Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 10
‘Pestañas largas’
Una mano delgada y pálida se dirigió hacia el rostro del hombre, envuelto en sombras.
‘Una nariz hermosa, como tallada’.
Sus dedos, que apenas rozaban la punta de la nariz, recorrieron lentamente el surco bajo esta hasta acariciar la línea firme de sus labios cerrados.
‘Labios provocadores’
El hombre que tenía el apodo de ser el más bello del reino yacía desnudo a su lado.
Ahora que estaba afeitado, recién reconocía en él el rostro del duque que ella recordaba.
Con la mirada baja, ella observó la pequeña herida que se había hecho al rasurarse.
El rastro rojo se estaba secando, volviéndose oscuro.
Con un movimiento delicado, como el aleteo de una mariposa, su mano le acarició la mejilla una vez y luego voló hacia el pecho desnudo del hombre.
‘Y también, el hombre más fuerte del reino’.
Un hombre así estaba ahora ahí, durmiendo totalmente indefenso.
‘¿Y qué tal si mejor lo estrangulo y lo mato de una vez?’.
Si lo hiciera, Cedric Coville se convertiría en el jefe de la familia como estaba previsto, puede que la duquesa, tarde o temprano, terminara rindiéndose con ella y con el bebé.
Su mano suave volvió a subir. Pero al ver ese cuello grueso y esa tremenda nuez de Adán, Aubrianna sintió que, aunque usara las dos manos, sería imposible para ella.
‘Capaz me muero yo primero antes de lograr matarlo…’.
Justo cuando pensaba eso y estaba por retirar la mano, ¡zas!, una fuerza poderosa la atrapó.
—¡Ah!
—¿Por qué te detienes?
—¿Qué… de qué habla?
El hombre, que se había despertado con una lucidez impresionante, giró el cuerpo en un santiamén y se puso encima de Aubrianna.
—Me estabas tentando mientras dormía.
¿Tentándolo…? Aubrianna soltó un resoplido de pura indignación.
—Yo no he hecho nada de eso. Si fuera otra cosa, todavía.
—¿Otra cosa?
Con los ojos entrecerrados, él recorrió sus mejillas blanquísimas que brillaban a la luz, su cuello y clavículas marcados por sus propios rastros rojos, sus pechos abundantes que se adivinaban bajo la túnica.
—¿Y esto por qué te lo has puesto?
A Kay no parecía importarle esa ‘otra cosa’ de la que ella hablaba y cambió de tema al toque.
—Cuando duermo, se me escapa la leche.
Ante la mirada penetrante del hombre, ella soltó un suspiro fingido y se sostuvo el pecho.
—Además, están sensibles; si rozan con algo, me duele.
Uno de sus dedos finos se deslizó hacia el escote. Los ojos del hombre, como los de una bestia con el instinto despierto, clavaron la mirada en la punta del dedo que levantaba la tela.
De pronto, como si hubiera entendido algo, esbozó una sonrisa burlona de medio lado.
—¿Quieres que te toque?
Le dio cólera ver al hombre tan alzado, pero había escuchado que existen tipos que se excitan más cuando ven a una mujer desesperada.
Aubrianna parpadeó con sus ojazos, levantó ligeramente las pestañas y se mordió el labio.
—… ¿Lo harías por mí? Aquí.
En cuanto abrió la túnica con ambas manos, sus pechos saltaron como si tuvieran resorte. La cara de suficiencia del hombre cambió en un segundo.
‘No se cansa desde anoche’.
Ella entendía que uno pueda dejarse llevar por la calentura una o dos veces y no quiera despegarse ni un minuto. Pero lo de este hombre ya era demasiado.
‘Y pensar que este hombre es Kaylock, el ejemplo mismo del orgullo y la dignidad…’.
La familia de los Duques Tenant, los protectores del Norte, la zona más peligrosa del reino de Triran.
Nadie creería que el jefe de esa familia, Kaylock Tenant, estuviera ahora con los ojos brillando de excitación por los pechos de una simple sirvienta.
—¿Se me va a quedar mirando todo el rato?
