Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 12
Tenía curiosidad. No sabía si realmente amaba a ese hombre o si había tenido al bebé porque aún sentía algo por él. Consciente de que bajo su curiosidad se agitaba un sutil sentimiento de celos, el hombre preguntó:
—Se está desvaneciendo.
La mujer dio una respuesta ambigua mientras parpadeaba con la mirada perdida. El rostro de Kay se llenó de fastidio.
—Me dijiste que te abandonó para casarse con otra mujer.
—Técnicamente, no me abandonó.
¿Que no la abandonó?
—Entonces, ¿vas a volver con él?
—Quién sabe.
Al notar el rastro de añoranza en su respuesta evasiva y en sus ojos vacilantes, Kay sintió que se le revolvía el estómago.
—Pero qué clase de respues…
Justo cuando estaba por alzar la voz, ella se tapó con la manta de un tirón y cerró los ojos con el rostro agotado, como indicando que no había nada más que hablar.
—Voy a dormir.
Sin darse cuenta, el fuego de la chimenea se estaba extinguiendo y la oscuridad empezaba a envolver la cabaña. Kay se puso de pie bruscamente tras mirar con desaprobación a la mujer que ya dormía.
‘O sea, deja a la mujer que dio a luz a su hijo para casarse con otra y, según ella, ¿eso no es abandono? ¿Qué cosa es entonces?’.
Refunfuñando para sus adentros, arrojó un par de leños a la chimenea y removió el interior con el atizador. Ante sus movimientos bruscos y nerviosos, las brasas que aún mantenían la forma de la madera se deshicieron, soltando una última llamarada.
Debido a que desde ayer ella había estado demasiado agotada, pronto se empezó a escuchar su respiración pausada. El rostro del hombre se puso serio mientras observaba las chispas dispersarse.
Los campos de nieve en invierno son extensos, pero tarde o temprano se terminan. En cuanto llegue la primavera y la gente pueda transitar de nuevo, encontrarán esta cabaña fácilmente. O tal vez aparezca el dueño del lugar.
‘Si eso pasa, ¿qué va a ser de nosotros?’.
Apenas se había enterado de la existencia de esa mujer hacía dos semanas, pero ya sentía el deseo de poseer ese dulce cuerpo para siempre. Quería que esos fascinantes ojos rojos solo lo miraran a él.
Se levantó y, en lugar de ir a la cama, se acercó a la cuna. Quizás porque se parecía a su madre, el bebé —que para ser varoncito tenía la piel muy blanca— tenía unos mechones de cabello rubio oscuro cubriéndole la frente. Tenía las mejillas bien gorditas, seguro de tanto tomar la leche de su mamá.
‘¿Y si me los llevo a vivir a otro lado?’.
Podría cazar muchos animales durante el invierno, quitarles la piel y ponerlas a secar. En el norte hace tanto frío que las pieles siempre se venden a buen precio. Prepararía la mayor cantidad posible y, apenas llegara la primavera, iría al pueblo a venderlas. Con ese dinero buscaría un lugar adecuado para criar al niño junto a ella y…
‘Primero tendría que ir al bosque, ¿no?’.
Como ella no conocía su verdadera identidad, lo mejor sería vivir como cazador por el momento.
‘Pero no puede ser un lugar demasiado alejado’.
Mientras él saliera a cazar, la mujer y el bebé que se quedaran en casa podrían correr peligro. En lo profundo del bosque hay muchos animales salvajes y feroces.
Al llegar a ese punto, Kay se frotó la cara con la mano, sintiéndose absurdo.
‘Pero qué estoy haciendo…’.
Se sentía patético, haciendo planes él solo sin siquiera considerar la opinión de ella.
Fshhh.
Sintiendo la presencia de alguien, el bebé se removió y la manta se le resbaló. Kay se la acomodó con cuidado mientras soltaba un leve suspiro.
‘¿O será mejor descubrir primero quién soy?’.
Él lo sabía. La ropa que llevaba puesta era de una tela tan fina como la del vestido de la mujer.
‘Si resulto ser un noble de alto rango, mantener a esa mujer y al bebé no sería ningún problema’.
Quería que ella tuviera una vida llena de comodidades. Pero todo eran suposiciones. Si resultaba ser un soldado o un asesino, como pensó al principio, la situación se complicaría. Es más, ¿y si ya tenía otra esposa e hijos?
En ese instante, el rostro de Kay se puso pálido. Se dio la vuelta hacia la cama y miró fijamente a la mujer que seguía durmiendo profundamente. Cada vez que tenían intimidad, no había podido evitar terminar dentro de ella.
‘¿Por qué cometí ese error…?’.
Kay se cubrió la boca y la barbilla con una mano mientras cerraba los ojos con fuerza.
‘…No hay de otra. Definitivamente es mejor llevarme a la mujer y al bebé lejos que ponerme a investigar mi pasado’.
Al final, su conclusión era una sola: estar con ella a como dé lugar. En medio de la profunda noche de invierno en los campos nevados, el hombre, a solas, terminaba de consolidar sus pensamientos y su determinación.
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Amaneció una vez más. Aubrianna, que se había despertado tarde, se quedó mirando por la ventana como ayer, contemplando el paisaje donde la nieve ya había dejado de caer.
Había pasado más de una semana desde que la tormenta cesó.
‘El invierno se está yendo’.
Ahora, los días de nieve serían cada vez menos y los días despejados continuarían. Así, la nieve acumulada se derretiría y el camino hacia el pueblo se abriría.
‘¿Qué será de nosotros después de eso?’.
Él no podría seguir viviendo como el cazador Kay. Ella tampoco.
