Por qué el Duque del norte vaga por los campos nevados - 1
Kay se pasó la palma de la mano callosa por la barba, mirando alrededor de la pequeña cabaña con una cara de desconcierto y agitación.
—Pero qué rayos….
En la chimenea, la leña seca estaba apilada el doble de alto de lo habitual y ardía con fuerza, la gran tina de baño, que él solo sacaba de vez en cuando, soltaba un vapor caliente.
Afuera todo estaba blanco por la ventisca. Hacía un frío como para morirse congelado, pero dentro de la cabaña hacía tanto calor y humedad que uno sentía que estaba en otro país.
Su mirada se dirigió al suelo. Vio los tablones de madera empapados, al punto que se había formado un charco negro.
‘Si piso mal eso, me voy directito a los brazos de la diosa’
Se sacudió la nieve acumulada en los hombros y la cabeza y preguntó:
—Pasu, ¿qué estás haciendo?
Venía de regreso de rebuscar en el cobertizo, ya que la mujer le había pedido un tipo de sopa diferente.
Zapateando para sacudirse la nieve atrapada bajo sus zapatos, el hombre caminó lentamente hacia el brasero.
Dejó caer un frasco de especias secas sobre la pequeña mesa que usaban como comedor y mostrador, ahí encontró una olla con agua hirviendo a todo dar.
Sobresaltado, corrió a revisar el cántaro donde guardaban el agua y se apoyó contra la pared, dándose por vencido.
—Maldita sea. Te acabaste toda el agua para beber.
Apretando los dientes, el hombre murmuró con una voz cargada de cólera.
—Por qué….
Él había aprovechado los días sin nieve para cargarla con esfuerzo desde un manantial que solo era accesible cuando el clima estaba bueno.
Como ahora eran más personas, la había estado usando con cuidado, aun así, en un solo día se la habían acabado.
Una pequeña cabecita castaña se asomó desde dentro de la tina.
—Usé un poco para lavar al bebé.
Su voz sonaba rasposa y agitada después de haber estado una semana entera tumbada por un resfriado.
—¿Un poco?
Él miró el cántaro. Lo que quedaba apenas alcanzaba para hacer sopa mañana.
Incluso ante su tono de incredulidad, la mujer derramaba agua con naturalidad sobre la piel suave y movediza, la fregaba.
Su largo cabello castaño claro estaba recogido en lo alto y, bajo el resplandor de la chimenea, brillaba como el oro.
Los pocos mechones mojados que se pegaban a su cuello blanco y delgado eran de un color rojizo oscuro, como las ramas esparcidas por la cabaña.
—Arriba vamos.
Cuando los delgados brazos de la mujer levantaron al gordito bebé por encima del agua y lo volvieron a bajar, una serie de risitas brillantes brotaron de los labios del pequeño, que sobresalían entre sus mejillas regordetas.
—¿Ves? Al bebé le encanta jugar en el agua.
Con solo escucharla, la voz emocionada de la mujer se oía mucho más que la semana pasada, cuando casi no le salía el sonido.
—Te vas a resfriar de nuevo.
No importaba que la cabaña estuviera llena de aire caliente, afuera era el corazón del invierno. Ante las palabras cortantes del hombre, la mujer respondió alegremente.
—El agua está calientita. Ah, ¿podrías echarle un cucharón más de agua caliente de allá?
Él tomó un cucharón, sacó el agua que hervía con furia y fue hacia la chimenea.
Incluso mientras vertía el agua lentamente en la tina, no entendía por qué estaba obedeciendo a la mujer con tanta mansedumbre.
—¡Kyaa, kyaa!
Cuando las manitos salpicaron el agua, unas gotas brillantes le saltaron a las mejillas.
—¡Pedazo de travieso!
Así que este pequeñín era el culpable de haber empapado el suelo.
Mientras el hombre arqueaba las cejas, la mujer estiró los brazos.
—Toma, sostén al bebé un momento.
—¿Qué?
—Lo he estado cargando todo el rato y está pesado.
El trasero redondo del bebé, como un pan recién horneado, fue puesto justo frente a sus ojos.
Asustado, Kay miró alternadamente los brazos delgados y temblorosos de la mujer y las piernas gorditas y movedizas del bebé.
—Apúrate.
Ante la insistencia de la mujer, el hombre bajó la mirada hacia sus manos.
Tras limpiar a la bruta con una toalla las manchas y telarañas de haber estado hurgando en el depósito polvoriento, estiró la mano para agarrar al bebé de la nuca.
—¡No!
Cuando la mujer gritó con urgencia, Kay se sobresaltó y retiró la mano.
—¡No puedes hacer eso! El cuello de un bebé es muy frágil.
Como no había nada que cubriera la piel blanca del bebé, no encontraba de dónde agarrarlo bien, así que el hombre se quedó mirando con la mente en blanco antes de preguntar:
—Entonces, ¿cómo se supone que lo cargue?
—Pon tus manos debajo de sus axilas. Justo debajo de donde están mis manos ahora.
Lentamente, llevó sus manos hacia la barriga del bebé. El pequeño se veía gordito, pero bajo su agarre era tan chico que cabía en una sola mano.
Cuando el bebé volvió a retorcerse, asustado, él apretó el agarre sin darse cuenta.
—¡No! Tienes que sostenerlo con cuidado.
La mujer gritó de nuevo.
—¿Qué? ¡Entonces cómo quieres que haga! ¡Esta cosita se resbala a cada rato!
Perdiendo finalmente la paciencia, él también gritó, el bebé empezó a lloriquear.
¡Maldita sea!
Kay maldijo entre dientes y aflojó el agarre lo justo para que el bebé no se le resbalara.
