Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 11
—Ha, ha.
Sus pechos turgentes se sacudían mientras su esbelto cuerpo se movía con frenesí encima del hombre.
—¿No te parece que soy yo el que se mueve y no tú?
Kay, que la ayudaba sujetándola por la cintura, soltó una risa relajada mientras hablaba.
—Es que, ¡ahn!
En el momento en que el hombre levantó la pelvis y la embistió con fuerza, Aubrianna se retorció y su cintura tembló por el placer.
‘A este paso, más que seducirlo, voy a terminar sometida por este hombre’
Buscó los pezones del hombre con la yema de sus dedos y empezó a arañarlos suavemente. Lo hizo por probar, pero el hombre reaccionó retorciendo el cuerpo de inmediato.
Eso le dio valor, así que se inclinó y puso la lengua sobre esa pequeña protuberancia marrón para lamerla.
Aunque no lo creía, parece que era su zona sensible, porque el hombre empezó a soltar gemidos desesperados.
Al descubrir el punto débil del hombre, Aubrianna se sintió orgullosa y se dedicó a atacar ese lugar con todas sus ganas.
Lo lamía, lo mordisqueaba de a poquitos con los dientes y luego succionaba con fuerza usando los labios.
Repitió los mismos gestos que el hombre le había hecho antes en sus propios pechos; habiendo captado qué era lo que lo hacía temblar de placer, presionó la protuberancia con la punta de la lengua con firmeza.
—Uuugh. haaa.
Al escuchar los gemidos urgentes de él, los movimientos de Aubrianna se volvieron mucho más agresivos. Pasó la mano hacia atrás para acariciar sus testículos mientras le metía más fuerza a la lengua, logrando que el vaivén de la cintura del hombre se volviera violento.
—¡Aubrianna! Grrrgh.
El hombre, totalmente fuera de sí, le agarró el cabello color trigo al mismo tiempo que una sensación ardiente se esparcía por la intimidad de ella.
‘Ya está’
He descubierto su punto débil.
Sin embargo, cuando Aubrianna levantó la cabeza jadeando y con el pecho inflado por el orgullo, con lo que se encontró fue…
Con los ojos de una bestia que había perdido por completo la razón.
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—Ah, ah, ah, ah, ah.
Ante los gemidos que no paraban, Kay soltó una risita burlona mientras la molestaba.
—¿Qué vas a hacer si el bebé se despierta por tu culpa?
Con el trasero elevado hacia arriba, Aubrianna se tapó la boca apurada con la sábana.
—Mmm, mmm.
Pero con los gemidos ahogados, lo único que logró fue que el hombre embistiera por detrás con muchísima más fuerza.
—Ffuuu… esto me calienta más.
Kay agarró sus nalgas blancas con sus manos grandes y empezó a amasarlas. Mientras más se ponía roja esa zona, ella más apretaba y soltaba su miembro allá adentro, haciendo que él la embistiera por puro instinto.
‘¿Qué me pasa?’
Aunque el cuerpo de la mujer se quedaba quieto, él sentía que se moría de las ganas y ya no podía aguantar más.
Durante todo el tiempo que tuvo que pasar sin poder tocarla, Kay se ponía tenso con cualquier movimiento de Aubrianna, por más chiquito que fuera.
Hacia dónde miraban esos ojos que brillaban como joyas. Su piel clarita cuando se la limpiaba con un trapo húmedo y la delicadeza de sus manos. Hasta cuando le susurraba cosas dulces al bebé, todos sus nervios se ponían de punta. Y claro, no eran los únicos nervios que se le ponían así.
‘¿Será que esto es una adicción?’
Sentía que quería seguir tocando esa piel que se le pegaba tan rico. Si pudiera, haría que se quedara pegada a sus manos para siempre.
Cuando la mano que sujetaba sus nalgas subió hasta su hombro, la mujer, que estaba exhausta, volteó la cabeza. Él no perdió la oportunidad y con su mano fuerte le agarró el mentón para obligarla a mirarlo.
