Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 13
Cuando él dijo aquellas palabras con las manos todavía manchadas de sangre, Aubrianna sintió un escalofrío. El olor metálico de la sangre emanaba intensamente del hombre, como si acabara de desollar a la presa que trajo consigo.
—¿Son hermosos mis ojos?
—¿Rubíes? No, es como si a un diamante transparente lo hubieran teñido con agua roja.
¿Rubíes? ¿Diamantes?
El rostro de ella se encendió de golpe. ¿Alguna vez había recibido un halago así? Seguramente los escuchó en su infancia, cuando vivía con su madre. Su niñera, Gardenia, siempre la mimaba diciéndole que era una señorita adorable.
Sin embargo, desde que su madre falleció y terminó en el orfanato, su belleza no le trajo nada bueno. Los niños mayores la molestaban y los de su edad la marginaban. Fue por esa razón que, siendo aún muy pequeña, terminó cuidando a niños todavía menores que ella.
Una niña de ojos rojos.
Pensándolo ahora, cree que la rechazaban porque era un color poco común en el Reino de Triran. Un color siniestro, de mala suerte. Miss Francis solía culparla, diciendo que era por su actitud rígida.
Aun así, ella caminaba con la espalda erguida, fingiendo que nada le afectaba. Siempre intentaba mantener una postura aristocrática, preparándose para el día en que su padre noble fuera a buscarla al orfanato. Cuando no sabía cómo actuar, recordaba a su madre. Verse peinando su largo cabello rojo mientras cantaba la hacía parecer una princesa de cuento de hadas.
Sillas de terciopelo y delicados encajes blancos. El aroma lujoso que desprendían los frascos de cristal de tónicos y perfumes. Se esforzó por no olvidar el habla refinada y la elegancia con la que su madre se expresaba.
‘Aunque por culpa de eso me marginaron todavía más’.
Antes de dormirse en su soledad, siempre repasaba las etiquetas del té que su madre le enseñó. Lo hacía porque no quería avergonzar a su padre el día en que, finalmente, tomaran el té juntos.
‘Realmente creí que algún día vendría por mí…’.
Pensaba que su padre la reconocería al ver el color tan peculiar de sus ojos. Sienna, que era un año menor que ella, solía escupir a sus espaldas.
—Te abandonaron por ese par de ojos de color maldito. ¿Lo sabías?
Esas palabras, susurradas con veneno por Sienna, la habían perseguido en secreto toda su vida. Recordó incluso cómo la habían confundido con una espía y torturado cruelmente debido a sus pupilas. Frunció el ceño y soltó con voz áspera:
—Hubiera preferido tener un color común, como el negro o el marrón.
—Incluso así, habrías sido hermosa.
Kay, respondiendo con la frase exacta que una mujer querría oír, caminó hacia el arroyo junto a la cabaña. Apartó la nieve acumulada, levantó una piedra y la estrelló contra el hielo.
¡CRACH! ¡CRACH!
No pasó mucho tiempo antes de que el hielo se fracturara con un sonido seco.
—La primavera llegará pronto.
Si el hielo, que había estado sólido como una roca todo el invierno, se rompía con solo unos golpes, significaba que el clima se había vuelto considerablemente más cálido. El hombre se lavó las manos en el agua helada y levantó la vista. Bajo su gorro de piel de zorro, la observó con una mirada tan ardiente que parecía querer devorarla.
—Escucha, cuando llegue la primavera… ¿No querrías irte conmigo?
Aubrianna apretó con fuerza la vieja barandilla del porche. Quizás porque la primavera realmente estaba cerca, sintió que la madera estaba tibia bajo su mano.
—¿Con usted? ¿Yo?
—Sí. Y el bebé también.
Sus pupilas de un rojo tenue temblaron.
—¿A… a dónde iríamos?
—No lo sé.
El hombre se sacudió las manos mojadas, se protegió los ojos del sol y miró hacia el horizonte lejano de la llanura nevada.