—Lleva al bebé a la cama y échalo ahí.
Tras confirmar que el bebé estaba a salvo, la mujer ordenó con tono cansado. El hombre frunció el ceño profundamente, moviéndose con cuidado, un poco torpe.
Con los brazos bien estirados, Kay logró dejar al bebé en la cama encorvándose con incomodidad, luego soltó un suspiro con los puños cerrados.
En eso, las piernas del bebé, que se movían para todos lados, le dieron un golpe en la barbilla.
Los piecitos de esas piernas regordetas eran sorprendentemente fuertes, Kay tuvo que frotarse la barbilla adolorida.
—Bien hecho.
Ante el elogio de la mujer, el hombre tiró una toalla sin muchas ganas sobre el cuerpo del bebé y se enderezó.
Caminó irritado hacia la chimenea y sacó unos cuantos troncos.
El sudor en su frente no era porque esa criaturita lo hubiera puesto nervioso, sino por el maldito calor que llenaba la cabaña.
Miró por la ventana la fuerte ventisca y revisó la leña que quedaba.
—Solo queda la mitad.
Al menos no estaba tan preocupado, ya que habían apilado bastante leña bajo el alero, afuera.
—¿Qué cosa?
Ante la voz baja y ronca de la mujer, Kay giró la cabeza sobre el hombro. La mujer recogió agua y se la echó sobre el hombro.
Goteo.
Las gotitas rodaban por su piel blanca como si fueran perlas.
Crak.
Debido a los troncos que él había quitado, la leña encendida se derrumbó.
Por un momento, las llamas se avivaron, iluminando la habitación con fuerza.
Las pupilas del hombre brillaron de un azul intenso mientras miraba fijamente el cuerpo pálido y sonrojado de la mujer.
Ella recogió más agua y dejó que fluyera por su pecho. Todo su cuerpo relucía como si estuviera envuelto en perlas doradas.
El hombre se quedó callado, con los labios apretados con fuerza.
—¿Qué es lo que solo queda la mitad?
La mujer estiró ambos brazos y los apoyó en el borde de la tina, preguntando con inocencia como si no supiera nada.
«¿Acaso esta mujer no tiene vergüenza?».
Ahora que lo pensaba, ella había sido así desde el principio.
Desde el momento en que abrió los ojos y recobró el sentido, esta mujer no había dejado de darle órdenes con un tono arrogante.
—Dame una toalla tibia y húmeda para limpiar al bebé.
—Estoy sudada y pegajosa. ¿Tienes otra sábana?
—Esa túnica que llevas puesta parece cómoda. Quítatela.
Gracias a eso, tuvo que irse a dormir usando solo sus pantalones en pleno invierno.
Por supuesto, él solía preferir dormir completamente calato, pero era imposible hacerlo al lado de una mujer que no conocía.
Y cuando ella, con total naturalidad, se descubrió el pecho para alimentar al bebé, él casi se desmaya.
Aunque hubiera perdido la memoria, todavía entendía claramente que no era normal que una mujer se exhibiera en cualquier lugar.
Sin importar si él volteaba la cara o no, cada vez que el bebé tenía hambre, ella revelaba esos hermosos senos una y otra vez, sin dudarlo.
Pero ahora no era el momento de alimentar al bebé.
Así que lo estaba haciendo a propósito.
Sus ojos, teñidos por el leve reflejo del agua y luciendo un tono rosado, brillaban de forma provocadora.
¿Se habría dado cuenta de que él le había mirado el pecho a escondidas mientras fingía no ver?
¿Lo estaba poniendo a prueba ahora?
Aunque pensaba que debía apartar la vista, no podía despegar los ojos de ella.
El hombre tragó saliva con dificultad y contuvo el aliento mientras contemplaba su cuerpo desnudo.
Las ondas que oscilaban sobre su pequeño ombligo le hacían cosquillas al cuerpo como si fueran olas. Sus costillas inferiores, donde se marcaba su contextura, eran más delgadas que el bebé que él había cargado, por encima de ellas, sus pechos eran extrañamente turgentes, con pezones que sobresalían y tenían un tono violeta profundo.
Fiuuuuu.
El viento barrió los alrededores de la cabaña, arrastrando una larga tormenta de nieve y aullando con fuerza.
La mujer inclinó la cabeza hacia atrás con pereza; su mentón pequeño y perfecto brillaba junto al collar de rubíes, que era el único adorno que llevaba puesto.
Debajo del ombligo, la parte inferior de su cuerpo se mecía de lado a lado siguiendo el movimiento del agua.
Entre sus piernas largas y pálidas, la sombra de la tina lo oscurecía todo.
La voz de la mujer se sentía distante.
El hombre apartó la mirada de las ondas en movimiento y tragó saliva antes de preguntar de nuevo.
—… ¿Qué dijiste?
La mujer sonrió suavemente y encogió las piernas hacia su pecho.
—Dije que tú también deberías entrar.
Tal vez porque su cuerpo se había calentado con el agua caliente, sus mejillas y labios estaban rojos y encendidos, como semillas de granada madura. Entre ellos, una pequeña lengua asomó y humedeció sus labios.
—El agua todavía está calientita.
El hombre soltó un quejido silencioso, tragó saliva y volteó la cabeza hacia otro lado.
Aquí ni siquiera había jabón, pero el aroma de la mujer, tan dulce como el de las flores, lo perseguía y se quedaba impregnado en la punta de su nariz.
‘Ni a balas me meto a la misma tina con esa mujer. Ni muerto’
¿Acaso no era obvio?
No sabía quién era ella realmente, pero una cosa era segura.
Era una mujer casada y con un hijo.
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