Como él se quedó mudo observándola, Aubrianna tomó su pezón ya endurecido con la punta de los dedos y le preguntó como quien no quiere la cosa.
Había decidido seducirlo para sobrevivir, pero la verdad es que no sabía casi nada de él.
En el castillo del ducado, Kaylock nunca parecía desear nada.
Era alguien tan justo y recto con sus subordinados que ni siquiera a su asistente más cercano le contaba lo que realmente sentía.
Nunca lo había visto perder los papeles ni explotar de cólera. Era el tipo de hombre que se enfurecía en un silencio tan absoluto que terminaba congelando a todos a su alrededor.
Y la única mujer con la que ese hombre se metía a la cama era ella, Aubrianna Morel.
‘Es cierto. A este hombre siempre le encantó mi cuerpo’.
Su mano, que antes jugueteaba con su pezón, se deslizó por su caja torácica delgada hasta llegar al vientre bajo, donde rozó de pasada el miembro del hombre que ya estaba listo.
—…….
Vio cómo el cuello grueso de él se ponía rojo y se le empezaban a marcar las venas. Su rostro, encendido por ese deseo que intentaba aguantar, se veía hermoso.
‘¿Habrá puesto esta misma cara cuando estábamos juntos en el castillo del ducado?’.
Excepto por su primera noche, Kaylock siempre la buscaba en su habitación en medio de la madrugada. En esa cama envuelta en oscuridad, el hombre le abría las piernas y la poseía sin decir casi nada ni perder el tiempo con caricias; mientras tanto, Aubrianna solo podía aguantar el momento mirando la luna que se mecía fuera de la ventana.
Y cuando él terminaba, se iba sin el más mínimo rastro de arrepentimiento. Ella solía llorar a escondidas mirando su espalda alejarse, dolida por su frialdad.
—Sigue tocándome.
Esa voz ronca, que sonaba casi como un ruego, trajo a Aubrianna de vuelta a la realidad. Respiró hondo. Ahora, el que estaba suplicando no era ella, sino Kay.
Ella empezó a dibujar círculos con la punta de los dedos sobre su miembro y preguntó:
—¿En qué parte… dice que lo toque?
Ante ese toque que despertaba una sensación de cosquilleo, los ojos del hombre se nublaron de pura lujuria. Sus cejas pobladas se arquearon y, con la mirada gacha, sus pestañas ocultaban lo que estaba sintiendo.
Aubrianna pensó que, si lo seguía provocando, las consecuencias iban a ser bravas, así que bajó los párpados y apretó la mano. Sus dedos se hundieron en esa piel de un tono rosado suave.
—Haah.
Un gemido angustiante, que venía desde lo más profundo del pecho del hombre, le rozó la frente. Aubrianna levantó sus ojos redondos. Al ver esa mandíbula tensa por la excitación, una chispa de satisfacción brilló en sus ojos rojizos.
—¿Le gusta que lo haga así?
Envolvió con sus dos manos ese miembro largo y grueso, frotándolo con suavidad, lo que hizo que el hombre apretara los dientes con fuerza.
—¿Y así?
Cuando lo sujetó con firmeza, como quien agarra un mazo pesado, un gemido ronco escapó de los labios de él. Sin que pudiera evitarlo, la cintura del hombre empezó a dar sacudidas y la parte blanda de su base comenzó a presionar y frotarse contra el clítoris de ella.
—Kh-eut.
Un líquido viscoso empezó a brotar de la punta, bañando el roce entre sus manos y el miembro, haciendo que todo se deslizara con suavidad.
—¿Ya no aguanta más?
Al ver ese miembro tan grueso y excitado, parecía que él estaba a punto de venirse. Ella apretó más y empezó a mover las manos más rápido. Al mismo tiempo, los movimientos del hombre se aceleraron y el clítoris de Aubrianna, ya estimulado, comenzó a asomarse bien rojo.
—Mnh…
Su zona íntima, ya empapada, empezó a sentir un hormigueo, los labios de Aubrianna se abrieron poco a poco dejando escapar un gemido dulce.
