Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 14
Aunque nunca lo decía en voz alta, los ojos gélidos de Miss Francis siempre se lo repetían a Aubrianna.
Ella, con el ceño fruncido al máximo, removía los leños con el atizador. En ese momento, desde atrás, escuchó la voz fría de Kay.
—El bebé está lloriqueando.
Aubrianna, sobresaltada, soltó el atizador; mientras tanto, unas pupilas azules, ahora más afiladas, la clavaban con la mirada.
No era la voz del Kay que había conocido aquí. Era la voz del Duque que ella recordaba: fría, calculadora e indiferente.
‘¿Acaso… habrá recuperado la memoria?’.
Sin darse cuenta, lo observó con fijeza. Parecía molesto, pero no daba la impresión de que sus recuerdos hubieran vuelto.
Tras soltar un suspiro de alivio para sus adentros, Aubrianna se levantó lentamente.
‘Kaylock tiene que estar completamente de mi lado’.
De lo contrario, no habría un lugar seguro en este mundo ni para ella ni para el bebé.
‘Tengo que hacer que se enamore más de mí, que no pueda ni mirar a otra mujer’.
Cuando llegue la primavera, aparecerá Sion, el fiel asistente del Duque.
‘Para ese entonces, tengo que haberlo cautivado por completo’.
Además, estaba la joven lady Eileen Lotte, la prometida de Kaylock.
Tras la desaparición de Kaylock, la Duquesa se desvivió intentando casar a Cedric con Eileen. Sin embargo, el matrimonio no se concretó porque a Eileen no le gustaba Cedric; al final, cuando Kaylock regresó, se casó con él.
‘Kaylock nunca recuperó la memoria hasta el final’.
Antes de perder los recuerdos, Kaylock no era un duque precisamente bondadoso, pero sí era un hombre justo. Se esforzaba en todo para que ningún habitante de sus tierras muriera de hambre o frío durante los largos inviernos.
Sin embargo, al volver sin memoria, se convirtió en el títere de la duquesa Eloise y descuidó el Norte.
Los nobles cobraban impuestos excesivos, derrochaban en lujos y no protegían las fronteras que se iban desolando, provocando que la gente huyera en masa de sus tierras.
Lo mismo pasaba en el ducado.
La mazmorra donde Aubrianna estuvo encerrada estaba repleta de gente inocente; muchos murieron torturados bajo falsas acusaciones tan absurdas como la suya.
‘Ese lugar era un infierno’.
Tras ser acusada falsamente de ser una espía de los Karnu, la situación de Aubrianna se volvió aún más atroz. Incluso dentro de la prisión, todos la evitaban.
En medio de eso, hubo un muchacho que fue su único amigo.
‘Hardin’.
Fue el joven que más méritos hizo para encontrar a Kaylock, pero terminó encerrado al descubrirse que era un mestizo de los Karnu.
En su soledad, ella cuidó de Hardin como si fuera el bebé que había perdido. O mejor dicho, fue Hardin quien cuidó de ella cuando ya no le encontraba sentido a la vida.
Ahora tenía una razón para volver al castillo del Duque.
Si ella se iba a otro lugar con Kaylock, Hardin, que trabajaba en el castillo, sería descubierto como mestizo en cualquier momento y terminaría de nuevo en las mazmorras.
‘No puedo dejar que eso pase’.
Retorciéndose los dedos con ansiedad, se acercó lentamente al bebé.
Parecía que tenía sueño, pues se restregaba los ojitos. Si le daba de lactar ahora, dormiría profundamente toda la noche.
Aubrianna cargó al pequeño y empezó a darle el pecho.
Ahora, en su lugar, el hombre estaba sentado frente a la chimenea vigilando el fuego. Sus hombros anchos se movían ligeramente cada vez que desplazaba el brazo.
‘Él es el único en quien puedo apoyarme’.
Estaba desesperada, realmente desesperada.
No sabía en qué momento o cómo podría apagarse de nuevo esta vida tan cálida que ahora amamantaba.
Su bebé muerto había estado tan frío y pesado…
Aun así, con la esperanza de que Kaylock estuviera vivo en algún lugar de los campos nevados, vagó sin rumbo. Creyó que si lo encontraba, su bebé volvería a la vida y ella estaría a salvo.