Entre su cabello todo despeinado, se veían esos ojos rojos bañados en puro placer.
Quería que los ojos de esta mujer solo lo miraran a él. No a ese desgraciado que la hizo tener un hijo para después irse a casar con otra, sino solo a él.
Solo habían estado juntos un par de días, pero él ya se había colgado de ella por completo. Bueno, en realidad, seguro fue desde el primer día que la acostó en esta cama cuando ella se desmayó.
Su cuerpo enorme se encogió para abrazarla. Con las dos manos rodeándole la barriga, el hombre empezó a darle los últimos embistes con toda su fuerza.
—Ffuuu. Ffuuu. Ffuuu….
—¡Ah! ¡Ahng!
Con el ritmo tan acelerado, la respiración del hombre se volvió pesada y, a la par, los gemidos de la mujer se hicieron más profundos.
Atrapada bajo ese cuerpo enorme, sin poder moverse ni un poquito y recibiendo todo ese placer violento, las nalgas de Aubrianna empezaron a temblar.
Era la señal de que se venía otro orgasmo.
‘Se siente tan bien que siento que me voy a morir’
Ya ni sabía cuántas veces había llegado al clímax. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, un corrientazo que le llegó hasta la punta del pelo y, justo cuando sentía que le faltaba el aire, soltó un gemido largo.
—¡Aaaaaaaaaaaaah!
Su interior empezó a tener espasmos y el flujo que ya venía saliendo brotó de golpe, apretando con fuerza el miembro que seguía clavado en ella. El hombre también soltó un gemido lleno de gloria mientras gritaba su nombre.
—¡Aubrianna!
Al escuchar cómo la llamaba, ella se sintió en las nubes y, sin darse cuenta, empujó su trasero hacia atrás.
Mientras él descargaba todo su semen, ella contraía su intimidad al mismo ritmo, haciendo que los muslos del hombre temblaran por el placer.
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Cuando el ritmo de la respiración de ambos, que estaban tirados por el cansancio, empezó a calmarse, el brazo del hombre rodeó el cuerpo de la mujer con firmeza. Gracias a eso, ella no tuvo tiempo de sentir frío a pesar del sudor que se le iba secando.
—Usted es bien calientito.
—Y tú eres bien suave.
Susurró el hombre mientras acariciaba ese cuerpo que, aunque ya no sudaba, todavía se sentía pegajoso.
Quizás la razón por la que él pudo sobrevivir solo tantos meses en un lugar tan helado era porque su temperatura corporal era anormalmente alta.
Con ese pensamiento tonto en la cabeza, Aubrianna levantó un poco la mirada para ver si el bebé dormía bien.
—Está durmiendo tranquilo.
Menos mal que, por más que ellos dos gemían y se movían con fuerza, el pequeñito seguía durmiendo de lo más lindo en la cuna al costado de la cama.
—¿Dónde vivías antes?
Aubrianna, que miraba con paz la carita del bebé, arrugó las cejas ante la pregunta tan repentina.
Pero al toque cambió su expresión. Desde que la rescató, Kay no le había preguntado nada. Ni por qué andaba sola en medio de la nieve cargando a un bebé.
‘¿Recién ahora le intereso?’
Aubrianna se quedó echada boca abajo, apoyando la mejilla en su brazo mientras lo miraba.
—Ya no vivo en ese lugar.
Le dio otra respuesta en vez de decirle el nombre del sitio.
—¿Entonces te has escapado?
Escaparse. Bueno, se podía decir así. Ella asintió con la cabeza.
La verdad era que no podía volver al castillo del Duque; si lo hacía, ella y el bebé podrían morir.
Pero había una sola forma de regresar. Y sin que la siguieran persiguiendo.
Aubrianna miró fijo al hombre que tenía enfrente.
Este hombre siempre deslumbraba.
