni caso
—Pero señorita, aquí hay muchos oídos, mejor sería que…
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que cierre el pico?
Al oír ese lenguaje tan ‘de calle’ saliendo de la boca de una noble, Kelly se puso pálida. Si estuvieran en la casa del conde no pasaría nada, pero esto era el castillo del duque.
—Vaya, vaya… qué cosas.
Alguien salió de un pasillo y les cerró el paso.
—Con esa boquita tan brava, no me extraña que Kaylock ni la mire, señorita.
dijo un hombre con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos grises recorrían con morbo el cabello dorado rojizo de Eileen
—¿He dicho alguna mentira? Si todo el norte sabe que el joven Cedric es un tonto de remate.
—¡Señorita!
chilló Kelly espantada por la respuesta de su ama, pero Cedric solo soltó una carcajada.
—Por eso me encanta, señorita.
—¿Que le gusto?
Eileen arrugó la nariz con asco.
—Me han contado que el mes pasado anduvo haciendo un escándalo en el cuarto de las sirvientas a media noche.
‘Un mujeriego que se mete hasta en los cuartos de la servidumbre dice que le gusto. Qué nervios, por Dios’, pensó ella, soltando un bufido.
—Yo voy a conocer a un hombre que solo tenga ojos para mí. No a un donjuán que le tira maíz hasta a las sirvientas o a las tipas de la calle.
Eileen levantó el mentón y se largó, dejando a Kelly corriendo tras ella. Cedric se rió por lo bajo, pero luego frunció el ceño.
—¿Y cuándo se enteraron de lo del cuarto de las sirvientas?
De hecho, él iba camino al salón porque la duquesa lo había mandado llamar. Entró arrastrando los pies, temiendo que le cayera otra buena bronca, y vio a la duquesa Tennat sentada, derecha como un cuadro. De ella emanaba un frío que daba miedo.
—T-tía….
Hizo una reverencia toda chueca, con una mano en la barriga y la otra levantada de forma rara detrás de la espalda. Eloise hizo un gesto de fastidio.
—¿Cómo es posible que después de tantos años sigas saludando así? Debería darle una buena tunda a tu maestro de etiqueta.
A los cinco años, cualquier hijo de noble ya saluda perfecto; pero Cedric, con más de veinte, seguía siendo un tronco.
—Jeje, ¿de qué maestro habla si eso fue hace mil años?
dijo Cedric acercándose con una sonrisa nerviosa.
—Es que la respeto tanto, tía, que los nervios hacen que el saludo me salga así. No se preocupe, que cuando saludo así en otros lados, a todo el mundo le gusta.
‘¿Que les gusta……?’
Al ver que Cedric contaba como si nada que se burlaban de él en su cara, la duquesa apretó la taza con tanta fuerza que se le marcaron los nudillos.
Tras la desaparición de Kaylock, también pasó más de un mes desde que aquel bastardo, nacido de una sirvienta que era como una espina en el ojo, se esfumara en los campos de nieve. Seguramente ya habría sido ‘recogido por la gracia de la Diosa’ (es decir, estaba muerto).
La noble familia Tennat, protectora del Reino de Triran y gobernante del Norte, se quedó con el puesto de heredero vacante.
‘¿De verdad es lo correcto dejar que este idiota, este papanatas, herede el ducado bajo el nombre de la familia Corville?’
Eloise lo meditó con angustia, pero la conclusión siempre era la misma. Mientras ella vacilara, otros marqueses o condes moverían cielo y tierra para imponer a su propio heredero. Por lo tanto, mientras ella siguiera siendo la Duquesa Tennat, el próximo duque debía salir de su familia biológica, los Corville.
—Cedric, Cedric, Cedric.
Eloise repitió su nombre varias veces mientras extendía la mano. Cedric se arrodilló ante ella y levantó la vista.
—Sí, tía. Dígame.
Eloise levantó la mano despacio y acarició ese cabello rubio platino que se veía reseco, en lugar del plateado brillante y sedoso que caracterizaba a los Corville.
‘Alguien que lleve al menos una gota de la sangre Tennat’
Esa era la condición que el Consejo Noble del Norte exigía para el cargo de Jefe de Familia interino.
El prestigio de los Tennat, que durante generaciones habían protegido el Norte de los bárbaros Carnu, era tan pesado y sagrado que nadie se atrevía a borrar ese apellido.
Eloise tomó las mejillas de Cedric con suavidad. Cedric Corville era el hijo mayor de su primo, Vizconde Theobald Corville. Y por gracia de la Diosa, la esposa de Theobald y madre de Cedric, Claudia, era nieta de una dama Tennat nacida hace décadas.
Una gota. Solo por esa miserable gota de sangre, este idiota fue proclamado Jefe interino por encima de ella, que no pudo dar a luz a un heredero. Si Cedric ganaba la votación para ser Jefe oficial, el Consejo probablemente haría que ella lo adoptara legalmente.
‘A estas alturas, tener un hijo ya viejo…’.
Eloise apretó los dedos con fuerza, sujetando la mandíbula de Cedric.
—¡Ay, ayayay! Tía, me duele. ¡Duele!
—Tienes que hacerlo bien, Cedric.
—P-por supuesto.
Kaylock, desde que lo conoció de niño, era como una serpiente escurridiza que nunca dejaba ver sus intenciones; pero Cedric era tan tonto que resultaba difícil leerlo por lo errático que era.
‘¿Por qué todos los que me tocan como hijos son unos desobedientes?’
Si el anterior duque no hubiera muerto tan pronto por enfermedad, no tendría que estar pasando por estos dolores de cabeza. Al soltarle la mandíbula, Cedric le preguntó con una cara de lo más patética:
—¿Ya puedo pararme? Es que me duelen las rodillas…
Cualquier noble del norte nace con la obligación de aprender esgrima y fortalecerse para proteger la frontera. No había excepción, desde el Duque hasta el Vizconde del pueblo más alejado; pero este tonto parecía no haber tocado una espada en su vida, pues ya estaba lloriqueando por estar arrodillado apenas cinco minutos.
¿Cómo diablos lo había criado Theobald? Su sobrino, a quien solo había visto un par de veces de pequeño porque vivían lejos, se había convertido en un hombre de cuerpo débil y mente lenta.
‘Y para colmo, dicen que tiene un apetito sexual desbordante y que para metido en el barrio rojo todos los días’
Eloise se llevó la mano a la frente recordando el informe de sus informantes. Siempre pensó que ‘mientras sea fuerte, todo está bien’, pero no se refería a ese tipo de fortaleza.
—Lo que más importa ahora es la legitimidad, Cedric Corville.
Ante el gesto de la duquesa, Cedric se sentó en el sofá cruzando las piernas de forma descuidada y asintió.
—Por eso tienes que atrapar a Eileen, la que todos conocen como la prometida de Kaylock.
El papel de Cedric era ser el ‘repuesto’ de Kaylock. Tenía que hacer lo que Kaylock habría hecho: fortalecer los lazos con la corona casándose con Eileen y asegurar la descendencia.
‘Y después de que me dé un par de nietos, lo mando a la frontera a pelear contra los Carnu’
Si mataba bárbaros, genial; y si moría en el intento, pues mejor todavía. Con esa sonrisa interna, Eloise volvió a endulzarle el oído:
—Eileen es la única hija de Conde Lott, así que creció muy engreída. No le va a gustar que se le acerquen de forma bruta como hacen otros, ¿entiendes?
—A mí tampoco me gustan las mujeres que me tratan como si fuera un imbécil.
respondió él con un bufido.
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