‘Pensándolo bien, creo que desde ese entonces ya estaba casi loca’.
Le parecía increíble estar cuerda ahora que había despertado tras retroceder en el tiempo.
O quizás, fue el hecho de darse cuenta de que el bebé en sus brazos aún no había muerto lo que la hizo reaccionar de golpe.
Mientras le daba de lactar y miraba el brillo del fuego en la chimenea, de pronto le entró el miedo de que todo esto fuera un sueño.
—Kay.
Lo llamó con la voz temblorosa. El hombre dejó caer el atizador y se dio la vuelta.
—¿Me… me traerías un vaso con agua?
Antes de morir, tuvo mucha sed, pero nadie le dio agua.
En aquella estación donde terminaba el verano, ni siquiera llovía, así que no había ni agua estancada en el suelo de la celda.
Sus manos blancas rodearon su cuello delgado. Sus dedos rozaron la piel transparente, como si le quemara la garganta.
Él se levantó sin decir palabra, sacó agua fresca de la tinaja y se la llevó.
—Gracias.
Al ver que sus pupilas rojas temblaban de ansiedad, Kay, que había estado un poco resentido por el rechazo de la mujer, empezó a preocuparse.
—¿Te sientes mal otra vez?
Miró de reojo hacia su pecho y vio que el bebé, que tenía buen apetito, ya se había llenado y se había ido al mundo de los sueños.
—No, no es eso.
Kay estiró los brazos y cargó al bebé.
Al verlo hacerlo con tanta destreza, la mirada de Aubrianna flaqueó.
El hombre acostó al pequeño en la cuna con cuidado y volvió a mirarla.
—¿Quieres que te prepare el agua para un baño?
Una vez que el bebé se dormía, les esperaba una larga noche de invierno.
Solían disfrutar de un baño juntos, o se echaban en la cama a conversar bajito, o pasaban la noche en momentos de pasión.
—No.
Sumergir el cuerpo en agua caliente sería bueno, pero no tenía ánimos para eso.
Como era de esperarse, ante su negativa, la expresión del hombre se endureció.
—Entonces, ¿te sirvo un té? En la despensa hay ‘blood berries’ secas.
Verlo dar vueltas a su alrededor sin saber qué hacer, la hizo pensar en un perrito que tuvo de niña.
‘Ahora que lo pienso, ¿qué habrá sido de ese perrito?’.
Por otro lado, la mirada de Kay temblaba mientras observaba a Aubrianna sumida en sus pensamientos.
‘¿Será que está así por ese hombre?’.
Claramente parecía contenta cuando le propuso irse juntos…
Sintió odio por ese hombre al que ni conocía y se arrepintió de haber actuado de forma tan apresurada.
Kay se cubrió la boca con su mano grande y su expresión se volvió amarga.
‘O tal vez tiene tantas heridas que le da miedo empezar algo nuevo’.
Aunque se esforzaba por verse firme, en la mujer siempre había una base de desconfianza y cautela.
Esas cicatrices invisibles que sentía en ella definitivamente no eran antiguas.
‘Para empezar, el solo hecho de pensar en vagar por los campos nevados a solas con un bebé y sin ninguna protección…’.
A menos que fuera una situación de vida o muerte, no era algo que una persona normal haría.
Una situación de vida o muerte.
Él apretó los puños con fuerza.
Solo de pensar que alguien pudiera tocar a Aubrianna, sentía que los pelos se le ponían de punta.
Kay merodeó un poco alrededor de ella y, de pronto, se sentó frente a ella de un porrazo.
—Ráscame la espalda.
Aubrianna frunció el ceño ante el pedido tan repentino del hombre.
—¿La espalda?
—Sí.
Y dicho esto, se quitó la ropa de un tirón.
Ante sus ojos apareció una espalda ancha, firme y llena de músculos.
—¿Qué esperas?
Aubrianna soltó un suspiro bajito y estiró la mano.
—¿Aquí?
—No, un poco más abajo.
—¿A… aquí?
Parece que Kay se impacientó, porque se levantó de golpe y se puso detrás de ella.
—Aquí, digo. Justo aquí.
El dedo del hombre, que había presionado ligeramente bajo el omóplato, bajó recorriendo toda la línea de la cintura.