En ese instante, el hombre se detuvo de golpe, le agarró las muñecas y la obligó a incorporarse.
—Es-espere un momento.
En un abrir y cerrar de ojos, la posición cambió: ahora era Aubrianna quien estaba encima de él.
Esa posición de estar encima del hombre con los muslos bien abiertos nunca le terminaba de parecer familiar. Para no perder el equilibrio, apoyó sus dos manos sobre el abdomen de él.
Y entonces, empezó a mover la cintura con picardía. El abdomen del hombre comenzó a mojarse con el fluido que brotaba de la zona íntima de ella.
Un aroma dulce y algo ácido, difícil de describir, llenó toda la cabaña.
—Todo en ti desborda.
Al ver sus pechos, de los cuales goteaba leche, el hombre se lamió los labios como si tuviera una sed insaciable. Aubrianna, que estaba concentrada frotando el miembro de él, no lo escuchó bien y le preguntó:
—¿Qué dijo?
—Digo que estás empapada.
Kay se incorporó y atrapó uno de sus pezones con la boca.
—¡Ah-eut!
Aubrianna, empujada hacia atrás por el cuerpo del hombre, se aferró a sus hombros.
—Kay. Espera, está muy fuerte.
La boca del hombre se llenó de leche mientras succionaba con tanta fuerza que se le hundían las mejillas. Él se la pasó de un trago y volvió a juguetear con el pezón usando la lengua, haciendo que el cuerpo de la mujer temblara de pies a cabeza.
—Ah-eu…
Si solo le hubiera succionado los pechos, no habría sentido tanto placer. Pero cuando las yemas de sus dedos, ásperas y decididas, empezaron a masajear con insistencia su clítoris ya erecto, su cuerpo respondió por sí solo.
—Es-espera un poco. ¡Aaht!
Si llegaba al clímax ahora mismo, iba a terminar demasiado agotada para el acto en sí. Su plan de seducirlo no serviría de nada; acabaría simplemente jadeando mientras recibía el miembro del hombre sin fuerzas. Y es que, desde anoche, él no le había dado ni un respiro, llevándola al límite una y otra vez.
—Kay. Hazlo despacio. Ah-eung.
Pero el hombre hizo como si no la oyera y siguió pegado a ella con terquedad. Parecía que quería dejar grabada la huella de sus dedos en su clítoris.
Con la lengua y los labios succionándole el pecho, su clítoris hinchado recibiendo estímulo tras estímulo, la cintura de Aubrianna empezó a sacudirse y, finalmente, con la cabeza hacia atrás y temblando por completo, alcanzó el orgasmo.
Apenas retiró los dedos de su clítoris, el hombre los hundió dentro de su cavidad para sentir cómo las paredes vaginales se contraían con fuerza.
—¡Ah-heuk!
Al sentir cómo ella lo apretaba con desesperación, el hombre también soltó un gruñido feroz.
—Eu-euk.
Un fluido blanco y espeso brotó del miembro, salpicando el cuerpo de ambos.
—Haah.
En el momento en que las paredes vaginales, que se abrían y cerraban apretando los dedos del hombre, empezaron a relajarse, él volvió a presionar su punto más sensible con la punta de los dedos.
—Es-espere un ratito.
Acababa de venirse. Tenía que ganar tiempo. Juntó las fuerzas que le quedaban, se incorporó y se inclinó sobre la parte baja del cuerpo de él.
—Yo lo voy a limpiar.
Y, apurada, empezó a lamer la punta del miembro con la lengua.
A pesar de haber expulsado tanto semen desde ayer, el miembro del hombre no dejaba de brotar. Es más, apenas sintió el toque de la lengua de la mujer, se puso duro otra vez.
—Aubrianna.
La voz dulce del hombre le cautivó los oídos.
—Aubrianna Morel.
Mientras miraba cómo esos labios pequeños le daban mimos a su miembro, el hombre repetía su nombre en un susurro.
—Aubrianna.
Lo decía una y otra vez, como si estuviera cantando una canción.
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