Tarde o temprano, ambos tendrían que volver a sus lugares. Pero ahora, ella quería estar en un lugar diferente al de antes.
Ese lugar que nunca se atrevió a ambicionar: el lugar al lado del Duque Kaylock.
‘Si me conformo con ser otra vez la amante que parió a un hijo bastardo, alguien volverá a matarme’.
No solo ella, el bebé también correría peligro.
¿Cuánto había sufrido en su vida pasada tras perder a su hijo de forma tan lamentable?
Cuando esos recuerdos la invadieron como una marea, Aubrianna cerró los ojos con fuerza y, por instinto, apretó el collar que llevaba puesto.
—¡Kyahaaa! ¡Pufú!
Ante el repentino balbuceo del bebé, Aubrianna se incorporó y lo llamó.
—Theo.
Como si reconociera su nombre, el bebé la miró. Sus ojos de un azul claro y límpido se cruzaron con los de ella mientras le regalaba una sonrisa.
—Mi vida… Estabas jugando solito.
Lo tomó en brazos y, al liberar sus pechos cargados de leche, el bebé empezó a succionar con avidez, pues ya tenía hambre.
Por la cantidad de leña que había en la chimenea, parecía que Kay había salido desde la madrugada, como de costumbre.
Si el fuego del fogón seguía encendido a fuego lento, debía ser porque él había dejado la sopa preparándose antes de irse.
—Je.
No es que fuera incomible, pero la verdad es que la sopa de ese hombre no tenía nada de sabor. Simplemente echaba harina y mantequilla, le mandaba agua y lo ponía a hervir; no sabía a nada. Aun así, él se empeñaba en cocinarla todas las mañanas antes de salir a trabajar.
Todo para que ella pudiera comer apenas se levantara de la cama.
—Si picara unos champiñones, les pusiera especias y un poco de sal, sabría mucho mejor.
Al hablarle con una sonrisa, el bebé, como si entendiera, se rió con el pezón aún en la boca. Por eso, un chorrito de leche se le escurrió por la comisura de los labios.
—Vaya, qué descuido de nuestro pequeño caballerito.
Aubrianna, con los ojos achinados por la risa, le limpió con cuidado la boquita con un pañuelo.
—Tú tienes que llegar a ser un caballero.
dijo Aubrianna mientras acomodaba al bebé tras terminar de alimentarlo.
—Theo, ¿me entiendes? Solo así dejarás de pasar sufrimientos.
El bebé soltó una carcajada, como si comprendiera sus palabras.
Ella le dio palmaditas en la espalda para que eructara y le cambió el pañal con destreza.
El niño no era de llorar; comía y jugaba tranquilo. Después de jugar un rato más con él, lo echó a dormir y empezó a ordenar y limpiar la pequeña cabaña.
Trajo nieve de afuera en un balde, la puso a hervir en el fogón y lavó la ropa.
En un abrir y cerrar de ojos, llegó la hora del almuerzo.
Aubrianna añadió un poco más de mantequilla a la sopa para que espesara y le puso champiñones picaditos y especias secas.
Empezó a salir un olor delicioso, saladito y aromático.
Mientras movía la sopa para que no se pegara, Aubrianna se preguntaba si el hombre vendría a almorzar hoy.
Últimamente, él salía a cazar apenas abría los ojos de madrugada. Decía que, como ya no nevaba, era más fácil rastrear presas.
Además, había empezado a traer animales grandes en lugar de simples conejos.
Un día, regresó arrastrando un oso enorme y casi mata del susto a Aubrianna. Lo increíble era que él no tenía ni un solo rasguño en el cuerpo.
Así, tras terminar la caza al atardecer, Kay volvía, cenaba la sopa y el pastel de carne que ella preparaba, y en cuanto el bebé se dormía, la poseía con ansias hasta altas horas de la noche.
Era una vida rutinaria y tranquila. Y, sin darse cuenta, Aubrianna se estaba acostumbrando a ella.
Se puso a amasar harina, pendiente de cualquier ruido afuera de la puerta.
Sería bueno tener pan para acompañar la sopa.
Cuando estaba en el orfanato, solo por saber leer, ayudaba al director con los papeles y nunca le tocaba hacer limpieza ni meterse a la cocina.
‘Haber trabajado como sirvienta en el castillo del Duque me está sirviendo ahora’.
Terminó de amasar rápido, cubrió la masa con un paño húmedo y la dejó a un lado.
Si lo dejaba así, para cuando él volviera ya habría crecido lo suficiente como para meterla directo al horno.
El bebé se había quedado dormido jugando solito y la cabaña estaba en completo silencio, salvo por el crepitar de la fogata.
Miró por la ventana y vio que una luz solar cálida iluminaba todo el paisaje.
En un impulso, se puso la manta y salió.
Justo cuando cerró la puerta con cuidado y volteó la cabeza, la luz era tan intensa que le lastimó la vista, obligándola a cerrar los ojos.
—Es mejor no mirar directamente el sol cuando se refleja en la nieve.
Aubrianna dio un saltito por la voz repentina y descubrió a Kay, que se le había acercado sin que se diera cuenta y la miraba con una sonrisa pícara.
—¡Ay, me asustó!
Las manos del hombre estaban manchadas de sangre fresca.
—A veces ese reflejo te puede dejar ciego. Especialmente a las personas que tienen los ojos de un color clarito como tú.
Ante ese comentario, los ojos de Aubrianna, sorprendidos por la información, dilataron sus iris claros y contrajeron sus pupilas de un color mezcla de rubí intenso y negro.
—Son unos ojos hermosos, no dejes que se arruinen.
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