—¿El bosque sería mejor? Para poder cazar…….
—Cazar.
—¡Ah! Pero no un lugar tan remoto como este. Para criar al niño, será mejor estar cerca de un pueblo.
Aubrianna se llevó la mano, calentada por el sol, al pecho y presionó con fuerza. ¿Era él alguien capaz de decir palabras tan dulces? Entonces, ¿por qué la había tratado con tanta frialdad antes? ¿Por qué la obligó a quedar embarazada para luego intentar casarse con otra mujer?
¿Acaso el Gran Duque del Norte, Kaylock Tennant, era una persona distinta al cazador Kay?
Bajo sus cejas pobladas, esos ojos de un azul lapislázuli profundo brillaban esperando una respuesta. Al ver que Aubrianna lo miraba en silencio, el rostro del hombre se tensó por los nervios.
—¿Dice que iremos yo y el bebé también?
Fue lo único que pudo articular. Cuando ella y el bebé pertenecían legalmente a Kaylock, fueron ignorados y sufrieron; pero ahora Kay, habiendo perdido la memoria, deseaba estar con ella, que se sentía perdida. Incluso sin saber de quién era la sangre que corría por las venas de ese niño.
—Como el bebé tiene los ojos celestes, se parecen bastante a los míos. ¿No crees que cualquiera lo vería como mi hijo?
Dijo eso y soltó una risa tímida. Ese hombre que, después de cenar, le devolvía el bebé a Aubrianna aterrorizado cada vez que el pequeño soltaba un poco de baba, ahora decía que quería ser el padre de Theo.
—¿Por qué lloras de repente?
Al ver las lágrimas rodar por las mejillas de ella, el hombre dejó de reír y se acercó conmovido.
‘Cómo puedo emocionarme por unas simples palabras…’.
Sintió una mano fría rozar su mejilla.
—No llores.
Aubrianna cerró los ojos lentamente y aceptó su contacto.
El hombre acarició la mejilla de la mujer, rozó su barbilla y deslizó la mano por su cuello esbelto. Pronto, sus labios siguieron el rastro de sus dedos. Lamieron la mejilla salada por las lágrimas y recorrieron la suave línea de la mandíbula bajo la oreja, bajando por el cuello para volver a subir hacia el mentón y, finalmente, a sus labios.
—Kay…
Él tragó el débil aliento que escapaba de entre sus labios entreabiertos y saboreó con cuidado el interior de su boca con la lengua.
—Cada vez que te veo, el corazón me late con fuerza.
susurró el hombre tras un beso profundo.
—Hasta el punto de que ya no me importa mi pasado, ese que tanto me intrigaba. Tú te has vuelto lo más importante.
Dicho esto, y sin darle tiempo a Aubrianna de decir nada, la llevó de la mano hacia la parte trasera de la cabaña.
‘Ah…’.
Los ojos de Aubrianna se abrieron de par en par.
—Todo esto es…
Sabía que él cazaba principalmente animales grandes, pero la cantidad de pieles acumuladas en apenas unos días era asombrosa.
—Con esto, supongo que podré conseguir al menos una casa pequeña, ¿no crees?
dijo el hombre con voz orgullosa, cruzándose de brazos.
—¿Cuándo cazó todo esto?
Al pensar que él había salido desde la madrugada a luchar contra el frío para cazar, Aubrianna sintió que se le encogían las manos por pura empatía. Mientras ella observaba la carne preparada que colgaba para secarse, el hombre explicó:
—Podemos venderlas en el primer pueblo que encontremos al salir de aquí, o podemos seguir secándola para usarla como alimento.
—Esto…
Viendo aquella cantidad que parecía imposible de cargar incluso en una carreta, la pregunta ‘¿Cómo piensa llevar todo esto?’ llegó hasta la punta de su lengua, pero logró tragársela. El hombre la miraba expectante, con un rostro que suplicaba por un cumplido.