—Y también aquí.
Eran movimientos ligeros, pero ¿por qué sentía que se le cortaba la respiración?
Aubrianna sintió el calor que emanaba a través de su fina túnica y giró el cuerpo sutilmente.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Me puse a pensar y… no te conozco bien.
Bajo la luz de la chimenea, ya casi se cumplían dos meses desde que empezaron a pasar tiempo juntos.
—Yo no recuerdo nada de mi pasado, pero aun así, siento que no sé lo suficiente sobre ti.
La mano del hombre acarició el vientre plano de la mujer mientras él agachaba la cabeza.
Toc.
Apoyó su frente contra el hombro de la pequeña mujer e inhaló profundamente su dulce aroma.
Mientras más lo sentía, más extasiado quedaba. Todo en ella lo excitaba.
Incluso empezó a sentir miedo de que, cada vez más, fuera incapaz de dejarla ir.
Desde que perdió la memoria, él mismo se había ido definiendo poco a poco: si había sobrevivido a una herida tan grave que casi lo mata, era porque tenía un instinto de supervivencia superior; si al cazar se topaba con una bestia enorme y mantenía la calma sin alterarse, era porque tenía temple.
Al ver lo despiadado que era al liquidar a sus presas, concluyó que tenía un carácter implacable, y al no agotarse ni en los climas más extremos de nieve, supo que su resistencia física era enorme.
Viviendo solo, estaba convencido de que podía ser indiferente ante cualquier cosa.
Sentía que era alguien que había nacido así.
Alguien especializado únicamente para el rol de soldado.
Pero todo cambió al conocer a Aubrianna.
Esas emociones que cambiaban a cada instante le resultaban extrañas y aterradoras. Su corazón se agitaba con cada expresión de ella, con cada suspiro que soltaba.
‘¿Quién eres tú exactamente?’.
Mientras el hombre le acariciaba suavemente el vientre, Aubrianna tomó entre sus manos los cabellos de él, que le hacían cosquillas en la mejilla, y empezó a enredarlos.
‘Pronto tendré que recortarle el cabello’.
No sabía exactamente cuándo, pero pronto Sion irrumpiría en la cabaña.
‘No, ¿o vendrá Hardin primero?’.
Recordando las historias que le había contado Hardin cuando estaban en la misma celda, trató de calcular la estación y la fecha.
Hoy no se sentía de humor para eso, pero incluso contando con los dedos, el tiempo era muy corto.
Ella tomó la mano del hombre y la llevó hacia su pecho.
—¿Quieres tocarme?
Kay frunció el ceño al ver que Aubrianna lo provocaba tan directamente.
—No.
Retiró la mano y la obligó a girar el cuerpo para que lo mirara de frente.
Los ojos de ella, que de por sí siempre tenían matices variados, hoy se veían de un tono naranja intenso.
—Cuando te pedí que estuviéramos juntos, no era solo para hacer estas cosas.
Él quería que ella lo entendiera.
Aubrianna era una mujer hermosa y atractiva. Su cabello castaño con reflejos color trigo era suave y su piel blanca le despertaba deseos carnales cada vez que la veía, pero Kay quería algo más.
Le gustaban esos momentos en los que se miraban y sonreían. Le gustaba verla cuidando al bebé. Le gustaba que ella estuviera en la cabaña cuando él volvía de cazar.
Aubrianna tomó aire con un ruido suave. Estaba atrapada en ese azul profundo que parecía un mar inmenso y no podía moverse.
—Pero a usted le gusta.
Ella se bajó la túnica, abrió grandes los ojos y ladeó la cabeza.
—Maldita sea.
Al ver sus pechos expuestos, su miembro se tensó por puro instinto.
Aubrianna tomó las mejillas del hombre entre sus manos.
—Y usted también me gusta a mí.
Ante esa confesión repentina, el rostro de Kay se puso en blanco.
—…Yo te gusto, ¿verdad?
Al oír la pregunta cautelosa de la mujer, los pómulos de Kay se tiñeron de rojo.
—… Sí.
—Entonces, con eso basta.
Ella sonrió radiante. Esa sonrisa era tan deslumbrante que Kay sintió que lo cegaba.
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