Daba igual si era cuando lo vio por primera vez frente a la puerta del castillo o ahora, que se veía como un cazador rudo; siempre lograba que su corazón saltara.
Ella estiró la mano y le acarició la mejilla.
‘Si volviera con este hombre…….’
Si estuviera bajo el ala de este hombre, que es el Duque, ya no tendría que temer por su vida.
En su vida pasada, ella no tenía nada. Ni papás, ni plata.
Solo tenía su belleza y esa posición de ser ‘la mujer’ que tuvo al hijo ilegítimo del Duque.
Y encima, ante la indiferencia de él, su vida era como la llama de una vela frente al viento: se sacudía sin fuerzas, a punto de apagarse.
—¿Puedo preguntarte qué pasó?
Como ella se le quedó mirando sin decir nada, el hombre se rascó la nariz, un poco palteado.
Tú no tenías interés ni en mí ni en el bebé. Lo único que te importaba era el honor de tu familia.
Por eso terminamos en una situación tan peligrosa y no me quedó otra que fugarme.
Pero claro, no podía decirle eso a él, que había perdido la memoria.
Ella ocultó sus sentimientos y cambió de tema.
—¿No le da curiosidad saber cómo se llama el bebé?
—¿Qué?
—El nombre del bebé, pues.
Le dio risa ver la cara de despistado que puso él. Sus labios se abrieron un poquito y luego se volvieron a cerrar.
—El bebé… ¿cómo se llama?
Le devolvió la pregunta con una mirada confundida, como no entendiendo por qué le preguntaba eso a él.
—Theophilis.
Los ojos de Aubrianna brillaron con intensidad y luego susurró con una voz tan fría como el aire de la noche:
—Yo le digo Theo.
Kay creía haberla escuchado llamarlo así mientras le daba de lactar. Se quedó pensando en el nombre.
—Theophilis, mmm.
Por donde lo miraras, era un nombre de la nobleza. Y de los antiguos todavía.
—Mmm, suena a…
—¿A nombre de abuelito, no? A mí tampoco me gustaba porque me parecía muy viejo, pero…
Ella mencionó a la persona que le puso el nombre y al toque se calló.
Kay achinó los ojos.
La expresión de la mujer al hablar de alguien que parecía ser el padre del niño era…
Se armó un silencio medio incómodo, hasta que, para sorpresa de ella, Kay fue quien rompió el hielo.
—¿Lo extrañas?
Aubrianna levantó la cabeza, recontra sorprendida.
—¿E-extrañarlo? ¿De quién estás hablando?
Al ver esa carita con una sonrisa fingida y toda nerviosa, Kay sintió que algo le hincaba en el pecho.
—Bueno, hasta han tenido un hijo.
En el Reino de Triran, la gente no veía tan mal que un hombre tuviera una mujer antes de casarse. Pero ojo, eso era solo antes del matrimonio.
Después de casados, y más en Triran donde la sangre pesa tanto, los nobles solo le daban el derecho de herencia a los hijos varones que tenían con su esposa oficial.
Así que, haber tenido un hijo con una amante podía significar dos cosas: o se querían de verdad, o fue un ‘metidón de pata’ que no pudieron evitar. Sea lo que sea, era un problemón.
Si la mujer que tenía al hijo ilegítimo era noble, a veces el matrimonio se llegaba a dar.
Pero si eran de clases distintas, o le daban plata para que se fuera bien lejos o, en el peor de los casos, la desaparecían para que no complique la sucesión.
Kay pasó su mirada fría por la capa y el vestido de la mujer que estaban colgados en la pared.
Parecía ropa sencilla, pero la tela era de la fina. Una persona común tendría que ahorrar meses de meses para comprarse algo así.
Si el papá del bebé fuera un noble soltero, jamás habría dejado que ella tuviera al niño, pero esta mujer había dado a luz a un bebé sano.
—¿Todavía piensas en él?
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