Sin embargo, la preocupación empezó a nublar el semblante de Aubrianna.
Kaylock Tennant, el único heredero de la familia Tennant. A estas alturas, el Norte debía de ser un caos total buscándolo. Como el clima empezaba a suavizarse, seguramente estarían enviando gente a registrar otras regiones fuera de la llanura nevada donde desapareció.
Si en un momento así descubrían al Duque, que había perdido la memoria, junto a ella en una región desconocida… ¿Qué pensaría la gente de la familia ducal?
‘Me calumniarán otra vez como en mi vida pasada y, de todos modos, intentarán matarme’.
Era un problema. Ya no quería ser utilizada de esa manera nunca más. Aubrianna reafirmó su voluntad, sacudiendo la debilidad que sintió ante la propuesta de Kay de huir y vivir juntos.
‘Que te enamores como un principiante es justo lo que yo quería, pero no puedo permitir que las cosas se salgan de mi plan’.
Porque en esta vida, voy a utilizarte hasta las últimas consecuencias.
—… Creo que el bebé se despertó.
La mirada brillante y llena de esperanza del hombre se fue endureciendo lentamente. Mientras ella le daba la espalda usando al bebé como excusa, el rostro de Kay se congeló por completo.
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El hombre dejó caer el tenedor con un golpe seco.
—¿No va a comer más?
A pesar de la pregunta de Aubrianna, el hombre no respondió y se levantó. Llevó sus cubiertos a la cocina y empezó a lavar los platos haciendo ruido; cualquiera podía notar que estaba furioso. Parecía que le había sentado fatal que ella dijera que no se iría a ningún otro lado.
Habría bastado con decirle que, aunque no se fuera a otra parte, se quedaría con él, pero Aubrianna prefirió guardar silencio. Observando al hombre, que ahora cuidaba del bebé con destreza y arreglaba la cama para dormir, se dio cuenta de que había pasado mucho más tiempo del que imaginaba en ese lugar.
‘¿Un mes? ¿O quizás más?’.
A estas alturas, Cedric Corville debía de estar pavoneándose como jefe de familia interino, controlando el Ducado a su antojo. Cedric era ambicioso pero lerdo, y demasiado aficionado a las mujeres. Pero la Duquesa no tenía otra opción. El bebé de Aubrianna, que llevaba la sangre legítima del Duque, era considerado un bastardo y era demasiado pequeño.
‘Además, el origen de la madre es demasiado humilde’.
La gente murmuraba que su estatus de huérfana y sirvienta era el problema. Creían que pronto la familia Tennant desaparecería y el Marqués de Corville se convertiría en la familia ducal del Norte.
‘¿Qué estaba haciendo yo en aquel entonces?’.
Ella acababa de dar a luz y estaba muy debilitada. Además, la Duquesa había descubierto rumores mientras hurgaba en su pasado. La Duquesa solía mirarla con desprecio, odiando que fuera una sirvienta de origen extranjero.
‘He oído rumores de que eres hija de un noble del Reino de Blanc…’. ‘Si así fuera, habría asistido a un internado femenino en lugar de estar en un orfanato. No habría razón para ser sirvienta’. ‘Supongo que tiene razón’.
No podía refutar aquello. Era tan pequeña cuando huyó con su madre del Reino de Blanc que apenas guardaba recuerdos. Solo recordaba que la mansión donde vivió con su madre no estaba mal. Gardenia, el ama de llaves y niñera que la cuidaba, a veces llamaba a su madre ‘Condesa’.
‘Pero eso también podría ser un engaño de mi memoria’.
No había forma de probarlo. Era cierto que no pasó necesidades, pero en cuanto su madre murió, la enviaron directamente al orfanato. El director le dijo que solo era una huérfana extranjera sin parientes. Incluso llegó a decirle que la mansión donde vivió con su madre fue una limosna de un caballero caritativo.
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